Históricamente, las guerras buscaban conquistar un territorio y destruir las capacidades del adversario. Hoy en día, la revolución digital y la expansión de las tecnologías de la información y la comunicación han desplazado el campo de batalla hacia un nuevo escenario de confrontación: la mente humana, convirtiendo el dominio cognitivo en un objetivo estratégico de la competencia entre Estados y en una de las manifestaciones más avanzadas de la guerra híbrida. En este artículo, Luis Alberto Modrego, alumno del Máster Profesional de Analista Internacional y Geopolítico de LISA Institute, analiza en qué consiste la guerra cognitiva, en qué se diferencia de las operaciones de información y de la guerra psicológica, y por qué la defensa del pensamiento libre se ha convertido en un desafío para la seguridad de las sociedades democráticas.
Entre las definiciones facilitadas por teóricos de la guerra cognitiva destaca la propuesta por Sergio Colado García en su artículo Guerra cognitiva. Conquistar la mente sin disparar una bala; Soledad Segoviano Monterrubio en La guerra cognitiva: opción estratégica emergente en la zona gris de la competición geopolítica; y la adoptada en el ámbito doctrinal por el NATO Allied Command Transformation (ACT).
A partir de estas aproximaciones, la guerra cognitiva puede entenderse como una estrategia orientada a influir, alterar o condicionar los procesos cognitivos mediante los cuales los individuos y las sociedades perciben e interpretan la realidad, procesan las emociones, emiten juicios y valoraciones, y toman decisiones. Su finalidad consiste en modificar progresivamente la percepción, las actitudes y los comportamientos del objetivo, generando confusión, distorsionando su comprensión del entorno y debilitando su capacidad de análisis crítico, creyendo que piensa libremente cuando en realidad lo está haciendo en un entorno cognitivo diseñado por otros.
➡️ Te puede interesar: La guerra cognitiva: el asalto a la mente
Esta estrategia se articula mediante la combinación de diversos componentes, entre los que destacan la construcción y difusión de narrativas selectivas, la explotación de sesgos cognitivos, el aprovechamiento de las arquitecturas digitales y el empleo de tecnologías de influencia. La interacción de estos elementos permite actuar sobre el entorno informativo y cognitivo, condicionando no solo la información a la que accede el individuo, sino también la manera en que esta es interpretada, interiorizada y utilizada en el proceso de toma de decisiones.
La guerra cognitiva es una de las manifestaciones de la guerra híbrida, entendida como una estrategia global de competencia y conflicto caracterizada por la integración sincronizada de las capacidades militares convencionales con estrategias y acciones de confrontación e injerencia en distintos ámbitos: político, económico, diplomático, jurídico (lawfare), cibernético, informativo, psicológico y cognitivo. Además, la guerra híbrida puede recurrir al empleo de fuerzas irregulares, empresas militares privadas, mercenarios o actores intermediarios (proxies) cuando con ello contribuye a alcanzar sus objetivos estratégicos.
La confrontación en estos ámbitos se mantiene por debajo del umbral de una guerra convencional, en un espacio de competencia, deliberadamente ambiguo y cada vez más amplio entre la paz y la guerra, conocido doctrinalmente como la zona gris.
En este marco estratégico, la guerra cognitiva se diferencia de las operaciones de información, cuyo propósito principal es influir en el entorno informativo mediante la difusión, manipulación o control de la información y de las narrativas. La guerra cognitiva va un paso más allá: su objetivo no es únicamente modificar la información que recibe el individuo, sino intervenir directamente sobre los procesos cognitivos que determinan cómo percibe la realidad, interpreta los acontecimientos, construye sus creencias y adopta decisiones. En consecuencia, el centro de gravedad deja de situarse en la información para trasladarse a la propia mente humana.
Del mismo modo, la guerra cognitiva debe distinguirse de la guerra psicológica, aunque ambas compartan la finalidad de influir sobre el comportamiento del adversario. Mientras la guerra psicológica se orienta fundamentalmente a afectar la moral, las emociones, la voluntad y la motivación mediante técnicas de persuasión, intimidación o desmoralización, la guerra cognitiva dirige su acción hacia los mecanismos que sustentan el pensamiento, el razonamiento y la toma de decisiones.
