En varios países, creencias mitológicas siguen influyendo en decisiones urbanísticas y políticas. Desde Islandia hasta Japón, carreteras o proyectos se adaptan para respetar lugares asociados a elfos, hadas o espíritus. En este artículo, Artiom Vnebraci Popa, alumno del Máster Profesional de Analista Estratégico y Prospectivo de LISA Institute analiza cómo estos relatos actúan como marcos culturales que moldean la relación entre territorio y poder.
La representación contemporánea de los espacios públicos suele diluir un aspecto profundo: las comunidades y la sociedad general no ha acabado de imaginar los territorios como una fuerza naturalista-laica. Es más, a pesar de la percepción racional del Estado moderno, basta una observación superficial para notar que ciertas decisiones políticas siguen regidas por mitos.
Así, en diferentes zonas del planeta, las carreteras se desvían para no dañar rocas o cuevas donde supuestamente viven comunidades de elfos, y los templos rústicos inhiben la construcción de viviendas alrededor suya por falta de respeto a los percibidos seres espirituales tutelares de los bosques. Tales situaciones no son solo curiosidades sociológicas, sino grandes fenómenos geopolíticos donde los mitos se configuran como herramientas narrativas que moldean políticas y condicionan inversiones.
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La geopolítica de la mitología, por tanto, no estudia seres folclóricos inexistentes, sino como la forma en la que los marcos mentales sociales sobre tales seres generan efectos reales. Lo que analiza esta modalidad no es la literalidad de los espíritus o los elfos, sino la formulación histórica de como una comunidad concreta otorga capacidad fáctica y normativa por tales ideas a un paisaje concreto.
Esta coordinación entre modernidad y cosmología no es una rareza, sino una fuerza cultural que va desde Islandia hasta Hawái, y desde Irlanda hasta España, achacándonos la revisión de la idea de que la racionalidad secular ha sustituido por completo el imaginario sagrado mitológico.
La mitología en Islandia y la creencia en los Huldufólk
En el territorio islandés, la mitología no es decoración. Es un ecosistema vivo de creencias, ritos y espiritualidades que define la particularidad de un territorio concreto. Así, la creencia en el Huldufólk (la «gente escondida» o «los que se esconden») no es simple literatura, sino se encuentra integrada en la sensibilidad colectiva. Esto es así hasta un punto en el que las instituciones públicas islandesas acaban actuando según esas normativas social-mitológicas no escritas.
Gracias al paisaje volcánico del país (con sus cráteres y playas negras) no es complicado vislumbrar que tal paisaje puede estar habitado por seres discretos. Y es que, a lo largo de los últimos sesenta años, varias obras públicas han sido detenidas o modificadas debido a la presencia simbólica de estos seres. Un ejemplo de ello fue la construcción de una nueva carretera que pudiese conectar la península de Áltfanes con la metrópolis de Reikiavik.
La discusión no fue en base a la sostenibilidad ecológica o la geoingeniería, sino en que, según varios activistas una gran roca situada en el trazado previsto era la morada de una comunidad de elfos. Aunque el Estado islandés no reconoce de forma oficial la existencia de tales seres mitológicos, entendió el valor sociocultural de tal tesitura y acabó actuando vía rituales sociales antiguos. Se optó por desplazar la roca con ceremonias y ritos para que ningún daño espiritual fuera producido.
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Otro caso interesante en Islandia fue la roca Álfhóll en Kópavogur que resistió durante semanas enteras el avance de una maquinaria pesada que constantemente se averiaba. Hasta que el trazado no fue alterado, no se pudo seguir las obras sin problemas. La explicación técnica de tal caso nunca fue satisfactoria, pero la visión cultural era clara: «los elfos se opusieron a tales obras y sabotearon la maquinaria».
Asimismo, la condición política de tales casos podría explicarse en clave de superstición. Pero tal lectura sería reduccionista. La visión más apropiada podría pasar por entender que el Estado islandés reconoce de forma implícita que la legitimidad de una obra no ha de basarse únicamente en la praxis económica, sino ha de tener en cuenta la sensibilidad cultural compartida.
El mito puede verse como una forma de resistencia social que impida el avance capitalista en territorios tradicionalmente asociados a lo sagrado. La sacralización funcionaria de esta forma como defensa narrativa contra las fuerzas agresivas del mercado contemporáneo.
