En este artículo, Franco Alfonso explica por qué la nueva guerra en Etiopía va mucho más allá de Tigray. Repasa las raíces históricas del conflicto, el colapso del Acuerdo de Pretoria y la frágil alianza de antiguos enemigos que hoy desafía a Abiy Ahmed, así como sus posibles efectos sobre la estabilidad del Cuerno de África.
Etiopía, el segundo país más poblado del continente africano, con cerca de 140 millones de habitantes, se encuentra nuevamente sumida en una espiral bélica. La crisis, que se agravó formalmente el 23 de septiembre de 2026, no representa una simple reedición de los enfrentamientos previos en la región norteña de Tigray, sino un conflicto de carácter sistémico y profundamente fragmentado. Con múltiples frentes abiertos, una inusual coalición de antiguos enemigos convertidos en aliados, tensiones latentes en las fronteras con Eritrea y Sudán y una repercusión geoestratégica que alcanza al mar Rojo, el futuro político de la nación y de la región del Cuerno de África pende de un hilo.
Años después de la firma de los acuerdos de Pretoria en 2022 (pacto que puso fin temporalmente a una de las contiendas más cruentas del siglo XXI, la cual dejó aproximadamente 600.000 muertos en un formato de guerra convencional, de trincheras y uso masivo de drones), Etiopía se encuentra nuevamente al borde de una guerra civil abierta. La ruptura definitiva de los acuerdos de paz y la configuración de un frente común opositor compuesto por siete grupos armados y actores estatales externos amenazan no solo la estabilidad del Gobierno federal de Adís Abeba, sino la seguridad de todo el Cuerno de África y el corredor del mar Rojo.
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Los integrantes de la alianza coinciden en su rechazo al proceso de centralización impulsado por Abiy Ahmed desde su llegada al Gobierno en 2018. El primer ministro ha tratado de reforzar las instituciones federales frente al peso de las administraciones regionales, con el objetivo de desmantelar el sistema de federalismo étnico que rige el país desde 1995 y que reconoce amplios derechos de autodeterminación a las distintas nacionalidades. Sus detractores consideran que este proceso ha reducido la autonomía de las regiones y ha concentrado el poder en Adís Abeba.
Raíces históricas: del imperio resistente al federalismo étnico
Para comprender la magnitud de la crisis actual, es indispensable retroceder en la historia política etíope. A diferencia de la gran mayoría de las naciones africanas, Etiopía mantuvo su independencia frente a las potencias coloniales europeas durante los siglos XIX y XX, simbolizada por su histórica victoria ante Italia en la batalla de Adua, en 1896.
Tras décadas bajo el mandato imperial de Haile Selassie, el país cayó en 1974 bajo el régimen militar marxista conocido como el Derg, dando paso a décadas de represión, hambrunas y guerras civiles. Fue en este contexto de insurgencia donde nació, en 1975, el Frente de Liberación del Pueblo de Tigray (TPLF), organización que lideró la coalición que derrocó al régimen comunista en 1991.
La independencia formal de Eritrea, en 1993, privó a Etiopía de su salida directa al mar, convirtiéndola en el país sin litoral más poblado del mundo. Para gestionar su enorme diversidad multiétnica, el nuevo régimen estructuró el país como una federación basada en identidades lingüísticas y étnicas (oromos, amharas, tigrinos, somalíes, afar, entre otros).
Sin embargo, bajo esa estructura sobrevolaba un desequilibrio de poder fuertemente dominado por las élites tigrinas a través de la coalición gobernante EPRDF, lo que acumuló un profundo resentimiento en las dos comunidades demográficas más grandes del país: los oromo y los amhara.
El ascenso de Abiy Ahmed y el colapso del Acuerdo de Pretoria
Tras años de agitación social, en 2018 asumió el poder el primer ministro Abiy Ahmed (de etnia oromo), con una agenda reformista orientada a desmantelar los antiguos partidos étnicos regionales para fundar un Estado más centralizado bajo el paraguas del Partido de la Prosperidad. Esta maniobra fue interpretada por el TPLF como un intento de desmantelar la autonomía federal y concentrar el poder en Adís Abeba, lo que desató, en noviembre de 2020, la brutal guerra de Tigray.
