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Ecología del fuego: prevenir no es apagar más, sino gestionar mejor el territorio

Análisis

Lucía Sánchez-Tejado
Lucía Sánchez-Tejado
Embajadora de la Comisión Europea para el Pacto Climático; responsable del Área de Medioambiente y Crisis Climática en LISA Institute; y Vicepresidenta Adjunta para Europa Occidental de la Comisión de Política Ambiental, Económica y Social (CPAES) de la IUCN. Veterinaria colegiada, Economista y MBA, especializada en crimen medioambiental, tráfico ilegal de especies, conservación de la biodiversidad, gobernanza ambiental y One Health. Su trabajo conecta la protección de la naturaleza con la seguridad, la salud pública y las políticas públicas, promoviendo respuestas coordinadas entre cuerpos de seguridad, autoridades, comunidad científica e instituciones nacionales e internacionales. Cuenta con una consolidada trayectoria profesional en empresas internacionales, donde ha asumido responsabilidades de dirección, liderado proyectos complejos y coordinado operaciones y equipos multidisciplinares. En LISA Institute dirige programas para profesionales e instituciones en gestión de riesgos ambientales, cambio climático, salud global y prevención de delitos medioambientales.

El fuego puede ser un proceso ecológico, una herramienta de gestión o una emergencia devastadora. La diferencia depende del régimen de incendios, del estado del paisaje, de las condiciones meteorológicas y de la capacidad de la sociedad para anticiparse.

Cuando un monte arde, la imagen inmediata es la de una catástrofe: viviendas amenazadas, humo, pérdida de vegetación y equipos de extinción trabajando en condiciones extremas. Esa percepción es comprensible, pero resulta insuficiente para explicar la relación entre el fuego y los ecosistemas.

La ecología del fuego estudia el fuego como un proceso del ecosistema y analiza sus relaciones con los seres vivos, el medio físico y las sociedades humanas a diferentes escalas espaciales y temporales. Para entenderla hacen falta conocimientos de ecología, evolución, física, química, comportamiento humano, planificación territorial y geografía.

Reconocer esta complejidad no significa restar importancia a los daños de los incendios forestales. Significa distinguir entre el fuego como fenómeno ecológico y el incendio forestal, entendido por el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (MITECO) como el fuego que se extiende sin control sobre combustibles forestales.

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No todo fuego es igual, ni todos los ecosistemas responden del mismo modo. Un fuego de baja intensidad que recorre un pastizal, una quema prescrita ejecutada por personal especializado y un incendio de copas impulsado por viento fuerte son fenómenos física y ecológicamente muy diferentes. Por eso, una política basada únicamente en evitar o apagar cualquier llama no basta para gestionar el riesgo.

Un proceso tan antiguo como la vegetación terrestre

El fuego acompaña a las plantas terrestres desde hace más de 400 millones de años. Durante ese tiempo ha influido en la distribución de los ecosistemas y en la evolución de características como las cortezas gruesas, la capacidad de rebrotar, la germinación estimulada por el calor o la liberación de semillas después del incendio.

En numerosos bosques, matorrales, sabanas y pastizales, el fuego modifica la disponibilidad de nutrientes, abre claros, redistribuye recursos y crea un mosaico de zonas quemadas y no quemadas. Esa heterogeneidad puede favorecer la coexistencia de especies con necesidades diferentes. Pero que una especie o un ecosistema estén asociados históricamente al fuego no significa que puedan soportar cualquier incendio. Las adaptaciones responden a determinados patrones de frecuencia, intensidad y estacionalidad, no al fuego en abstracto.

La cuestión ecológica, por tanto, no es simplemente si hay fuego, sino qué tipo de fuego, con qué frecuencia, en qué estación, con qué intensidad y sobre qué paisaje.

El concepto central: el régimen de incendios

Un incendio es un episodio. El régimen de incendios es el patrón que forman muchos episodios a lo largo del tiempo. Se describe mediante variables como la frecuencia, el tamaño, la estación del año, el tipo de propagación, la intensidad y los efectos ecológicos.

