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La guerra cognitiva: el asalto a la mente

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La guerra cognitiva el asalto a la mente

La guerra cognitiva ha convertido la mente humana en un nuevo campo de batalla estratégico. A través de la desinformación, las redes sociales y la manipulación de percepciones, actores estatales y privados buscan influir en decisiones colectivas y erosionar la confianza en las democracias. En este artículo, Cinthia Valenzuela , alumna del  Máster Profesional de Analista de Inteligencia de LISA Institute, analiza las claves de esta nueva forma de conflicto.

En 1943, en plena Segunda Guerra Mundial, Winston Churchill viajó a la universidad Harvard para dar un discurso en un salón de actos que esta abarrotado. El discurso llevaba por título «El don de una lengua común«, elogiando la posibilidad de ofrecer al mundo un único sistema operativo lingüístico. Y pronunció: «Los imperios del futuro son los imperios de la mente«. Esta frase resulta hoy casi profética. 

Ocho décadas después, aquella intuición ha dejado de ser una advertencia para convertirse en una realidad. La conclusión de Churchill es que las libertades del futuro son las libertades de la mente. Y, ese momento ha llegado. El siglo XXI no solo se libra en territorios físicos o digitales, sino en el espacio más íntimo y vulnerable: la mente humana. 

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El objetivo ya no es únicamente robar información sensible o provocar daños técnicos en el adversario, sino influir en decisiones colectivas, percepciones sociales y en la cohesión de las sociedades democráticas. A través de la desinformación, la manipulación informativa y las operaciones de influencia, actores estatales y no estatales buscan erosionar la confianza en las instituciones, polarizar a la ciudadanía y condicionar procesos políticos clave, como las elecciones.

En este nuevo contexto, defender la democracia se ha convertido en una misión de inteligencia, donde anticipar narrativas hostiles, proteger el espacio informativo y comprender el comportamiento social resulta tan estratégico como la salvaguardia de infraestructuras críticas.

El presente análisis busca descifrar en qué consiste esta forma de guerra, ilustrar sus manifestaciones a través de ejemplos y revelar las tácticas que la hacen posible con el objetivo de reflexiona sobre cómo preservar uno de los pilares esenciales de cualquier sociedad libre: la capacidad de pensar de manera autónoma. 

¿Qué es la guerra cognitiva? 

La guerra cognitiva es un concepto que el Innovation Hub de la OTAN lleva estudiando desde el año 2021. No existe un único autor del término, pero se suele citar al contralmirante francés François du Cluzel, quien lo expuso en 2020 como parte clave de un informe parte del Innovation Hub de la OTAN.

Este definió la guerra cognitiva como un tipo de conflicto que busca los medios para alterar la manera en la que el adversario piensa y percibe la realidad, con la intención de influir en su toma de decisiones. Pero la guerra cognitiva no busca simplemente convencer. Su objetivo es más ambicioso: alterar la forma en que pensamos, percibimos y, en última instancia, decidimos. El campo de batalla ya no es el territorio, sino la percepción de la realidad. 

Este cambio representa un punto de inflexión en la historia de la humanidad, en el que los enfrentamientos a escala global han convertido el control sobre la cognición humana en un objetivo estratégico de primer orden.

La guerra cognitiva ha encontrado sus premisas en la creciente compresión sobre cómo funciona la mente humana tras décadas de investigación en neurociencia, psicología y economía conductual. En esta línea, Gerald Zaltman, profesor de Havard Business School, declara que una mínima parte de nuestras decisiones son decisiones racionales (sólo 5 entre 100).

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El resto de ellas están condicionadas por lo que Herbert Simon llama racionalidad limitada y están influenciadas por factores inconscientes como la repetición, los sesgos, las falacias y las respuestas automáticas. 

Como sostiene el premio nobel Daniel Kahneman en su libro Pensar rápido, pensar despacio, nuestro cerebro se encuentra programado para tomar atajos en la mayoría de las decisiones del día a día, como elegir qué comemos o cómo reaccionamos a las señales sociales; y esto es así porque la toma de decisiones racional consume mucha energía mental. 