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En aquella contienda inicial, el Gobierno central contó con el apoyo táctico de las milicias amhara y de las tropas de Eritrea. Tras dos años de combates devastadores, ambas partes firmaron, el 2 de noviembre de 2022, el Acuerdo de Pretoria, bajo la mediación de la Unión Africana. Sin embargo, casi cuatro años después, varias disposiciones centrales del pacto continúan sin aplicarse plenamente: la desmovilización de los combatientes tigrinos, el retorno de cientos de miles de desplazados y la restauración de las fronteras internas previas a la guerra.
Asuntos críticos sin resolver en Etiopía
- Disputas territoriales: zonas clave en el oeste y sur de Tigray continuaron siendo reclamadas tanto por tigrinos como por amharas. La integridad territorial de Tigray no ha sido restablecida y el oeste y partes del sur de la región continúan bajo control amhara.
- El rol de Eritrea: Asmara participó en la guerra contra el TPLF, pero quedó al margen de las negociaciones de Pretoria. Las relaciones entre Eritrea y Etiopía se deterioraron posteriormente, mientras ambos países mantienen diferencias vinculadas al acceso etíope al mar Rojo.
- La obsesión marítima: la pretensión de Abiy Ahmed de romper el aislamiento geográfico de Etiopía y obtener un acceso soberano al mar Rojo —apuntando al puerto eritreo de Assab— encendió las alarmas sobre la soberanía territorial de Eritrea.
A la fragilidad del acuerdo se suma una crisis humanitaria persistente. Alrededor de 800.000 personas continúan desplazadas dentro de Tigray, muchas de ellas sin poder regresar a sus hogares debido, entre otros factores, a las disputas territoriales.
El tablero actual (2026): la Alianza para la Supervivencia y la fragmentación militar
El escenario político sufrió un vuelco cuando antiguos aliados del Gobierno se convirtieron en sus peores enemigos:
- Las milicias Fano (Amhara): rompieron con Adís Abeba en 2023 tras los intentos gubernamentales de desmovilizar e integrar las fuerzas regionales.
- El Ejército de Liberación Oromo (OLA): insurgencia activa que reclama mayor autodeterminación frente al centralismo de Abiy.
- El TPLF (Tigray): volvió a la ofensiva el 23 de septiembre de 2026, en medio de una escalada que ya había comenzado semanas antes.
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El punto de inflexión definitivo ocurrió el 20 de septiembre de 2026, cuando se formalizó la creación de la Alianza para la Supervivencia, una coalición de siete grupos armados y opositores, incluido el TPLF, con el objetivo de derrocar al Gobierno de Abiy y establecer un ejecutivo de transición inclusivo. La alianza anunció posteriormente operaciones contra tropas gubernamentales en las regiones de Amhara y Afar.
Organizaciones que conforman la alianza
La alianza reúne a siete organizaciones armadas y políticas con una implantación territorial y étnica diversa:
- El Movimiento Nacional Amhara Fano
- El Ejército de Liberación Oromo (OLA)
- El Frente Popular de Liberación de Tigray (TPLF)
- El Frente Revolucionario de Unidad Nacional Afar (Ugugumo).
- El Frente de Liberación Nacional de Ogadén (ONLF).
- El Movimiento de Liberación Popular de Benishangul (BPLM).
- El Movimiento Democrático Popular de Gumuz (GPDM).
Cronología de la escalada
La escalada no surgió de manera repentina. Desde enero se habían reportado numerosos ataques con drones en Tigray, algunos de ellos contra colegios o cargamentos humanitarios, que provocaron víctimas civiles. El 1 de agosto comenzaron nuevos enfrentamientos entre las fuerzas gubernamentales y las fuerzas tigrinas, acompañados por movimientos de tropas, artillería y nuevos combates.
El 23 de septiembre, las fuerzas tigrinas capturaron tres aeropuertos de la región norteña y el TPLF anunció una «guerra defensiva», mientras acusaba a Adís Abeba de una invasión y un ataque abierto. El Gobierno etíope, por su parte, acusó al TPLF de lanzar una ofensiva a gran escala contra posiciones gubernamentales en Afar y Amhara. Ambas partes se responsabilizaron mutuamente de haber iniciado la nueva escalada:
Las contradicciones internas del bloque opositor y perfiles de los grupos
Aunque la alianza posee capacidad militar y presencia territorial diversificada, sus cimientos son extremadamente frágiles. El TPLF y las milicias Fano mantuvieron cruentas guerras territoriales y combates directos en el pasado reciente, mientras que los nacionalistas oromos defienden intereses contrapuestos. Su unidad responde, en gran medida, a un cálculo táctico: debilitar al presidente Abiy. Si lograsen avanzar, las disputas internas por el reparto del poder y los territorios amenazan con fracturar el bloque.