Este concepto permite entender por qué una misma superficie quemada puede producir consecuencias muy distintas. Si los incendios se repiten antes de que los árboles alcancen la madurez y produzcan semillas, la regeneración puede fracasar. Si el fuego se excluye durante mucho tiempo de un sistema donde históricamente era frecuente, pueden acumularse combustibles y modificarse la estructura de la vegetación. Y si las condiciones climáticas, los usos del suelo o las igniciones humanas cambian, el régimen puede desplazarse fuera de los márgenes a los que estaban adaptados el ecosistema y la sociedad.

También es importante diferenciar intensidad y severidad. La intensidad es una magnitud física: expresa la energía liberada por el fuego. La severidad describe sus efectos sobre la vegetación, el suelo y otros componentes del ecosistema. Un fuego intenso puede avanzar rápidamente y afectar de manera desigual al territorio; otro menos intenso, pero de larga duración sobre suelos orgánicos, puede provocar daños importantes en raíces, microorganismos y reservas de carbono.

Combustible, meteorología y topografía

El comportamiento de un incendio depende de la interacción entre tres grandes componentes:

El combustible es la biomasa viva o muerta capaz de arder. Importan su cantidad, humedad, tamaño, composición y distribución. No es lo mismo una acumulación de ramas gruesas y dispersas que una capa continua de hierba seca. Tampoco es igual un sotobosque separado de las copas que una estructura con arbustos y ramas intermedias que actúan como “combustible de escalera” y facilitan el paso del fuego desde el suelo hasta el dosel arbóreo.

La meteorología condiciona la posibilidad de ignición y la velocidad de propagación. La Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) utiliza, entre otras variables, la temperatura, la humedad relativa, el viento y la precipitación de las últimas horas, y las combina con información sobre humedad del suelo, estado de la vegetación y usos forestales. Esto muestra que el peligro no depende solo de que haga más calor: depende también de cómo se encuentra el territorio que recibe esas condiciones meteorológicas.

La topografía modifica la exposición solar, el viento y la propagación. Las llamas suelen avanzar más deprisa pendiente arriba porque precalientan la vegetación situada por encima. Valles, barrancos y collados pueden canalizar el viento y generar comportamientos difíciles de prever sin un conocimiento detallado del terreno.

Gestionar el riesgo significa intervenir, sobre todo, en el componente sobre el que existe mayor capacidad de actuación antes de la emergencia: la distribución de los combustibles y la vulnerabilidad del paisaje.

Fuente: Infografia que muestra qué determina el comportamiento de un incendio. Elaboración propia (LISA Institute).

España: muchos incendios comienzan en la sociedad

España dispone de una de las series estadísticas de incendios más extensas del mundo. La Estadística General de Incendios Forestales (EGIF) se inició en 1968 y recoge, mediante partes normalizados, más de 150 campos de información sobre cada siniestro: localización, superficie, vegetación afectada, condiciones, causas y medios utilizados, entre otros. 

Según las campañas oficiales del MITECO, alrededor del 95% de los incendios forestales está relacionado con la acción humana. Esta cifra no significa que el 95% sean incendios provocados deliberadamente. Incluye negligencias, accidentes, usos inadecuados del fuego, actividades agrarias o forestales y conductas intencionadas.

La distinción es fundamental para diseñar la prevención. Una campaña genérica de concienciación puede servir para reducir descuidos, pero no resuelve por sí sola conflictos ganaderos, quemas agrícolas mal planificadas, problemas de propiedad, falta de alternativas para gestionar restos vegetales o motivaciones delictivas. Cada causa requiere medidas diferentes, apoyadas en investigación y conocimiento local.

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Las orientaciones estatales para la gestión de incendios señalan, precisamente, que en los montes españoles confluyen circunstancias sociales, culturales, económicas y políticas, y recomiendan reforzar tanto la investigación de las causas como el estudio de lo que se ha denominado sociología del fuego.

El abandono también transforma el riesgo

En numerosas zonas rurales, la disminución de la agricultura tradicional, la ganadería extensiva, la recogida de leña y otros aprovechamientos ha cambiado la estructura del paisaje. Parcelas antes cultivadas o pastoreadas han sido ocupadas por vegetación, y antiguos mosaicos de campos, pastos, matorrales y bosques se han convertido en superficies más continuas.

Más vegetación no equivale automáticamente a mayor riesgo: importan la especie, la humedad, la estructura y el contexto. Pero una continuidad extensa de combustibles puede facilitar que el fuego recorra grandes distancias y alcance intensidades que superen la capacidad de los dispositivos de extinción. Las orientaciones del MITECO relacionan el abandono de usos tradicionales y la falta de aprovechamientos con la formación de estructuras forestales más susceptibles a la propagación.

