Objetivos difusos, aliados ignorados y un adversario subestimado. Te contamos el balance de Washington en Irán.
Cuando Donald Trump ordenó el primer bombardeo masivo contra instalaciones nucleares iraníes en junio de 2025, muchos en Washington creyeron que el problema estaba resuelto. Las imágenes de las explosiones sobre Natanz y Fordo circularon por todos los canales, el presidente declaró que el programa nuclear iraní había sido «totalmente destruido» y la Casa Blanca respiró aliviada. Sin embargo, pocos meses después, esa certeza se ha mostrado como uno de los errores de cálculo más graves de la política exterior estadounidense.
De la victoria anunciada a la guerra abierta
La realidad tardó poco en imponerse. Los propios servicios de inteligencia estadounidenses concluyeron que los ataques de 2025 habían retrasado el programa nuclear iraní apenas unos meses, y que Teherán conservaba capacidades técnicas e instalaciones probablemente no declaradas.
Sin embargo, esa lección no fue asimilada. El 28 de febrero de 2026, en plena ronda de negociaciones diplomáticas, Washington e Israel lanzaron una nueva ofensiva conjunta (bautizada Furia Épica por Estados Unidos y Operación León Creciente por Israel) que marcó el inicio formal de una guerra abierta.
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Golpear en mitad de conversaciones diplomáticas, sin respaldo del Consejo de Seguridad de la ONU y con una consulta mínima a los aliados europeos y regionales, no fue solo un error táctico. Fue, sobre todo, un error político. El precedente de Irak en 2003 estaba ahí para quien quisiera mirarlo, con una victoria militar rápida que dio paso a años de caos, insurgencia y un daño duradero a la credibilidad internacional de Estados Unidos. Trump y su círculo eligieron no aprenderla.
Israel arrastra a Washington
Volvamos atrás por un momento. Porque para entender por qué Estados Unidos terminó en una guerra abierta contra Irán el 28 de febrero de 2026, conviene preguntarse quién tomó la iniciativa. La respuesta apunta en buena medida a Israel. Desde junio de 2025, el primer ministro Benjamín Netanyahu presionó de forma sistemática a Washington para que se sumara a una ofensiva que Israel ya había decidido librar con o sin Estados Unidos, con el objetivo declarado de destruir el programa nuclear iraní y forzar un cambio de régimen en Teherán.
Trump, que inicialmente rechazó participar en esas operaciones, terminó cediendo y lanzando la operación en coordinación con la israelí, en plena ronda de negociaciones diplomáticas con Irán. El primer día de la guerra, un ataque conjunto mató al ayatolá Alí Jamenei en Teherán, al tiempo que Israel eliminaba a decenas de altos cargos del régimen en las primeras horas. Dejar que Israel definiera los objetivos y el calendario de una guerra de consecuencias imprevisibles fue un error táctico y la renuncia a una política exterior propia.
La trampa del poder aéreo
Hay algo tentador en la idea de que una guerra puede ganarse desde el aire, con tecnología de precisión y sin soldados en el terreno. Es una ilusión que Estados Unidos lleva décadas alimentando, y que en Irán ha vuelto a chocar contra la realidad.
Los bombardeos han dañado infraestructuras críticas, eliminado al ayatolá Jamenei y varios mandos militares y golpeado parte del liderazgo político del régimen. Pero no han derribado a la República Islámica, ni han roto su control del territorio, ni han extinguido la capacidad técnica de sus científicos nucleares.
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Lo que sí han conseguido Estados Unidos e Israel es reforzar la narrativa interna iraní de resistencia frente al agresor extranjero, exactamente el relato que el régimen necesitaba para cohesionar a una población que llevaba años cuestionándolo en las calles, con graves y sanguinarias protestas que se llevaron miles de vidas por parte del aparato represor del régimen.
El poder aéreo es una herramienta devastadora, pero tiene límites que la historia militar debería haber enseñado ya. Un programa basado en el conocimiento humano disperso geográficamente no se destruye con misiles, por precisos que sean. Y un régimen que lleva cuatro décadas sobreviviendo a sanciones, sabotajes e intentos de desestabilización no colapsa por una campaña de bombardeos, por intensa que sea.
La paradoja nuclear
Los ataques de 2025 no detuvieron el programa atómico iraní. Antes de los bombardeos, Teherán preservó sus reservas de uranio enriquecido al 60%, que a fecha de los bombardeos alcanzaban unos 440 kilogramos según el OIEA (suficientes para fabricar varias bombas si se enriquecieran hasta el 90% necesario para uso militar). Además, mantuvo su conocimiento técnico y probablemente cuenta con instalaciones no declaradas.
En respuesta, el Parlamento iraní preparó una ley para abandonar el Tratado de No Proliferación Nuclear, e Irán cortó la cooperación con el OIEA. El director general del organismo, Rafael Grossi, llegó a advertir del riesgo de fugas radiactivas de «consecuencias graves», aunque finalmente confirmó que no se produjeron daños en las instalaciones con material nuclear. Atacar el programa nuclear para frenarlo y obtener como resultado su persistencia y la amenaza de proliferación es, probablemente, el mayor contrasentido estratégico de toda la campaña.
