Las guerras del siglo XXI han abandonado las trincheras físicas para librarse en el terreno invisible de los datos y los algoritmos. En este artículo, Irene García, alumna del Máster Profesional de Ciberseguridad, Ciberinteligencia y Ciberdefensa de LISA Institute, explora cómo la manipulación de la percepción pública se ha convertido en el arma definitiva contra la estabilidad democrática. Recuperar el control de la realidad es el desafío crucial de una era donde un clic tiene hoy más poder que cualquier proyectil.
Las guerras del siglo XXI ya no se libran con armas visibles. Los frentes son digitales, los soldados son usuarios y las armas son datos. En este escenario, el poder no reside en la fuerza militar sino en la capacidad de manipular la información.
Desde el terrorismo algorítmico hasta las economías criminales que gobiernan territorios físicos y virtuales, el desafío es recuperar el control de la realidad en una era donde los algoritmos deciden qué creemos.
Guerras invisibles: el dominio del dato
En la era de los datos, las guerras ya no necesitan bombas para causar daño. Se libran en nuestros teléfonos, en las redes sociales, en los algoritmos que deciden que vemos, que creemos y, sobre todo, que ignoramos.
➡️ Te puede interesar: Economía digital y ciberseguridad: un binomio clave para la dirección financiera
El terrorismo y el crimen organizado han entendido algo que muchos gobiernos aun no: el poder no está solo en el terrorismo, sino en la atención. Y quien domina el flujo de información, domina también las emociones, las percepciones y, con el tiempo, las decisiones de millones de personas.
El nuevo rostro del extremismo digital es el terrorismo algorítmico, que utiliza inteligencia artificial, bots y técnicas de microsegmentación para sembrar ideas extremas y fabricar enemigos imaginarios.
Según un informe de Europol Innovation Lab, las organizaciones extremistas emplean algoritmos de recomendación similares a los de plataformas comerciales para radicalizar usuarios mediante contenido emocional. La indignación vende; el miedo retiene. Y los terroristas lo saben.
El nuevo rostro del extremismo: el terrorismo algorítmico
Los grupos extremistas ya no operan solo en la sombra de las montañas o en desiertos lejanos. Ya no necesitan adoctrinar cara a cara ni arriesgarse con reuniones secretas. Basta con sembrar contenido y dejar que las máquinas hagan el trabajo. El resultado: comunidades extremistas globales, descentralizadas e invisibles.
Se esconden entre publicaciones, comentarios y videos virales. Aprovechan los mismos algoritmos que nos recomiendan series, o música para dirigir contenido radicalizado a usuarios susceptibles, creando un camino invisible desde la curiosidad hasta el fanatismo. Este fenómeno tiene nombre: terrorismo algorítmico.
El Oxford Internet Institutedefine este fenómeno cómo «radicalización mediada por algoritmo», un proceso donde la IA amplifica automáticamente los mensajes más polémicos, generando una espiral de odio digital.
Ejemplos recientes, como la difusión de vídeos del Estado islámico o el uso de deepfakes por grupos paramilitares en África, muestran cómo la frontera entre manipulación ideológica y propaganda digital se ha vuelto irreconocible. En el nuevo ecosistema informativo, la atención es la moneda y los algoritmos son los bancos centrales del poder simbólico.
La economía del caos: cuando el crimen llena el vacío del Estado
Mientras tanto, en vastas regiones del mundo donde el Estado es débil o inexistente, emerge otra forma de control: la gobernanza criminal. Cárteles, milicias, y grupos insurgentes llenan los huecos que deja la ausencia del gobierno. Imponen leyes, cobran impuestos, ofrecen seguridad, y, en algunos casos, justicia. Así nace lo que los expertos llaman «economías del caos».
➡️ Te puede interesar: ¿Qué es el cibercrimen y cómo protegerse?
El International Crisis Group señala que, en América Latina, África y partes de Asia, estos actores híbridos gestionan economías ilícitas digitales: criptomonedas, tráfico de datos, ransomware y lavado automatizado.
Las redes sociales se han convertido en plataformas de legitimación criminal. Los cárteles publican vídeos mostrando «ayuda comunitaria», mientras los insurgentes crean narrativas heroicas en TikTok o Telegram para justificar su poder o incluso para reclutar jóvenes que ven en ellos una nueva oportunidad. La frontera entre crimen, política y espectáculos se disuelve: los narcos son influencers y los insurgentes, marcas personales.
