En este artículo, Artiom Vnebraci Popa, alumno del Máster Profesional de Analista Estratégico y Prospectivo de LISA Institute explica como la neutralidad suiza, pilar histórico de su política exterior, fue puesta a prueba durante la Guerra Fría. Ante el temor a una ocupación o influencia soviética, Suiza desarrolló en secreto el Projekt-26, una red clandestina de resistencia diseñada para operar tras una hipotética derrota militar. Inspirado en las estructuras stay-behind occidentales, este proyecto reveló las tensiones entre seguridad nacional, neutralidad declarada y control democrático, planteando un debate clave sobre los límites del secreto de Estado en una democracia contemporánea.
Durante gran parte de la historia suiza, este pequeño país se ha caracterizado por su neutralidad. Esta fue formulada como un principio jurídico en sus postulados de política exterior. La caracterización de la misma se basaba en principios democráticos que trascendían (o lo intentaban) las tesituras ideológicas del siglo XX. Pero la Guerra Fría puso en jaque los límites pragmáticos de tal modalidad. La antagonización de bloques europeos (occidentales liberales y socialistas) devino en un ecosistema de inseguridad constante donde incluso países como Suiza hubieron de buscar una respuesta estratégica.
Así, este país (situado en el centro de Europa y entre medio de países miembros de ambos bloques ideológicos), no ignoraba una posible ocupación militar por parte de los soviéticos en un futuro o al menos: un intento de influencia. En ese momento, el oficialismo nacional propuso internamente que la doctrina tradicional de la neutralidad podría no ser respetada en caso de un conflicto a gran escala. De esta forma, las instituciones operativas suizas buscaron una respuesta sutil a tal problemática, sin llamar mucho la atención del bloque soviético ni tampoco relegando su imagen de país neutral.
Es en este contexto donde surge Projekt-26 (P-26). Este fue creado para propiciar una estructura clandestina de resistencia (militares, espías, civiles) que posibilitaría la trascendencia del Estado suizo más allá de una derrota militar convencional. Su nacimiento se integra en una lógica estratégica parecida a múltiples países del bloque occidental que formularon redes stay-behind. Aún con todo ello, el caso suizo fue paradójico por su aparente incompatibilidad con su narrativa oficial de neutralidad.
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Evolución del Projekt-26
El Projekt-26 se consolidó a finales de los setenta. Su creación no se definía por ser reaccionarismo improvisado, sino por tratarse de un proyecto nacional cuidadosamente trazado e integrado en el aparato de seguridad suizo. La finalidad era dar respuesta y operar en el escenario más contraproducente: la ocupación total o parcial del país por una potencia extranjera. Se puede afirmar, que se trataba del primer caso aplicado (a tal escala) de la prospectiva estratégica anticipatoria.
Así, a diferencia de las tropas regulares, el P-26 no se encontraba vinculado a la defensa territorial inmediata. Su función era temporal y empezaría justo cuando las estructuras más formales y visibles del Estado hubieran colapsado. Su misión central era garantizar la resistencia política y psicológica del país. Esta modalidad defensiva a posteriori de una posible derrota nacional influyó en su diseño estructural y su futura autonomía.
Este proyecto fue desarrollado en un entorno de máximo secreto, conocido por un porcentaje mínimo de responsables institucionales y militares. Muchos de los políticos oficiales ni sabían de su existencia y su período de actividad fue entre 1970-1990.
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Formación en tierras extranjeras
El aspecto más controvertido del Projekt-26 fue la formación y educación de sus agentes en el extranjero (en gran parte: Reino Unido). Estas formaciones asumían tanto formas de supervivencia en contextos hostiles como técnicas de comunicación clandestina. A pesar de que no se haya demostrado una influencia subordinada a potencias occidentales por parte de Suiza,este tipo de cooperaciones generaron dudas sobre la supuesta neutralidad suiza.
A su vez, este elemento opaco introducía una complejidad: mientras Suiza anunciaba su independencia estratégica, mantenía al mismo tiempo vínculos encubiertos con estructuras de seguridad occidentales. Este tipo de ambigüedades conllevaron la sospecha de que el P-26 se integraba en nodos de redes informales más amplios relacionados con las organizaciones stay-behind vinculadas a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en otros países europeos. Con todo ello, tal relación directa nunca fue confirmada, pero sí se sabe de posibles vínculos operativos de intercambio de inteligencia y militar con la Alianza.
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Estructura organizativa
El Projekt-26 se encontraba compuesto en gran parte por civiles y en menor medida por fuerzas de seguridad. Ambos sectores eran cuidadosamente seleccionados y reclutados vía procesos rigurosos. El perfil que se necesitaba no se caracterizaba por el combatiente tradicional, sino por individuos “grises” (integrados socialmente, con trayectorias profesionales estables y “normales en cuanto a sus intereses” como para no llamar la atención). Una vez aceptados e integrados en el P-26, estos agentes operaban fuera de la cadena de mando del ejército nacional.
La estructura de la organización basada su funcionamiento en células compartimentadas, donde los miembros tenían un conocimiento limitado entre ellos. Este modelo organizativo hundía sus raíces en los clásicos movimientos de resistencia clandestina o de partisanos para imposibilitar la desarticulación completa en caso de infiltración.
Pero a su vez, este mismo modelo reforzaba el carácter secreto y opaco del P-26. Esto, asimismo, alejaba a la organización de cualquier forma de transparencia, rendición de cuentas y supervisión democrática.
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Descubrimiento del Projekt-26 y crisis democrática
El Projekt-26 fue descubierto en 1990 durante la Fichenaffäre. Los ficheros revelados posibilitaron un escándalo que desveló una vigilancia sistemática a gran parte de la población suiza por los servicios de inteligencia suizos. En este ecosistema de emergente desconfianza hacia las instituciones tradicionales, la existencia de una organización secreta promovió una indignación popular de gran magnitud.
La investigación por parte del Parlamento reconoció que el P-26 se creó con fines defensivos, pero criticó de forma estricta la ausencia de bases legales claras y la exclusión del propio Parlamento de cualquier forma control efectivo sobre una organización de ese calibre en una democracia contemporánea.
El debate público posterior cuestionó hasta dónde la “excusa” de la seguridad nacional pueda justificar la relegación de la rendición de cuentas. La disolución del P-26 fue a su vez una medida estatal como un anuncio simbólico que buscaba la restitución de la confianza ciudadana.
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Legado del Projekt-26
Aunque el P-26 compartía características con otras redes stay-behind europeas, su distinción reside en haberse creado en un Estado oficialmente neutral. Esto revela como algunos momentos históricos y sus consecuentes necesidades geopolíticas pueden cambiar incluso a actores que aspiran a mantenerse al margen de los bloques ideológicos enfrentados.
El Projekt-26 fue siempre durmiente y no acabó de activarse, pero su importancia estratégica ha sido más que relevante. Su legado no debe leerse en posibles éxitos operativos, sino en la duda sobre los límites que pueden llegar a tener los secretos de Estado en una democracia. Por último, el caso suizo desvela que la singularidad de una democracia no se debe a la sola resistencia contra fuerzas externas hostiles, sino en el escrutinio transparente de sus propios mecanismos de seguridad para posibilitar la rendición de una democracia saludable.
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