En este artículo, Santiago Torres Kuri explica que una guerra moderna puede comenzar con un zumbido. Un pequeño dron aparece sobre una posición enemiga. Observa. Envía imágenes. Ataca. Todo puede ocurrir en cuestión de minutos.
La escena se repite diariamente en Ucrania y resume uno de los mayores cambios militares de las últimas décadas. El poder aéreo ya no pertenece únicamente a grandes aviones de combate, cazas, helicópteros o misiles capaces de causar desastres, pero de dimensiones y costos estratosféricos. El poder de destrucción ahora es más accesible, pequeño y versátil.
La misma OTAN reconoce que los drones han cambiado de manera fundamental la guerra moderna y fue la guerra entre Ucrania y Rusia la que convirtió esa transformación en una realidad cotidiana.
De arma especializada a producto masivo
Los drones militares existen desde mucho antes de Ucrania. Estados Unidos desplegó el Predator en Bosnia en 1995 y realizó su primera misión armada en Afganistán en octubre de 2001.
Aquellos dispositivos representaban otro tipo de combate. Eran grandes, sofisticados, costosos y operados desde centros especializados. Servían para vigilar durante horas y atacar objetivos con precisión. Sin embargo, Ucrania lo cambió todo.
Drones terrestres: la robotización del campo de batalla
El dron –uno de los instrumentos bélicos más utilizados en el conflicto ruso-ucraniano– pasó de ser una herramienta excepcional para convertirse en un instrumento de uso diario. En 2024, empresas ucranianas produjeron o ensamblaron más de 1.5 millones de drones FPV (First Person View, por sus siglas en inglés), que son pequeños aparatos equipados con una cámara que permite al operador dirigirlos en tiempo real desde su propia perspectiva. Para finales de 2025, las Fuerzas Armadas de Ucrania habían recibido 3 millones de drones de este tipo, casi dos veces más que el año anterior. La mayoría provenía de fabricantes ucranianos.
Rusia siguió el mismo camino. A finales de 2025, la OTAN estimaba que Moscú podía fabricar alrededor de 2,900 drones de ataque al mes, además de una cantidad similar de aparatos utilizados como señuelos.
La lógica cambió. En la guerra actual, tener el arma más avanzada importa. Poder fabricar miles, perderlos y reemplazarlos rápidamente también. Esta dinámica constante de desgaste y reemplazo me hace recordar a las legendarias tácticas de combate romanas en las que las cohortes de primera línea eran reemplazadas por las segundas y terceras según el nivel de agotamiento que iban teniendo.
Un campo de batalla al estilo Big Brother
Los drones hicieron algo más que añadir una nueva arma. Cambiaron la manera de moverse, esconderse y sobrevivir.
Un vehículo, una concentración de soldados o un puesto de mando pueden quedar expuestos desde el aire durante horas. Por eso, ejércitos como el estadounidense estudian las lecciones de Ucrania y vuelven a prácticas tan antiguas como el camuflaje, la dispersión y el engaño.
La tecnología también aceleró el ritmo de adaptación. En 2026, el comandante de Transformación de la OTAN explicó que soldados ucranianos podían reportar directamente desde el frente cómo funcionaba un dron para que sus fabricantes corrigieran problemas de software en días o semanas.
La ventaja militar ya no depende solamente de quién posee mejor tecnología, también depende de quién aprende y se adapta más rápido.
Ucrania llevó esta transformación un paso más lejos y creó una rama específica de sus fuerzas armadas dedicada a sistemas no tripulados. Es una señal del cambio: el dron dejó de ser un observador más de las guerras modernas, y ahora forma parte de su estructura.
El precio de derribar algo barato
El cambio también llegó a los presupuestos de defensa de los países. Un dron relativamente barato puede obligar al adversario a utilizar un misil interceptor mucho más costoso. El ataque puede fracasar y, aun así, imponer un costo importante a quien se defiende.
La Marina estadounidense reconoció esa nueva ecuación en su planeación de 2026 y consistió en usar armas sofisticadas y caras para derribar drones baratos genera un intercambio económico difícil de sostener.
Por eso, la defensa también cambia. Los países desarrollan interferencia electrónica para interrumpir y limitar comunicaciones, sensores para localizar pequeños aparatos y sistemas de intercepción más baratos.
En 2026, la OTAN lanzó su iniciativa Drone Edge para acelerar esas capacidades. Un proyecto que busca acelerar la capacidad de la Alianza para detectar, neutralizar y defenderse de drones, al mismo tiempo que amplía su capacidad para operarlos a gran escala.
Cada nuevo dron obliga a buscar una manera más rápida y barata de detenerlo.
¿Guerras sin soldados?
La imagen resulta tentadora, drones combatiendo contra drones mientras los soldados permanecen sin entrar en combate. Sin embargo, la realidad aún es distinta.
Los drones pueden alejar al soldado del lugar del impacto, pero necesitan operadores, comunicaciones, inteligencia, mantenimiento, energía y logística. Incluso pueden aumentar la necesidad de personal especializado.
La autonomía introduce una pregunta todavía más profunda. ¿Qué pasa cuando un dron puede detectar, seguir y eventualmente atacar un objetivo con una intervención humana cada vez menor?
Estados Unidos mantiene como principio que los comandantes y operadores deben conservar un nivel adecuado de juicio humano sobre el uso de la fuerza. La distinción resulta esencial. Un dron controlado por una persona y un arma capaz de decidir por sí misma no es lo mismo.
Una nueva forma de medir el poder
Este fenómeno que ha cambiado la forma de combatir va más allá de Ucrania. Los incidentes con drones han alcanzado espacios aéreos europeos, asiáticos (principalmente en Medio Oriente, con ejemplos tan recientes como el ataque con drones a las instalaciones de Saudia Aramco en julio de este año u otros) y rutas marítimas estratégicas.
En agosto de 2026, el Comando Central estadounidense anunció incluso la creación de una fuerza multinacional dedicada a drones capaces de operar en el aire y en el mar.
Clausewitz escribió que la guerra era la continuación de la política por otros medios. Dos siglos después, la política permanece, sin embargo, los medios están cambiando.
El poder militar ya no se mide únicamente por soldados, tanques, barcos o aviones. También depende de quién puede producir más sistemas, conectarlos, reemplazarlos y mejorarlos antes que su rival.
Los drones no acabaron con la guerra tradicional, la obligaron a evolucionar.




