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La “zona gris” de la guerra económica

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Toda guerra es, al fin y al cabo, también una guerra económica: desde la antigüedad se ha utilizado la economía como una de las armas esgrimidas en un conflicto. Así, el uso de la economía y de las finanzas como instrumentos de beligerancia se ha ido sofisticando hasta alcanzar cotas realmente complejas en el siglo XXI.

En esta dinámica de guerra económica, Europa y Occidente han reorientado progresivamente sus políticas en el área exterior y de seguridad, desde la lucha contra el terrorismo global hacia la competencia estratégica con Rusia y China.

Uno de los elementos más importantes de esta competencia estratégica ha pasado a ser la guerra por debajo del umbral, también denominada «guerra asimétrica», «híbrida» o «de zona gris». Este énfasis en las actividades por debajo del umbral sugiere que el adversario no desea confrontar abiertamente, sino que busca debilitar al enemigo desde dentro y separarlo de sus aliados.

En otras palabras, los competidores estratégicos buscan moldear el entorno geoestratégico en su favor, desde las operaciones de información hasta la guerra económica, que incluye herramientas tales como las finanzas ilícitas y la corrupción estratégica.

Los adversarios estratégicos representan una clara amenaza económica y financiera para Europa y Occidente cuando operan en la zona gris financiera y económica, en la que los actores maliciosos pueden aprovechar el sistema financiero para promover sus objetivos y desarmar al país internamente.

Durante las últimas décadas, la política de los países occidentales tuvo como objetivo integrar a Rusia y China en el sistema financiero y comercial internacional. Hoy, esta integración global parece inviable. Además, la situación se ha agravado por las capacidades cibernéticas malignas que Rusia y China han ido incrementando.

La “zona gris” financiera y económica se compone de cuatro elementos clave: la corrupción endémica; la financiación ilícita y el blanqueo de capitales; la adquisición de activos estratégicos y el robo de secretos de Estado, y la evasión de sanciones (incluyendo el uso de criptomonedas).

El ciberdelito como ventaja táctica en la guerra económica

Rusia y China han adoptado diferentes enfoques en esta competencia financiera y económica por debajo del umbral, perfeccionando progresivamente las herramientas que utilizan en tal actividad, pero siempre buscando el mismo fin: desafiar la economía y las finanzas mundiales lideradas por Occidente. Más concretamente, buscan debilitar la influencia occidental a nivel global y dentro de las organizaciones internacionales.

Las actividades cibernéticas malignas desplegadas por actores estatales y no estatales ocupan un lugar destacado en este campo de batalla, en particular el delito cibernético. Siendo más concretos, el futuro del ciberdelito está estrechamente ligado al futuro de las políticas exteriores de Rusia, China, Irán y Corea del Norte, ya que estos actores han utilizado las susodichas armas para obtener una ventaja táctica. 

Igualmente, cada vez más, la atención se centra en las criptomonedas como elemento destacado de esta guerra cibernética y económica (sabido es que para el ransomware, las estafas de phishing o los esquemas de fraude, las criptomonedas son un modo de pago preferido por los ciberdelincuentes).

Asimismo, la exploración y el avance en el uso de monedas digitales por los bancos centrales (CBDC), en las que China es líder, hace surgir un conjunto de desafíos para el sistema financiero existente, a la par que muchas incertidumbres. Es importante destacar que la proliferación de las CBDC podría derivar en graves efectos geopolíticos.

En particular, la creación de alternativas al dólar estadounidense y al liderazgo de Estados Unidos en el sistema financiero mundial, especialmente por el riesgo de reducir el impacto de la política de sanciones estadounidenses y socavar el poder económico Washington.

Destaquemos que la Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense de 2017 reorientó la política exterior y de seguridad de Washington lejos de la lucha contra el terrorismo global y su financiación, a la que se había dedicado durante los dieciséis años anteriores, hacia la competencia estratégica con Rusia y China. Del mismo modo, esta estrategia también tenía como objetivo responder al comportamiento agresor de Irán y Corea del Norte.

