Detenciones por espionaje, servicios secretos con licencia para el sabotaje, soldados alertados sobre agentes infiltrados. En los últimos tiempos, Europa vive una sucesión de episodios que parecen sacados de la Guerra Fría. En este artículo, Álvaro Caverni, alumno del Máster Profesional de Analista de Inteligencia de LISA Institute, analiza este fenómeno. La pregunta de fondo no es solo qué está pasando, sino si realmente ha aumentado el espionaje o si, simplemente, lo que ha cambiado es la voluntad de hacerlo público.
Ucrania, el catalizador del cambio de paradigma
La invasión rusa de Crimea en 2014 y la posterior guerra de Ucrania bien podrían suponer la consolidación de un nuevo paradigma en el terreno de las operaciones encubiertas. Este tipo de acciones, con una amplia panoplia de opciones como el sabotaje, la desinformación y el espionaje, están a la orden del día. En este nuevo contexto, Rusia necesita vigilar la ayuda militar occidental, preparar sabotajes contra infraestructuras y neutralizar a opositores en el exilio. Ese nivel de exigencia ha forzado tanto a Moscú como a sus adversarios a intensificar la actividad de inteligencia, y ha convertido a Europa oriental en el epicentro de la confrontación encubierta.
Rusia: de la vigilancia al intento de asesinato
Polonia ilustra bien la escalada. Como último ejemplo reciente, a principios de agosto, sus servicios frustraron un complot para asesinar en Varsovia a un ciudadano estadounidense de origen ucraniano, con un sospechoso ruso detenido el día 7 y colaboración directa de Washington. Este caso es el último de una lista amplia en Francia, Lituania o Alemania, países que han denunciado tramas similares contra opositores y militares ucranianos en los últimos meses.
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La Agencia de Seguridad Interior polaca certifica la magnitud del fenómeno: solo en dos años abrió tantas investigaciones por espionaje como en las tres décadas anteriores juntas. Austria, por su parte, ha dado un paso inusual: el Ministerio de Defensa envió a todos sus soldados los nombres y fotografías de 21 presuntos agentes rusos bajo cobertura diplomática, pidiéndoles que reporten cualquier contacto. Un estudio de la agencia sueca de investigación para la defensa (FOI), que analizó setenta condenas por espionaje en Europa entre 2008 y 2024, confirma que Rusia concentra la mayoría de los casos, muy por delante de China, Irán o Turquía.
China: redes más discretas, mismo objetivo
El espionaje chino sigue una lógica distinta: discreción, paciencia y cobertura civil. En febrero, Grecia y Francia destaparon casos paralelos de oficiales militares acusados de entregar información clasificada a China. En los últimos dos años, más de treinta agentes han sido descubiertos operando en Europa. El Ministerio de Seguridad del Estado chino recluta habitualmente mediante ofertas de empleo falsas en portales como LinkedIn, consultoras de fachada y estudiantes becados, evitando el perfil diplomático que resulta más evidente. Es una amenaza menos visible que la rusa, pero de una escala que varias agencias europeas consideran ya superior.
Alemania rompe un tabú histórico
El ejemplo más significativo de respuesta institucional es Alemania. El Gobierno de Friedrich Merz aprobó en agosto un proyecto de ley que amplía radicalmente las competencias del BND y del BfV: podrán intervenir sistemas informáticos de atacantes, interrumpir infraestructuras hostiles en el extranjero y, en escenarios de amenaza de guerra, ejecutar sabotajes fuera de sus fronteras. El ministro del Interior, Alexander Dobrindt, lo resumió sin rodeos: convertir los servicios alemanes en «servicios secretos genuinos», al nivel de sus aliados.
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La reforma revierte una restricción nacida del trauma de la Gestapo y la Stasi, que durante décadas impidió a Alemania combinar vigilancia y capacidad de acción. Que Berlín renuncie a esa cautela retrata mejor que cualquier otro dato el nuevo umbral de amenaza percibido en Europa.
¿Más espionaje o más visibilidad?
Cabe una lectura alternativa de los hechos. Las operaciones de inteligencia siempre han existido, pero ha cambiado la decisión política de exponerlas. Publicar los nombres de agentes, anunciar complots frustrados o detallar reformas legales cumple una función de disuasión y de preparación de la opinión pública, no solo informativa.
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Ese giro también transforma el propio juego. Al saberse expuestos, los servicios rivales recurren a agentes desechables, reclutamiento digital y actores no estatales, más difíciles de atribuir. La transparencia, pensada como defensa, obliga al adversario a mutar. En inteligencia, hacer visible la amenaza nunca es un gesto neutral.
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