En este artículo, Camila Gallo explica que para comprender las restricciones que hoy enfrentan millones de mujeres y niñas afganas es indispensable reconstruir el proceso histórico que condujo al ascenso inicial de los talibán y a su posterior retorno al poder. Desde la invasión soviética hasta la formación del movimiento en las madrazas paquistaníes, cada etapa fue moldeando su ideología. Su regreso al poder en 2021 no representa un exceso aislado, sino la culminación de un proyecto político. Entender ese origen es clave para dimensionar el «apartheid de género» que hoy denuncia la comunidad internacional.
Afganistán: una encrucijada geográfica e histórica
Afganistán se ubica en Asia Central, carece de salida al mar y limita con Irán, Pakistán, China, Turkmenistán, Uzbekistán y Tayikistán. Su posición geográfica estratégica lo ha convertido, desde la antigüedad, en un punto de conexión entre Medio Oriente, Asia Central y el subcontinente indio, funcionando históricamente como un corredor de intercambio comercial, cultural y militar entre Oriente y Occidente. Esta ubicación favoreció que, a lo largo de los siglos, el territorio afgano fuera incorporado sucesivamente a distintos imperios, entre ellos el persa, el babilónico y el macedonio bajo el liderazgo de Alejandro Magno. El paso de estas potencias dejó una profunda impronta en el desarrollo histórico y cultural de la región, contribuyendo a la conformación de una sociedad caracterizada por una amplia diversidad étnica.
En el siglo VII, la conquista árabe introdujo el islam en Afganistán, que gradualmente se consolidó como la religión predominante. Desde entonces, el islam ha desempeñado un papel central en la configuración de la identidad, la cultura, las instituciones y la organización social del país, constituyéndose en uno de los principales elementos que explican su evolución histórica.
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Durante el siglo XIX, el país consolidó su autonomía como emirato en un contexto de disputas entre los imperios británico y ruso, y en 1919 obtuvo su independencia plena del Reino Unido, iniciando una etapa de construcción estatal marcada por sucesivos cambios políticos. Sin embargo, la estabilidad fue breve, ya que el golpe de Estado de 1973 puso fin a la monarquía y, pocos años después, la instauración de un gobierno comunista condujo a la invasión soviética de 1979, dando inicio a un prolongado conflicto armado.
De la invasión soviética al surgimiento del Talibán
La invasión soviética representó un punto de inflexión en la historia contemporánea del país. A pesar de su amplia superioridad militar, no lograron imponerse sobre la resistencia afgana. Su principal adversario fueron los muyahidines, un conjunto de guerrillas descentralizadas integradas principalmente por agricultores, campesinos y líderes locales que carecían de una estructura de mando unificada, lo cual dificultaba cualquier intento de negociación política y les permitía actuar con gran flexibilidad en el terreno. Aprovechando la compleja geografía, los muyahidines desarrollaron su estrategia basada en ataques rápidos en zonas montañosas, donde contaban con ventaja, para luego refugiarse en regiones de difícil acceso. En el contexto de la Guerra Fría, recibieron un importante respaldo de Estados Unidos, que les suministró armamento y financiamiento con el objetivo de debilitar a la Unión Soviética, fortaleciendo considerablemente su capacidad militar.
Ante la dificultad para diferenciar a los combatientes de la población civil, las fuerzas soviéticas comenzaron a atacar indiscriminadamente a ambos por igual, sobre todo en áreas rurales, donde sospechaban que los guerrilleros encontraban refugio y apoyo logístico. Esta estrategia buscaba, además, desplazar a la población hacia los centros urbanos donde tenían el control, para así poder aislar a la insurgencia. Como consecuencia, millones de afganos abandonaron el país, principalmente mujeres y niños que buscaron refugio en Pakistán. El recorrido de estos niños refugiados constituye uno de los elementos centrales para comprender los acontecimientos que marcarían el futuro político de Afganistán, lo cual desarrollaremos más adelante.
En los campos de refugiados establecidos en Pakistán comenzaron a surgir distintas facciones que afirmaban combatir por la liberación de Afganistán. Desde allí se organizaron redes de reclutamiento, entrenamiento y provisión de armamento para los muyahidines, al tiempo que empezaron a difundirse interpretaciones cada vez más extremas del islam, que con el paso del tiempo fueron normalizándose entre algunos sectores de la población refugiada.
