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Brasil inquieta al mundo y reclama su lugar entre las potencias

Análisis

Sebastián Ruda
Sebastián Ruda
Politólogo, Máster en Comunicación y Marketing Político. Actualmente, Máster Profesional de Analista de Inteligencia de LISA Institute y aspirante a Profesional Oficial de Reserva de la Armada. Tiene experiencia en el sector Gobierno en el diseño y coordinación de estrategias institucionales. Se desempeña en el sector privado como Coordinador de Riesgos Sociopolíticos en infraestructura crítica.

Brasil emerge como una potencia clave y desafía el equilibrio de las naciones tradicionales. Su autonomía estratégica y el debate nuclear generan cautela internacional. En este artículo, Sebastián Ruda, alumno del Máster Profesional de Analista de Inteligencia de LISA Institute, explica cómo el país busca redefinir el poder en el Sur Global.

En tiempos recientes, Brasil ha dejado de ser visto como un actor marginal. Se ha transformado en una figura clave que despierta inquietudes estratégicas entre las grandes potencias. Su desarrollo constante y sus recursos naturales han captado la atención y cautela de Washington, Pekín y Moscú.

A Estados Unidos le preocupa su creciente independencia diplomática y su participación en los BRICS. A China le inquieta la posibilidad de que compita por influencia en América Latina. Por su parte, Rusia observa su acercamiento a Occidente sin abandonar los lazos euroasiáticos.

El debate sobre una reforma constitucional para desarrollar armamento nuclear ha encendido las alarmas internacionales. Esta iniciativa es impulsada por sectores del gobierno y del Congreso. Aunque la propuesta está lejos de concretarse, su discusión revela una transformación profunda en la mentalidad brasileña. El país desea alcanzar una soberanía plena, incluso en el terreno disuasivo, para dejar de ser visto únicamente como un poder regional.

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Brasil incomoda al status quo global: es demasiado grande para ser ignorado y demasiado independiente para alinearse. En un mundo fragmentado y en reconfiguración, su ascenso, ahora con la posibilidad de ser acompañado por un discurso de autonomía nuclear, redefine los equilibrios y obliga a las potencias a repensar sus estrategias en el hemisferio sur.

La promesa brasileña en el sistema mundial

Durante años, Brasil fue percibido como un gigante dormido: con gran extensión territorial y abundancia de recursos, pero afectado por la inestabilidad y la desigualdad.

Hoy, en medio de un contexto multipolar, el país emerge con renovada energía y ambiciones globales. Cuenta con una población superior a los 200 millones de habitantes y una economía diversa. Su política exterior se enfoca en la autonomía estratégica. Así, busca posicionarse como una potencia intermedia entre el Norte y el Sur global.

Bajo el liderazgo de Luiz Inácio Lula da Silva, Brasil ha revitalizado su diplomacia. Ha recuperado un papel activo en los BRICS, el G20 y el Mercosur. Al mismo tiempo, promueve una agenda basada en la transición energética, la cooperación Sur-Sur y el liderazgo regional.

Sin embargo, su proyección global genera tensiones. Su aproximación simultánea a China, Rusia, Europa y Estados Unidos lo convierte en un actor complejo. Por ello, el país se encuentra bajo constante observación.

Los pilares del ascenso brasileño

El nuevo rol internacional de Brasil se sustenta en tres ejes: una población numerosa con un sólido mercado interno, abundantes recursos naturales estratégicos y una diplomacia expansiva.

En el terreno económico, Brasil se posiciona como la décima economía del mundo. Además de liderar la exportación de productos como la soja, el hierro y la carne, impulsa el desarrollo de una industria más avanzada e innovadora. Sus progresos en ciencia y tecnología le permiten competir en sectores de alto valor añadido, fortaleciendo al mismo tiempo la autonomía de su política exterior.

Esta transición hacia un modelo de desarrollo más autosuficiente se complementa con una diplomacia activa, enfocada en diversificar alianzas y disminuir la dependencia de los centros tradicionales de poder. Brasil ya no sigue los lineamientos de ninguna potencia: busca moldear el orden global desde la moderación y la construcción de consensos.

Autonomía estratégica y liderazgo en América Latina

Uno de los aspectos más distintivos del Brasil actual es su estrategia de «no alineamiento activo». Lejos de subordinaciones a Washington o Pekín, adopta una posición pragmática que le permite negociar con distintos actores sin comprometer su soberanía.

En América Latina, consolida su papel como fuerza estabilizadora a través del Mercosur y de una agenda que promueve la cooperación energética, tecnológica y de infraestructura. En términos de seguridad, la Amazonía y el Atlántico Sur se han convertido en zonas prioritarias. El control de esta región marítima, rica en recursos y estratégicamente vinculada con África, refuerza su peso geopolítico.

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La diplomacia de Lula combina idealismo con pragmatismo: intenta mediar entre bloques enfrentados y representar al Sur Global sin entrar en confrontaciones directas con las potencias. Brasil aspira a más que el liderazgo regional; busca ser reconocido como un actor global que aporta estabilidad, diálogo y soluciones sostenibles.

