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Europa no se defiende solo con más dinero: nueve claves sobre la OTAN, la UE y el papel de España

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Aumentar los presupuestos militares no equivale a disponer de unas Fuerzas Armadas capaces de actuar de manera conjunta. En una Masterclass de LISA Institute, el investigador Luis Simón Navarro analizó cómo se reparten la OTAN y la Unión Europea las funciones de defensa, qué podría cambiar si Estados Unidos reduce su presencia en Europa y por qué España necesita definir sus prioridades estratégicas antes de proyectarlas en Bruselas. La sesión, conducida por Daniel Villegas, abordó también la industria militar, las garantías para Ucrania, el flanco sur y las capacidades que deberían orientar el esfuerzo europeo

Europa se enfrenta a una pregunta más compleja que cuánto dinero destinará a defensa: ¿quién organizará, mandará y sostendrá las fuerzas militares si Estados Unidos decide asumir un papel menos protagonista? El aumento del gasto, por sí solo, no resuelve ese problema de coordinación, liderazgo y capacidad operativa.

Fue una de las ideas centrales de la Masterclass «Seguridad y Defensa compartidas: OTAN y UE ante el nuevo escenario geoestratégico», celebrada el 3 de noviembre de 2026 dentro del Ciclo de Cultura de Defensa de LISA Institute. Luis Simón Navarro, director de la oficina del Real Instituto Elcano en Bruselas y del Centre for Security, Diplomacy and Strategy de la Vrije Universiteit Brussel, conversó con Daniel Villegas, director general de LISA Institute, sobre la transformación del vínculo transatlántico y sus consecuencias para España.

A partir de su análisis, estas son nueve claves para entender los dilemas a los que se enfrenta la defensa europea. Sus escenarios de futuro y recomendaciones se presentan como valoraciones del ponente, no como decisiones ya adoptadas por los aliados.

1. Más gasto militar no significa automáticamente más capacidad para defender Europa

El debate público europeo suele concentrarse en los porcentajes del PIB y en el volumen total de inversión militar. Para Luis Simón, sin embargo, esas cifras son solo una parte del problema: lo decisivo es si los Estados europeos pueden generar, integrar, dirigir y sostener fuerzas capaces de actuar ante una crisis. Una suma de presupuestos nacionales no constituye, por sí misma, una fuerza militar europea.

El investigador explicó que Estados Unidos aporta mucho más que dinero o unidades desplegadas. Su contribución incluye inteligencia, vigilancia y reconocimiento; sistemas de mando y control; defensa aérea y antimisiles; guerra electrónica y capacidad de ataque a larga distancia. Esos elementos permiten operar como un conjunto y no como una colección de ejércitos nacionales.

Por eso, la autonomía europea debería medirse por la capacidad de transformar recursos en efectos militares reales. Comprar equipos sin resolver cómo se coordinan, quién establece prioridades y quién asume las decisiones críticas puede aumentar el gasto sin mejorar en la misma proporción la disuasión.

2. El liderazgo de Estados Unidos es una pieza difícil de sustituir

Una de las tesis más repetidas por Simón fue que la OTAN descansa sobre una estructura de mando aceptada por los aliados y articulada históricamente alrededor de Estados Unidos. En su interpretación, ese liderazgo proporciona una autoridad política y militar que facilita integrar fuerzas de países con prioridades e intereses diferentes.

La dificultad no se limita a encontrar un sustituto tecnológico. También plantea una pregunta política: ¿estarían dispuestos los países europeos a aceptar el liderazgo de otra potencia del continente? El experto consideró que un mando estadounidense resulta más asumible para muchos gobiernos que la primacía de un socio europeo concreto.

De ahí que distinguiera entre asumir más responsabilidades convencionales —algo que juzga necesario y posible— y reemplazar completamente la función estratégica de Washington. A su juicio, una retirada estadounidense no produciría automáticamente un liderazgo europeo; podría dar lugar, en cambio, a una pérdida de cohesión.