El resto de organizaciones de la alianza presentan una implantación más localizada:
- ONLF: surgió en la región somalí de Etiopía, históricamente conocida como Ogadén, para reivindicar mayores derechos para la población somalí.
- Ugugumo: representa una corriente política y armada vinculada a las reivindicaciones de la población afar.
- BPLM y GPDM: están vinculados a las comunidades de Benishangul-Gumuz, una región fronteriza con Sudán que también ha sufrido episodios de violencia entre grupos locales y las fuerzas federales.
Por otro lado, Fano, el OLA y el TPLF destacan por la trayectoria insurgente y el peso que han adquirido en los principales conflictos internos de Etiopía. Fano constituye una alianza de milicias amhara que mantienen desde 2023 una guerra contra el Gobierno federal, después de que el intento de integrar las fuerzas amhara en el Ejército federal provocara un levantamiento general de estas milicias. El OLA es la principal organización armada vinculada al movimiento nacionalista oromo y mantiene una insurgencia de larga duración en Oromía. Surgió como una escisión del histórico Frente de Liberación Oromo (OLF), después de que este abandonara la lucha armada y regresara a la política tras el acuerdo de paz con el Gobierno en 2018.
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La propia dispersión geográfica de los grupos y sus intereses políticos, en ocasiones opuestos, puede convertirse en una debilidad para la coalición, aunque su creación también demuestra que meses de conversaciones lograron reunir a organizaciones que hasta hace poco se encontraban enfrentadas.
Capacidades militares y el dilema de los frentes múltiples
Frente al desafío de la insurgencia unida, el Gobierno central de Adís Abeba cuenta con importantes ventajas estratégicas:
- Superioridad tecnológica y aérea: el uso masivo de drones de combate adquiridos de proveedores extranjeros, artillería y unidades mecanizadas para golpear concentraciones rebeldes en un territorio sumamente extenso.
- Control institucional y logístico: el manejo del presupuesto federal, las infraestructuras críticas del Estado y las relaciones diplomáticas y comerciales internacionales, con socios clave como Turquía y los Emiratos Árabes Unidos.
A pesar de ello, el Gobierno se enfrenta al clásico dilema estratégico de la «manga corta»: al tener que desplegar tropas simultáneamente en el norte (Tigray), el oeste (Amhara, con Fano) y el sur (Oromía, con el OLA), cualquier refuerzo en un frente debilita peligrosamente los demás. La experiencia reciente demuestra, además, que incluso los enfrentamientos localizados pueden transformarse en una crisis mayor. A fines de enero ya se habían registrado combates en el oeste de Tigray entre las Fuerzas Armadas de Etiopía y las Fuerzas de Defensa de Tigray, así como choques cerca de la frontera con Afar.
La dimensión geopolítica: el Cuerno de África como vaso comunicante
La guerra civil etíope no opera en el vacío; su inestabilidad repercute directamente en la seguridad de todo el flanco estratégico del mar Rojo.
- Eritrea: mantiene intereses colaterales coincidentes con la debilidad de Abiy Ahmed y busca alejar cualquier amenaza sobre su soberanía marítima. Durante la guerra de 2020-2022, sus fuerzas combatieron junto al Ejército etíope contra el TPLF. Sin embargo, el mapa de alianzas cambió y las relaciones entre Adís Abeba y Asmara se deterioraron. El Gobierno etíope acusa actualmente a Eritrea de financiar a grupos armados dentro del país, incluido el TPLF, mientras ambos países mantienen una disputa por el acceso etíope al mar Rojo. La portavoz de Abiy Ahmed, Billene Seyoum, afirmó que los integrantes de la alianza llevaban tiempo colaborando con apoyo financiero de Eritrea, una acusación que Asmara ha negado. La respuesta oficial del Gobierno etíope incluyó la suspensión indefinida de Tigray TV después de que la cadena emitiera el comunicado de la nueva alianza.
- Sudán: inmersa en su propia guerra civil, su frontera occidental sirve de retaguardia y vía de suministro para facciones tigrinas, conectando ambos conflictos a través de una red de vasos comunicantes de combatientes y armamento.
