Francia y Alemania celebrarán elecciones generales en 2027 y 2029, en un contexto de tensiones entre Europa y Rusia y distanciamiento transatlántico. Marine Le Pen (RN) y Alice Weidel (AfD), con vínculos históricos con el Kremlin, ganan terreno en las encuestas y critican el apoyo a Ucrania. En este artículo, Roberto Mansilla Blanco, alumno del Máster Profesional de Analista de Inteligencia de LISA Institute, examina cómo su ascenso podría erosionar el equilibrio franco-alemán en la UE y abrir una vía de influencia rusa en Europa.
El contexto electoral surge en medio de tensiones políticas y militares entre Europa y Rusia y distanciamiento transatlántico, factores que generan preocupación en Bruselas ante la posibilidad de que el Kremlin logre obtener ganancias políticas en estos comicios.
Destacan aquí dos opciones políticas, Reagrupamiento Nacional (RN) de Marine Le Pen en Francia y Alternativa por Alemania (AfD), liderada por Alice Weidel, que apuestan por un mayor entendimiento y una relación estratégica con Moscú.
Los vínculos de Le Pen y AfD con el Kremlin
La posibilidad de que Le Pen y AfD lleguen al poder en París y Berlín podría socavar los cimientos del proyecto europeísta, abriendo así las expectativas de influencia rusa dentro de la UE.
Para agosto de 2026, un sondeo de la empresa INSA afirmaba que AfD, el segundo partido con representación en el Parlamento Federal (Bundestag) tras las elecciones de 2025, se erigiría como la principal fuerza política en Alemania con una intención de voto del 28%, ocho puntos porcentuales sobre la CDU. Por su parte, Marine Le Pen, recientemente beneficiada por el fallo del Tribunal de Apelación que le permite concurrir electoralmente tras reducir a 15 meses su sentencia por malversación de fondos europeos, conservaba para julio de 2026 un 36% de intención de voto y una ventaja de 15 puntos porcentuales sobre los demás candidatos.
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El apoyo irrestricto a Ucrania no es una prioridad para AfD y Le Pen, criticando la sintonía de Bruselas con el gobierno de Volodímir Zelenski. A pesar de su estrecha relación con Trump, los líderes de AfD nunca ocultaron sus intenciones de reconducir las relaciones europeas hacia Rusia y China, a los que consideran como “aliados naturales” para un eje euroasiático distante con el “atlantismo”.
AfD ha defendido la normalización de relaciones diplomáticas y económicas con Rusia, exigiendo el fin de las sanciones europeas y reanudando la importación de gas y petróleo rusos. Asimismo, rechaza tajantemente el ingreso de Ucrania en la UE mientras denuncia el apoyo económico y militar europeo a Kiev.
Markus Frohnmaier, portavoz para Asuntos Exteriores de AfD y uno de los responsables del partido, estuvo presente en junio pasado en el Foro Económico de San Petersburgo, reforzando esos lazos con Moscú. En ese mismo foro, al ser preguntado por el ascenso preelectoral de AfD, Putin atribuyó este éxito a su “claridad para defender la economía alemana”.
Le Pen y RN han sido más cautos sin tomar distancia en sus relaciones con Rusia. Estas relaciones se remontan a la década de 1990, cuando Jean Marie Le Pen, fundador del Frente Nacional (FN) y padre de la actual candidata, mantuvo una estrecha relación con el desaparecido líder ultranacionalista ruso Vladimir Khirinovsky, muy próximo al presidente Vladimir Putin.
Con su visita a Moscú en 2017, Marine Le Pen ha mantenido estos contactos políticos e ideológicos con Putin. Anteriormente, en 2014, su partido recibió préstamos rusos por valor de US$13,8 millones, principalmente a través del First Czech Russian Bank, con vínculos con el Kremlin. En febrero de ese año, Le Pen fortaleció sus vínculos con Moscú al apoyar públicamente los resultados del referéndum en Crimea sobre su regreso a la soberanía de la Federación rusa, contraviniendo así la posición occidental.
Escenarios prospectivos 2026-2030
- Tendiendo puentes con Rusia y China. La posibilidad de un nuevo eje franco-alemán anti-europeísta en manos de AfD y Le Pen erosionaría el tradicional equilibrio de poder dentro de la UE y la OTAN.
