Operación Gladio: la red secreta que la OTAN mantuvo durante cuatro décadas

Análisis

Álvaro C.I
Miembro de las FFCCSE en activo, con experiencia en inteligencia. Estudiante de Grado de Relaciones Internacionales. Experto profesional en terrorismo yihadista. Entusiasta de la política, los estudios estratégicos y la actualidad internacional. Alumno del Máster Profesional de Analista de Inteligencia de LISA Institute.

Durante cuatro décadas, varias democracias europeas mantuvieron redes armadas clandestinas fuera del control parlamentario, entrenadas para actuar en caso de invasión soviética. Su revelación en 1990 destapó un debate que aún divide a historiadores y analistas: dónde acaba la preparación defensiva y dónde empieza la injerencia política. En este artículo, Álvaro Caverni, alumno del Máster Profesional de Analista de Inteligencia de LISA Institute, analiza el origen de estas redes stay-behind, el caso italiano de Gladio y la línea que separa lo probado de los mitos que rodean su historia.

Gladio fue el nombre italiano de una red clandestina creada por los aliados occidentales para actuar tras las líneas enemigas en caso de invasión soviética. Existió, estuvo armada y permaneció cuarenta años fuera del control parlamentario. Su revelación en 1990 abrió un debate que sigue vivo, ¿dónde termina la preparación defensiva legítima y dónde empieza la injerencia política?

En qué consistía la red stay-behind

El concepto procede de la experiencia británica y estadounidense con la resistencia europea durante la Segunda Guerra Mundial. La idea era sencilla: reclutar y entrenar en tiempo de paz a civiles de confianza que, si el Ejército Rojo ocupaba su país, activarían sabotaje, evasión y comunicaciones clandestinas desde dentro.

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La coordinación se institucionalizó pronto. Un comité clandestino se integró en la estructura aliada y derivó en dos organismos vinculados a la OTAN. Casi todos los socios desarrollaron su propia red, con nombres distintos: Gladio en Italia, ROC en Noruega, Absalon en Dinamarca, LOK en Grecia o SDRA8 en Bélgica. También hubo estructuras equivalentes en países neutrales, como la P-26 suiza, ajenas por tanto a la Alianza.

El componente material era real. Resulta difícil determinar el alcance de las operaciones y su participación directa o indirecta en los acontecimientos. Según el informe que el Gobierno italiano entregó al Parlamento, la rama italiana llegó a integrar a más de seiscientos civiles y disponía de un centenar largo de depósitos de armas y explosivos repartidos por el país. Parte de ese material nunca se recuperó.

Cómo y por qué se destapó

El hilo lo tiró un juez. Felice Casson reabrió la investigación del atentado de Peteano de 1972, en el que murieron tres carabineros, y comprobó que el explosivo empleado coincidía con el almacenado en ciertos depósitos clandestinos. La instrucción condujo hasta la estructura oculta.

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Acorralado, el primer ministro Giulio Andreotti admitió en agosto de 1990 la existencia de la red y en octubre entregó un informe detallado al Parlamento. La repercusión fue inmediata: el 22 de noviembre de 1990, el Parlamento Europeo aprobó una resolución que condenaba la existencia de organizaciones clandestinas fuera del control democrático e instaba a investigarlas. Solo Italia, Bélgica y Suiza abrieron comisiones parlamentarias. El resto de gobiernos se limitó a reconocer los hechos sin detallarlos. Italia desclasificó documentación adicional en 2021.

Mito y realidad de la trama

Aquí conviene separar planos. La tesis maximalista sostiene que Gladio fue el brazo ejecutor de la estrategia de la tensión italiana y que la OTAN dirigió atentados para frenar al Partido Comunista. Es la versión popularizada por documentales y por ensayos de amplia difusión, pero también la más discutida por la academia, que critica su dependencia de fuentes periodísticas y testimonios interesados.

Un ejemplo ilustra el problema. El manual FM 30-31B, presentado durante años como prueba documental de que Washington ordenaba operaciones de falsa bandera, está considerado por los especialistas una falsificación de los servicios del bloque del Este. La desinformación soviética también trabajó este expediente.

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Las investigaciones judiciales italianas acreditaron la implicación de militantes de extrema derecha y la protección que recibieron desde sectores de los servicios. No acreditaron, en cambio, que Gladio como organización planificara los grandes atentados. Confundir ambas cosas es un error analítico frecuente: la estrategia de la tensión está documentada, pero no equivale automáticamente a la red stay-behind.

Lo que sí quedó probado

Lo verificado ya es suficientemente grave. Durante cuarenta años existieron en varias democracias europeas estructuras armadas, financiadas y entrenadas con apoyo exterior, invisibles para los parlamentos y para buena parte de los propios gobiernos. El criterio de reclutamiento fue frecuentemente ideológico, lo que abrió la puerta a que algunos miembros derivaran hacia el activismo violento.

Gladio es, por eso, un caso de estudio incómodo y muy vigente. Ilustra hasta qué punto la lógica de la emergencia permanente puede sustraer capacidades enteras al escrutinio democrático, y cómo ese vacío alimenta después toda clase de relatos, tanto los fundados como los fantasiosos. Los analistas de Inteligencia extraen ahí una lección doble: el secretismo excesivo termina generando el descrédito que pretendía evitar, y la única defensa frente a la conspiración es el dato verificado.

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