Diego Uriel, profesor del Máster Profesional de Analista Internacional y Geopolítico de LISA Institute, te explica cómo la inestabilidad en el Golfo Pérsico reorienta la estrategia global de Washington hacia América Latina.
Tras el inicio de la Operación Rugido de León, hay muchas incógnitas que nos impiden hacer un análisis certero de la evolución del conflicto. Ni siquiera cuando escaló estrepitosamente la guerra en Ucrania hace cuatro años tuvimos tan poca información sobre qué estaba ocurriendo realmente. El analista militar prusiano Clause von Clausewitz acuñó un término llamado «niebla de guerra» para referirse a esto mismo; No sabemos cuántas bajas pueden contabilizar los americanos, el daño sufrido en Tel Aviv, o la capacidad misilística real que le queda a Irán. Pero hay algo de lo que sí podemos estar seguros: la sensación de inseguridad que va a quedar entre los países con bases americanas en el Golfo Pérsico.
El Golfo, una cuestión de confianza
Qatar, Abu Dabi, Kuwait, Arabia Saudí y, especialmente, Emiratos Árabes Unidos. Países que no solo dependen de sus exportaciones de petróleo o gas natural, sino de un ecosistema de inversión extranjera, consumo y emprendimiento que garantiza economías bien diversificadas y, por tanto, resistentes a shocks internacionales. Un modelo de renta diversificada soberana donde el Estado ya no necesita gravar a sus ciudadanos porque el capital extranjero financia en gran parte otras infraestructuras sociales.
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Sólo los EAU, con una economía diseñada para reducir la fricción regulatoria del capital internacional (lo que comúnmente se conoce como «paraíso fiscal»), han recibido en los últimos diez años más de 200.000 millones de USD en inversión extranjera directa acumulada (IED), con un récord de 30.688 millones solo en 2023, año en que el país se situó como segundo destino mundial de IED según la UNCTAD. Su sector servicios representa ya el 58% del PIB, con más de 20 millones de visitantes internacionales al año sólo en Dubái y un turismo contribuyendo entre el 13%-15% de su PIB. Una economía emiratí que puede resistir fuertes shocks de inestabilidad global, pero cuya prosperidad sí que está fuertemente atada a la paz en la región.
Cincuenta años de orden tácito
Y esa estabilidad regional ha sido uno de los acuerdos tácitos por los que el orden internacional ha funcionado desde los años 70, con Estados Unidos como garante del sistema. El mecanismo concreto fue el acuerdo del petrodólar de 1974: Washington garantizaba seguridad militar a cambio de que Arabia Saudí (y el Golfo con ella) vendiese su petróleo exclusivamente en dólares e invirtiese los excedentes en activos americanos. Un acuerdo win-win que ha funcionado durante más de cincuenta años. Un sistema, que muchos calificaron en su día como «privilegio exorbitante».
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Entre las pocas cosas que nos llegan, sí que hay una que podríamos destacar de cara a hacer predicciones: la imagen de los rascacielos humeantes de Dubái, según fuentes consultadas, tras los presuntos ataques de drones iraníes a miembros del servicio americano que se hospedaban allí. Esta es la imagen de un inminente realineamiento internacional sin precedentes recientes, quizás desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, y también una amenaza para ese privilegio exorbitante.
El fin del protectorado
El conflicto llegará hasta donde ambas partes decidan, y nadie sabe hasta dónde querrán llegar. Lo que está claro es que el protectorado tácito establecido por Nixon se está desmontando, quizás, y es que no es la primera vez que una potencia hegemónica sobreentiende su perímetro de seguridad hasta niveles que no se pueden defender. Podemos estar de acuerdo en que toda esta situación empujará inevitablemente a Estados Unidos hacia regiones donde pueda proyectar influencia sin la particular inestabilidad que traen los conflictos armados de índole religiosa. Y que en el corto y medio plazo, ese giro estratégico parece reorientarse de forma inevitable hacia el sur directo de sus fronteras: Latinoamérica.
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Un incremento de la presencia americana en la zona implica también un cambio de política internacional, no sólo hacia esos países, sino hacia terceros países también interesados en la zona. Terceros países que pueden ser socios, pero también rivales. Cuando hablamos de rivales, vienen rápidamente a colación países como China, que lleva quince años construyendo esa posición en Latinoamérica con paciencia estratégica e inversiones masivas. Pero frente a esa lógica de confrontación y despliegue de capital de las grandes potencias hay otros modelos.
España, ¿socio o rival inesperado?
Modelos como el de España, con un pasado y presente de influencia cultural y económica innegable: porque España es el país europeo con mayor capital relacional en la región, con una lengua y cultura compartidas, una presencia empresarial consolidada desde los años 90 y una acción diplomática tremendamente consolidada. Pero, muy especialmente por una cuestión histórica: porque ni siquiera los territorios de los cuatro principales Virreinatos españoles cargan con el peso del intervencionismo americano más coercitivo (embargos o extracciones nocturnas de jefes de Estado), ni tampoco con el modelo extractivo del colonialismo británico, belga o francés.
Las ventanas de oportunidad en geopolítica no pueden reconocerse a posteriori. Washington encontrará en Madrid a un socio con una ventaja comparativa difícil de replicar. La pregunta no es si España está preparada para ese rol. España, por cierto, el país de Europa continental más alejado del citado conflicto en sentido figurado, y también geográfico junto a Portugal. La pregunta es si es consciente de que ya lo está jugando.