Este proceso ayuda a entender por qué la prevención de incendios no puede separarse de la economía rural. Mantener actividad agraria, ganadera y forestal no es únicamente una cuestión productiva: puede contribuir a conservar discontinuidades, accesos, conocimiento del territorio y presencia humana estable.

Gestionar el bosque no es “limpiarlo”

En el lenguaje cotidiano se habla con frecuencia de “limpiar el monte”. La expresión puede inducir a pensar que toda vegetación baja, madera muerta o matorral es suciedad. Ecológicamente, no es así. La madera muerta proporciona hábitat, retiene humedad y participa en los ciclos de nutrientes; el sotobosque protege el suelo y alberga biodiversidad.

La gestión forestal preventiva no pretende vaciar el ecosistema, sino modificar de manera selectiva la cantidad, disposición y continuidad del combustible, especialmente en lugares estratégicos. Puede incluir clareos, podas, retirada o aprovechamiento de biomasa, pastoreo, mantenimiento de cultivos, recuperación de espacios abiertos, mejora de accesos y puntos de agua, y creación de discontinuidades alrededor de poblaciones e infraestructuras.

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El MITECO propone gestionar el territorio a escalas amplias, favorecer paisajes en mosaico y combinar la selvicultura con agricultura, ganadería extensiva y aprovechamientos forestales. También plantea integrar el riesgo de incendio en la ordenación forestal, los espacios protegidos y el urbanismo.

Un cortafuegos aislado no convierte un paisaje en seguro. Bajo condiciones extremas, las pavesas pueden recorrer grandes distancias y atravesar discontinuidades. El objetivo realista de la gestión es reducir la intensidad potencial, limitar la continuidad, facilitar oportunidades de control y proporcionar zonas más seguras para los equipos de extinción.

El fuego prescrito: una herramienta, no una improvisación

En determinados territorios, una quema prescrita puede utilizarse para reducir combustible, mantener hábitats, mejorar pastos o crear zonas estratégicas. Se trata de un fuego planificado, autorizado y ejecutado de acuerdo con objetivos y condiciones previamente establecidos. No equivale a abandonar un incendio ni a quemar sin control.

Una prescripción técnica determina el tipo de vegetación, la humedad del combustible, el viento admisible, la temperatura, el comportamiento esperado, los medios de seguridad, el tratamiento del humo y las tareas de seguimiento. Su empleo requiere personal formado y una evaluación ecológica específica. Las orientaciones españolas contemplan las quemas prescritas como una herramienta posible dentro de una gestión más amplia y junto con otras actuaciones de diversificación del paisaje.

La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) encuadra estas actuaciones dentro de la gestión integrada del fuego, que reúne análisis, reducción del riesgo, preparación, respuesta y recuperación. Este enfoque no se limita a la extinción: incorpora la ecología, los usos culturales, la participación local y la planificación a largo plazo. 

Dos ejemplos españoles de por qué no existen recetas universales

El pino canario, característico de las islas Canarias, puede rebrotar desde yemas protegidas en el tronco después de sufrir daños por fuego. Es una capacidad poco común entre los pinos y constituye un ejemplo de adaptación a determinados regímenes históricos.

Pero esa adaptación no hace invulnerables a los pinares canarios. La intensidad, la recurrencia, el estado previo de los árboles, la sequía posterior, la erosión y la presencia de especies invasoras pueden condicionar la recuperación. Decir que una especie está adaptada al fuego no significa que “necesite incendiarse” ni que cualquier incendio resulte beneficioso.

En muchos matorrales y pinares de clima mediterráneo ocurre otro fenómeno. Algunas plantas adultas mueren durante el fuego y se regeneran mediante semillas. Si los incendios se repiten en intervalos demasiado cortos, las nuevas plantas pueden arder antes de alcanzar la edad reproductiva y reponer el banco de semillas. Los trabajos científicos sobre ecosistemas mediterráneos identifican estas especies dependientes de la regeneración posincendio como especialmente vulnerables al aumento de la frecuencia causada por igniciones humanas.