En este sentido, la Guía Estratégica Provisional de Seguridad Nacional de Estados Unidos de 2021 refuerza esta nueva realidad al reconocer los nuevos desafíos estratégicos de una China cada vez más asertiva y de la desestabilización llevada a cabo por Rusia. La conclusión prominente de esta Guía es que ambos son Estados autoritarios que tienen como objetivo minar las instituciones democráticas.

En la misma línea se mueven las estrategias de seguridad nacional de los diferentes países del área occidental, básicamente los europeos. Y la Estrategia de la Unión Europea para una Unión de la Seguridad o el documento Lucha contra las Amenazas Híbridas del Servicio Europeo de Acción Exterior abordan la cuestión con equivalente filosofía.

El trasfondo de la guerra económica

Cabe preguntarse sobre los alicientes de los adversarios de los países occidentales para recurrir con mayor intensidad a estas tácticas. La lógica indica que la motivación obvia radica en el dominio militar global ejercido por Estados Unidos y en que los costes de una confrontación militar abierta con Occidente son, simplemente, demasiado altos para tales adversarios.

Por ello, en lugar de una confrontación militar abierta, los enemigos de Occidente intentan moldear los nuevos espacios de batalla a su favor. Lo cual incluye desde operaciones de desinformación hasta la guerra económica. Así, fomentan restricciones en la capacidad de Occidente para responder a los movimientos de estos antagonistas, particularmente en las regiones de interés para ellos, mientras se protegen de las acciones políticas de represalia.

Pero la estrategia de los enemigos de las democracias occidentales y sus métodos híbridos también buscan sembrar la división entre los aliados occidentales, fundamentalmente entre Estados Unidos y Europa, así como con otros países aliados.

Por ejemplo, Moscú ha venido utilizado una combinación de acciones abiertas y tácticas por debajo del umbral aplicadas a sus vecinos (principalmente contra Georgia, Ucrania y Moldavia) para impedir su soberanía, llegando al extremo de tratar de preparar un argumentario falso para justificar la invasión de Ucrania, como se ha puesto de manifiesto en esta guerra de agresión perpetrada por Moscú.

China también ha procedido de igual forma en los mares de China Meridional y Oriental. Sin duda, el objetivo tanto de Moscú como de Pekín es controlar y dominar esferas de influencia mientras intentan reducir los costes globales de tales acciones.

Una forma de reducir estos costes es seducir a las élites políticas dóciles de otros países para limitar la respuesta negativa después de movimientos agresivos. Otro medio es utilizar el apalancamiento económico y tecnológico para disuadir o, en última instancia, castigar a los países que imponen sanciones o critican las acciones de rusos y chinos.

El recurso más sofisticado que manipulan es rebajar la exposición al sistema financiero controlado por Estados Unidos y Europa, así como minar las instituciones occidentales para limitar el impacto de las sanciones occidentales. En otros casos, Moscú, Pekín y sus aláteres intentan el aumento de las tensiones militares para asegurar futuras concesiones, mientras Occidente suele tratar de evitar un conflicto militar.

El adversario, por lo tanto, explota las debilidades (como la corrupción), las lagunas en los marcos legales y los puntos ciegos para obtener ventajas a largo plazo. Es una estrategia integral. Este es el espacio de batalla del siglo XXI por el que navega hoy la comunidad de seguridad nacional de los países occidentales, y en el que debe aprender a competir de manera más eficaz.

Todos los elementos de los principios, las normas y las instituciones de las sociedades democráticas pueden explotarse y convertirse en armas: la información, el sistema financiero mundial, la cultura, la religión, la migración y las propias instituciones democráticas.

De todos ellos, la competencia económica y financiera ha sido un espacio reiteradamente manipulado. Los gobiernos de Estados Unidos y Europa, junto con sus aliados, sólo han comenzado a reconocer la naturaleza arrolladora de este desafío, incluidos sus aspectos de agresión en el interior de las sociedades democráticas.