La mitología de las hadas y su influencia en Irlanda
En Irlanda, las hadas no son criaturas amables basadas en la cosmovisión disnenyana de la mitología. Son entidades enraizadas en la memoria nacional desde hace muchos siglos. Su vivencia simbólica se asocia con colinas, árboles misteriosos y solitarios, y arqueología prehistórica. Lo interesante es que, en nuestro siglo, estos elementos de la cognición popular sigan formulando límites en la planificación territorial. Asimismo, destruir un fairy bush (un árbol de hadas) se percibe como violencia cultural que puede llevar a desgracias o conflictos.
El caso más emblemático es el del Latoon Fairy Bush como resumen de este fenómeno. Así, a finales de los noventa, la construcción de una autopista en el condado de Clare se hubo de detener porque un arbusto de espino (considerado hogar de las hadas) se encontraba en medio del trazado arquitectónico.
La presión social transformó una supuesta superstición rural en debate de corte nacional sobre la relación entre el progreso material y el respeto a la tradición espiritual, lo que llevó a que la carretera se curvase ligeramente preservando el arbusto. En actualidad, el árbol a sigue permaneciendo en su lugar de origen, rodeado por un acelerado tráfico, siendo símbolo de resistencia cultural a la lógica material del capital.
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También cabe mencionar que en gran parte de las granjas irlandesas (las ringdorts), las estructuras circulares de la Edad del Hierro siguen siendo percibidas con respeto y evitación. No existe una determinada ley que prohida la construcción sobre ellas, pero poco autóctono lo hace. Tal autocensura sociocultural actúa como una gobernanza parcial y paralela. Incluso lugares asociados con espectros (como la curva de Petticoat Loose en Waterford), no acaba de modificarse porque parte del inconsciente colectivo irlandés considera la intervención una intromisión peligrosa.
Japón, Hawái y otros territorios donde la sociedad negocia con la espiritualidad
En Japón, el baile entre política gubernamental y mundo espiritual alcanza una de sus formulaciones más refinadas.La ontología sintoísta no configura la naturaleza como entorno físico, sino como ecosistema habitado por fuerzas sutiles y mitológicos (los kami, los kodama o los espíritus titulares). Estos se integran en el orden natural. En el caso japonés, esto no es una superstición marginal, sino un principio que direcciona la ética y las decisiones sociales del país. Así, las desviaciones de obras urbanísticas para no intervenir los cedros gigantes (símbolos de la morada de los kodama).
Tal marco ha de leerse en clave cosmológica, ya que talar el árbol supondría desvirtuar la armonía del entorno y, por ende: la armonía comunitaria. Lo mismo pasa con los bosques sagrados de Ise (y su santuario). Su inviolabilidad no solo se encuentra protegida por decretos patrimoniales y ecológicos, sino por la presencia histórico-mitológica de los kami. La idea de estos, pasada de generación en generación, actúa como límite político intangible.
Es relevante para reafirmar tal marco cultural también, que, tras el tsunami de 2011 en Rikuzentakata, el Ippon Matsu («el pino solitario»), se convirtió en símbolo de fe y espíritu protector. Su entorno material fue preservado y cuidado durante la reconstrucción no por una cuestión de criterios urbanísticos, sino por su significado espiritual para la comunidad.
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A su vez, casos comparables se observan en Hawái. El clásico fenómeno de la figura de Pele (diosa de los volcanes y del fuego) es una agencia proactiva en la gestión territorial. Aquí, a su vez, se integra el antagonismo de la resistencia indígena contra los poderes fácticos estadounidenses.
Muchos proyectos urbanísticos como desarrollos turísticos, hosteleros y carreteras han sido ralentizados o cancelados para no perturbar zonas consideradas espirituales bajo las varias divinidades autóctonas. Así, para promover una modificación son necesarias al menos algún tipo de negociaciones simbólicas con los representantes de las comunidades para que den el visto bueno.
Para concluir, cabe remarcar (como ya se ha ejemplificado) que este fenómeno no es exclusivo de un solo territorio. En diferentes lugares de la Tierra, la mitología y los marcos no-lógicos siguen direccionando parte parcial de algunas políticas públicas. En India, templos y estructuras antiguas «habitados» por divinidades ralentizan la construcción de edificios.
En Tailandia, los espíritus phi asociados a árboles sagrados pueden llegar a bloquear su tala en Bangkok. Y en España, los tejos nacionales han sido y continúan siendo venerados como naturalismo espiritualista que debe resistir al modernismo urbano.
Pero en todos estos casos, la contemporaneidad técnica debe negociar con representantes físicos que contienen tales marcos mentales intangibles. Para algunos, esto puede considerarse una minuciosidad, pero para los habitantes de los territorios considerados sagrados, la diplomacia y la negociación es el primer paso para poder integrar las lógicas del mercado (equilibradas) en sus ecosistemas históricos.
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