- Actores regionales e internacionales: la presión sobre las cuencas hídricas del Nilo (en disputa diplomática histórica por la Gran Presa del Renacimiento Etíope con Egipto) y la cercanía al estrecho de Bab el-Mandeb exponen a Etiopía a las injerencias de potencias regionales y del Golfo Pérsico.
La posibilidad de una nueva guerra también preocupa por sus consecuencias más allá de las fronteras etíopes. La combinación de las tensiones entre Adís Abeba y Asmara, los conflictos internos y la posición estratégica de Tigray, situada entre Eritrea y Sudán, convierte cualquier escalada en un potencial factor de desestabilización para todo el Cuerno de África.
La sombra electoral y el paralelismo con 2020
Uno de los elementos analíticos más relevantes es la lectura estratégica del calendario político internacional. En noviembre de 2020, coincidiendo con las elecciones presidenciales de Estados Unidos entre Joe Biden y Donald Trump, un acontecimiento que monopolizó la atención de la diplomacia global, el Gobierno central etíope lanzó su ofensiva inicial para minimizar la presión exterior.
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Los expertos advierten que el actual escenario podría replicar idéntico patrón, utilizando la ventana de atención que proporcionan los comicios estadounidenses para desatar una ofensiva militar a gran escala sin cortapisas diplomáticas inmediatas.
Del conflicto interno a la crisis regional encadenada
A diferencia de la guerra de 2020, el peligro actual radica en la regionalización y concatenación de múltiples crisis superpuestas en el continente africano y Oriente Medio:
- El avispero sudanés y libio: la guerra civil en Sudán se encuentra estrechamente vinculada a los intereses etíopes. El Gobierno de Etiopía apoya a las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) (respaldadas a su vez por Emiratos Árabes Unidos), mientras que el ejército regular sudanés cuenta con el respaldo de Eritrea.
- Esta red de alianzas se extiende hasta Libia (con la presencia del Ejército Nacional Libio de Haftar), Chad, Argelia y los países de la Alianza de Estados del Sahel, involucrando indirectamente a potencias como Rusia.
- La disputa hídrica del Nilo: el contencioso histórico entre Etiopía y Egipto en torno al control de las aguas y la Gran Presa del Renacimiento continúa siendo una fuente constante de fricción regional, un ámbito donde figuras internacionales como Donald Trump se han postulado como mediadores.
- Movimientos diplomáticos de las grandes potencias: en un intento por evitar una conflagración generalizada ante intereses contradictorios, Estados Unidos ha ajustado su estrategia diplomática, eliminando recientemente sanciones contra el partido gobernante y el ejército de Eritrea, en un claro esfuerzo por reconfigurar los equilibrios en el Cuerno de África.
Un país ante un nuevo punto de inflexión
Etiopía afronta un punto de inflexión histórico en el que las estructuras del Estado se miden frente a una insurrección múltiple, coordinada pero internamente contradictoria. Si los rebeldes consolidan su cooperación militar, el país se encamina hacia una conflagración nacional de dimensiones catastróficas; si las tensiones ideológicas fracturan la alianza, el Gobierno intentará aplicar una táctica de desgaste por separado.
El riesgo de una nueva guerra se produce, además, sobre una paz que nunca llegó a consolidarse plenamente. El Acuerdo de Pretoria puso fin a los principales combates de la guerra de 2020-2022, un conflicto que dejó al menos 600.000 muertos según la Unión Africana y que estuvo acompañado por un bloqueo humanitario de facto en Tigray, según denunció la ONU.
A ello se suma el fracaso de los esfuerzos políticos para incorporar a todos los actores relevantes. El Gobierno de Abiy impulsó un diálogo nacional entre el 15 de julio y el 22 de agosto de 2026, pero su efectividad fue cuestionada porque importantes actores armados, entre ellos el propio TPLF, no participaron.
El gran interrogante de fondo sigue intacto tras décadas de historia: si Etiopía será capaz, en algún momento, de hallar una fórmula política institucional capaz de conciliar la autoridad de un Estado central fuerte con la irrenunciable diversidad de sus pueblos. Etiopía se adentra así en un terreno de extrema volatilidad institucional y militar, con una alianza insurgente heterogénea que desafía al poder central, alianzas regionales completamente reconfiguradas y un entorno internacional fragmentado por intereses cruzados en el Sahel, Sudán y el mar Rojo, afrontando el riesgo inminente de que sus tensiones internas vuelvan a sumir a la región en una espiral de violencia de proporciones incalculables.
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