La crisis de Ceuta no fue una sorpresa: fue una alerta reiterada y desoída

Análisis

Daniel Villegas
Fundador y Director general de LISA Institute. Es Asesor en materia de Seguridad, Inteligencia y Ciberseguridad para diversas empresas e instituciones públicas, tanto en Europa como en América. A su vez, es Consultor en proyectos para la OTAN, ONU y Unión Europea. Anteriormente, fue Responsable de Seguridad y Análisis en la Unidad de Seguridad y Protección Civil de Metro de Barcelona. A nivel académico, es Licenciado en Criminología (UIC), Graduado en Prevención y Seguridad Integral y Posgrado Superior en Gestión y Derecho de la Seguridad (EPSI), Máster en Mundo Árabe e Islámico (UB), Máster Oficial en Terrorismo (UNIR), Máster en Análisis de Inteligencia (UAB), Máster en Cybersecurity Management (UPC), CISA y CSX (ISACA).

La crisis de Ceuta de julio de 2026 tuvo alertas previas y una respuesta tardía. Análisis crítico de la gestión del Gobierno y homenaje a agentes y ceutíes.

Entre el 30 y el 31 de julio de 2026 más de 70.000 personas entraron a nado o a pie en Ceuta desde Marruecos, según cifras del Ministerio del Interior. Al menos 88 de ellas fueron enterradas en el cementerio de Sidi Embarek sin que apenas nueve tuvieran nombre. Un mes después, con los datos ya sobre la mesa, la conclusión es difícil de esquivar: hubo señales, hubo avisos y hubo tiempo. Lo que faltó fue una decisión. Este artículo es, a la vez, una crítica a esa ausencia y un reconocimiento a quienes la suplieron con sus propias manos: guardias civiles, policías, militares y ceutíes.

Antes que nada: los muertos y los ceutíes

Conviene empezar por donde suele acabarse. La cifra oficial de personas fallecidas en aguas y costas españolas durante la crisis de Ceuta de 2026 se sitúa en 88, según el balance de la Ciudad Autónoma recogido tras el último entierro el 26 de agosto; solo nueve cuerpos habían sido identificados. La organización Caminando Fronteras eleva la cifra a 145 fallecidos si se suman los 67 que sus redes de familiares documentan en el lado marroquí, un dato que Marruecos no ha confirmado. Setenta y nueve tumbas del cementerio musulmán de Sidi Embarek llevan hoy un número en lugar de un nombre. Con independencia de cómo se valore la gestión política, esas 88 personas se ahogaron a menos de un kilómetro de una playa española y merecen algo más que una línea en un balance. Mi solidaridad, y creo que la de cualquier profesional de la seguridad que haya visto un cadáver salir del agua, está con ellas y con sus familias.

Y está también con los 84.000 ceutíes. Una ciudad de 19 kilómetros cuadrados recibió en 48 horas una población equivalente a más del 85 % de la suya. Cerraron comercios, se suspendió el pleno de la Asamblea, el hospital activó su protocolo de catástrofes y las familias vieron cómo parques, playas y polígonos se convertían en campamentos improvisados. Un mes después, el Gobierno cifra en 5.000 las personas que permanecen en la ciudad; el Gobierno de Ceuta habla de entre 8.000 y 9.000, y los sindicatos policiales, de hasta 12.000. Con 25 o 30 expedientes de devolución tramitados al día, según la Confederación Española de Policía, el propio presidente ceutí Juan Jesús Vivas calcula que harían falta cerca de un año para normalizar la situación. Ceuta no pidió esta crisis y no la provocó. La ha sufrido en silencio administrativo durante semanas.

