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De aliados a rivales: la nueva fase del conflicto en Yemen

Análisis

Álvaro Aguilar del Hierro
Álvaro Aguilar del Hierro
Estudiante del Doble Grado de Derecho y Estudios Internacionales y formación complementaria en Economía en la Universidad Carlos III de Madrid. Alumno del Máster Profesional de Analista Internacional y Geopolítico de LISA Institute. Interesado en el comercio internacional y Derecho de la Competencia y Europeo, así como entusiasta en prospectiva en seguridad y defensa, inteligencia estratégica y terrorismo.

La guerra en Yemen ha entrado en una nueva fase marcada por una profunda reconfiguración de alianzas y equilibrios regionales. La disolución del Consejo de Transición del Sur y la ofensiva saudí en el este y el sur del país revelan una estrategia orientada a consolidar un Yemen formalmente unificado bajo tutela de Riad. Sin embargo, este rediseño no resuelve el conflicto de fondo. En este artículo, el alumno del Máster Profesional de Analista Internacional y Geopolítico de LISA Institute, Álvaro Aguilar del Hierro explica que las últimas noticias desplazas el foco hacia el enfrentamiento directo con los hutíes, mientras la crisis humanitaria, institucional y medioambiental sigue agravándose en uno de los escenarios más complejos de Oriente Próximo.

En las últimas semanas, el conflicto yemení ha experimentado una escalada significativa que revela intereses políticos de la región y supone rupturas políticas estratégicas. 

Tradicionalmente, Yemen se ha dividido en tres grandes áreas de poder. En la parte norte, el grupo de los hutíes mantienen el control de Saná y otras ciudades con extensa población. En el centro y parte del este del país, opera el gobierno reconocido internacionalmente, apoyado principalmente por Arabia Saudí. El sur, tradicionalmente más estable y con una identidad política diferenciada, se ha convertido en el nuevo foco de inestabilidad. Previo a su disolución, el Consejo de Transición del Sur (STC) actuaba como un movimiento separatista respaldado por Emiratos Árabes Unidos que aspiraba a restaurar la independencia del antiguo Yemen del Sur. Sin embargo, esta región se ha convertido en el nuevo foco de inestabilidad. 

La pérdida de apoyo de STC ha obligado a su líder a exiliarse en Emiratos Árabes Unidos, revelando la vulnerabilidad de los actores locales dependientes de aliados externos. Su reciente disolución subraya, además, la complejidad del conflicto y abre espacio para que Arabia Saudí intente reconfigurar el país en función de sus intereses estratégicos. Sin embargo, esta dinámica intensifica las divisiones con el norte, controlado por los hutíes.

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De dónde viene

La guerra comenzó en 2014, cuando los rebeldes hutíes, un movimiento armado de base zaidí apoyado por Irán, tomaron la capital, Saná, y forzaron la huida del gobierno reconocido internacionalmente, respaldado regionalmente por Riad. Desde entonces, Yemen ha sido el escenario de un conflicto multinivel: una guerra civil interna, una lucha por la influencia regional entre Arabia Saudita e Irán y, más recientemente, un enfrentamiento entre antiguos aliados anti-hutíes, el pro-emiratí STC y el pro-saudí PLC.

Los acontecimientos más recientes se han concentrado en el este y el sur del país, especialmente en las regiones de Hadramout y al-Mahra, territorios clave por su riqueza energética y su valor estratégico y han provocado la ruptura de la alianza emiratí-saudí.

El detonante inmediato fue la toma de la instalación petrolera de PetroMasila por parte de una coalición de tribus de Hadramout respaldada por Arabia Saudí. Aunque estas tribus justificaron su acción como una protesta para exigir una mayor participación en los ingresos del petróleo y una mejora de los servicios públicos para la población local, la operación tuvo también una clara dimensión política. Al fortalecer a actores locales no alineados con el STC, Riad buscaba limitar la expansión de este movimiento separatista en una región que considera vital para su seguridad nacional.

El STC, respaldado por Emiratos Árabes Unidos, utilizó la crisis como pretexto para avanzar militarmente en Hadramout y en la vecina provincia de al-Mahra. Este movimiento no fue casual, ya que estas dos regiones concentran prácticamente la totalidad de las reservas de petróleo de Yemen. Para el STC, controlar estos territorios era una condición indispensable para garantizar la viabilidad económica de un eventual Estado independiente en el sur. Sin acceso a recursos energéticos, el proyecto separatista carecería de bases materiales sólidas.

La reacción de Arabia Saudí fue rápida y contundente. Las fuerzas respaldadas por Riad atacaron la ciudad portuaria de Mukalla, acusando a Emiratos de introducir armas destinadas al STC. Aunque Abu Dhabi negó estas acusaciones y aseguró que los envíos no contenían armamento y estaban dirigidos exclusivamente a sus propias fuerzas, el episodio evidenció la profunda desconfianza existente entre dos países que, hasta hace poco, actuaban como aliados en Yemen.

