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La geopolítica del Mundial de Fútbol

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Descubre cómo el torneo deportivo más importante del planeta se ha convertido en un escenario político de primer orden.

Hay algo que ocurre cada cuatro años y que para cientos de millones de personas va más allá de cualquier otra cosa que suceda en el mundo. No es una cumbre de líderes, no es una guerra comercial ni una elección presidencial. Es el Mundial de Fútbol. Y sin embargo, en ese mes de partidos, goles y celebraciones, se mueven hilos que tienen mucho que ver con la política, el dinero y el poder entre países. Lo que parece un espectáculo deportivo es también, si se mira con atención, un escenario donde las naciones se juegan mucho más que una copa.

El evento que para el mundo entero

Para entender por qué el Mundial de Fútbol importa, primero hay que asumir una cifra que cuesta creer. En 2022, alrededor de 1.500 millones de personas vieron la final entre Argentina y Francia. No hay ningún otro acontecimiento (ni los Juegos Olímpicos, ni la Super Bowl, ni ninguna gala de premios) que reúna tanta atención al mismo tiempo en tantos rincones del planeta. Ese alcance convierte al Mundial en el mayor escaparate que existe. Y cuando algo tiene esa audiencia, siempre hay alguien intentando sacarle partido.

Desde el principio, la política entró al campo

El fútbol y la política llevan caminando juntos desde los primeros mundiales. En los años treinta, algunos regímenes autoritarios europeos vieron en los partidos internacionales una forma de demostrar fuerza y unidad nacional ante el mundo. Décadas después, en 1978, Argentina organizó el campeonato mientras su dictadura militar reprimía a miles de ciudadanos.

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Las imágenes de los estadios llenos convivían con las denuncias que llegaban desde el exterior. Muchos lo vivieron como un intento de tapar la realidad. Ese fue uno de los primeros grandes debates sobre si un país puede (o debe) organizar una fiesta mundial cuando lo que ocurre dentro de sus fronteras genera rechazo internacional.

Boicots: cuando no ir también es un mensaje

Participar en el Mundial, además de un asunto meritocrático, también es una decisión política en sí misma. A lo largo de la historia ha habido momentos en que selecciones, federaciones o incluso continentes enteros han amenazado con no presentarse, o directamente no lo han hecho.

En 1966, todas las federaciones africanas se retiraron de la clasificación en protesta porque África, Asia y Oceanía compartían un único puesto. Era una reivindicación clara de que querían más representación y no podían ser tratados como secundarios.

La presión funcionó, y a partir del siguiente Mundial África tuvo plaza fija. También hay precedentes de exclusiones forzadas. Por ejemplo, Sudáfrica estuvo vetada durante décadas por el apartheid, cuando la comunidad internacional decidió que el fútbol era una herramienta válida para presionar a un régimen racista. Estas situaciones muestran el poder de la geopolítica al poder traducirse en decisiones muy concretas que cambian la historia del torneo.

Quién organiza el Mundial y por qué importa tanto

Hoy en día, conseguir la sede de un Mundial es un objetivo estratégico para muchos gobiernos. No se trata solo de construir estadios o recibir turistas. Se trata de decirle al mundo: existimos, somos modernos, somos capaces. Rusia 2018 llegó en un momento de tensiones diplomáticas con Occidente, y el país lo vivió como una oportunidad para proyectar una imagen diferente. Qatar 2022 fue aún más polémico.

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En esa edición, las denuncias sobre las condiciones laborales de los trabajadores migrantes que construyeron los estadios, las restricciones a derechos básicos y las sospechas sobre cómo se ganó la candidatura pusieron al país árabe en el centro de un debate mundial. A eso se le llama sportswashing, y consiste en usar un gran evento deportivo para limpiar o mejorar la reputación de un país que tiene cuentas pendientes con los estándares internacionales. El debate no está cerrado, y probablemente no lo estará en mucho tiempo.

El poder blando que nadie ve pero todos sienten

Los países no solo compiten dentro del campo. También compiten por cómo los percibe el resto del mundo, y el fútbol es uno de los mejores instrumentos para eso. Organizar un Mundial no mejora automáticamente la reputación de un país, pero sí genera conversación, visibilidad y, en algunos casos, simpatía. Además, obliga al anfitrión a invertir en infraestructuras, transporte y comunicación que quedan para después del torneo. Ese es el cálculo que hacen los gobiernos cuando se presentan como candidatos. Y la geopolítica del Mundial de Fútbol no es solo sobre partidos, sino sobre qué imagen queda grabada en la memoria de miles de millones de personas.

Un espejo del mundo que somos

Cada Mundial es, a su manera, un retrato de la época en que se celebra. Los diferentes aspectos geopolíticos como los conflictos del momento, los debates sobre diferentes temas políticos, los movimientos de protesta o las alianzas entre países encuentran en el torneo un amplificador enorme. También aparecen momentos de colaboración inesperada, donde salen candidaturas conjuntas entre naciones que históricamente no se llevaban bien, acuerdos de diferente índole o proyectos de desarrollo compartido.

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El fútbol no soluciona ningún conflicto, pero sí los pone sobre la mesa de una manera que muy pocas cosas logran. Y eso, en el fondo, es lo que lo hace único. Por eso no hay otro evento ni torneo deportivo que obligue al mundo entero a mirarse al mismo tiempo en el mismo espejo.

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