Antes: las señales estaban a la vista y la amenaza identificada

Una crisis es una sorpresa solo cuando nadie la ha visto venir. La de Ceuta no cumple esa condición. El 8 de julio el Consejo General del Poder Judicial hizo pública la sentencia 814/2026 de la Sala de lo Contencioso-Administrativo del Tribunal Supremo (ROJ STS 2965/2026), fechada el 29 de junio, que limita el rechazo en frontera previsto en la disposición adicional décima de la Ley de Extranjería a quienes superan «elementos de contención» físicos, como las vallas. Quien llega a nado, dice el Supremo, debe someterse al procedimiento ordinario de devolución del artículo 58.3, con expediente, intérprete y abogado. Podría ser una resolución jurídicamente impecable, pero operativamente explosiva, porque cambia las reglas del juego en la única frontera terrestre de la Unión Europea en África sin que nadie cambiara los medios para aplicarlas.

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Lo que ocurrió a continuación es una cadena de avisos con fecha y remitente:

  • Del 9 al 26 de julio las entradas a nado se estabilizaron en torno a 150 diarias, según la reconstrucción del Estado Mayor de la Defensa presentada por la ministra Margarita Robles en el Congreso el 25 de agosto. 
  • El 24 de julio el sindicato Independientes de la Guardia Civil describía una plantilla «completamente desbordada». 
  • El 27 de julio la Asociación Unificada de Guardias Civiles reclamaba por escrito «instrucciones claras» para aplicar la sentencia. 
  • Ese mismo lunes 27, según su propio relato, Vivas llamó a la Moncloa para advertir de 1.500 entradas en una semana y de que los menores acogidos habían pasado de 180 a 800; le pidieron tranquilidad. 
  • El martes 28 pidió el estado de alarma y al día siguiente le respondieron que no había fundamento jurídico.
  • El 29 de julio:
    • Según la versión de la ministra de Defensa, funcionarios del Centro Nacional de Inteligencia (CNI) destinados en Ceuta dieron cuenta a la Delegación del Gobierno de una convocatoria digital que movilizaba a hasta 180.000 usuarios para entrar a nado al día siguiente, coincidiendo con la Fiesta del Trono marroquí. 
    • The Objective atribuyó además al Centro de Inteligencia de las Fuerzas Armadas (CIFAS) una nota que calificaba de «altamente probable» un asalto a la frontera en esa fecha, extremo que fuentes del EMAD confirmaron a ese medio pero que no consta en fuente oficial. 
    • El Español reveló que el Centro Nacional de Inmigración y Fronteras de la Policía Nacional había emitido el 29 de julio una alerta interna de «riesgo extremo» por un acceso coordinado por vía marítima previsto para el 30 de julio. El ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, respondió con una carta al director general de la Policía preguntando si la Policía disponía de esa información y «desde cuándo».

Aquí es donde un análisis honesto debe pararse. La Moncloa sostuvo el 26 de agosto que «ni hay informes, ni hay avisos orales por parte del CNI a Delegación del gobierno, ni a ningún miembro del Gobierno». Cinco días después, el presidente Pedro Sánchez afirmó en la Cadena SER que «nadie ha negado que haya habido informes de situación», aunque ninguno anticipara «la magnitud». Ambas frases no pueden ser ciertas a la vez. Pero incluso aceptando la más benévola, el argumento de la magnitud es débil. 

La inteligencia no predice cifras exactas; predice tendencias, ventanas de oportunidad y fechas de riesgo. Y todo eso estaba señalado: una sentencia que alteraba el marco legal, una campaña en redes con fecha concreta, una festividad de alta carga simbólica en Rabat, un flujo que ya se había multiplicado y una ciudad que llevaba tres días pidiendo auxilio. En la literatura sobre sorpresas estratégicas, de Richard Betts en adelante, lo que suele fallar no es la alerta, sino la receptividad del decisor. Ceuta es un caso de manual.

Durante: 48 horas en las que el Estado llegó tarde

La entrada masiva comenzó en torno a las 11:00 del jueves 30 de julio y alcanzó un pico de unas 5.200 personas por hora, según el EMAD. A las 20:00 había entre 45.000 y 55.000 personas en la ciudad. 

