El crimen organizado y el terrorismo cada vez comparten más rasgos entre sí. El concepto de crime-terror nexus, desarrollado por la académica Tamara Makarenko, explica cómo ciertas organizaciones combinan fines económicos y políticos. Álvaro Martín Gamero Vergara explica que los cárteles mexicanos, surgidos como redes de narcotráfico, ejercen hoy control territorial y desafían al Estado, lo que reabre el debate sobre su verdadera naturaleza.
Los grupos criminales ya no son lo que eran. Tampoco las organizaciones terroristas. Con el paso del tiempo, las diferencias que parecían separar claramente ambos fenómenos se han vuelto cada vez menos evidentes. Hoy existen actores que combinan elementos propios del crimen organizado y del terrorismo, lo que ha obligado a replantear las categorías tradicionales con las que se analizan las amenazas a la seguridad internacional.
Durante mucho tiempo, la distinción parecía sencilla. Los terroristas perseguían objetivos políticos o ideológicos, mientras que las organizaciones criminales buscaban obtener beneficios económicos. Los primeros necesitaban publicidad para difundir su mensaje; los segundos preferían operar lejos de la atención pública. Eran dos lógicas distintas y, en consecuencia, dos tipos de amenaza que exigían respuestas diferentes por parte del Estado.
Sin embargo, esa separación comenzó a difuminarse conforme evolucionaron muchos de estos grupos.
Una frontera cada vez menos clara
Para explicar este fenómeno surgió el concepto de crime-terror nexus, conocido en español como nexo crimen-terror. La idea parte de una premisa sencilla: entre el crimen organizado y el terrorismo no existe una frontera completamente definida, sino una zona de convergencia en la que determinadas organizaciones pueden adoptar características propias de ambos.
El término nexus hace referencia precisamente a ese punto de conexión entre fenómenos que tradicionalmente se estudiaban por separado.
La académica Tamara Makarenko fue una de las primeras en desarrollar este enfoque a principios de los años 2000. Según su propuesta, las organizaciones no deben entenderse como categorías rígidas e inmutables, sino como actores que pueden desplazarse a lo largo de un continuo. En uno de sus extremos se encuentran los grupos dedicados exclusivamente a actividades criminales con fines económicos; en el otro, las organizaciones terroristas motivadas por objetivos políticos o ideológicos. Entre ambos extremos aparece una zona intermedia donde las diferencias dejan de ser tan claras.
No se trata únicamente de una construcción teórica. A lo largo de las últimas décadas han surgido numerosos ejemplos de organizaciones que combinan actividades criminales con objetivos políticos o utilizan estrategias propias del terrorismo para fortalecer sus capacidades. Las FARC en Colombia financiaron durante años parte de su actividad mediante el narcotráfico, mientras que distintas organizaciones yihadistas en el Sahel han recurrido al contrabando y otras economías ilícitas para sostener sus operaciones. Estos casos muestran que la realidad es considerablemente más compleja que las categorías tradicionales.
¿Qué tiene que ver esto con los cárteles mexicanos?
Los cárteles mexicanos nacieron como organizaciones dedicadas principalmente al tráfico de drogas. Su lógica inicial era esencialmente económica: controlar rutas de distribución, asegurar mercados ilícitos y maximizar beneficios mediante la corrupción y la violencia.
Con el paso del tiempo, sin embargo, el fenómeno se volvió más complejo.
Diversos cárteles comenzaron a ejercer un control efectivo sobre determinados territorios, imponiendo normas, extorsionando a la población, reclutando miembros por la fuerza y desafiando abiertamente a las instituciones del Estado mediante el uso de armamento cada vez más sofisticado y altos niveles de violencia.
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¿Significa eso que deban considerarse organizaciones terroristas? Esa es una cuestión mucho más compleja y será objeto de un análisis específico. Antes de responderla, resulta necesario comprender el marco conceptual desde el que deben estudiarse estos grupos.
Precisamente ahí radica la utilidad del crime-terror nexus. Este enfoque no pretende etiquetar automáticamente a una organización como terrorista o criminal, sino ofrecer una herramienta analítica que permita examinar cada caso en función de su contexto, sus objetivos y la evolución de sus actividades.
Limitar el análisis de los cárteles exclusivamente al crimen organizado puede llevar a subestimar su impacto sobre las instituciones y el control territorial que ejercen en determinadas regiones. Al mismo tiempo, calificarlos directamente como organizaciones terroristas también puede generar respuestas jurídicas y de seguridad diseñadas para amenazas de naturaleza distinta. El crime-terror nexus propone evitar ambos extremos y analizar cada organización desde una perspectiva más flexible.
Un concepto útil, pero no definitivo.
Como ocurre con cualquier marco teórico, el crime-terror nexus también ha recibido críticas. Algunos especialistas consideran que la convergencia entre crimen organizado y terrorismo no siempre es permanente, sino circunstancial y oportunista. Otros advierten de que difuminar ambas categorías puede conducir a respuestas políticas o jurídicas desproporcionadas.
Autores como Phil Williams y David Shirk sostienen que la existencia o no de una agenda política continúa siendo un elemento relevante para diferenciar ambos fenómenos. Un grupo que utiliza la violencia para proteger un negocio ilícito no necesariamente persigue los mismos fines que una organización cuyo objetivo es transformar el sistema político o imponer una determinada ideología. Aunque las tácticas puedan parecer similares, las motivaciones siguen siendo distintas.
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Precisamente por ello, el crime-terror nexus no ofrece una respuesta definitiva sobre qué son los cárteles mexicanos. Su principal aportación consiste en proporcionar una herramienta para comprender organizaciones cuya evolución ha desdibujado las categorías tradicionales. En un contexto donde las amenazas son cada vez más híbridas y complejas, entender esa zona gris resulta tan importante como cualquier intento de clasificarlas.
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