El aprovechamiento de los sesgos cognitivos ha pasado a convertirse en un elemento central de la política y de los conflictos contemporáneos, tanto a nivel nacional como internacional. Basta observar las campañas de desinformación a las que están expuestas las poblaciones de todo el mundo, así como el papel que desempeñan las redes sociales al incentivar determinados comportamientos y actitudes en los individuos.

El escándalo de Cambridge Analytica evidenció hasta qué punto la mente puede convertirse en un objetivo estratégico. Ocurrió en el año 20216, en las elecciones presidenciales que enfrentaban al candidato republicano Donald Trump contra la candidata demócrata Hillary Clinton. Millones de datos personales fueron utilizados para dirigir mensajes diseñados a medidas de los llamados «persuadibles».

Se les bombardeó con noticias, imágenes, discursos, videos y blogs. En las propias palabras de un alto ejecutivo de la empresa: «les mostramos contenido personalizado hasta que vieran el mundo como queríamos, hasta que votaran a nuestro candidato». 

El referéndum del Brexit también dejó al descubierto los estragos de la manipulación masiva: la ruptura de Gran Bretaña con la Unión Europea. Es el efecto boomerang de nuestra era, las compañías recogen los datos de los ciudadanos y vuelven a ellos en forma de discurso político o bulo. 

Pero las redes sociales no solo actúan como armas capaces de dirigir el voto de toda una nación sino como armas de distracción masiva, al ser capaces de convertir el placer como arma. Y el placer incapacita al enemigo tanto como el dolor. En el futuro, las personas pueden convertirse en ciudadanos que necesiten constantemente descargas de dopamina, individuos capaces de mantener la concentración y, por ende, construir una vida significativa.

A ello se añade que la addición a los teléfonos inteligentes produce un descenso de la materia gris del cerebro, lo que podría provocar un descenso del coeficiente intelectual de la población. 

Otra arma crucial en esta guerra cognitiva, con capacidad para desestabilizar los países son las fake news. Como su nombre indica, son noticias falsas, no basadas en fuentes fiables y veraces. De esta manera, se propicia la difusión de contenido engañoso, falso o fabricado. Así se genera un circuito vicioso, y una noticia falsa se replica miles de veces en cuestión de segundos.

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Todo esto sucede en un contexto de posverdad, término definido por el diccionario de Oxford como la palabra del año en 2016 y se refiere a las circunstancias en que los hechos objetivos son menos importantes a la hora de modelar la opinión pública que las apelaciones a la emoción o a las creencias personales.

Las fake news no solo distorsionan la realidad: erosionan dos de los pilares fundamentales sobre los que se sostienen las democracias modernas: el derecho a la información y la libertad de expresión. El primero garantiza que la ciudadanía acceda a información veraz, condición indispensable para comprender el mundo que habita y para forjar una opinión sustentada en evidencias.

Cuando esta información veraz es sustituida por la falsedad, el individuo queda desorientado frente al funcionamiento de los sistemas que lo gobiernan. En consecuencia, su libertad de expresión se ve mermada, pues no se puede expresar con plenitud aquello que no se ha podido comprender.

Un ejemplo que ilustra claramente su enorme poder fue el caso de Birmania (Myanmar). Los militares del país decidieron usar las redes sociales para lanzar una campaña contra los rohingyas musulmanes, una minoría étnica del país. El objetivo principal era cambiar la opinión pública y fomentar odio y violencia contra los rohingyas. El resultado fue asesinatos en masa, violaciones, pueblos enteros devastados por el fuego. Casi un millón de rohingyas tuvo que huir del país y emigrar hacía otros estados. 

La guerra cognitiva ofrece una forma segura y rentable de alcanzar objetivos estratégicos, a menudo sin los riesgos y gastos asociados a la acción militar convencional. Por ejemplo, China pretende controlar el destino de Taiwán sin recurrir a la guerra convencional, pero si mediante técnicas de guerra cognitiva. 