3. La retirada estadounidense no tiene por qué ser total, pero sí gradual

La Masterclass examinó distintos escenarios sobre el futuro de las fuerzas estadounidenses en Europa. Simón diferenció la presencia física de tropas y medios en el continente de las capacidades situadas en Estados Unidos que están previstas para reforzar a los aliados en caso de crisis. Aconsejó prestar atención, sobre todo, a qué funciones se mantienen y cuáles desaparecen.

Entre las posibilidades mencionó desde una retirada muy profunda, pero con permanencia del paraguas nuclear y del mando estratégico, hasta una presencia más limitada y concentrada en el flanco este, con medios aéreos, navales y capacidades críticas. Situó sus previsiones entre ajustes moderados y una reducción progresiva, sin presentar esas hipótesis como un resultado asegurado.

El argumento de fondo es que Washington tiene incentivos para priorizar el Indo-Pacífico, pero también obtiene ventajas políticas, industriales y tecnológicas de su influencia en Europa. Por ello, Simón considera plausible una implicación estadounidense menor, aunque todavía relevante para mantener la arquitectura de defensa aliada.

4. Bruselas multiplica la estrategia nacional, pero no puede sustituirla

Para influir en la Unión Europea no basta con esperar que las instituciones definan las prioridades de cada Estado. Simón describió Bruselas como un espacio de negociación entre gobiernos que comparten objetivos, pero también compiten por sus propios intereses y sus diferentes concepciones del proyecto europeo.

En su opinión, países como Francia tienen una tradición más clara de formular primero sus intereses nacionales y después proyectarlos mediante las instituciones comunitarias. España, sostuvo, tiende en ocasiones a confiar demasiado en que la estrategia europea resuelva debates que deberían plantearse previamente a escala nacional.

El investigador insistió en que la integración europea es un multiplicador de poder, no un reemplazo del pensamiento estratégico propio. Definir qué amenazas son prioritarias, qué recursos se quieren movilizar y qué papel se desea desempeñar en las alianzas es condición previa para negociar con eficacia en Bruselas.

5. La OTAN y la Unión Europea se complementan, aunque existen fricciones

La división de funciones entre ambas organizaciones fue otro eje de la sesión. Simón propuso distinguir dos planos: el que se ocupa de generar las condiciones materiales de la defensa —financiación, regulación, investigación, tecnología e industria— y el que integra esas capacidades para planificar y ejecutar operaciones militares.

En el primero situó principalmente a la Unión Europea; en el segundo, a la OTAN, por disponer de estructuras de mando, planeamiento y empleo de la fuerza. Esta especialización le parece hoy más complementaria que en etapas anteriores, cuando ambas instituciones aspiraban a desarrollar operaciones en escenarios similares.

La separación, no obstante, no es absoluta. La movilidad militar exige coordinación normativa e infraestructuras, pero también responde a necesidades operativas. Además, una arquitectura europea eficaz debe contar con aliados de la OTAN que no pertenecen a la UE, como Reino Unido, Noruega y Turquía, cuya aportación geográfica, industrial o militar es importante.

6. El fracaso del caza FCAS revela los límites de la integración industrial

El debate sobre la industria europea de defensa se concretó en el fracaso del proyecto de caza común del programa FCAS, en el que participaban Francia, Alemania y España. Simón lo utilizó como ejemplo de la dificultad de construir capacidades compartidas cuando los socios discrepan sobre el liderazgo industrial, el reparto del trabajo y las necesidades militares que debe satisfacer el producto.

Según explicó, Francia y Alemania no tienen la misma cultura estratégica: la primera combina disuasión nuclear y vocación de proyección exterior; la segunda mantiene una orientación más centrada en la defensa territorial. Esas diferencias afectan a las características de los sistemas que cada país considera necesarios.

A la disputa entre las empresas implicadas se añade una cuestión de poder: cuanto más invierte un Estado, menos incentivos puede tener para aceptar una posición subordinada en un programa industrial. Para el experto, una política industrial común solo puede sostenerse si existe suficiente acuerdo previo sobre sus objetivos estratégicos.