- En la medida en que se aproximen las elecciones, se prevé una intensificación de estrategias de desinformación y guerra híbrida tanto por parte del Kremlin a favor de Le Pen y AfD como de Bruselas para desacreditarlos y tildarlos de supuestos “peones de Moscú”.
- El Kremlin podría observar las eventuales victorias de AfD y Le Pen como una ventana de distensión para reconducir las relaciones ruso-europeas, movilizado por las élites rusas de mayor orientación prooccidental.
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- La diáspora rusa en Alemania y Francia, en gran medida afecta a los intereses del Kremlin. Esto podría jugar un rol político favorable a las opciones electorales de AfD y Le Pen.
- A consecuencia, la UE podría instrumentalizar la súbita aparición en París de Borís Nadezhdin, opositor considerado por las autoridades rusas como “agente extranjero”, con la intención de crear una oposición dentro de la diáspora con eventuales conexiones dentro de Rusia para presionar al Kremlin hacia una política más europeísta.
- La dependencia energética europea en un contexto de tensiones con Rusia y crisis en Oriente Medio sería utilizada por AfD y Le Pen como estrategia para ganar votantes y obtener ventajas por parte de una potencia energética como Rusia.
- El estancamiento del conflicto ruso-ucraniano podría provocar cansancio e incluso indiferencia en los electorados francés y alemán, favoreciendo las opciones de Le Pen y AfD de presionar a Bruselas para un entendimiento con Moscú.
- La creciente impopularidad en Ucrania con la guerra podría generar malestar social hacia el gobierno de Zelensky, con visos de reproducir un “nuevo Maidán” que observe el ascenso de opciones ultranacionalistas, pero también de aquellas más moderadas y pacifistas proclives a la negociación.
- Manteniendo intactos los objetivos trazados con la “Operación Militar Especial” (SVÖ en ruso), y anticipándose a los escenarios electorales en Francia y Alemania, Rusia prepara una escalada militar para avanzar territorialmente en Ucrania (Járkov; Odesa), intentando con ello procrear ante la opinión pública europea una imagen de debilidad en cuanto a la capacidad militar ucraniana y de división e ineficacia por parte de la ayuda occidental a Kiev.
- Bajo el argumento de la “amenaza rusa”, la “línea dura” en Bruselas buscaría una presión militar más decidida contra Rusia, sin descartar escenarios de “guerra preventiva” en escenarios concretos (Moldavia; países bálticos; Finlandia), intentando con ello dinamitar los avances políticos y electorales de Le Pen y AfD y sus nexos de conexión con el Kremlin.
- Mientras la UE avanza con nuevos paquetes de sanciones contra Rusia (para otoño está previsto el 22.º paquete de sanciones, las mayores desde el comienzo de la invasión en 2022), Ucrania, con el apoyo de la OTAN, proseguirá su ofensiva contra infraestructuras energéticas y militares rusas con la finalidad de provocar malestar social contra Putin.
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- El ascenso político de AfD y Le Pen ejercería igualmente influencia en las relaciones entre EEUU y la UE. Trump, condicionado por las elecciones mid-term de noviembre y las presidenciales de 2028, podría presionar a Bruselas hacia una mayor distensión con Rusia y un cambio de prioridades con respecto a Ucrania.
- Las elecciones parlamentarias para la Duma Estatal en Rusia previstas para el próximo 20 de septiembre consolidarán la hegemonía del “putinismo” a través del partido Rusia Unida. Este proceso electoral también anuncia la posibilidad de ascenso de fuerzas ultranacionalistas y el debut parlamentario de exsoldados veteranos SVÖ que obligarán a nuevos equilibrios de poder entre las élites del Kremlin, no necesariamente proclives a descongestionar las tensiones con Occidente.
- El pulso electoral en Francia 2027 y Alemania 2029 es la antesala de elecciones presidenciales rusas de 2030. Con las expectativas puestas en una nueva reelección de Putin, las eventuales victorias de Le Pen y AfD confirmarían la asertividad de la estrategia del Kremlin con respecto a Europa, que se vería estrictamente condicionada por los imperativos geopolíticos rusos en Ucrania y de concreción de una nueva arquitectura de seguridad “post-OTAN” como piezas clave.
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