En este artículo, Santiago Torres Kuri explica cómo los satélites capaces de detectar emisiones invisibles, como el metano, están transformando la acción climática, y por qué conservar la atmósfera y los océanos ya no es solo una cuestión ambiental, sino también de financiamiento, comercio, competitividad y responsabilidad ciudadana.
Durante décadas, entender qué ocurría en los océanos, los ecosistemas y la atmósfera dependía de mediciones en tierra, expediciones, reportes y estimaciones. Hoy, los satélites están cambiando esa forma de observar el planeta: permiten seguir desde el espacio la contaminación, las emisiones, la pérdida de ecosistemas y los cambios en los océanos con una precisión cada vez mayor.
Esta tecnología se ha convertido en una herramienta clave para la conservación ambiental, porque ayuda a detectar problemas antes, medir mejor su alcance y comprobar si las políticas de gobiernos y empresas realmente están funcionando.
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El metano es un buen ejemplo. MethaneSAT, un satélite diseñado y creado por el Environmental Defense Fund (EDF) para detectar y medir este gas, encontró que las operaciones de petróleo y gas de la cuenca de San Joaquín, en California, emitían alrededor de 18 toneladas por hora: 20% más de lo calculado por la autoridad federal y el doble de lo estimado por el propio estado.
La diferencia importa porque el metano es un gas de efecto invernadero muy potente. Aunque permanece menos tiempo en la atmósfera que el CO2, durante sus primeros 20 años puede generar más de 80 veces su efecto de calentamiento.
MethaneSAT perdió contacto con su centro de operaciones comunicación en 2025, sin embargo, gracias a este tipo de tecnologías hoy podemos detectar desde el espacio problemas ambientales que antes eran difíciles de medir y usar esa información para proteger mejor la atmósfera y los ecosistemas.
De calcular las emisiones a poder verlas
MethaneSAT fue precisamente diseñado para detectar y medir desde el espacio las emisiones de metano, especialmente las provenientes de instalaciones de petróleo y gas. Su objetivo era generar imágenes que permitieran fortalecer y facilitar la toma de decisiones.
Hace unas semanas, tuve la oportunidad de platicar con Juan Manuel Calderón, Director de Políticas Públicas de EDF en México, quien lo explicó de manera sencilla: estos satélites permiten “visibilizar lo que no es visible”. Esa capacidad cambia la forma de enfrentar el problema porque permite identificar las principales fuentes de emisión y diseñar políticas mucho más precisas, eficientes y eficaces.
“De otra forma, estaríamos como a ciegas tratando de resolver un problema que no es visible”, explicó. Para Juan Manuel, contar con mejores datos permite “tomar mejores decisiones” y concentrar los esfuerzos justamente donde pueden tener mayor impacto.
Calderón explica que las observaciones de MethaneSAT también confirmaron algo que EDF ya sospechaba: existían diferencias importantes entre algunas emisiones medidas directamente y las que aparecían en bases de datos y reportes previos. “Lo que vimos es una diferencia notable entre las mediciones que hizo nuestro satélite con respecto a lo que está reportado”, señaló.
Esa diferencia también apunta a un problema importante: las emisiones reales pueden ser mayores de lo que muestran los registros oficiales. A veces ocurre porque los métodos de cálculo subestiman fugas o emisiones imprevistas; en otros casos, porque lo reportado por empresas o países queda por debajo de lo que después detectan las mediciones directas.
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Y aquí aparece uno de los datos más relevantes de toda esta historia. La Agencia Internacional de la Energía calcula que cerca de 70% de las emisiones de metano provenientes de combustibles fósiles podría reducirse con tecnologías que ya existen. Más de 35 millones de toneladas anuales podrían evitarse incluso sin costo neto, porque en muchos casos el gas que deja de escaparse puede recuperarse y venderse.
La tecnología, por tanto, permite resolver una parte importante del problema. El siguiente reto consiste en llevar esas soluciones a la práctica.
Saber qué hacer es distinto a poder hacerlo
Detectar una fuga es apenas el primer paso. Después hay que repararla, sustituir equipos, modernizar instalaciones, capacitar personal y mantener sistemas de vigilancia capaces de encontrar nuevas emisiones.
Juan Manuel Calderón identifica tres obstáculos especialmente importantes: capacidad técnica de las instituciones, incentivos adecuados y acceso al financiamiento. Este último se vuelve particularmente complejo en empresas estatales y/o públicas que suelen competir por recursos con muchas otras necesidades públicas.
Aquí el problema ambiental se conecta directamente con la economía. Una fuga de metano significa contaminación, pero para una petrolera también representa gas producido que nunca llegó al mercado. Por eso, EDF y otras organizaciones participan en el Methane Finance Working Group, una iniciativa que busca facilitar el acceso a instrumentos y mecanismos de financiamiento destinados específicamente a reducir estas emisiones y construir un modelo financiero que beneficie tanto a empresas como al medio ambiente.