En 1988, la Unión Soviética inició su retirada de Afganistán y, en 1992, los muyahidines tomaron Kabul, poniendo fin al gobierno respaldado por Moscú. Sin embargo, la victoria no trajo estabilidad. Las diferentes facciones comenzaron a enfrentarse entre sí por el control político y territorial del país, dividiendo la capital en zonas de influencia y desencadenando una nueva guerra civil que profundizó la crisis afgana.
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Como se anticipó anteriormente, el destino de los niños refugiados resultó decisivo para la historia de Afganistán. Muchos de los menores que habían huido durante la guerra crecieron en campos de refugiados de Pakistán y fueron educados en madrazas (escuelas religiosas islámicas), donde recibieron enseñanza gratuita impartida por clérigos bajo una interpretación estricta del islam, influenciada por el wahabismo (corriente reformista del islam sunita surgida en el siglo XVIII), aislada de otras corrientes de pensamiento y de noticias del exterior. En un contexto marcado por la pobreza, el desplazamiento y la falta de oportunidades, estas escuelas representaron para muchos refugiados la principal o una de las pocas alternativas de educación y de mejora de sus condiciones de vida. Estos estudiantes, —talib significa «estudiante»—, conformaron el núcleo del movimiento talibán, que comenzó a organizarse a principios de la década de 1990.
Para una población agotada por años de guerra y por los enfrentamientos entre los propios muyahidines, los Talibán comenzaron a representar una alternativa capaz de restablecer el orden y la seguridad. Con el apoyo del servicio de inteligencia pakistaní, que le proporcionó recursos y asistencia, el movimiento adquirió rápidamente capacidad militar, lo que sentaría las bases para que luego regresaran a Afganistán, desplazaran progresivamente a las distintas facciones muyahidines y en el año 1996 tomaran Kabul, instaurando un régimen basado en una interpretación estricta de la sharia y estableciendo el Emirato Islámico de Afganistán.
En paralelo al surgimiento del talibán se consolidó Al Qaeda, organización integrada por combatientes que también habían participado en la resistencia contra la ocupación soviética. No obstante, mientras el objetivo de los talibán es controlar y gobernar Afganistán, Al Qaeda persigue un proyecto de alcance internacional orientado a expandir la yihad, un concepto islámico que originalmente alude al esfuerzo espiritual del creyente, pero que la organización reinterpretó como una lucha armada de alcance global para así imponer un califato.
Tras la llegada del régimen talibán al poder en 1996, ambas organizaciones establecieron una alianza mediante la cual se le ofreció refugio a Al Qaeda en territorio afgano, mientras estos últimos brindaran apoyo financiero y mantuvieran su lealtad al nuevo gobierno.
Esta asociación tuvo profundas repercusiones internacionales. Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, atribuidos a Al Qaeda, Estados Unidos exigió la entrega de Osama bin Laden, líder de la organización, y ante la negativa, inició el 7 de octubre de 2001 una intervención militar, a la que posteriormente se sumó la OTAN mediante una misión internacional de seguridad, con el objetivo de desmantelar Al Qaeda y poner fin al régimen talibán. La ofensiva logró desplazar rápidamente al régimen del poder e instalar un nuevo gobierno afgano con el respaldo de la comunidad internacional. Durante las dos décadas siguientes, Estados Unidos mantuvo una importante presencia militar y destinó numerosos recursos a la reconstrucción del Estado afgano, el fortalecimiento de sus fuerzas de seguridad y la promoción de instituciones democráticas. Sin embargo, estos esfuerzos no lograron consolidar un gobierno estable ni eliminar la influencia de los talibán, que se reagruparon principalmente en zonas fronterizas con Pakistán y mantuvieron una prolongada insurgencia.
Tras casi dos décadas de intervención, el elevado costo humano y económico del conflicto, sumado al estancamiento de la guerra y a la ausencia de una victoria militar definitiva, llevó a la administración estadounidense a negociar su retirada. En febrero de 2020, Estados Unidos y los talibán firmaron el Acuerdo de Doha, que establecía un cronograma para la retirada de las tropas estadounidenses a cambio del compromiso del movimiento de impedir que Afganistán volviera a ser utilizado como base para organizaciones terroristas internacionales. Finalmente, en agosto de 2021, tras la retirada definitiva de las fuerzas internacionales, el gobierno afgano colapsó y los talibán recuperaron el control de Kabul prácticamente sin resistencia, restableciendo el Emirato Islámico de Afganistán.
