La ideología del Gran Marruecos sigue marcando parte de la política exterior marroquí y mantiene abiertos varios focos de tensión en el norte de África. En este artículo, G.R analiza cómo las reivindicaciones sobre Ceuta, Melilla o el Sáhara Occidental reflejan una estrategia geopolítica basada en presión diplomática, ambición territorial y alianzas internacionales.
La Unión Europea, organización supranacional en la que se integra España además de 26 países vecinos y aliados en 2026, posee sus fronteras exteriores en el sur más allá del mar Mediterráneo. Son las ciudades autónomas españolas de Ceuta y Melilla las que, desde el continente africano, materializan el límite entre la UE y África, más concretamente con el Reino de Marruecos.
Estas ciudades, cuyo estatus legal es incuestionable debido a la plena soberanía del Reino de España sobre las mismas es, sin embargo, puesta en duda por la administración marroquí. Los postulados irredentistas son los que han caracterizado la política exterior de la dinastía alauita desde bien entrado el siglo XX y que han sido empleados como catalizador de las aspiraciones nacionalistas del país magrebí.
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Enmarcados en esta línea, han cuestionado abiertamente las plazas de soberanía española en el continente africano y, en ocasiones, el archipiélago canario. Todos estos movimientos de presión se enmarcan dentro de la ideología del Gran Marruecos.
¿Qué persigue la ideología del Gran Marruecos?
Esta ideología tiene sus primeros esbozos a mediados del siglo XX de la mano del teórico Allal El Fasi, aunque es puesta en práctica a través de acciones reales, más allá de las meras reivindicaciones verbales, tan pronto como nace el Estado moderno marroquí en 1956.

Todos los monarcas alauitas, desde Mohamed V en cuanto se independizó Marruecos en el año 1956 pasando por Hassan II hasta llegar, en la actualidad, al propio Mohamed VI, han sido capaces de mantener una continuidad real y efectiva en lo que al expansionismo territorial de su país se refiere.
En el marco de esta ideología que combina elementos nacionalistas y religiosos suníes al objeto de justificar una ampliación de las fronteras propias a costa de las ajenas, Marruecos reivindica una serie de tierras que hoy no le pertenecen. Sin embargo, como ha demostrado la historia reciente a través de acciones como la Marcha Verde en 1975, estos territorios pueden pasar más pronto que tarde a ser administrados por la administración marroquí.
La ideología del Gran Marruecos tiene como fin último ampliar las fronteras del reino alauita reivindicando territorios como el Sáhara Occidental, partes de Argelia y las ciudades españolas de Ceuta y Melilla. En ocasiones incluso se llega a cuestionar veladamente la soberanía española sobre las Canarias.
A pesar de haber tenido esta política algún fracaso en su palmarés como la reacción firme y decidida de recuperar el islote de Perejil por parte del gobierno de Aznar tras la invasión por parte de gendarmes marroquíes de este pequeño territorio español en julio de 2002, resulta de interés ahondar en la osadía y perspicacia de la diplomacia marroquí.
Esta ha dado sus frutos en diversas ocasiones como demuestran estrategias de presión como la de la silla vacía en la Unión Africana como respuesta a la presencia de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD) o las políticas de acercamiento a Israel, poco ortodoxas entre los países musulmanes. Esta última apuesta ha conseguido dotar a Marruecos de sistemas de armamentos que, sumados a los suministrados por los norteamericanos, coexisten en perfecta sincronía con estos y superan técnica y numéricamente a aquellos operados por sus adversarios: Argelia y el Frente Polisario.
Además, Marruecos puede llegar a ser el principal adversario potencial estratégico de España, nación con la que está recortando cada vez más la brecha tecnológica y militar. Esto queda patente con el empleo del software espía israelí Pegasus o la adquisición de artillería de misiles de largo alcance tipo HIMARS, aún gestionándose, o aeronaves de quinta generación por encima de las capacidades españolas, como la adquisición de nuevos F-16 block 72 (Viper) y la actualización de los ya existentes a esta nueva variante.
La táctica internacional: el quid pro quo
Marruecos ha sido capaz de sacar un gran partido a su relación especial con los Estados Unidos de América. Esto se debe a que fue uno de los primeros países (sultanato en aquel entonces) en reconocer a los recién creados EE.UU. Esto no fue a través de una declaración de reconocimiento directa sino que se hizo por medio de la autorización de acceso a los puertos marroquíes a los navíos de bandera estadounidense.
Esta narrativa de haber sido «el primer país en reconocer la independencia de los EE.UU» le ha granjeado un estatus privilegiado en sus relaciones con el gigante transatlántico desde el comienzo, lo que ha derivado en el posicionamiento de Marruecos como socio preferente en África para los norteamericanos tanto en materia comercial como militar. Esto se debe a una serie de factores entre los que destacan la inmejorable posición geográfica para la proyección estadounidense, la estabilidad política, la moderación religiosa, el aperturismo y el supuesto rechazo y lucha contra las organizaciones terroristas salafistas como Al-Qaeda en la región.
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La instrumentalización de la inmigración ilegal como arma de presión a España y a la Unión Europea no afecta a los intereses de Estados Unidos en la zona, por lo que es tolerable para la administración norteamericana.
El arquitecto de los mayores avances en la política exterior actual de Marruecos ha sido el ministro de exteriores Nasser Bourita, figura que ha encabezado el la normalización de las relaciones de Marruecos con el Estado de Israel a través de su adhesión a los Acuerdos de Abraham. Esta sinergia derivó asimismo en el reconocimiento estadounidense de la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental, contraviniendo de esta manera las resoluciones de la ONU al respecto al considerarlo territorio no autónomo pendiente de descolonización.
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