Israel, Líbano, Irán y Gaza: claves para leer un conflicto que parece no terminar nunca

Análisis

Santiago Torres Kuri
Santiago Torres Kuri es un consultor internacional con más de 9 años de experiencia profesional. Es licenciado en Relaciones Internacionales por la Universidad Anáhuac México; además, cuenta con un Máster en Evaluación de Programas y Políticas Públicas por la Universidad Complutense de Madrid y con un Máster en Comunicación Política, Corporativa y Asuntos Públicos por el Colegio de Sociólogos y Politólogos de Madrid. Actualmente es Director de Proyectos en Navalón and Partners, ha trabajado en consultoras como Deloitte y en 2016 formó parte de la campaña presidencial de Hillary Clinton en Estados Unidos.

Comprender el conflicto en Medio Oriente exige mirar mucho más allá de los acontecimientos más recientes. La geografía, la historia y las disputas territoriales han configurado durante décadas un entramado de tensiones que conecta a Israel, Palestina, Gaza, Líbano e Irán. En este artículo, Santiago Torres Kuri analiza cómo estos factores explican el origen y la evolución de uno de los escenarios geopolíticos más complejos e inestables del mundo.

La geografía nunca ha sido justa ni imparcial al momento de definir conflictos. En su libro «Prisioners of Geography», Tim Marshall apunta de manera objetiva que “en diferentes partes del planeta las distintas características geográficas son factores decisivos que determinan lo que las personas pueden y no pueden hacer”. La geografía no solo explica el “qué”, sino también el «por qué» de gran parte de los conflictos mundiales. Define fronteras, alimenta tensiones, justifica alianzas y condiciona decisiones militares.

En Medio Oriente, la geografía ordena el mapa y es clave para entender el conflicto. Israel, Palestina, Líbano e Irán forman parte de una región que constantemente acumula tensión. Allí se cruzan la disputa territorial palestino-israelí, la fragilidad de la frontera libanesa y la rivalidad entre Israel e Irán. Para entender la región, primero hay que mirar el mapa; después, la historia.

El desgarro fundacional

Todo empezó antes de 1948. Palestina estaba bajo mandato del Reino Unido. En 1947 se aprobó la partición en un Estado árabe y otro judío, con Jerusalén bajo un régimen especial. El 14 de mayo de 1948 terminó el mandato y ese mismo día se creó el Estado de Israel. Desde la narrativa palestina, estos hechos son recordados en la Nakba que es un día de luto nacional en el que se recuerda la expulsión de más de 800 mil personas de sus hogares. En otras palabras, la Resolución que dio paso al nacimiento de Israel fue una de las causas principales que dieron inicio a un conflicto que permanece en la actualidad.

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La ocupación que lo cambió todo

En 1967, la Guerra de los Seis Días cambió el mapa de Medio Oriente. En menos de una semana, Israel tomó el control de Cisjordania —incluida Jerusalén Este—, Gaza, los Altos del Golán y el Sinaí. Desde entonces, el conflicto dejó de tratarse solo de la existencia de Israel y pasó a centrarse también en la ocupación de territorios reclamados por palestinos, sirios y egipcios.

Ese mismo año, el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó la Resolución 242. El texto estableció dos principios que siguen marcando cualquier negociación: la inadmisibilidad de adquirir territorio mediante la guerra y la necesidad de alcanzar una paz basada en fronteras seguras y reconocidas.

Con el paso del tiempo, la ocupación se convirtió en una realidad política, territorial y cotidiana. En Cisjordania y Jerusalén Este, el control israelí se ha expresado mediante asentamientos, permisos, demoliciones, puestos de control y restricciones al movimiento. En Gaza, la situación siguió una ruta distinta, pero también quedó marcada por el control territorial, los cierres, la guerra y el deterioro humanitario. En 2024, la Corte Internacional de Justicia afirmó que la presencia continuada de Israel en el territorio palestino ocupado es ilícita.

Conflicto israelí-palestino 

El conflicto israelí-palestino tiene una raíz nacional, cultural y territorial, se trata de dos pueblos que reclaman derechos históricos, políticos y culturales sobre una misma tierra.

Mientras Israel exige seguridad, reconocimiento y protección ante una persecución histórica que pareciera no tener fin, los palestinos reclaman autodeterminación, fin de la ocupación y un Estado viable o, por lo menos, reconocido. Gaza pertenece al conflicto israelí-palestino, pero tiene una historia propia. Desde 2007, Hamás – el movimiento islamista palestino con brazo político y armado – controla la Franja internamente. Israel controla la mayor parte de sus accesos y Egipto administra el paso de Rafah.

