Trump ordenó un nuevo ataque contra Irán el 28 de febrero de 2026 y exigió en Ginebra el desmantelamiento de Fordow, Natanz e Isfahan.
El presidente estadounidense Donald Trump justificó la nueva ofensiva militar del 28 de febrero de 2026 contra Irán alegando que las ambiciones nucleares de Teherán representan una amenaza inaceptable. Las condiciones eran que el régimen iraní debía abandonar el enriquecimiento de uranio y depender de terceros países para abastecerse de combustible nuclear con fines exclusivamente pacíficos y civiles. No obstante, el liderazgo iraní subestimó la determinación de Trump (un error similar al que cometió Nicolás Maduro en su día) y tardó en asumir que la ofensiva de junio de 2025 era solo el inicio de algo mayor.
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Las negociaciones diplomáticas de febrero de 2026 en Ginebra transcurrieron bajo la sombra de una presencia militar estadounidense reforzada en la región. Los representantes de Washington, Steve Witkoff y Jared Kushner, exigieron el cierre definitivo de las plantas de Fordow, Natanz e Isfahan, la transferencia a suelo estadounidense de todas las reservas de uranio enriquecido y un marco de acuerdo sin límite temporal, sin cláusulas que suavizaran las restricciones con el paso de los años. Por su parte, Teherán reclamaba un levantamiento de sanciones inmediato y amplio, impulsado por una economía en crisis y una sociedad que, según la propia narrativa de la Administración Trump, acumulaba una tensión social creciente.
El umbral técnico que disparó la alarma en Washington
El punto crítico del conflicto técnico es que Irán alcanzó niveles de pureza del 60% en su uranio enriquecido, un umbral que dista muy poco del 90% requerido para uso armamentístico. Enriquecer hasta ese 60% implica haber completado la fase más exigente del proceso. El tramo restante puede ser mucho más veloz si se dispone de material y de centrifugadoras operativas. El director del Organismo Internacional de Energía Atómica, Rafael Grossi, señaló que ese salto final sería «cuestión de semanas, no de meses ni años». Analistas de inteligencia estadounidense estimaron, además, que el tiempo necesario para acumular material suficiente para un primer artefacto se reduciría a menos de una semana si Teherán tomara esa decisión.
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Los bombardeos de junio de 2025 sobre las instalaciones nucleares iraníes causaron daños graves, aunque no liquidaron el programa por completo, según reconoció el propio OIEA. A raíz de los ataques, los inspectores internacionales fueron evacuados y la supervisión se deterioró considerablemente. Las imágenes de satélite revelaron movimientos y obras en zonas afectadas. Washington interpretó la situación con ambivalencia. La capacidad material de Irán había retrocedido, pero su capital científico y técnico seguía intacto, lo que le permitía reconstruir gradualmente mientras mantenía la opacidad como herramienta de presión estratégica.
Dos décadas de sanciones, pactos rotos y escalada nuclear
El antecedente directo de la crisis actual fue el acuerdo nuclear de 2015, que buscaba congelar el avance iraní mediante un esquema de inspecciones y restricciones de enriquecimiento a cambio de reducir las sanciones. Washington aceptaba implícitamente el enriquecimiento limitado bajo control del OIEA. Sin embargo, el pacto fue rechazado por republicanos e israelíes desde su firma. Benjamin Netanyahu llegó a intervenir ante el Congreso estadounidense para desacreditarlo, generando una fractura visible con la administración demócrata. En 2018, Trump abandonó el acuerdo y activó su estrategia de «máxima presión», calificando el pacto de insuficiente por no abordar los misiles balísticos iraníes ni su red de grupos armados regionales.
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Las raíces del programa nuclear iraní son anteriores a la Revolución Islámica de 1979, pero la alarma internacional se activó en 2002, cuando una organización opositora destapó la existencia de instalaciones secretas en plena efervescencia posterior al 11-S. El OIEA concluyó posteriormente que Irán había mantenido hasta 2003 un «programa estructurado» orientado al desarrollo de armamento nuclear. Aunque los servicios de inteligencia occidentales consideraron que ese programa formal fue suspendido ese mismo año, explicaron que la infraestructura, la experiencia acumulada y la capacidad para retomarlo permanecían intactas. Esa ambigüedad calculada (sin arma declarada, pero con toda la arquitectura necesaria para fabricarla) sostuvo durante más de dos décadas un ciclo de sanciones, negociaciones y escaladas militares.