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La solicitud formal de despliegue militar se registró a las 20:30 y el Ministerio de Defensa lo anunció esa misma noche: Regulares nº 54, Tercio Duque de Alba de La Legión y Regimiento de Caballería Montesa nº 3 en apoyo de la Guardia Civil. Es decir, el Ejército salió a la calle cuando la mayor parte de la entrada ya se había producido.

Por la tarde, Interior había descartado la declaración de emergencia de interés nacional con el argumento, técnicamente cierto, de que la Ley del Sistema Nacional de Protección Civil no contempla los flujos migratorios como riesgo. Vivas replicó con una frase que resume el sentir de la ciudad: «Si esto no es una emergencia, no entendemos qué lo es».

Que la ley no contemple un supuesto no exime al Gobierno de gobernarlo. La Ley de Seguridad Nacional permite declarar una «situación de interés para la Seguridad Nacional» y nombrar una autoridad funcional con mando único. Esa herramienta existía el 30 de julio. Se activó el 25 de agosto, por Real Decreto 681/2026, veintiséis días después, tras dos reuniones telemáticas del presidente con parte de su gabinete los días 7 y 17 de agosto y tras la ausencia del ministro del Interior en la Comisión del Senado del 12 de agosto, justificada por una reunión sobre el eclipse solar. Mientras tanto, el 1 de agosto el ministro celebraba haber logrado revertir la situación en «poco más de 24 horas». Los datos de septiembre desmienten aquella afirmación con crudeza.

Hay un detalle que retrata la primera respuesta mejor que cualquier discurso. Según el sindicato JUPOL, el 30 de julio había en Ceuta 42 agentes de la Unidad de Intervención Policial; el primer refuerzo, 18 agentes desde Sevilla, llegó la mañana del 31. Fuentes de la Guardia Civil citadas por The Objective hablan de un refuerzo inicial de 30 guardias civiles y una embarcación averiada. Frente a ellos, decenas de miles de personas en el agua. El presidente del Gobierno visitó Ceuta el 31 de julio, condenó «la violación y el ataque a la integridad territorial» de España, anunció 400 efectivos más y prometió «todos los recursos del Estado». Era lo mínimo. Llegaba un día tarde y un mes antes de que se materializara.

Después: el mes que Ceuta no debería haber vivido

El coste de esa demora no es abstracto:

  • En agosto se produjeron, según Interior, 17 agresiones sexuales denunciadas, la mayoría con víctimas menores. 
  • Más de 2.000 menores permanecen a día de hoy en la ciudad, de los que unos 1.200 estaban aún sin filiar el 31 de agosto, según la ministra de Juventud e Infancia. 
  • Al menos siete centros escolares han sufrido incursiones o daños, y el curso comenzará el 8 de septiembre con escoltas policiales en el transporte escolar. 
  • Un grupo de ceutíes quemó pertenencias de migrantes en la playa del Trampolín el 26 de agosto, bloqueó al día siguiente el reparto de alimentos de Cruz Roja y la Policía tuvo que efectuar disparos disuasorios al aire. 

Nada de esto justifica la violencia, y Vivas lo dijo con claridad: «Los violentos no nos representan». Pero la violencia no nace del vacío: nace de un mes sin mando, sin plan de traslados y sin respuestas.

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El paquete económico de 309 millones de euros aprobado el 1 de septiembre, la ampliación de los espigones, las boyas, los drones, el CETI permanente y la petición de apoyo a Frontex, Europol y la Agencia de Asilo de la UE son medidas razonables. También lo eran el 31 de julio, cuando, según El Español, el Gobierno rechazó la primera oferta de Frontex. La gestión de crisis se juzga por la relación entre el momento en que una medida es posible y el momento en que se adopta. En Ceuta, esa distancia se ha medido en semanas.

Los que sí estuvieron: agentes, militares y vecinos

Si el Estado como decisión llegó tarde, el Estado como personas no se movió de su sitio. 

