Las operaciones de influencia rusas en Europa han vuelto a cobrar protagonismo en un contexto marcado por la guerra en Ucrania y la creciente tensión con Occidente. En este artículo, G.R analiza cómo el Kremlin utiliza la desinformación, las redes de propaganda y la presión política para ampliar su influencia y debilitar la confianza en las instituciones europeas.
El viejo continente ha sido el escenario de las mayores contiendas bélicas acaecidas en la historia de la humanidad. El advenimiento del siglo XX fue un punto de inflexión para todas las naciones y, en particular, marcó un cambio de paradigma en el plano de la seguridad para todos los países tras el conflicto más devastador de todos los tiempos: la Segunda Guerra Mundial.
De entre estas potencias, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas se convirtió en el nuevo adversario a batir por parte del bloque occidental. El gigante soviético se erigió como una amenaza frontal al estilo de vida defendido por el conjunto de naciones capitaneadas por los Estados Unidos de América.
Una vez desmembrada la Unión Soviética en 15 Estados, fue la Federación Rusa quien heredó la mayor parte del aparato militar y de inteligencia de la URSS, pasando tanto la estructura como los medios materiales y doctrinales soviéticos a manos rusas.

La clave estratégica: doctrina y desestabilización
Estratégicamente, la doctrina rusa empleada desde finales del siglo XX y comienzos del XXI es una continuación de la doctrina soviética. Al igual que el pasado imperial ruso estaba marcado por el deseo de expansionismo constante de las fronteras formales del Estado, los objetivos soviéticos estaban enmarcados en la universalización de la revolución proletaria.
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Esto se tradujo en diversas operaciones de influencia y desestabilización de Estados a través de complejas redes de propaganda, financiación de partidos políticos socialistas y comunistas y, en última instancia, espías con el fin último de soslayar y debilitar la confianza de los ciudadanos occidentales en sus propias instituciones. De esta manera y, desde dentro, se pretendía luchar contra las sociedades capitalistas y hacer triunfar la revolución comunista.
En el presente, la Federación Rusa busca, a través de un elenco de tácticas diseñadas a imagen y semejanza de aquellas empleadas por la URSS, el poder moldear a su antojo ciertas políticas de sus rivales con el mismo fin de la doctrina soviética: desestabilizar desde dentro las sociedades occidentales y expandir sus esferas de influencia a lo largo de todo el globo, haciendo un especial énfasis en Europa por ser esta región vecina de máximo interés para los postulados de seguridad rusos.
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Para ello, no es exclusivo el empleo agresivo de las diversas agencias de inteligencia que operan en el exterior, principalmente el SVR o Servicio de Inteligencia Exterior y el GRU o Dirección Principal del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas, esta última de carácter militar. Además de las acciones directas clásicas de asesinatos de enemigos del Estado como fue el reciente intento en 2018 contra el agente doble del MI6 Sergéi Skripal o los sucesivos ataques contra opositores rusos exiliados fuera de Rusia, el avance de las Tecnologías de la Información y Comunicación (TIC) han condicionado el panorama de seguridad y de las operaciones rusas.
La monitorización de internet y la designación de ciertos creadores de contenido dentro de Rusia como agentes extranjeros, además de la emisión de bulos y de desinformación desde granjas de trolls como las descubiertas por medios occidentales en San Petersburgo a raíz de la anexión de Crimea por parte de Rusia en 2014, son constantes.
En Europa, estas operaciones encubiertas, tanto directas como indirectas, se enmarcan en un constante uso de la negación plausible. Las autoridades rusas, a través tanto de sus agencias de inteligencia como de proxies externos, efectúan y materializan acciones que buscan poner en duda la legitimidad de las instituciones democráticas europeas y generar un clima contrario a los distintos gobiernos.
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Los medios de comunicación financiados por el Kremlin funcionan como altavoces de la narrativa rusa en los países de la UE y sirven para justificar acciones como la invasión de Ucrania en 2022 y cuestionar el apoyo de la OTAN a la legítima defensa del territorio ucraniano.
La complejidad de la interdependencia ruso – europea
La capacidad de influencia en terceros países con el objetivo principal de facilitar un acercamiento a dichos Estados que anteceda a una expansión del poder político ruso ha sido crucial desde la llegada al poder de Vladimir Putin en el año 2000.
Este ex agente de la KGB en la Alemania Oriental ha sabido exprimir al máximo la interdependencia que, debido a la cercanía geográfica y cultural de Rusia y de los países europeos, se ha materializado en el sector económico. Un ejemplo de ello es la dependencia de la energía rusa hasta el periodo de 2014 – 2022, cuando se inició un intento de externalización de las fuentes de energía empleadas por los países de la Unión Europea.
Esto trajo consecuencias negativas para ambas partes como un aumento de la inflación y de los precios del crudo, factor que, sin embargo, Rusia ha sabido aprovechar siempre como moneda de cambio y como fuente de financiación.
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Aunque el revisionismo histórico y las narrativas pervertidas acerca del estilo de vida occidental, la seguridad rusa y la invasión de Ucrania ponen de manifiesto la responsabilidad del aparato de influencia ruso en Europa, ciertos países de la UE han contribuido y favorecido estas narrativas con un acercamiento a las posturas del Kremlin.
El caso de Ángela Merkel es sonado en Alemania y, de mayor actualidad, algunos países como Hungría y Eslovaquia, ambos pertenecientes al conocido como Grupo de Visegrado (V4), han adoptado posturas más «pragmáticas» y cercanas a las posiciones rusas.
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