La energía se ha convertido en una de las principales herramientas de poder geopolítico del siglo XXI. En este artículo, Santiago Torres Kuri explica cómo gasoductos, rutas marítimas y estrechos estratégicos ya no solo condicionan el suministro global, sino también la estabilidad económica y política de regiones enteras.
La primera vez que escuché acerca del Nord Stream (el sistema de gasoductos submarinos que transporta gas desde Rusia hasta Europa) fue en 2013 en una clase universitaria de Geopolítica y Geoeconomía.
La importancia actual de los gasoductos no radica únicamente en su capacidad para transportar energía, sino en su función como infraestructuras críticas que estructuran relaciones de poder, dependencia y estabilidad entre Estados.
El gas como arquitecto de poder
Un gasoducto no es solo una obra de ingeniería. Es un elemento logístico que define rutas, condiciona decisiones políticas y fija dependencias difíciles de revertir en el corto plazo.
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A diferencia del petróleo, que puede redirigirse con relativa facilidad mediante buques, el gas transportado por medio de tuberías crea una geografía difícil de modificar. Esa rigidez es, al mismo tiempo, su fortaleza y su mayor vulnerabilidad.
Europa y el punto de quiebre
El caso europeo es el ejemplo más claro de cómo los flujos de gas pueden alterar el equilibrio geopolítico. Durante décadas, Europa construyó una relación energética profunda con Rusia. Antes de 2022, cerca del 40% del gas consumido en el continente provenía de ese país.
Infraestructuras como Nord Stream 1 y 2 no solo reducían costos logísticos; consolidaban una interdependencia estratégica. Sin embargo, esa misma interdependencia se convirtió en un instrumento de presión.
El corte progresivo del suministro de gas ruso hacia Europa tras la guerra en Ucrania no provocó únicamente una crisis energética. Fue una reconfiguración del mapa geoeconómico europeo. Países altamente dependientes, como Alemania, tuvieron que replantear su modelo energético en cuestión de meses.
El cierre de los flujos por Nord Stream y otras rutas como Yamal-Europa (gasoducto que conecta los yacimientos de gas natural rusos de la península de Yamal y Siberia con Polonia y Alemania) evidenció un hecho estructural: cuando una ruta se interrumpe, no solo se detiene el suministro, se desestabiliza todo el sistema.
Nuevas rutas, nuevos riesgos
Europa respondió con rapidez. Incrementó las importaciones de gas natural licuado (GNL), especialmente desde Estados Unidos y Qatar. También aceleró rutas alternativas como el Corredor Sur del Gas desde Azerbaiyán.
Este cambio resolvió el problema inmediato de suministro, pero introdujo una nueva realidad: sustituyó una dependencia estructural por una exposición a mercados globales más volátiles.
Sí, el riesgo dejó de estar concentrado en una tubería o en la fragilidad política frente a un político como Vladimir Putin, sin embargo, se trasladó a un sistema mucho más amplio y difícil de controlar.
El Estrecho de Ormuz y los «chokepoints»
Aquí aparece un elemento central de la geopolítica actual: los puntos de estrangulamiento energético, también conocidos como «chokepoints«. Un chokepoint es un sitio en el que (por razones geográficas) una ruta de suministro o transporte se estrecha y complica el flujo. El ejemplo más claro y que mayor relevancia tiene actualmente es el Estrecho de Ormuz.
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A diferencia de un gasoducto, donde el riesgo es localizado, un estrecho marítimo concentra el riesgo en un solo punto con impacto global inmediato.
Como se ha podido comprobar en los últimos meses, el Estrecho de Ormuz es una de las zonas más sensibles del sistema energético global. Su importancia no depende de su tamaño, sino de lo que pasa por ahí. La Agencia Internacional de la Energía (AIE) estima que en 2025 cruzaron por el Estrecho de Ormuz más de 110 mil millones de metros cúbicos de gas natural licuado, casi 20% del comercio mundial de GNL. También transitaron alrededor de 20 millones de barriles diarios de petróleo y derivados, alrededor de una quinta parte del comercio marítimo mundial de crudo.