La naturaleza de la guerra económica

Por lo dicho, queda de manifiesto que podemos hacernos una idea más clara de la creciente amenaza económica y financiera que para Occidente emana de la competencia estratégica en este terreno: en esta “zona gris” los actores malintencionados se aprovechan del sistema financiero de los países occidentales para promover sus objetivos y desarmarlos internamente.

Las mismas fortalezas que hacen de los países occidentales destinos atractivos para inversiones legítimas (economías sólidas, clima de negocios abierto y papel central de las instituciones financieras), también pueden atraer a delincuentes y a otros actores ilícitos que buscan ocultar o disfrazar sus ganancias irregulares, o financiar sus peligrosos complots. Esto es mucho más evidente en el caso del dólar estadounidense al ser una piedra angular del comercio internacional, la inversión y los servicios financieros a escala mundial.

Con semejante orientación el Memorándum de Seguridad Nacional sobre la lucha contra la corrupción estadounidense de 2021 destaca aún más tanto el uso de la corrupción por parte de los líderes autoritarios para socavar las democracias en todo el mundo, como el hecho del blanqueo de capitales que utiliza las estructuras de Estados Unidos y otras naciones occidentales.

Si bien China y Rusia han adoptado diferentes enfoques a este respecto, queremos volver a subrayar que la guerra económica y sus tácticas han evolucionado, y seguirán evolucionando, y que ambas potencias buscan el mismo fin: desafiar el orden económico y financiero global liderado por Occidente para reducir la influencia de Estados Unidos a nivel mundial, así como dentro de las instituciones internacionales.

Una manifestación importante de este desafío es el movimiento llevado a cabo por Moscú y Pekín para desvincularse por completo del sistema financiero liderado por Estados Unidos, tratando de crear un sistema financiero separado que satisfaga las necesidades autoritarias de estos países y los proteja de la coerción económica impuesta por Occidente.

Como resultado, está surgiendo un nexo peligroso entre competencia estratégica, financiación ilícita patrocinada por estos Estados, corrupción, influencias malignas en este campo y desacople o desvinculación financiera patrocinada por tales actores. Todo lo cual amenaza los intereses de seguridad nacional de Estados Unidos, de Europa y de los aliados occidentales.

Ante tal situación, Washington se ha colocado al frente de la lucha contra las finanzas ilícitas patrocinadas por estos adversarios hostiles. Estados Unidos es el nodo central del sistema financiero global y no tiene otra opción. Se estima que cada año se lavan en Estados Unidos unos 300.000 millones de dólares en ganancias provenientes de delitos financieros nacionales, sin incluir los fondos ilícitos que ingresan del exterior. Lo cual subraya aún más esta grieta estratégica que los adversarios explotan. Como hemos apuntado, la centralidad del papel de Estados Unidos en este asunto se ve reforzada por la primacía del dólar estadounidense como moneda de reserva mundial.

La Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense de 2017 reconoció que las herramientas económicas, incluidas las sanciones, las medidas contra el blanqueo de capitales y la corrupción, pueden ser partes importantes de estrategias más amplias para disuadir, coaccionar y constreñir a los adversarios hostiles.

Esto confiere amplios poderes de interdicción, sanción y coerción al gobierno estadounidense, pero también evidencia que el dólar corre el mismo riesgo frente a blanqueadores, falsificadores y otros actores que buscan ocultar fondos entre los dólares estadounidenses.

Por lo tanto, no sorprende que una de las herramientas no militares más poderosas de Rusia sea su abuso del sistema financiero internacional para financiar una variedad de operaciones de influencia agresiva que debilitan internamente a Estados Unidos y a sus aliados, mientras sostienen económicamente al círculo íntimo del Kremlin.

Respecto a China, ésta también aprovecha el tamaño de su mercado interno y su generosidad financiera en el extranjero (dirigida a través de sus iniciativas Belt and Road y Digital Silk Road) para obtener una ventaja estratégica y lograr el dominio económico. Beijing ha combinado tales hechos con el espionaje económico y la presión crediticia para obtener influencia, específicamente sobre los países más pequeños. (ahí están los ejemplos de Montenegro, miembro de la OTAN, y de Sri Lanka).

