La alianza entre Estados Unidos, Israel y Marruecos está redibujando el equilibrio de poder en el norte de África y afecta directamente a la seguridad de España. Sergio Estrada, alumno del Máster Profesional de Analista de Inteligencia de LISA Institute, analiza cómo el rearme de Marruecos con tecnología israelí y respaldo estadounidense diluye la histórica superioridad española en el estrecho de Gibraltar y expone Ceuta, Melilla y Canarias a una presión creciente.
La geopolítica del norte de África experimenta una transformación estructural profunda. La consolidación de la alianza estratégica entre Estados Unidos, Israel y Marruecos redefine el equilibrio de poder en el área del Magreb. Este eje trilateral afecta de forma directa y multidimensional a la política exterior y a la seguridad nacional de España. El fenómeno no constituye un mero cambio de alineamientos diplomáticos en el vecindario; altera por completo la arquitectura de seguridad en el flanco sur europeo y obliga a una reevaluación urgente de la posición estratégica del Estado español en el Mediterráneo.
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Origen y arquitectura del triángulo estratégico
La cooperación formal entre Washington, Tel Aviv y Rabat nace de intereses geopolíticos cruzados y altamente pragmáticos. El punto de inflexión se consolidó con la firma de los Acuerdos de Abraham. Mediante este marco, Marruecos obtuvo el respaldo de Estados Unidos a su soberanía sobre el Sáhara Occidental, un reconocimiento impulsado inicialmente por Donald Trump y que la administración de Joe Biden ha optado por mantener intacto. A cambio, el Reino alauí normalizó de forma oficial sus relaciones diplomáticas con el Estado de Israel.
Para Estados Unidos, Marruecos representa un pivote de estabilidad fundamental en un continente africano marcado por la inestabilidad y la penetración de competidores globales como Rusia y China. El Pentágono considera a Rabat un aliado flexible, predecible y menos condicionado por las restricciones regulatorias de los socios europeos.
Por su parte, Israel encuentra en esta alianza una profundidad estratégica de gran valor en el mundo árabe, además de asegurar un mercado prioritario y en expansión para su industria de defensa. Como resultado, Marruecos actúa hoy como el principal vector de influencia occidental en la zona, aislando geopolíticamente a Argelia y modificando la arquitectura diplomática de la región.
La ruptura del equilibrio militar en el Estrecho
El aspecto más crítico de este eje para la posición de España radica en el rápido incremento del potencial militar marroquí. El apoyo de Estados Unidos y la transferencia tecnológica de Israel han acelerado un proceso de modernización armamentística sin precedentes en el norte de África. Esta cooperación bilateral ya no consiste en la simple compraventa de material estándar, sino en la adquisición de capacidades estratégicas avanzadas.
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Rabat ha centrado sus esfuerzos en la actualización de sus cazas F-16 y en la construcción de infraestructuras defensivas clave, como un muro en el Sáhara dotado de tecnología de vigilancia militar puntera suministrada por Tel Aviv. Marruecos ha reforzado sus capacidades operativas mediante la incorporación de sistemas de defensa aérea de última generación y vectores aéreos no tripulados. Estos elementos transforman la táctica operativa y diluyen de forma progresiva la histórica superioridad militar que España mantenía en el plano aeronaval en el estrecho de Gibraltar.
Este rearme altera también la balanza de poder bilateral con Argelia. El Gobierno argelino, aliado histórico de Moscú en la región, responde incrementando su gasto militar y estrechando lazos con Rusia. De este modo, el norte de África se convierte en un escenario secundario de la confrontación global entre bloques. España se encuentra geográficamente en medio de una carrera armamentística regional donde su vecino del sur cuenta con el respaldo explícito de la mayor potencia global y del actor militar más avanzado de Oriente Medio.
La estrategia de la zona gris y la soberanía española
Esta nueva arquitectura geopolítica sitúa a la diplomacia española ante un escenario asimétrico complejo. Reforzado por el respaldo político de Washington y la cobertura militar de Tel Aviv, Marruecos dispone de un mayor margen de maniobra internacional. Esta posición de fuerza permite a Rabat ejecutar con mayor seguridad estrategias de zona gris sobre Ceuta, Melilla y las aguas territoriales del archipiélago de Canarias.