7. Ucrania y la disuasión nuclear muestran que las garantías deben ser creíbles

En relación con Ucrania, Simón advirtió de que un alto el fuego no resolvería por sí mismo el desafío de seguridad europeo. La cuestión central sería qué impide a Rusia aprovechar una pausa para rearmarse y reanudar sus ataques. En su análisis, la prioridad para Europa es preservar una Ucrania independiente y viable, respaldada por garantías que puedan cumplirse.

El ponente mostró cautela ante compromisos políticos que no lleven aparejada una disposición real a defenderlos. Consideró especialmente importante contar con alguna implicación estadounidense en cualquier arquitectura de garantías, para evitar fracturas entre los aliados y entre Ucrania y el resto de Europa.

Esa lógica se extiende a la disuasión nuclear. Francia y Reino Unido pueden reforzar la contribución europea, sostuvo, pero no sustituyen fácilmente el conjunto integrado de capacidades nucleares, convencionales, de mando y de inteligencia que Estados Unidos aporta a la OTAN. Separar unas de otras puede hacer menos coherente la respuesta ante una crisis.

8. El flanco este y el sur exigen respuestas diferentes, no una competición de prioridades

La invasión rusa de Ucrania y las presiones sobre los aliados orientales han situado la defensa del flanco este en el centro de la OTAN. Simón explicó que la naturaleza predominantemente militar de esa amenaza se ajusta a la especialización de la Alianza en disuasión y defensa colectiva.

El flanco sur, en cambio, combina inestabilidad política, seguridad interior, problemas de gobernanza y factores económicos y sociales. Aunque pueden existir amenazas militares concretas, el experto consideró que muchos de esos desafíos requieren instrumentos que van más allá de las competencias de la OTAN.

En ese contexto atribuyó un papel más amplio a la Unión Europea y a los Estados miembros, con la OTAN contribuyendo en ámbitos como adiestramiento, cooperación, vigilancia y reconocimiento. También advirtió del riesgo de una Europa cada vez más fragmentada entre regiones que comparten prioridades estratégicas distintas y se coordinan de manera desigual.

9. España debe convertir su posición geográfica en influencia estratégica

Para Simón, España dispone de activos que podrían aumentar su importancia en una defensa europea con menor presencia estadounidense avanzada. Su posición como conexión entre el Atlántico, el Mediterráneo y el norte de África, junto con las bases de Rota y Morón, le otorga valor como plataforma logística, aeronaval y de retaguardia.

Su recomendación fue no limitarse a ofrecer instalaciones, sino convertir esa ventaja geográfica en una relación estratégica y en capacidades propias. Defendió que España contribuya a la defensa del este europeo mediante medios polivalentes que también resulten útiles para sus necesidades nacionales: defensa aérea y antimisiles, medios navales y aéreos, submarinos, guerra electrónica y capacidades de precisión.

Por último, identificó una carencia en la formación civil española en asuntos estratégicos y militares. Frente a otros países, señaló que el conocimiento sobre disuasión, estructuras de fuerza y operaciones está muy concentrado en el ámbito castrense. Reforzar universidades, centros de análisis y especialistas civiles ayudaría a orientar las decisiones sobre el futuro de la defensa.

La conclusión para Europa y España

La discusión sobre la defensa europea no puede reducirse a cuánto se gasta ni a quién fabrica cada sistema de armas. La pregunta decisiva es cómo se transforma la inversión en una capacidad militar coordinada y creíble, quién puede dirigirla y qué relaciones políticas la sostienen.

El análisis de Luis Simón invita a pensar la autonomía europea como una redistribución gradual de responsabilidades más que como la sustitución inmediata de Estados Unidos. Para España, ese proceso exige participar activamente en la defensa común, pero también definir una estrategia nacional coherente, aprovechar sus capacidades aeronavales y fortalecer el conocimiento especializado con el que se toman las decisiones.

Descarga las principales conclusiones de la Masterclass en PDF 👇🏼

Además…

La Masterclass «Seguridad y Defensa compartidas: OTAN y UE ante el nuevo escenario geoestratégico» forma parte del Ciclo de Cultura de Defensa: las claves estratégicas de la Defensa de España en 2026, producido por LISA Institute con el apoyo de la Secretaría General de Política de Defensa (SEGENPOL) y DICOES.

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