Los ocho miembros del Grupo Especial de Actividades Subacuáticas de la Guardia Civil en Ceuta, seis agentes, un cabo y un subteniente, sacaron a cientos de personas del agua en turnos de 14 horas, según el reportaje de El Español del 6 de agosto. Uno de ellos describió el rescate de una abuela que sujetaba bajo el agua la mano de un bebé. 

Salvamento Marítimo, los voluntarios de Cruz Roja y los guardias civiles del Servicio Marítimo rescataron a más de 300 personas solo en la madrugada del 30 de julio. 

Los policías nacionales encadenaron jornadas de 14 y 16 horas sin instrucciones claras sobre identificación, determinación de edad o protección internacional, con dietas de 77 euros y, en palabras de JUPOL, «comiendo gracias a los militares y durmiendo gracias a los militares». La Policía Local dobló turnos durante semanas.

Los militares, a los que ninguna doctrina prepara para el control de masas, patrullaron sin chaleco ni casco, según la Asociación de Tropa y Marinería, y han sufrido al menos dos emboscadas con piedras, el 27 y el 29 de agosto, con al menos seis heridos, entre ellos un sargento. La Armada desplegó las fragatas Santa María y Navarra y el buque de acción marítima Rayo en la bahía. 

Y los forenses del Instituto de Medicina Legal, reforzados de siete a 19 profesionales, convirtieron el antiguo Hospital Militar en una morgue para dar dignidad a cuerpos sin nombre. 

El Consejo de Ministros aprobó el 1 de septiembre 15 millones de euros en gratificaciones para policías y guardias civiles. Es justo. Es también insuficiente frente a lo que han hecho.

Y luego están los ceutíes. Sabah Hamed, vecina de Los Rosales, ha atendido en su propia casa a unas 400 personas al día con comida caliente, duchas y curas, según EFE. La ONG Luna Blanca ha servido 2.700 comidas diarias. La asociación de vecinos de Sidi Embarek habilitó un polideportivo para que durmieran mujeres y niños. El 28 de agosto, dos días después de los incidentes del Trampolín, centenares de ceutíes se manifestaron con claveles bajo el lema «Sin violencia, sin odio, sin racismo». El 1 de septiembre llenaron de velas la plaza de África. 

Hoy, 2 de septiembre, Día de Ceuta, más de 260 municipios de toda España se concentran frente a sus ayuntamientos con una petición explícita de sus convocantes: «No queremos que politicen nuestro dolor». Esa es la Ceuta real: la que ayuda a quien llega y exige a quien gobierna. Ambas cosas a la vez, sin contradicción.

La frontera como instrumento: lo que sabemos y lo que no

Queda la dimensión exterior, que exige el máximo rigor. El informe del CENIF remitido a la Audiencia Nacional el 31 de agosto sostiene, según El Español, que gendarmes marroquíes uniformados y agentes de paisano dirigieron la entrada en fases y que la operación fue «planificada para violar la frontera española bajo apariencia migratoria». Es una hipótesis policial en el marco de una investigación judicial. 

Marruecos negó cualquier promoción o tolerancia y atribuyó la crisis a «redes de tráfico y difusión de rumores»; su embajadora, Karima Benyaich, pidió el retorno de sus conciudadanos y la cooperación posterior permitió devolver a más del 90 % de quienes entraron en pocos días. Si el informe de CENIF y sus evidencias son válidas, la “cooperación” posterior de Marruecos, probablemente, fue debida a que la “misión” ya estaba cumplida.

