La disputa por el poder entre el ejército regular y una milicia paramilitar ha desencadenado la mayor crisis de desplazamiento del planeta.
Desde que la guerra estalló en Sudán el 15 de abril de 2023, el país se ha sumergido en una crisis humanitaria sin precedentes. Más de la mitad de la población necesita asistencia inmediata y millones de personas no cuentan con acceso a alimentos, agua potable ni servicios básicos. Sin embargo, a pesar de su magnitud, el conflicto apenas ocupa titulares. Te explicamos qué ha llevado a Sudán a este punto. Sin embargo, las causas son profundas, múltiples y se remontan a décadas de inestabilidad estructural.
Un golpe compartido que se convirtió en guerra
Para entender el conflicto actual, es necesario remontarse a 2019. Ambos líderes militares —el general Abdel Fattah al-Burhan, al frente de las Fuerzas Armadas Sudanesas (FAS), y Mohamed Hamdan Dagalo, conocido como «Hemedti», comandante de las Fuerzas de Apoyo Rápido (FAR o RSF)— colaboraron juntos en el golpe de Estado que derrocó al dictador Omar al-Bashir.
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No obstante, esa alianza tenía los días contados. Tras un breve período de gobierno compartido, las tensiones escalaron cuando se intentó integrar a la RSF en el ejército, algo que Hemedti rechazó de plano, temiendo perder su influencia y su poder económico. Así, lo que comenzó como una asociación táctica acabó desembocando en una guerra abierta.
Las raíces históricas de la inestabilidad
El estallido de 2023 no surgió de la nada. Las raíces del conflicto se remontan a décadas de inestabilidad, incluyendo la guerra civil entre el norte y el sur que llevó a la independencia de Sudán del Sur en 2011, y el genocidio en Darfur de los años 2000.
Además, la violencia selectiva contra comunidades no árabes en Darfur es anterior al conflicto actual e incluye la limpieza étnica de 2003, en la que fuerzas respaldadas por el gobierno mataron sistemáticamente a darfuríes, lo que derivó en denuncias ante la Corte Penal Internacional por crímenes de guerra y genocidio. En definitiva, el conflicto actual ha reabierto heridas que nunca terminaron de cicatrizar.
El oro y los recursos: el combustible de la guerra
Más allá de las ambiciones personales, el conflicto tiene también una dimensión económica muy concreta. Las RSF, con raíces en la milicia Janja’wid, han intentado apropiarse de la economía de guerra en torno al oro de Darfur. Se estima que entre el 50 y el 80% de la producción total de oro de Sudán se contrabandea —principalmente hacia los Emiratos Árabes Unidos—, lo que genera a las RSF ingresos millonarios cada año.
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A su vez, las lluvias irregulares y las olas de calor provocadas por el cambio climático han expandido el desierto del Sahara hacia el sur, convirtiendo los recursos hídricos en una causa adicional de conflicto y generando enfrentamientos entre la población nómada y los agricultores sedentarios. La guerra, en consecuencia, no es únicamente política, ya que es también una batalla por la supervivencia y por el control de los recursos.
Interferencias externas que prolongan el conflicto
La guerra en Sudán no se libra en un vacío. Los Emiratos Árabes Unidos han sido el actor externo más influyente, apoyando a la RSF con armas y financiamiento, a pesar de negar públicamente su involucración. Por si fuera poco, mercenarios combaten también junto a las RSF, llegados a través de una red trasnacional vinculada a una empresa de seguridad emiratí.
Una catástrofe humanitaria sin precedentes
El resultado de todo lo anterior es devastador. Millones de personas han sido forzadas a huir de sus hogares, lo que convierte a Sudán en la mayor crisis de desplazamiento del mundo. Cerca de 25 millones de sudaneses —la mitad de la población— enfrentan grave inseguridad alimentaria, y las hostilidades han destruido tres cuartas partes de las instalaciones sanitarias en las zonas afectadas.
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Como señaló ante el Consejo de Seguridad de la ONU la subsecretaria general para África, «se han perdido demasiadas vidas, se han infligido demasiados traumas y el riesgo de una conflagración regional es demasiado alto para que este conflicto continúe». Sudán lleva años ardiendo. La comunidad internacional mira hacia otro lado. Y el pueblo sudanés paga el precio de una guerra que nadie parece tener prisa por detener.