Brasil en los BRICS: entre la oportunidad y el desafío

El bloque BRICS (Integrado por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, con nuevos integrantes recientes) se ha transformado en una de las principales plataformas del ascenso brasileño.

Brasil tiene ante sí una oportunidad estratégica: fomentar la cooperación Sur-Sur y liderar una agenda global más inclusiva. No obstante, este liderazgo conlleva riesgos. La creciente presencia de China y Rusia dentro del bloque obliga a Brasil a manejar un equilibrio delicado: beneficiarse de las ventajas económicas y financieras sin quedar atrapado en sus agendas geopolíticas.

El desafío será preservar la independencia que lo caracteriza, promoviendo temas donde cuenta con ventajas claras (como la energía limpia, la seguridad alimentaria y la innovación tecnológica) y sirviendo de puente entre los BRICS y las potencias occidentales. Su diplomacia, en este contexto, tiene un valor especial: ser un interlocutor creíble entre mundos a menudo en tensión.

Energía, tecnología y defensa: la tríada del poder brasileño.

El ascenso de Brasil no se basa únicamente en su diplomacia ni en su tamaño, sino en su habilidad para generar poder real en tres campos clave: energía, tecnología y defensa.

En el sector energético, Brasil es una potencia verde. Petrobras lidera inversiones tanto en los yacimientos del presal como en biocombustibles y procesos de descarbonización. El país es pionero en la producción de etanol, biodiésel e hidrógeno verde, lo que lo convierte en un socio fundamental para Europa y Asia en el marco de la transición energética.

En el ámbito tecnológico, se destacan los avances en inteligencia artificial, agricultura sostenible y tecnología satelital, combinando alianzas con China y la Unión Europea con iniciativas nacionales del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales (INPE).

En defensa, moderniza su flota aérea con los cazas Gripen NG (en coproducción con Suecia), desarrolla el submarino nuclear Álvaro Alberto y refuerza su presencia militar en la Amazonía. Sin buscar hegemonía, Brasil pretende garantizar su autonomía estratégica y posicionarse como referencia en seguridad marítima y ciberdefensa en el Atlántico Sur.

Estas tres áreas le otorgan una combinación única de poder blando y duro: innovación, energía sostenible y capacidad de disuasión militar, algo poco común en el hemisferio sur.

Obstáculos al ascenso brasileño

A pesar de sus avances, el auge brasileño enfrenta desafíos internos que podrían limitar su proyección internacional. Políticamente, Brasil sigue siendo una democracia polarizada. La fragmentación del Congreso y la pugna entre el progresismo de Lula y el bolsonarismo dificultan la implementación de reformas estructurales.

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Económicamente, la fuerte dependencia de productos básicos (como la soja, el hierro y el petróleo) representa una vulnerabilidad, especialmente considerando que China es su principal comprador. Cualquier variación en la demanda asiática puede afectar significativamente su economía.

En lo ambiental y de seguridad, la Amazonía es tanto un activo estratégico como una fuente de conflicto. La deforestación, la actividad minera y la militarización del territorio generan tensiones internas y roces diplomáticos.

En el plano internacional, Brasil deberá gestionar las expectativas: actuar como potencia conlleva asumir responsabilidades globales en áreas como defensa, energía y mediación política. Esto exige coherencia, recursos y estabilidad institucional. El principal riesgo sería aspirar a un rol de gran potencia sin contar con la capacidad fiscal o política necesaria para sostenerlo.

Brasil ante el desafío de consolidar su poder

Brasil atraviesa un momento clave. Su peso económico, su renovada diplomacia y sus avances en energía, tecnología y defensa lo posicionan como un actor central en el Sur Global. Pero su verdadero poder reside en su capacidad de mantener independencia sin aislarse y de construir alianzas sin depender.

El reciente debate sobre el derecho a desarrollar capacidades nucleares con fines de defensa es clave. Evidencia que Brasil ya no teme igualarse a las grandes potencias. No se trata solo de una ambición tecnológica. Es una afirmación política de un país que busca ser tratado como igual en las mesas del poder global.

El mundo debe seguir de cerca su evolución. Un Brasil fortalecido puede alterar el equilibrio mundial. Potenciaría al Sur Global y diversificaría rutas energéticas y comerciales. Además, ofrecería una alternativa real frente a las hegemonías tradicionales.

Si logra mantener su estabilidad interna y su autonomía estratégica, no solo redefinirá el liderazgo en América Latina, sino que también podrá consolidarse como un eje fundamental en el nuevo orden global.

Más allá de ser un gigante que despierta, Brasil simboliza un modelo latinoamericano de poder. Este se basa en la sostenibilidad, la cooperación y la soberanía. Ahora suma un componente disuasivo que lo acerca al lenguaje estratégico de las grandes potencias. Resta por ver si esta promesa logrará una influencia duradera. También queda la duda de si se desvanecerá ante las complejidades internacionales.

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