VariableMayo de 2021Julio de 2026
EntradasEntre 8.000 y 12.000 según fuente (más de 10.000 en la cifra más extendida)Más de 70.000 (Interior)
Fallecidos188 (Ciudad Autónoma); 145 (Caminando Fronteras)
RetornosMás de 10.000Más del 90 % en cinco días
Despliegue militarBlindados e infantería el 18 de mayoMás de 2.000 militares y tres buques de la Armada
Mando únicoNo declaradoDeclarado el 25 de agosto (RD 681/2026)
Duración de la fase aguda2 días2 días de entrada; más de un mes de crisis
Tabla comparativa de las entradas en mayo de 2021 y julio de 2026

Frente a esos indicios de tardía cooperación, hay otros de sospecha: la coincidencia con la Fiesta del Trono, la pasividad inicial denunciada por agentes españoles y el silencio institucional de Rabat durante la crisis. La literatura sobre migración instrumentalizada, desde Kelly Greenhill hasta el Reglamento (UE) 2024/1359 sobre situaciones de crisis y fuerza mayor, que regula expresamente la instrumentalización de migrantes, enseña que la prueba de estas operaciones rara vez es directa: aparece después, en las concesiones que asoman en la relación bilateral. Ese es el indicador a vigilar en los próximos meses.

Lo que sí es un hecho es la reacción europea. Italia suspendió el 31 de julio el régimen Schengen con España y prorrogó los controles el 31 de agosto. Veintidós Estados miembros, liderados por Italia y Dinamarca, pidieron por carta una reunión extraordinaria de ministros de Interior. Solo Francia, Portugal, Irlanda y Luxemburgo se quedaron con España. Con independencia de la justicia de esas medidas, que el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, ha atribuido a una «falta de solidaridad» de Roma, revelan algo incómodo: la credibilidad de España como guardián de la frontera exterior de la Unión se ha erosionado en 48 horas, y recuperarla costará más que un paquete de ayudas.

Lo que Ceuta enseña sobre gestión de crisis

He dedicado buena parte de mi vida profesional a la seguridad de infraestructuras críticas, gestión de crisis y a formar analistas. Desde esa experiencia, la crisis de Ceuta deja cuatro lecciones que ningún relato político debería tapar. 

  • Primera: la alerta temprana solo sirve si existe un canal formal, escrito y trazable hasta el decisor. Un aviso oral que después nadie reconoce es, a efectos de gestión, un aviso que no existió. En esta crisis hubo múltiples informes escritos, formales y trazables, antes de la crisis y durante la misma.
  • Segunda: cuando el marco legal cambia, como hizo la sentencia del Supremo, el marco operativo debe cambiar el mismo día, con instrucciones a los agentes y refuerzo de medios, no tres semanas después. 
  • Tercera: el mando único no se declara cuando la crisis se ha estabilizado, sino cuando empieza. 
  • Cuarta: reconocer a quienes sostienen el sistema no es un gesto, es una necesidad operativa. Los agentes que hoy están agotados en Ceuta son los mismos que tendrán que estar ahí en la siguiente crisis.

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Estas lecciones no son nuevas. Se estudian en cualquier programa serio de análisis de inteligencia y de prospectiva como los que impartimos en LISA Institute, donde la distinción entre fallo de alerta y fallo de receptividad es una de las primeras cosas que aprende un analista. Que el Gobierno de España las haya tenido que aprender en Ceuta, a un precio de 88 vidas y un mes de abandono, es la crítica más dura que se puede formular, y la más justa.

Conclusión

Ceuta no fue una sorpresa. Fue una alerta desoída, una decisión aplazada y una ciudad dejada sola durante demasiado tiempo. Lo que la sostuvo no fue un real decreto, sino ocho buzos de la Guardia Civil, cuarenta y dos antidisturbios, dos mil militares sin chaleco, un puñado de forenses y una vecina que abrió su casa a 400 personas al día. 

Ahora que por fin hay mando único, dinero y apoyo europeo, la obligación del Gobierno es doble: resolver lo que queda con la dignidad que exigen los vivos y los muertos, y explicar, con documentos y fechas, qué se supo, cuándo y por qué no se actuó, tomando acción y dirimiendo responsabilidades, a quien corresponda, al más alto nivel. Los ceutíes, los agentes y las 88 personas enterradas en Sidi Embarek tienen derecho a esa respuesta.

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