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El cierre o interrupción del Estrecho de Ormuz no afecta únicamente a los productores del Golfo. Su impacto es sistémico y global. No solo reduce el volumen disponible, sino que también rompe la confianza en la ruta. Según la AIE, la interrupción del tránsito desde marzo de 2026 retiró cerca de 20% de la oferta global de GNL y elevó los precios en Asia y Europa a sus niveles más altos desde enero de 2023.
La consecuencia inmediata es clara: menos gas disponible, más competencia entre compradores y mayor volatilidad. Asia sufre primero porque recibe la mayor parte del GNL que sale del Golfo. En 2024, la EIA estimó que 83% del GNL que cruzó Ormuz tuvo como destino mercados asiáticos, principalmente China, India y Corea del Sur.
Pero Europa también queda expuesta.Tras reducir su dependencia del gas ruso (que antes principalmente se transportaba por el sistema Nord Stream) Europa depende más del GNL y, por lo tanto, de rutas marítimas vulnerables.
El cierre también convierte la seguridad marítima en seguridad económica. En abril de 2026, la Organización Marítima Internacional reportó que no existía tránsito seguro por Ormuz, que varios buques habían sido detenidos y que cerca de 20 mil marinos permanecían atrapados en la región.
Este dato revela la dimensión humana y logística de la crisis: sin tripulaciones, seguros, rutas seguras y libertad de navegación, el gas no circula, a pesar de que exista producción.
Del gasoducto al mar: cambio estructural
Esta transición marca un cambio profundo. Durante décadas, el riesgo energético se medía en rutas terrestres: conflictos en países de tránsito, disputas bilaterales, sabotajes.
Hoy, el riesgo se desplaza hacia el mar. La seguridad energética depende de la estabilidad de rutas marítimas, de la seguridad de la navegación y de la capacidad logística de recibir, almacenar y redistribuir gas y recursos energéticos.
La crisis del Estrecho de Ormuz lo muestra con claridad. Pero no es el único. Otros puntos como Bab el-Mandeb (estrecho marítimo ubicado geográficamente entre Eritrea, Djibuti y Yemen) o el Canal de Suez han demostrado que la interrupción de una sola ruta puede alterar flujos globales en cuestión de minutos o de impulsos políticos.
Una arquitectura interconectada
Los gasoductos y las rutas marítimas ya no compiten entre sí. Se complementan dentro de una misma arquitectura energética global.
Los primeros ofrecen estabilidad, pero generan dependencia estructural. Los segundos ofrecen flexibilidad, pero introducen volatilidad y exposición a riesgos geopolíticos más amplios. Esta dualidad define el funcionamiento actual del mercado del gas.
La lección geopolítica
El aprendizaje es claro. La energía no circula únicamente por tuberías o buques; circula por estructuras de poder. Una tubería es capaz de definir la supervivencia energética de todo un continente.
El sistema Nord Stream mostró cómo una infraestructura puede consolidar una relación estratégica durante décadas. Su interrupción demostró la fragilidad de esa misma relación.
La crisis del Estrecho de Ormuz evidencia que, en un mercado globalizado, el riesgo no es únicamente regional: es compartido. El mundo puede tener reservas, contratos y compradores. Pero si una ruta crítica se cierra, el mercado sufre las consecuencias de inmediato. Suben los precios. Se encarece el transporte. Los gobiernos gestionan sus reservas. Las empresas redefinen su estrategia comercial y, al final, quien paga los platos rotos son los consumidores.
En última instancia, los flujos de gas responden a la política, a la geografía y a la capacidad de los Estados para mantener abiertas sus rutas y cadenas de suministro críticas. Cuando una de ellas se cierra, no solo se interrumpe el suministro. Se altera el equilibrio del sistema energético internacional.
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