Las mujeres bajo el emirato islámico
Para comprender las restricciones impuestas a las mujeres y las niñas, es necesario entender la concepción del islam que sostiene el movimiento. El régimen afirma fundamentar sus decisiones en la aplicación de la sharía, la ley islámica derivada principalmente del Corán y de la Sunna (las enseñanzas y prácticas del profeta Mahoma), cuyo propósito es orientar la vida religiosa, moral y jurídica de los musulmanes. Sin embargo, la sharía no constituye un cuerpo normativo único ni posee una interpretación uniforme dentro del islam. A lo largo de la historia han surgido distintas escuelas jurídicas y corrientes de pensamiento que ofrecen interpretaciones diversas sobre su aplicación.
En el caso de los talibán, numerosos especialistas coinciden en que su visión no responde exclusivamente a una interpretación de la sharía, sino a una combinación de elementos religiosos, culturales y tribales. Su ideología se nutre de la corriente deobandi del islam sunita, de influencias rigoristas asociadas al wahabismo y del pashtunwali, un antiguo código de conducta propio del pueblo pastún, grupo étnico mayoritario en Afganistán del que provienen la mayoría de sus dirigentes. El pashtunwali establece normas tradicionales vinculadas al honor, la autoridad familiar, la resolución de conflictos y los roles de género, otorgando a la mujer un lugar predominantemente doméstico y subordinado al varón. Como resultado, los talibán interpretan la sharía a la luz de estas tradiciones tribales según su conveniencia para cada situación, configurando un modelo de organización social especialmente restrictivo respecto del papel de la mujer en la vida pública.
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Esta interpretación se ha reflejado en los gobiernos talibán mediante la imposición de un estricto código de vestimenta y un amplio conjunto de restricciones que limitan el acceso de las mujeres y las niñas a la educación, al trabajo, a la libertad de circulación y a otros derechos fundamentales.
Aunque dentro del propio talibán coexistieron posturas divergentes respecto de la política hacia las mujeres, algunos sectores, como la Red Haqqani, promovían una mayor flexibilidad con el objetivo de facilitar el reconocimiento internacional del nuevo gobierno, postura que no respondía a una convicción sobre la ampliación de derechos, sino a una estrategia de pragmatismo político. No obstante, prevaleció la línea del actual líder supremo Hibatullah Akhundzada, quien priorizó la aplicación de una interpretación estricta de los principios ideológicos del movimiento, aun a costa de profundizar el aislamiento internacional del régimen.
La combinación entre el honor tribal del pashtunwali, el rigorismo del deobandismo y las influencias wahabíes no constituye un mero marco doctrinario, sino que se traduce en políticas concretas que excluyen sistemáticamente a las mujeres de la vida pública. Desde 2021, millones de niñas han quedado privadas del acceso a la educación secundaria y universitaria, las mujeres han visto restringido su derecho al trabajo, a la libre circulación y a participar en espacios públicos, mientras su vestimenta y comportamiento permanecen sometidos a un estricto control estatal. Ante la imposibilidad de proyectar un futuro dentro del país, muchas han optado nuevamente por el exilio, reproduciendo décadas después el mismo recorrido que, durante la invasión soviética, emprendieron quienes años más tarde darían origen al propio movimiento talibán y gobernarían Afganistán.
Esta situación no ha pasado inadvertida para la comunidad internacional. En 2023, relatores especiales de la ONU calificaron el trato talibán hacia las mujeres como un posible «apartheid de género», una figura que busca capturar jurídicamente lo que las categorías tradicionales de discriminación no alcanzan a describir, un sistema de gobernanza que institucionaliza la exclusión de un género completo de la esfera pública. Pese a las condenas reiteradas y a los llamados a llevar el caso ante la Corte Penal Internacional, el régimen ha profundizado sus restricciones antes de revertirlas.
Comprender el entramado histórico e ideológico que dio origen a los talibán no es justificar lo que hoy ocurre con las mujeres afganas, sino entender que se trata de la culminación de un proyecto político, no de un exceso aislado. Y es precisamente por ello que su reversión difícilmente dependa únicamente de la presión internacional, sino también de un cambio en el proyecto político e ideológico sobre el que el propio régimen ha construido su gobierno, una posibilidad que, al menos por el momento, parece improbable.
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