Los Supersónicos: qué acertó y qué falló la serie que imaginó el futuro

Análisis

Álvaro Aguilar del Hierro
Estudiante del Doble Grado de Derecho y Estudios Internacionales y formación complementaria en Economía en la Universidad Carlos III de Madrid. Alumno del Máster Profesional de Analista Internacional y Geopolítico de LISA Institute. Interesado en el comercio internacional y Derecho de la Competencia y Europeo, así como entusiasta en prospectiva en seguridad y defensa, inteligencia estratégica y terrorismo.

Estrenada en 1962, la serie de animación Los Supersónicos imaginó cómo sería la vida en 2062 y, seis décadas después, permite medir con inusual claridad los aciertos y los límites de toda predicción sobre el futuro. En este artículo, el alumno del Máster Profesional de Analista Internacional y Geopolítico de LISA Institute, Álvaro Aguilar del Hierro examina por qué la serie acertó con los aparatos, falló con la sociedad y qué lección deja de cara a la inteligencia artificial.

Cuando Hanna-Barbera situó a la familia Jetson en la ciudad orbital de 2062, se vio como una comedia doméstica ambientada en un futuro de coches voladores y robots. Sin embargo, precisamente por su carácter intuitivo y popular, la serie se ha convertido en un caso de estudio idóneo para comprender cómo una sociedad proyecta su porvenir: qué transformaciones da por seguras, cuáles ni siquiera contempla y por qué unas y otras rara vez coinciden con lo que finalmente ocurre.

Los aciertos sobre una casa llena de aparatos que ya existen

El repaso a los objetos cotidianos de la serie sorprende por su vigencia. George Jetson recibía las reprimendas de su jefe a través de videollamadas casi idénticas a las actuales, un compañero de clase de su hijo Elroy llevaba en la muñeca un reloj con pantalla capaz de reproducir dibujos en plena clase y la robot doméstica Rosie anticipaba, con décadas de adelanto, la lógica de los asistentes de voz y los aspiradores autónomos que hoy pueblan los hogares.

A ese catálogo se suman las cintas transportadoras, las pantallas planas, noticias en pantallas electrónicas, e incluso la consulta médica a distancia. En el plano de los artefactos, la serie acertó de forma notable, hasta el punto de que buena parte de su escenario tecnológico resulta hoy indistinguible de la realidad.

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Los errores sobre el futuro imaginado como el presente con más máquinas

El contraste aparece al observar todo aquello que la serie mantuvo intacto. Los Supersónicos imaginaron un mundo saturado de tecnología, pero conservaron sin apenas variación la estructura social de los años sesenta, con una familia nuclear tradicional, una esposa dedicada al hogar y unos roles de género que la propia década ya empezaba a cuestionar. El caso más revelador es el laboral. George trabajaba apenas nueve horas a la semana bajo la premisa de que la automatización traería abundancia y ocio, la misma que había llevado a Keynes a augurar en 1930 una semana laboral de quince horas.

Ninguna de las dos previsiones llegó a cumplirse en los términos esperados, ya que los enormes incrementos de productividad no se tradujeron en las drásticas reducciones de jornada que muchos habían anticipado. La serie tampoco anticipó la transformación realmente decisiva del periodo, que no fue el coche volador, sino internet y la forma en que esa red conecta hoy todos esos dispositivos entre sí.

Qué enseña a la prospectiva actual

El error de Los Supersónicos es el error clásico de la previsión tecnológica, que consiste en extrapolar los aparatos y congelar las instituciones, imaginando el futuro como una simple prolongación del presente adornada con más máquinas. La dificultad reside en la capacidad de anticipar los cambios sociales, políticos y económicos que ese dispositivo desencadena.

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A ello se añade un sesgo de supervivencia que conviene recordar, ya que tendemos a celebrar las predicciones acertadas (como la videollamada o el reloj inteligente) y a olvidar las muchas que fracasaron, lo que genera la falsa impresión de que la serie predijo el futuro con más rigor del que en realidad tuvo.

La advertencia resulta especialmente pertinente ante la inteligencia artificial, sobre la que hoy se proyectan escenarios que repiten el mismo esquema, imaginándola como una herramienta añadida a las estructuras actuales en lugar de preguntarse cómo redefinirá el trabajo, el poder y las instituciones. La parte más difícil de imaginar el futuro nunca fue la tecnología, sino la sociedad que iba a usarla, y toda previsión que descuide esa dimensión corre el riesgo de describir, como hizo la serie, un mañana repleto de máquinas nuevas y de ideas viejas.

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