En consecuencia, las operaciones de información, la guerra psicológica y la guerra cognitiva no constituyen conceptos equivalentes, sino capacidades complementarias integradas en la estrategia de guerra híbrida. Mientras las operaciones de información actúan sobre el entorno informativo y la guerra psicológica busca influir principalmente en el plano emocional y motivacional, la guerra cognitiva persigue alterar los procesos mentales que condicionan la percepción, el juicio y la toma de decisiones, convirtiendo la cognición humana en un dominio estratégico de primer orden.
➡️ Te puede interesar: La vulnerabilidad de las infraestructuras críticas ante amenazas híbridas
Por ello, podemos afirmar que el campo de batalla de la guerra cognitiva es la mente humana. Su objetivo no es únicamente convencer, sino influir en los procesos cognitivos para generar una desorientación prolongada, dirigir la atención hacia determinados temas, provocar respuestas emocionales y aumentar la polarización, contribuyendo a erosionar progresivamente la confianza en las instituciones.
El entorno digital como espacio de vulnerabilidad cognitiva
La expansión de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) ha multiplicado exponencialmente la velocidad, el volumen y el alcance de la información disponible, generando un entorno caracterizado por la sobrecarga informativa y la hiperconectividad permanente. La guerra cognitiva explota precisamente estas características para saturar la capacidad de procesamiento de los individuos, dificultar la distinción entre información veraz y manipulada, reforzar sesgos cognitivos y condicionar la interpretación de los acontecimientos. El objetivo no consiste únicamente en modificar las opiniones de una persona, sino en alterar los mecanismos mediante los cuales analiza la información y toma decisiones. En este sentido, la inmediatez del entorno digital favorece la alteración de este proceso con respuestas impulsivas frente a procesos de reflexión pausada. La interacción constante reduce el tiempo dedicado al análisis crítico, induciéndonos a reaccionar de forma rápida y emocional en lugar de procesar la información mediante un razonamiento deliberativo y racional.
Este contexto se ve favorecido por las posibilidades que ofrecen las redes sociales, las aplicaciones de mensajería instantánea y la inteligencia artificial, donde los motores de búsqueda y los algoritmos de recomendación de nuestros aparatos digitales se alinean para segmentar la audiencia, mostrar patrones de preferencias personalizados y confirmar nuestras creencias preestablecidas (sesgo de confirmación) actualizando constantemente los contenidos de información que privilegian los acontecimientos recientes sobre los del pasado (sesgo de actualidad), o condicionando la primera narrativa toda interpretación posterior (efecto anclaje), con el fin de captar la atención , generar reacciones emocionales y reforzar la polarización.
Cada plataforma de redes sociales, cada sitio web está diseñado para ser adictivo y desencadenar estallidos emocionales que tejen una red que termina por atrapar el cerebro en un ciclo de publicaciones. Según la neurocientífica Maryanne Wolf, los humanos no estaban hechos para leer y la invención de la imprenta cambió la forma de nuestro cerebro. Ahora los estudios sobre la exposición de nuestro cerebro a la tecnología digital indican una adaptación de los procesos cognitivos y de la capacidad de asimilar información que se manifiesta en una pérdida del pensamiento crítico directamente relacionado con la lectura selectiva de pantalla.
➡️ Te puede interesar: Vulnerabilidades en la protección de autoridades en entornos de alta densidad
Aunque el individuo constituye el objetivo principal de estas campañas, sus efectos trascienden la esfera personal, seleccionando audiencias y enfrentando a distintos grupos sociales, así como influyendo sobre organizaciones, empresas e instituciones públicas, con el propósito de debilitar la confianza en ellas, aumentar la polarización y erosionar progresivamente la cohesión social.
La defensa del libre pensamiento
Uno de los efectos de la saturación y manipulación informativa es el progresivo deterioro de la resiliencia cognitiva, dificultando su capacidad para identificar, interpretar y resistir campañas de manipulación e influencia. Ante una agresión cognitiva no existe una respuesta automática de defensa porque no se percibe como tal. Como señala Sergio Colado, no somos observadores neutrales de la realidad, sino objetivos influenciables por el entorno informativo, emocional y social. Por lo tanto, la defensa no debe limitarse a desmentir contenidos, sino a proteger los procesos mentales que hacen posible el pensamiento libre.