En menos de dos semanas, el gobierno yemení respaldado por Arabia Saudí logró recuperar el control del sur y del este del país, desplazando a las fuerzas del STC. Este avance dejó claro que Riad está dispuesto a usar la fuerza no solo contra los hutíes, sino también contra actores que, aun siendo formalmente aliados, amenacen sus intereses estratégicos fundamentales. Como han indicado políticos de alto nivel del país, Arabia Saudí considera las provincias orientales de Yemen, y en particular Hadramout, como un asunto central de seguridad nacional. 

Tras consolidar su posición, el gobierno exigió a Emiratos Árabes Unidos la retirada de sus fuerzas del país en un plazo de veinticuatro horas. Abu Dhabi respondió retirando todas sus unidades de lucha antiterrorista, alegando que, tras una evaluación exhaustiva de su papel en Yemen, había decidido poner fin a su misión. Aunque la retirada evitó una confrontación directa entre ambos países, el episodio ha dejado profundamente dañadas las relaciones entre dos de los principales actores del Golfo.

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Hacía dónde va

Estos acontecimientos ponen de manifiesto que la guerra en Yemen ha entrado en una nueva fase. La apuesta saudí va más allá de una victoria militar puntual. Se trata de una estrategia de reestructuración política: reconstruir un Yemen formalmente unificado, gobernado por un ejecutivo dependiente, previsible y alineado con los intereses de seguridad saudíes. La eliminación del STC como actor independiente permite a Riad reubicar el conflicto en un eje más claro y manejable. 

Sin embargo, este rediseño no elimina el problema central de la guerra, sino que lo desplaza geográficamente. Con el sur bajo control del PLC, el foco del conflicto se traslada al norte, donde los hutíes mantienen un dominio sólido sobre Saná y amplias zonas del noroeste del país. El enfrentamiento que se vislumbra ya no es entre separatismo y unidad nacional, sino entre dos proyectos rivales que, paradójicamente, dicen defender un Yemen unido. Tanto el gobierno respaldado por Arabia Saudí como los hutíes comparten formalmente la idea de un Estado yemení unificado, pero difieren en quién debe gobernarlo. 

Este desacuerdo se agrava por la desconfianza mutua. Los hutíes consideran al gobierno una mera extensión de los intereses saudíes y estadounidenses, sin autonomía real ni legitimidad interna. Desde su perspectiva, aceptar el marco político impulsado por Riad equivaldría a renunciar a la soberanía y a los logros militares obtenidos tras años de guerra. El PLC, por su parte, acusa a los hutíes de actuar como un instrumento de Irán, de imponer un proyecto ideológico excluyente y de socavar el orden regional.

En este contexto, la neutralización del STC no acerca automáticamente la paz. Al contrario, elimina un actor secesionista, pero deja intacta la disputa principal por la soberanía y el control del Estado. La guerra de Yemen pasa así de una fragmentación múltiple a un conflicto más bipolar, en el que el enfrentamiento entre el PLC y los hutíes se perfila como el eje central.

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La experiencia de la guerra iniciada en 2015 refuerza este bloqueo. La coalición liderada por Arabia Saudí, que incluía a Emiratos, fracasó en su intento de derrotar militarmente a los hutíes. Actualmente, la disolución del STC clarifica el tablero, pero también pone de manifiesto los límites de cualquier solución impuesta desde fuera. Yemen entra así en una nueva fase del conflicto, aparentemente menos caótica, pero igual de incierta, ya que las cuestiones fundamentales (quién gobierna, cómo se reparte el poder y qué papel juegan las potencias regionales) siguen sin resolverse. 

En este contexto, no se debe olvidar la crisis humanitaria y medioambiental. Por un lado, millones de personas necesitan ayuda humanitaria, los sistemas de salud están colapsados y la población yemení sigue atrapada en una guerra cada vez más fragmentada, centrada en cálculos geopolíticos más que en necesidades locales; por otro, los conflictos armados erosionan de forma sistemática la capacidad del Estado para ejercer funciones básicas de regulación, entre ellas la protección del medio ambiente.

En Yemen, concretamente en el archipiélago de Socotra, la fragmentación de poder ha supuesto la ausencia de autoridades ambientales efectivas y la paralización de los marcos legales de conservación. Como resultado, la gobernanza estatal ha sido sustituida por actores armados e intereses económicos externos, creando ciclos de inseguridad estructural. 

En conclusión, Yemen sigue atrapado en un conflicto donde los intereses regionales y las disputas de poder continúan marcando la vida de su población y el futuro de su territorio. La neutralización del STC permite a Arabia Saudí consolidar su influencia en el sur, pero no resuelve el conflicto de fondo con los hutíes. Mientras el tablero se simplifica para las potencias regionales, el país queda atrapado entre dos proyectos de Estado irreconciliables, una crisis humanitaria persistente y un vacío institucional que devasta tanto a su población como a su patrimonio natural.

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