Las restricciones al movimiento de personas y bienes se endurecieron después de la toma de Gaza por Hamás, bajo argumentos de seguridad y control de armas. Desde entonces, Gaza ha vivido entre aislamiento, fractura política, dependencia de ayuda externa, guerras recurrentes y un deterioro humanitario cada vez más profundo.

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Líbano

Líbano responde a otra lógica. Se trata de un Estado debilitado, con una frontera históricamente inestable con Israel y la presencia de Hezbolá como partido político, milicia armada y aliado estratégico de Irán. Irán, por su parte, no busca disputar territorio con Israel; sus intereses en la región son una cuestión de influencia. Su confrontación opera a través de aliados regionales, presión militar indirecta, inteligencia, disuasión y competencia por el equilibrio de poder en Medio Oriente.

Líbano es el frente donde la debilidad del Estado se convierte en geopolítica. Su tensión con Israel no nace en Gaza ni depende sólo de Palestina, tiene raíces propias. Algunas de las razones son la ocupación israelí del sur libanés, la guerra de 2006, la frontera marcada por la Línea Azul y el poder de Hezbolá, que opera como partido político, milicia armada y aliado estratégico de Irán.

La ONU trazó la Línea Azul en 2000 para verificar el retiro israelí del Líbano; después, la Resolución 1701 del Consejo de Seguridad pidió el cese de hostilidades, el despliegue del Ejército libanés y de las Fuerzas Provisionales de las Naciones Unidas en el Líbano (FINUL) en el sur y que no hubiera fuerzas armadas no estatales entre esa línea y el río Litani. Sin embargo, esa arquitectura nunca se consolidó plenamente. 

El eco de Sun Tzu en la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán

En la actualidad, el sur del Líbano sigue siendo una zona de fricción. Por una parte, Israel busca alejar a Hezbolá de su frontera norte. Por la otra, Líbano enfrenta el dilema de un Estado que no controla por completo el uso de la fuerza en su propio territorio.

Líbano es un frente fronterizo, estatal y regional propio, donde la fragilidad interna libanesa, Hezbolá e Irán se cruzan con la seguridad israelí.

Gaza: una crisis propia dentro del conflicto palestino-israelí

Gaza quedó atrapada entre una ruptura política interna y un cierre exterior cada vez más extremo. En 2006, Hamás ganó las elecciones legislativas palestinas. En 2007, tomó el control de la Franja tras enfrentarse con Fatah, el movimiento que domina la Autoridad Palestina en Cisjordania. Desde entonces, el territorio palestino quedó dividido de manera que Gaza quedó bajo el control de Hamás y Cisjordania bajo la Autoridad Palestina.

Después de 2007, Israel endureció las restricciones sobre Gaza con el argumento de impedir el rearme de Hamás. Egipto también mantuvo controles estrictos sobre el cruce de Rafah. OCHA —la Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios— documenta las consecuencias civiles de esa realidad, mismas que tienen que ver con situaciones de desplazamiento, falta de alimentos, deterioro sanitario, restricciones de movimiento y obstáculos para la entrada de ayuda.

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Desde el 7 de octubre de 2023, ese fatídico día en el que Hamás lanzó un ataque sorpresa sobre el sur de Israel que mató a más de mil personas, la crisis en Gaza ha empeorado de manera significativa. Gaza pasó de ser un territorio aislado a una emergencia humanitaria abierta en la que la medicina, la comida y los bienes de supervivencia son oro puro.

El mapa no explica todo, pero nada se entiende sin él

Israel, Palestina, Gaza, Líbano e Irán no forman una sola guerra, sino que forman una cadena de conflictos distintos que se cruzan por geografía, historia e intereses estratégicos.

El conflicto israelí-palestino gira en torno a cuestiones de territorio, seguridad, reconocimiento y autodeterminación. Gaza concentra una crisis propia, marcada por Hamás, el aislamiento, la guerra y el deterioro humanitario. Líbano refleja la fragilidad de un Estado que no controla plenamente el uso de la fuerza en su territorio. Irán opera desde su propia óptica, buscando ser un líder regional indiscutible.

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Esa es la clave. Cada conflicto tiene causas propias, pero basta una chispa para que toda la zona arda (como ya se ha podido comprobar con los acontecimientos de los últimos meses).

Para entender Medio Oriente es necesario realizar un análisis que trasciende una fecha o una guerra en particular. Se trata de una región en la que su lógica reside en la acumulación de conflictos y sucesos que hasta el momento no han tenido una solución pacífica y duradera. El mapa no determina el destino de las naciones, sin embargo, en Medio Oriente cada frontera pesa y cada conflicto no resuelto deja abierta una herida que sirve de antesala para el siguiente enfrentamiento.

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