La doctrina de la zona gris se caracteriza por el empleo de acciones que no superan el umbral del conflicto armado, pero que buscan debilitar la posición política del adversario. La presión migratoria intermitente, el cierre unilateral de aduanas comerciales, la asfixia económica de las ciudades autónomas y las reclamaciones de espacios marítimos exclusivos forman parte de estas dinámicas.
Al no tratarse de agresiones militares directas, estas acciones dificultan la activación de los mecanismos de defensa colectiva de la OTAN, cuyo tratado además no cubre explícitamente la integridad territorial de Ceuta y Melilla. Marruecos utiliza este vacío legal y su renovado peso internacional para forzar concesiones políticas del Gobierno español de forma gradual.
Dilemas y respuestas de la política exterior española
Ante este panorama, España afronta el reto de redefinir su estrategia hacia el Magreb para no quedar aislada en su propio entorno geográfico. El escenario exige un equilibrio complejo entre la diplomacia y la disuasión. Por un lado, España necesita mantener una relación de vecindad estable y cooperativa con Marruecos para garantizar la seguridad compartida en materia de terrorismo y control de flujos migratorios. Por otro lado, Madrid debe gestionar su relación con Argelia, un actor clave que históricamente cubre en torno al 11% de las necesidades continentales de gas y garantiza el suministro a través del gasoducto Medgaz. El giro español de apoyo a la propuesta marroquí sobre el Sáhara Occidental provocó la supresión del Tratado de Amistad por parte de Argel y el cierre del gasoducto Magreb-Europa, evidenciando la fragilidad de esta relación.
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La política exterior española debe adaptarse a un entorno donde Estados Unidos ya no considera a los socios del sur de Europa como los únicos interlocutores válidos en la región. España necesita potenciar su propio perfil estratégico dentro de la Unión Europea, promoviendo que el Flanco Sur reciba la misma atención política y recursos que el flanco este. La soberanía y la relevancia geopolítica en el Mediterráneo occidental dependen hoy de la habilidad de España para proyectarse como un actor indispensable en la seguridad marítima y como un puente necesario entre Europa y África, evitando que la agenda regional sea dictada exclusivamente por los intereses del eje Washington-Tel Aviv-Rabat.
La estrategia de España ante el nuevo equilibrio magrebí
El avance del eje Washington-Tel Aviv-Rabat altera de forma estructural la seguridad regional. Esta alianza trilateral consolida la posición diplomática de Marruecos y redefine las relaciones de poder en el estrecho de Gibraltar. Los analistas de relaciones internacionales confirman que Madrid afronta una notable asimetría geopolítica ante el rápido incremento del potencial militar de su vecino africano. Por ello, España debe abandonar definitivamente las respuestas puramente reactivas y liderar una doctrina de firmeza pragmática para salvaguardar sus intereses soberanos.
La diplomacia española necesita contrarrestar la estrategia de bilateralidad asimétrica que Rabat impone gracias al respaldo político estadounidense. El Gobierno tiene que elevar la seguridad y la gestión de Ceuta y Melilla a la categoría de prioridad comunitaria. Los informes estratégicos demuestran que la estabilidad de la frontera sur beneficia a todo el bloque europeo y otorga a Madrid una fuerza de negociación colectiva.
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La disuasión militar constituye la única vía efectiva para neutralizar las tácticas de presión marroquíes. Las Fuerzas Armadas españolas requieren una respuesta firme ante la dilución de su histórica superioridad aeronaval en el eje Baleares-Estrecho-Canarias. Varios centros de estudios de seguridad nacional sugieren que una presencia militar clara desincentiva por completo el uso de flujos migratorios y reclamaciones marítimas como herramientas de asfixia económica. El país debe combinar esta fortaleza con una diplomacia de reglas claras que asegure un equilibrio estratégico con Argelia y garantice una cooperación vecinal más predecible y simétrica.
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