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Operación Popeye: cuando Estados Unidos modificó el clima como arma de guerra

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Te contamos el primer programa documentado de la historia que utilizó la lluvia como táctica militar en plena Guerra de Vietnam

Durante siglos, el clima fue considerado un factor impredecible en la guerra. La lluvia, el barro, el frío, la sequía o las tormentas influían en las campañas militares, pero escapaban por completo al control humano. Esto cambió discretamente a finales de la década de 1960, cuando Estados Unidos implementó un programa secreto basado en una idea radical. Y es que si no era posible controlar al enemigo, sería posible controlar el clima que lo rodeaba. Así nació la Operación Popeye, el único caso documentado del uso sistemático de la modificación climática como arma militar en un conflicto real.

El contexto: Vietnam y el laberinto del Ho Chi Minh

Para 1967, Estados Unidos llevaba años inmerso en uno de los conflictos más costosos y desgastantes de su historia. El esfuerzo norteamericano para detener el avance del comunismo exigía una enorme cantidad de recursos económicos y humanos sin obtener claras ventajas militares. Sin embargo, el talón de Aquiles del enemigo era el Sendero de Ho Chi Minh, una intrincada red de caminos de más de 16.000 kilómetros que el Viet Cong utilizaba para mover tropas y suministros a través de la selva.

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No obstante, antes de recurrir al clima, Washington ya había probado otras alternativas igualmente polémicas. A mediados de 1966, 1.500 kilómetros de carreteras vietnamitas habían sido rociados con más de 750.000 litros de herbicidas, entre ellos el célebre Agente Naranja. Otro plan, el Proyecto Comando Lava, buscaba desestabilizar el suelo arrojando desde aviones sacos llenos de compuestos químicos secretos. Sin embargo, ninguna de estas medidas logró los resultados esperados. Fue entonces cuando llegó Popeye.

Cómo se fabricaba la lluvia: la ciencia detrás de la operación

La oficina del secretario de Estado Henry Kissinger autorizó y promovió el proyecto. El objetivo era provocar lluvias, especialmente alargando o incrementando la temporada de monzones, para inutilizar o entorpecer las líneas de suministro del enemigo.

La técnica empleada era la siembra de nubes con yoduro de plata, un proceso que consistía en dispersar partículas químicas en las formaciones nubosas para inducir precipitaciones. Aviones de transporte C-130 Hércules y cazas F-4C surcaron los cielos durante la temporada de lluvias, de marzo a noviembre, rociando yoduro de plata en las nubes.

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La cantidad de lluvia se triplicó, y en algunos lugares se multiplicó por siete. Para llevar a cabo esta misión, se creó una unidad especial, el 54.º Escuadrón de Reconocimiento Meteorológico, cuyo lema, irónico y elocuente, era: «Haz barro, no la guerra».

En total, más de 2.600 misiones aéreas se realizaron exclusivamente con fines de modificación climática, y en algunas regiones objetivo, la temporada de lluvias fue prolongada entre 30 y 45 días más allá del promedio histórico.

Cuando el secreto llegó a la prensa

La operación era, naturalmente, alto secreto. Sin embargo, como suele ocurrir, los secretos tienen fecha de caducidad. En marzo de 1971, el periodista Jack Anderson publicó información sobre la Operación Popeye en la Washington Merry-Go-Round, una columna independiente que se replicaba en cientos de periódicos.

A raíz de la filtración, el senador Pell presionó al Departamento de Defensa para obtener información. Tras una espera de cuatro meses, el Departamento de Defensa se negó a responder alegando razones de seguridad nacional. Lejos de rendirse, en junio de 1972 Pell presentó ante el Senado la Resolución 281, que pedía un tratado internacional para prohibir el uso del medio ambiente como arma de guerra.

Las consecuencias: de la guerra al derecho internacional

El escándalo tuvo repercusiones que trascendieron el conflicto vietnamita. La operación estuvo activa hasta el 5 de julio de 1972, y el análisis final la calificó como «relativamente exitosa en su intento de afectar los suministros del enemigo». No obstante, su impacto político fue mucho mayor que su eficacia militar.

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Finalmente, el episodio condujo a la Convención ENMOD, firmada el 18 de mayo de 1977 y en vigor desde octubre de 1978, que prohíbe explícitamente el uso de técnicas de modificación ambiental con fines militares u hostiles, incluidas las alteraciones del clima, los océanos y los procesos geológicos.

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