Digamos que tanto China como Rusia defienden una forma de capitalismo autoritario competitivo que utiliza sus empresas estatales, y otros elementos privados, para hacer crecer sus intereses en industrias estratégicas, tratando de ser una perversión insidiosa de los mercados libres.

La amenaza de la “zona gris” financiera

La Estrategia Nacional para Combatir la Financiación del Terrorismo y otros ilícitos estadounidense de 2020 subraya cómo funcionarios extranjeros han intentado (y en ocasiones han tenido éxito) mover fondos a través del sistema financiero de Estados Unidos socavando los intereses norteamericanos a través de una variedad de medios que van desde el uso de proxies hasta las tácticas de desacoplamiento usando criptomonedas.

Los Estados beligerantes combinan medios legales e ilegales, tanto complejos como transfronterizos, para dificultar la detección y lograr sus objetivos dentro de la zona gris financiera. Al igual que la guerra por debajo del umbral, los delitos financieros, incluso dentro del sistema económico de los países occidentales, no son nada nuevo.

Sin embargo, con la globalización y los avances tecnológicos, los delitos financieros se han convertido en una forma de guerra económica. El sistema financiero se ha vuelto más transnacional y complejo, con redes de empresas fantasma anónimas y esquemas de transacciones que oscurecen el origen de los fondos a través de procesos de estratificación, sin mencionar la velocidad de las transacciones.

Esta complejidad se intensifica todavía más con el advenimiento de las tecnologías financieras (por ejemplo, blockchain) y las criptomonedas que pueden dificultar la transparencia.

Sabido es que la lista de actores que utilizan el sistema financiero de los países occidentales se ha ampliado más allá de los delincuentes profesionalizados, para incluir a funcionarios estatales y oligarcas afiliados al régimen en cuestión. Hoy, Rusia y China representan las mayores amenazas financieras debido a su tamaño (particularmente China), la profunda integración económica y financiera, y las capacidades cibernéticas malignas.

Los enemigos de Occidente también pueden aprovechar su posición para ayudar a actores maliciosos de menor envergadura o conectarse con el crimen organizado transnacional a fin de camuflar sus actividades. De hecho, actores, como Irán o Venezuela, han tratado de evadir las sanciones o la primacía de Washington en el sistema financiero utilizando entramados complejos, como empresas ficticias, proxies o criptomonedas. Siendo más concretos, las organizaciones delictivas transnacionales siguen siendo una parte muy importante de estos esquemas ilícitos movidos por Estados hostiles a Occidente.

En resumen, los países occidentales van a estar sometidos a las amenazas híbridas que utilizan el sector de la economía y las finanzas como arma de forma creciente por parte de Rusia, China y sus aliados de menor rango (básicamente, Corea del Norte e Irán).

Ante lo cual, los Estados democráticos tienen que fomentar que sus ciudadanos sean conscientes de tal peligro, y poner en conocimiento de la opinión pública los constantes ataques que dicho sector sufre y las consecuencias que persiguen los enemigos de sus libertades (tanto los externos como los internos que apoyan a estos últimos).

Finalmente, en este juego se busca una preeminencia geopolítica, pero, sobre todo, se dilucida la defensa de unos valores que sostienen a las sociedades no autoritarias. Y muy especialmente, se trata de la defensa de la democracia, el Estado de derecho y el respeto por los derechos humanos que son la piedra angular sobre la que las sociedades occidentales, y particularmente las europeas, han aprendido a convivir.

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Juan Antonio Falcón

Juan Antonio Falcón Blasco estudió Derecho, especializándose en Derecho
Internacional, Relaciones Internacionales y Unión Europea. Durante cuarenta años ha
desarrollado su actividad profesional en organizaciones y empresas públicas y privadas, pero siempre cerca de las cuestiones internacionales.

Fundó, presidió y es miembro del Consejo Aragonés del Movimiento Europeo. Pertenece al Team Europe de la Comisión Europea. Igualmente, fundó y presidió en Instituto de Relaciones, Geopolítica y Economía Internacionales.

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