El coste humano que nadie calculó
Hay una dimensión que las crónicas de la guerra han tendido a relegar a un segundo plano, y es el coste humano. Desde el 28 de febrero, los bombardeos sobre Irán han causado miles de muertos y de heridos en cientos de ciudades. Además, ha generado cientos de miles de desplazados. En el sur de Líbano, los ataques israelíes han provocado una grave crisis humanitaria.
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Que la Administración Trump haya lanzado esta ofensiva sin un plan sólido de protección de civiles ni una estrategia de gestión humanitaria dice mucho sobre la naturaleza improvisada del conflicto. Como ocurrió en Irak en 2003, el coste humano no figuraba entre las variables que Washington consideró al diseñar la operación.
Objetivos que cambian según el día
Uno de los elementos más desconcertantes del comportamiento de la Administración Trump ha sido la inestabilidad de sus propios objetivos. En el transcurso de pocas semanas, la Casa Blanca habló de destruir la capacidad de misiles iraní, de aniquilar su Armada, de impedir definitivamente la obtención de armas nucleares y, con creciente frecuencia, de forzar un cambio de régimen en Teherán.
Esta oscilación entre fines limitados y ambiciones maximalistas no es un detalle menor. Define cómo se planifica la guerra, qué recursos se destinan, cuándo se considera un éxito y, sobre todo, cómo se sale del conflicto. Sin objetivos claros y estables, construir una coalición internacional coherente es casi imposible. Y sin esa coalición, Estados Unidos carga con el coste político, económico y humano prácticamente en solitario, mientras sus aliados miran con incomodidad desde la distancia.
A esto se suma un déficit de legitimidad que pesa cada vez más. La guerra comenzó sin la declaración formal del Congreso, apoyándose en interpretaciones expansivas de las prerrogativas presidenciales. En un contexto en que el propio Trump ha debilitado sistemáticamente los contrapesos institucionales de su país, las decisiones de guerra se concentran en un círculo muy reducido de poder, lo que aumenta el riesgo de errores de cálculo difíciles de corregir.
Lo que Washington no vio venir
Irán respondió a la operación Furia Épica con una rapidez y una amplitud que tomaron por sorpresa a buena parte de los analistas. En las primeras horas, misiles balísticos, de crucero y drones golpearon bases estadounidenses en al menos siete países del Golfo y territorio israelí, extendiendo el conflicto de forma casi inmediata a toda la región. Hoy, se estima que una quincena de Estados están implicados de una u otra forma en la guerra.
La asimetría económica y su defensa en mosaico también ha jugado contra Washington. Irán lanza drones de bajo coste, y sus adversarios los derriban con interceptores de varios millones de dólares. Es una ecuación que, a medio plazo, no es sostenible. Que la Administración Trump haya tenido que pedir asistencia a Ucrania para mejorar sus defensas contra drones iraníes dice mucho sobre la falta de preparación con que se entró en este conflicto.
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El estrecho de Ormuz, por donde transita una fracción decisiva del petróleo mundial, era otro frente previsible que llegó tarde a los planes de Washington. Las primeras propuestas de escolta de petroleros se improvisaron bajo presión, mientras la volatilidad energética golpeaba con dureza a los mercados de los aliados europeos y asiáticos que nadie se había molestado en consultar. Y lejos de aislar a Teherán, la guerra ha empujado a Irán hacia Rusia y China, que ven en el conflicto una oportunidad para erosionar el liderazgo de Estados Unidos.
El régimen resiste y el reloj corre en contra
Pese a la magnitud de los ataques, la República Islámica no ha colapsado. La muerte de Alí Jamenei abrió una crisis sucesoria que Washington esperaba fuera disruptiva, pero el régimen reaccionó con rapidez. El 8 de marzo, la Asamblea de Expertos designó a Mojtaba Jamenei, hijo del ayatolá fallecido, como nuevo líder supremo.
Trump tachó la designación de «inaceptable», Israel amenazó con eliminar al sucesor, y el Pentágono aseguró que Mojtaba estaba gravemente herido. Sin embargo, el régimen mantiene el control operativo del Estado, la Guardia Revolucionaria sigue activa y Teherán ha intensificado sus vínculos con Rusia y China, que ven en el conflicto una oportunidad para erosionar el liderazgo global de Estados Unidos.
El coste de no aprender del pasado
Los errores de Trump en la guerra de Irán no son nuevos ni originales. Son, en muchos sentidos, los mismos que llevaron a Estados Unidos al pantano iraquí hace más de veinte años: exceso de confianza en la superioridad tecnológica, subestimación del adversario, falta de una estrategia política para el día después y una narrativa de victoria rápida que sirvió para vender la guerra en casa pero no resistió el contacto con la realidad.
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El mayor error, quizás, es creer que aún es posible redefinir el orden de Oriente Próximo a base de la fuerza militar, ignorando tanto la resiliencia del Estado iraní como el cansancio acumulado en la propia sociedad estadounidense. Si algo han demostrado las últimas décadas en la región es que ninguna solución de seguridad sostenible puede construirse sin integrar a los actores clave (incluidos los considerados adversarios) en marcos de negociación realistas. La pregunta no es ya si Estados Unidos tendrá que sentarse a negociar con Irán, sino en qué condiciones lo hará y cuánto habrá costado llegar hasta ese punto.