Los dos ejemplos conducen a la misma conclusión: la gestión debe adaptarse al ecosistema, a su historia, a sus especies y a los objetivos de conservación. Aplicar el mismo tratamiento en todos los montes puede ser tan problemático como no intervenir nunca.

Prevenir tiene tres dimensiones

  1. La primera dimensión consiste en evitar igniciones no deseadas. Requiere regulación, vigilancia, investigación de causas, alternativas seguras para las quemas y los restos vegetales, mantenimiento de maquinaria y trabajo directo con los colectivos relacionados con cada problema.
  2. La segunda es evitar que una ignición se convierta en una emergencia incontrolable. Aquí actúan la gestión forestal, los mosaicos agroforestales, el pastoreo, la planificación urbanística, las franjas de protección y el mantenimiento de puntos estratégicos.
  3. La tercera es reducir la vulnerabilidad de las personas y los bienes. Incluye planes municipales, autoprotección de viviendas, rutas de evacuación, información accesible, simulacros y una población que sepa cómo actuar sin ponerse en peligro.

El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) ha propuesto reequilibrar las inversiones públicas para que aproximadamente dos tercios se destinen a planificación, prevención, preparación y recuperación, y un tercio a la respuesta. La propuesta no rebaja la importancia de los bomberos; parte de la idea contraria: ninguna capacidad de extinción es ilimitada y los operativos necesitan encontrar un territorio con oportunidades de control. 

Formación para todo el territorio

La formación no debe reservarse a los equipos de extinción. Bomberos forestales y mandos necesitan capacitación continua en comportamiento del fuego, meteorología, comunicaciones, seguridad, coordinación y uso técnico del fuego. Pero también necesitan formación quienes toman decisiones sobre el territorio: personal municipal, gestores de espacios protegidos, cuerpos de seguridad, agricultores, ganaderos, propietarios, urbanistas, arquitectos, periodistas, voluntarios y responsables de protección civil.

Las orientaciones españolas proponen homologar competencias profesionales, realizar simulacros coordinados y formar a otros sectores vinculados con la gestión territorial. También recomiendan crear espacios participativos (como las denominadas “mesas del fuego”), introducir conocimientos forestales desde edades tempranas y mantener una comunicación continuada que ayude a superar mitos.

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Un ejemplo práctico son los Equipos de Prevención Integral de Incendios Forestales (EPRIF), creados en 1998. Estos equipos trabajan directamente con la población rural, analizan las causas locales, concilian intereses y proponen medidas que combinan prevención, manejo de la vegetación y mantenimiento de usos tradicionales.

Esta forma de trabajar resulta especialmente valiosa porque transforma la prevención en una tarea compartida y permanente, no en una campaña publicitaria limitada a los meses de mayor peligro.

Fuente: Equipos de Prevención Integral de Incendios Forestales (EPRIF) durante sus labores de prevención. Fuente: Tocarama, «Características y funcionamiento de los Equipos de Prevención Integral de Incendios Forestales» 

Aprender a convivir con el fuego

Convivir con el fuego no significa resignarse a las catástrofes. Significa aceptar que el riesgo cero no existe y utilizar el conocimiento para reducir la probabilidad de los incendios no deseados, limitar su capacidad de propagación y proteger a las comunidades.

La propia estrategia estatal reconoce que excluir completamente el fuego no es realista y que es necesario determinar de manera planificada y consensuada dónde, cuándo y con qué finalidad puede estar presente. También señala el desequilibrio que puede producirse cuando la inversión se concentra en la extinción y no en la gestión integral del territorio.

La prevención eficaz se construye durante todo el año. Está en una explotación ganadera que mantiene un pastizal, en un propietario que gestiona su monte, en un municipio que prepara su plan de autoprotección, en una quema prescrita bien ejecutada, en una escuela que explica cómo funciona el paisaje y en una administración que utiliza datos para decidir dónde actuar primero.

Los incendios se combaten durante días. Los paisajes que condicionan su comportamiento se forman durante años y décadas. Por eso, la cuestión decisiva no es solamente cuántos medios acudirán cuando aparezcan las llamas, sino qué territorio encontrarán al llegar.

La ecología del fuego aporta precisamente esa mirada: comprender el proceso antes de la emergencia para que la prevención, la gestión forestal, la formación y la respuesta dejen de ser piezas separadas y formen parte de una verdadera política de territorio.


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