La discusión climática entra así en un terreno muy familiar para cualquier empresa: costos, inversión, deuda y rentabilidad.
Cuando la regulación cambia el comercio
La reducción de emisiones de metano ya empieza a influir también en las reglas del comercio internacional.
La Unión Europea está llevando sus exigencias más allá de sus propias fronteras. A partir de 2028, los importadores tendrán que reportar la intensidad de metano asociada al petróleo, gas y carbón que compren bajo determinados contratos. Desde 2030 deberán demostrar que esas importaciones cumplen con los límites establecidos por la Comisión Europea.
Esto significa que la forma en que un país produce petróleo o gas puede terminar influyendo en sus posibilidades de venderlo en uno de los mayores mercados del mundo.
Calderón considera que este tipo de regulación puede convertirse en un incentivo especialmente poderoso. Europa, explica, empieza a exigir que quienes quieran venderle hidrocarburos puedan demostrar que cuentan con medidas para reducir sus emisiones. La regulación ambiental comienza así a influir directamente en las condiciones de acceso a un mercado.
Para los países productores, reducir metano adquiere entonces una dimensión adicional. Ya no se trata únicamente de una cuestión ambiental. También entra en juego la competitividad, el acceso a mercados y a financiamiento.
El océano: conservar también significa producir mejor
Una lógica similar aparece en los océanos. Su conservación suele presentarse como un asunto ambiental, aunque detrás existen alimentos, empleos y economías enteras.
La FAO calcula que los alimentos acuáticos aportan al menos una quinta parte de la proteína animal consumida por 3,100 millones de personas y que la pesca y la acuicultura sostienen más de 600 millones de medios de vida.
Calderón, quien durante años también ha trabajado en la agenda de conservación de océanos de EDF, considera que uno de los avances más importantes ha sido precisamente entender esa relación. “Hoy es muy difícil encontrar personas que desconozcan la relevancia de los océanos”, señala. Detrás del mar existen fuentes de empleo, alimentos y actividades económicas completas que dependen de su conservación.
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En México, el sistema lagunar Altata-Ensenada del Pabellón, en Sinaloa, muestra esa relación con claridad. Entre 2006 y 2014, la población de almeja chocolata cayó 92%. La respuesta reunió a pescadores, autoridades, científicos y organizaciones como EDF y Pronatura para desarrollar refugios pesqueros, vedas y un plan de manejo orientado a recuperar el recurso y mantener la actividad económica de las comunidades.
Juan Manuel Calderón destacó este caso porque permite explicar la conservación de una manera sencilla. Después de años de sobreexplotación, las poblaciones comenzaron a recuperarse gracias a una combinación de mejor regulación, manejo del recurso y participación de las comunidades.
El reto adquiere todavía mayor importancia conforme cambia el océano. La Organización Meteorológica Mundial informó que su contenido de calor alcanzó un nuevo récord en 2025 y que, durante las últimas dos décadas, los mares han absorbido cada año una cantidad de energía equivalente a unas 18 veces todo el consumo energético anual de la humanidad.
Aun con los retos pendientes, Calderón considera que la situación actual ofrece una perspectiva más favorable que hace dos o tres décadas. Hoy existen más regulación, mejores prácticas, mayor coordinación internacional y una conciencia mucho más extendida sobre el valor económico y ambiental del océano.
Del satélite a nuestra casa
Todo esto deja una imagen más completa de la acción climática. Existen satélites capaces de encontrar emisiones invisibles, tecnologías que pueden reducirlas, nuevos mecanismos para financiarlas, reglas comerciales que empiezan a favorecer una producción más limpia y modelos de manejo que buscan recuperar recursos marinos.
También existe una escala mucho más cercana. En 2022, el mundo desperdició 1,050 millones de toneladas de alimentos. El desperdicio alimentario, junto con las pérdidas en la cadena, genera hasta el 10% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero.
En conclusión, la ciencia nos permite entender mejor el problema. La tecnología nos ayuda a saber dónde actuar. El financiamiento y las políticas hacen posible escalar las soluciones. Pero el cambio también depende de: la forma en que producimos, consumimos y aprovechamos los recursos cada día. Al hablar del cuidado y conservación del medio ambiente, lo más sencillo es culpar a gobiernos, empresas y dejar las soluciones para los expertos. Sin embargo, la acción ciudadana es un pilar fundamental y crítico para la consecución de metas y objetivos. El cambio inicia con nosotros.
No olvidemos ni desestimemos las palabras de Eduardo Galeano:
«Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo».
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