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China 2035: poder, ejército y los escenarios que pueden surgir tras Xi Jinping

Análisis

Miguel Cuesta Hoces
Miguel Cuesta Hoces
Alumno del Máster Profesional de Analista Estratégico y Prospectivo de LISA Institute. Historiador e investigador en relaciones internacionales, especializado en dinámicas de poder, seguridad y conflictos en Asia-Pacífico. Ha sido becario de investigación en conflictos religiosos en la Península Ibérica y ha publicado en el Boletín Oficial del Instituto de Paz y Conflictos en el área de Asia-Pacífico. Cuenta con un Máster en Paz, Conflictos y Derechos Humanos (UGR) y está finalizando un Máster en Interpretación Bíblica y Conflictos (Universidad de Deusto). Su investigación sobre los uigures en China recibió una calificación destacada y fue recomendada para desarrollo doctoral. Actualmente, amplía su formación con un Máster en Relaciones Internacionales con un enfoque en seguridad y geopolítica.

La hipercentralización de Xi Jinping rompe el consenso histórico chino y genera nuevas vulnerabilidades estructurales en el sistema. En este artículo, el alumno del Máster Profesional de Analista Estratégico y Prospectivo, Miguel Cuesta Hoces, analiza cómo el Ejército se consolida como pilar de control frente a la rigidez de un mando personalista.

El poder de Xi Jinping ha alcanzado una concentración inédita en la historia reciente de China. Controla el Partido, el Estado y el Ejército Popular de Liberación (EPL), y gobierna un sistema que parece sólido, pero que también acumula tensiones estructurales.

Este artículo analiza el peso real del EPL en ese equilibrio, las vulnerabilidades internas que genera la hipercentralización y los posibles escenarios que podrían abrirse en la década 2030–2040.

La centralización de Xi como anomalía histórica

La figura de Xi Jinping es excepcional dentro del sistema político chino. No solo por su poder personal, sino por el tipo de autoridad que ha construido alrededor de sí mismo. Su modelo rompe con el consenso colectivo que marcó las décadas posteriores a Mao y consolida un liderazgo más vertical, menos colegiado y mucho más dependiente de la figura del secretario general.

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En la historia de China, la hipercentralización funciona como un mecanismo temporal de control que puede durar años, pero rara vez décadas. Los grandes ciclos políticos del país muestran un patrón repetido: cuando la autoridad central se vuelve demasiado rígida, el sistema empieza a generar espacios de autonomía bajo la superficie. Esa tensión no desaparece por decreto, solo se mantiene contenida.

En ese sentido, Xi no encaja en la lógica institucional creada tras 1978. Es una anomalía que concentra poder en un punto que el propio sistema trató de evitar durante décadas. Esta concentración da estabilidad inmediata, pero introduce incertidumbre en cuanto al futuro. Y ahí entra el papel del Ejército.

El EPL: pilar indispensable y vulnerabilidad estructural

El Ejército Popular de Liberación no solo es una institución militar. Es una base política del régimen y un actor que Xi necesita tener bajo control directo. Las reformas de los últimos años, reducción de niveles intermedios, reestructuración de mandos y purgas de alto nivel, van en esa dirección.

Estas purgas no son simples operaciones anticorrupción. Son mecanismos de disciplina que buscan evitar dos riesgos:

  1. Que el EPL desarrolle agendas propias,
  2. Que aparezcan redes de lealtad internas que no dependan exclusivamente de Xi y de la Comisión Militar Central.

El EPL es, por tanto, doble:indispensable para mantener el control territorial y la disuasión externa, pero también potencial punto de inestabilidad si el equilibrio interno se erosiona. Un ejército profesionalizado y modernizado es un activo, pero también un actor con capacidad autónoma en un sistema donde la cadena de mando está personalizadísima.

Un informe reciente del Australian Strategic Policy Institute señala que el EPL atraviesa una fase de transición compleja, con tensiones internas que derivan de la propia transformación estructural del ejército (ASPI). La modernización militar, por tanto, no es solo una ventaja: también obliga a un control político constante.

Reformas, disciplina y riesgo de insubordinación

Xi ha intentado blindar el EPL con una doble estrategia: control político absoluto y profesionalización operativa. Esto se traduce en un ejército con más capacidad tecnológica, más operaciones conjuntas y más presencia en dominios como el ciberespacio o el espacio exterior.

Pero esa profesionalización tiene un coste político:los mandos necesitan autonomía técnica para dirigir un ejército moderno. Y esa autonomía puede chocar con una estructura demasiado centralizada. Si la cadena de mando se vuelve demasiado rígida, la eficacia militar disminuye. Si se flexibiliza, aparecen espacios donde pueden surgir lealtades alternativas.

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Es un equilibrio difícil de mantener. China se presenta como una potencia cohesiva, pero la relación entre Partido y Ejército no funciona por inercia: requiere vigilancia constante y purgas periódicas para asegurar que el EPL no se convierte en un actor propio dentro del sistema.

Poder central vs. pluralidad real: la tensión silenciosa

Aunque el discurso oficial presenta una China unificada, el país funciona como un mosaico. Las provincias y municipios tienen intereses propios, ritmos distintos y redes burocráticas que no siempre responden al centro con la misma intensidad. La hipercentralización de Xi impone una imagen de unidad, pero debajo hay una pluralidad real que no desaparece.

La tradición política china ha vivido ciclos donde el poder se concentra en el centro, pero la gestión práctica depende de actores locales que interpretan las órdenes según su contexto. Esa tensión ha sido históricamente una fuente de inestabilidad cuando el poder central intenta abarcar demasiado.

Lo que Xi ha construido es un marco donde parece que todo está bajo control. Pero ese control se apoya en mecanismos de disciplina que deben estar en funcionamiento permanente. Cuando el sistema depende demasiado de una sola persona y de su autoridad, el margen para absorber errores se reduce.

China 2035: escenarios posibles después de Xi

El futuro del sistema chino no depende solo de la economía o la política exterior. Depende del equilibrio entre poder civil, poder militar y capacidad del Partido para ofrecer cohesión sin necesidad de una figura centralizada. A partir de ese análisis, se pueden plantear tres escenarios razonables para 2030–2040.

Escenario 1: Continuidad del «xiísmo administrativo«

Xi deja una estructura altamente centralizada y un sucesor que mantiene gran parte del modelo. La ideología se vuelve un lenguaje de continuidad, y el EPL sigue siendo un pilar disciplinado. Es el escenario más estable, pero también el más conservador. Mantiene el orden, pero limita la capacidad de adaptación en un entorno global incierto.

Escenario 2: Recentralización flexible y vuelta al pluralismo interno

China conserva la narrativa oficial, pero vuelve a un sistema más colegiado donde las provincias recuperan margen de maniobra y el EPL mantiene profesionalización sin convertirse en un actor político autónomo. Es una especie de “retorno corregido” a la etapa post-Deng. Este escenario permitiría más flexibilidad, pero exige un mecanismo de sucesión claro.

Escenario 3: Tensiones internas y división entre facciones civiles y militares

Es el menos probable, pero no imposible. Una transición mal gestionada, un error estratégico o una crisis económica profunda podrían generar fisuras entre el Partido y el EPL. En este marco, podrían aparecer tensiones sobre el control del ejército o sobre la estrategia nacional. Un análisis del Wilson Center señala que la estabilidad del sistema depende de que la autoridad del Partido siga siendo incuestionada, especialmente en momentos de transición política (Wilson Center).

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Este escenario no implica colapso, pero sí un periodo de reajuste donde el sistema tendría que redefinir sus equilibrios.

Conclusión: un poder sólido, pero no inquebrantable

China proyecta cohesión, disciplina y control. Y, en parte, es cierto: el liderazgo de Xi ha reforzado la autoridad del Partido y ha dado una dirección clara al país. Pero esa solidez descansa en un equilibrio demasiado dependiente de una sola figura.

El EPL es un pilar esencial, pero también un actor que puede generar tensiones si su profesionalización choca con la rigidez política. Las provincias y la burocracia pueden funcionar con disciplina… hasta que el centro pierda capacidad de arbitraje. Y la hipercentralización que hoy da estabilidad puede convertirse mañana en un obstáculo para una transición ordenada.

China no es un bloque monolítico. Y lo que ocurra después de Xi será el verdadero test para saber si el sistema puede sostenerse por sí mismo o si la estabilidad actual es solo una fase dentro de un ciclo más largo.

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