El combate por la atención 

La guerra cognitiva también libra una batalla silenciosa por nuestra atención, quizá el recurso más escaso del siglo XXI. William James, padre de la psicología moderna estadounidense, la definió como el «fenómeno esencial de la voluntad«. No es casual que hoy múltiples actores compitan por capturarla. Vivimos rodeados de distracciones estratégicas diseñadas para que miremos donde otros quieren que miremos.

Reed Hastings, fundador de Netflix, llegó a afirmar que su mayor competidor no es otra plataforma, sino el sueño. Y quizá por eso hoy el verdadero éxito, como decía Bob Dylan, no sea hacer más cosas, sino poder levantarse por la mañana, acostarse por la noche y, entre medias, hacer realmente lo que uno quiere.

La erosión de nuestra capacidad de atención no es un daño trivial. Un estudio de Hewlett-Packard mostró que las distracciones podían restar hasta diez puntos al cociente intelectual de trabajadores cualificados, una pérdida dos veces superior a la registrada en quienes consumen marihuana.

El Objetivo final: la confianza

En el núcleo de la guerra cognitiva se encuentra un elemento esencial y, a menudo, invisible: la confianza. 

Las sociedades modernas, como señalaron Hobbes, Locke o Rousseau, se sustentan sobre un contrato social implícito. Los ciudadanos confían en sus instituciones, la legitimidad de los procesos democráticos, en unos valores y, en última instancia, en los demás. Cuando esa confianza se erosiona, la vulnerabilidad se vuelve evidente. 

Una sociedad que desconfía de sus instituciones difícilmente puede sostenerlas. Cuando los procesos electorales se creen manipulados o los medios de comunicación pierden credibilidad, la capacidad de acción colectiva se debilita, Y el ciudadano deja de ser un sujeto activo para convertirse en un individuo desorientado, vulnerable a la influencia externa. La desconfianza divide y paraliza. 

¿Y el futuro? 

Pero la Inteligencia Artificial generativa todavía revolucionará más este panorama. Será capaz de aumentar el alcance de las campañas de desinformación y operaciones de influencia. La creciente sofisticación de deepfakes hará que los individuos no sepan distinguir entre lo que es real y lo que no. España ha empezado a regular esta manipulación con el anteproyecto de Ley Orgánica para modificar la protección civil del derecho al honor, intimidad y la propia imagen. Asimismo, la gran capacidad de la IA para aprender da la posibilidad de crear desinformación personalizada. Además, cabrá ver como las tecnologías de realidad aumentada y de realidad virtual son capaces de distorsionar la realidad. 

Por otro lado, se encuentra el rápido avance de las neurotecnologías, las cuales podrían ofrecer un acceso a nuestros datos neuronales sin precedentes. Esta información podría mostrar como se sienten los seres humanos, dotando a diferentes actores de una capacidad colosal para piratear nuestra realidad y percepción del mundo. 

Conclusión 

La guerra cognitiva plantea uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo. No se trata únicamente de una cuestión estratégica o tecnológico, sino profundamente humana. En última instancia, la pregunta es sencilla y compleja a la vez: ¿hasta qué punto somos dueños de nuestros propios pensamientos? 

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En un mundo con múltiples actores que compiten por influir en la mente humana, la libertad de pensamiento adquiere un valor central. Sin libertad de pensar no hay futuro que construir. Tal vez el mayor riesgo no sea la manipulación en sí misma, sino la incapacidad de reconocerla. Comprender el cerebro será la pieza clave del futuro. Porque, en esta nueva forma de guerra, conocerse a uno mismo, puede ser la mejor defensa.  

Y, sin embargo, incluso en medio de la oscuridad más extrema, existe un resquicio de esperanza. Viktor Frankl, prisionero en los campos de concentración del régimen nazi, nos legó una de las enseñanzas más profundas sobre la condición humana: al ser humano pueden despojarlo de todo, de su hogar, de su dignidad, incluso de su libertad, excepto de una cosa esencial, su capacidad de elegir. Frente al horror, Frankl descubrió que la última de las libertades humanas es decidir la actitud con la que se afrontan las circunstancias.

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