El poder cognitivo reside precisamente en esa capacidad para influir sobre la manera en que millones de personas interpretan su entorno: qué asuntos ocupan el centro de la conversación pública y cuáles desaparecen, qué acontecimientos se magnifican o minimizan y, especialmente, qué emociones (miedo, indignación, frustración, desconfianza o desesperanza) condicionan la percepción colectiva.
Sin embargo, el objetivo último no consiste necesariamente en conseguir que la población crea una determinada narrativa, sino en algo potencialmente más desestabilizador: que la gente ya no sepa qué pensar ante la invasión de versiones contradictorias, informaciones falsas y contenidos manipulados, generando un estado permanente de incertidumbre en el que resulta cada vez más difícil distinguir entre hechos, opiniones y falsedades. Se deja de confiar en los medios de comunicación, las instituciones y las propias estructuras del Estado, debilitando progresivamente la cohesión social y la legitimidad institucional. Esta lógica conecta con un principio clásico de la estrategia: la derrota definitiva del adversario no depende únicamente de destruir sus capacidades materiales, sino de quebrar su voluntad de resistencia.
La guerra cognitiva traslada este principio al conjunto de la sociedad, buscando generar la percepción de que las instituciones no funcionan, los problemas carecen de solución y el futuro ofrece pocas expectativas. Una sociedad instalada de forma prolongada en la desconfianza, la frustración y el pesimismo colectivo pierde progresivamente su capacidad para movilizarse, reaccionar y defender sus instituciones. En este sentido, el éxito de una operación cognitiva no requiere necesariamente derrotar materialmente al adversario: puede ser suficiente con conseguir que este deje de confiar en sí mismo, en sus instituciones y en su capacidad para resistir.
Desde la perspectiva de Clausewitz, la guerra cognitiva promueve la deslegitimación de los líderes políticos y de las instituciones del Estado, cuestiona los procesos democráticos, fomenta la polarización social, dificulta el consenso nacional, interfiere en la actividad económica y distorsiona el entorno informativo, debilitando así la cohesión interna del Estado.
➡️ Te puede interesar: Sherman Kent: el arquitecto del pensamiento de Inteligencia
Así, la guerra cognitiva persigue dos grandes objetivos estratégicos: El primero consiste en influir sobre los procesos cognitivos individuales y colectivos, modificando la forma en que las personas perciben la realidad, interpretan los acontecimientos y adoptan decisiones, con el propósito de condicionar posteriormente su comportamiento. Para alcanzar este objetivo se explotan sesgos cognitivos, emociones y vulnerabilidades psicológicas mediante la manipulación de narrativas, la difusión selectiva de información, la promoción de discursos extremistas, la alteración de la credibilidad de dirigentes políticos, sociales e institucionales.
El segundo objetivo consiste en desestabilizar y fragmentar la sociedad, enfrentando a distintos grupos sociales e intensificando la polarización para impedir la construcción de consensos y debilitar la voluntad colectiva de resistencia. Para ello, la guerra cognitiva busca erosionar la confianza entre ciudadanos, instituciones y autoridades, desacreditar a los líderes políticos y sociales, cuestionar la legitimidad de las instituciones del Estado, alimentar el miedo, la indignación y la incertidumbre, así como saturar el espacio informativo con narrativas contradictorias que dificulten distinguir entre la información veraz y la manipulada. El resultado es una sociedad progresivamente dividida, desconfiada y cognitivamente sobrecargada, que ya no es capaz de distinguir que es verdad y que es mentira, cuya capacidad para responder de forma cohesionada a las amenazas se ve seriamente reducida, facilitando que el agresor alcance sus objetivos estratégicos sin necesidad de recurrir a una confrontación militar abierta.
➡️ Si quieres adentrarte en el mundo de la Inteligencia, te recomendamos los siguientes programas formativos:
- Máster Profesional de Analista de Inteligencia
- Curso de Analista de Reconocimiento e Identificación de Material Militar
- Curso de Analista IMINT especializado en Bases y vehículos militares, instalaciones electrónicas y análisis de rutas
- Curso de Experto en OSINT: Técnicas de Investigación Online
- Curso de Experto en Análisis de Inteligencia