El Banco Interamericano de Desarrollo (BID) advierte que las «economías del caos» representan hasta el 10% del PIB en algunos países, sostenidas por redes digitales que permiten a las organizaciones criminales operar sin territorio definido.
Lo digital les da algo que antes no tenían: legitimidad simbólica. Y en tiempo donde la percepción es casi tan importante como la fuerza, eso vale oro.
Convergencia digital: cuando lo virtual y lo físico se fusionan
El verdadero peligro surge cuando estos dos mundos se conectan. Cuando un grupo criminal con control territorial empieza a usar herramientas digitales de manipulación masiva, o cuando un movimiento ideológico logra financiarse y sostenerse gracias a economías ilícitas.
Entonces hablamos de un poder híbrido: organizaciones que gobiernan tanto territorios físicos como mentales. Pueden controlar una narrativa global desde un teléfono, y al mismo tiempo imponer su ley sobre comunidades enteras. Su fuerza no se mide en soldados, sino en seguidores, datos y capacidad de influencia.
El Center for Strategic and International Studies (CSIS) lo denomina «gobernanza algorítmica criminal«: estructuras descentralizadas que gobiernan simultáneamente territorios físicos y digitales.
En este nuevo orden, las guerras ya no se libran sólo en el suelo, sino en las percepciones. Los «likes» reemplazan a los proyectiles, y los datos a los ejércitos. La batalla por el control narrativo se convierte en una forma de dominación social.
Quien controla lo que vemos, controla lo que creemos. Y quien controla lo que creemos, controla el mundo. Las guerras del futuro -y en muchos sentidos, las del presente- no se libran en trincheras sino en nuestros timelines. El campo de batalla ya no está en el suelo, sino en la mente.
El algoritmo como arma geopolítica
Las grandes potencias también han entendido este poder. China, Rusia, Estados Unidos y la Unión Europea compiten por la hegemonía algorítmica: el dominio de la infraestructura de datos, las plataformas y los estándares tecnológicos que moldean la realidad global.
El Rand Corporationdescribe esta pugna como una «guerra de percepción estratégica«, donde la influencia digital sustituye a la invasión física. Las campañas de desinformación en elecciones, las granjas de bots y los ataques de phishing a instituciones son solo la superficie visible de un conflicto más profundo.
➡️ Te puede interesar: Protección de datos personales: cómo mantener tu información segura en línea
Según el Reuters Institute, el 63% de los ciudadanos europeos se ha expuesto a desinformación digital el último año, y el 40% reconoce no poder distinguir entre contenido auténtico y manipulado.
El desafío democrático: recuperar el control de la realidad
La gran pregunta es: ¿cómo se combate un enemigo que no tiene rostro, ni frontera, ni ejército?; la respuesta tradicional: -más armas, más vigilancia, más censura- no bastan. Porque esto no es solo una guerra tecnológica, sino una guerra cultural y emocional.
La primera defensa es la alfabetización digital: enseñar a las personas a reconocer la manipulación, a cuestionar lo que ven, a entender cómo funcionan los algoritmos que moldean su visión del mundo.
La segunda, la responsabilidad de las plataformas: no basta con moderar contenido; hay que rediseñar sistemas que prioricen la verdad por encima del clic. Y la tercera, la acción social y política: reforzar la presencia del Estado donde el crimen ofrece servicios, devolver esperanza donde el caos ofrece oportunidades.
➡️ Te puede interesar: Las claves para crear contraseñas seguras (y evitar sustos digitales)
El Consejo de Europaimpulsa programas de educación mediática y ética digital para jóvenes, mientras la UNESCO desarrolla Marcos de gobernanza algorítmica que buscan equilibrio entre la libertad de expresión y el control del discurso de odio.
Epílogo: el algoritmo como nuevo campo de batalla
El siglo XXI está redefiniendo lo que significa “guerra”. Ya no es solo una lucha por territorios o recursos, sino una pugna por el control de la realidad misma. Los algoritmos son las nuevas fronteras invisibles. Quien los entiende, puede mover masas, derribar gobiernos o crear ídolos en cuestión de horas.
Y mientras sigamos creyendo que el enemigo está lejos, quizás no veamos que ya está en nuestros dispositivos, moldeando lo que pensamos cada día. En las guerras invisibles del siglo XXI, el arma más poderosa no es la balada sino el clic.
➡️ Si quieres ser un experto en Ciberseguridad, te recomendamos el siguiente curso formativo:
