La sostenibilidad como concepto ha vivido una gran transformación desde su origen hasta la actualidad. Este proceso de evolución ha coincidido con el cambio de paradigma global, donde la lógica de poder ha superado al orden internacional basado en reglas. Sin embargo, limitar este fenómeno a esta relación causa-efecto sería un tanto simplista. La descarbonización y la transición energética han dejado de decidirse en cumbres políticas para convertirse abiertamente en un motor económico e industrial. Aunque Europa lideró inicialmente este camino con regulaciones y valores, China ahora ha extendido la sostenibilidad a la realidad geopolítica y económica, en este artículo, Javier Pera analiza por qué el liderazgo verde ya no se mide en compromisos políticos, sino en capacidad industrial, y cómo esa nueva vara de medir favorece a China.
Para entender este choque, hay que atender a la definición original. El concepto de sostenibilidad, o mejor dicho, desarrollo sostenible, hace referencia al desarrollo económico, social y medioambiental simultáneo, con el fin de garantizar unas condiciones prósperas a las sociedades actuales y a las futuras generaciones, tal como se definió formalmente en el Informe Brundtland de las Naciones Unidas (1987).
El marco internacional inicial: Ideología frente a gobernanza
El marco internacional de la sostenibilidad ha estado marcado por hitos como el Protocolo de Kioto, el Acuerdo de París, la Agenda 2030 y el Pacto Verde Europeo. Históricamente, en estos foros Europa ha actuado como líder indiscutible, mientras China aparentaba compromiso. Originariamente y en línea con su identidad y razón de ser, el modelo europeo priorizó la ideología antes que la gobernanza efectiva, con el liberalismo y la normatividad internacional como base. Europa se situó como el gran abanderado de la sostenibilidad desde un prisma político, normativo, identitario y cultural.
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Por el contrario, el modelo de China priorizó la gobernanza efectiva antes que la ideología, enfocándose en el crecimiento económico y dejando de lado la dimensión social y medioambiental, lo que la convirtió en el líder absoluto en emisiones y contaminación. Sin embargo, se ha producido un cambio de visión radical en China desde que descubre la transición verde como una oportunidad de negocio. Su movimiento no nace de un compromiso ético con el futuro, sino de una búsqueda activa de crecimiento económico.
Este giro ha provocado un nuevo paradigma en Europa, que ahora busca actuar como potencia geopolítica por encima de potencia normativa, asumiendo la sostenibilidad como un motor estratégico además de político. Ahora, ambos actores están en una carrera con el mismo foco, pero desde puntos de partida distintos: Europa se mueve de compromiso a compromiso, pero sumando competitividad, y China avanza desde el no compromiso hacia la competitividad total. Estas visiones se han alineado debido a la fragmentación del orden internacional basado en reglas y al triunfo definitivo de la lógica del poder.
Las cifras del giro narrativo y la brecha industrial
En este nuevo escenario, resulta evidente que no son suficientes los esfuerzos aislados de Europa. Algunas cifras demuestran de forma clara este giro en la narrativa global, confirmando que China supera con creces a Europa en capacidad industrial verde.
El año pasado, China produjo casi 13 millones de vehículos eléctricos frente a los discretos 1,88 millones de Europa. Asimismo, de cara al año 2030, la capacidad de fabricación solar de China alcanzará los 1.255 GW, una cifra que superará por sí sola a toda la instalación mundial prevista para esa fecha.
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Las claves de este progreso asimétrico se explican a través de la estrategia frente a la fragmentación. Es decir, el avance acelerado de China se debe directamente a un modelo centralizado y a una estrategia industrial constante y unificada. Por el contrario, Europa ha perdido terreno debido a su propia fragmentación interna, la complacencia al externalizar su producción en las últimas décadas y el retraso en la toma de decisiones clave.
El desafío verde de la Unión Europea
Esta situación nos sitúa ante el verdadero desafío regional de Europa. Para no sustituir la vieja dependencia de los combustibles fósiles por una nueva dependencia tecnológica de China, Europa necesita reaccionar cuanto antes en el plano industrial.
Para ello, Bruselas debe equilibrar su competitividad impulsando políticas como el «Made in Europe» en aquellos sectores específicos donde aún puede competir y mantener el pulso, como son las baterías, la energía eólica o el hidrógeno.
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