Desde la Antigüedad, la humanidad se pregunta si está sola en el universo. El SETI transforma esa inquietud en una búsqueda científica organizada y global. En este artículo, Artiom Vnebraci Popa, alumno del Máster Profesional de Analista Estratégico y Prospectivo de LISA Institute analiza sus implicaciones éticas, culturales y geopolíticas.
Desde la Antigüedad, el ser humano ha mirado hacia las estrellas con asombro y curiosidad, preguntándose si se encuentra solo en el vasto universo. Esa pregunta, que antaño pertenecía al terreno de la filosofía, la religión y la mitología, ha evolucionado. Hoy es una de las búsquedas científicas más ambiciosas y trascendentes de nuestra historia: el intento de descubrir inteligencia extraterrestre.
El SETI (Search for Extraterrestrial Intelligence), representa una empresa global que combina la astronomía, la física, la biología, la informática y la filosofía con un objetivo común: detectar señales o manifestaciones tecnológicas de civilizaciones más allá de la Tierra.
Sin embargo, el SETI es mucho más que una búsqueda científica. Es también un espejo cultural y ético de la humanidad, una exploración de nuestros propios límites y una herramienta geopolítica con implicaciones profundas.
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En un mundo fragmentado por intereses nacionales, el SETI propone un horizonte compartido. Es la posibilidad de que, al buscar otras inteligencias, descubramos un sentido más amplio de lo que significa ser humanos.
¿Qué es el SETI?
El SETI son espacios de proyectos y disciplinas científicas que persiguen un objetivo singular: detectar señales que indiquen la existencia de civilizaciones tecnológicamente avanzadas fuera de la Tierra. Se diferencia de otras áreas de investigación espacial (como la astrobiología, que se centra en la vida microbiana o los procesos bioquímicos). En el SETI, el foco se encuentra en las llamadas tecno-firmas. Estas se definen por ser posibles indicios que delaten la presencia de inteligencia capaz de generar tecnología, manipular energía y transmitir información de manera organizada.
Tales señales pueden adoptar múltiples formas: emisiones de radio altamente moduladas, pulsos láser, patrones luminosos complejos o incluso estructuras artificiales a gran escala alrededor de estrellas. Estas últimas solo podrían ser construidas por un organismo inteligente.

La teoría que sustenta esta búsqueda combina elementos de física, astronomía y biología evolutiva. La universalidad de las leyes físicas plantea que cualquier civilización (independientemente de su biología o historia evolutiva), podría recurrir a las ondas electromagnéticas para comunicarse. El principio de mediocridad sugiere que la Tierra no ocupa un lugar privilegiado. Si la vida surgió en nuestro planeta, es plausible que pueda surgir en otros sistemas planetarios con condiciones similares.
Finalmente, la dimensión temporal amplifica las posibilidades. El universo tiene más de 13 mil millones de años, según nuestros cálculos y nuestra percepción del tiempo. Esto significa que civilizaciones tecnológicas podrían haber surgido mucho antes que nosotros. Incluso podrían haber alcanzado niveles de desarrollo y sofisticación que hoy apenas podemos imaginar.
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Además, el SETI plantea un enfoque metodológico riguroso. No se trata solo de «escuchar» el cosmos de manera intuitiva, sino de establecer protocolos, diseñar experimentos controlados y desarrollar algoritmos capaces de filtrar el ruido de fondo de las señales importantes.
La búsqueda de inteligencia extraterrestre es, por tanto, un ejercicio de precisión científica y disciplina estratégica. Requiere combinar observación sistemática con análisis profundo de datos. Además, representa un esfuerzo colectivo de alcance global.
Origen y evolución histórica del SETI
La historia del SETI es también la historia de la evolución de la curiosidad humana organizada.
Desde los tiempos de los filósofos griegos, quienes especulaban sobre la pluralidad de mundos, existe la inquietud por descubrir si hay otras inteligencias. Esta pregunta ha acompañado nuestro sentido de curiosidad supervivencial. La transición de la especulación filosófica a la investigación científica comenzó a mediados del siglo XX, en un contexto marcado por la Guerra Fría y los avances de la radioastronomía.
En 1959, Giuseppe Cocconi y Philip Morrison publicaron un artículo en Nature proponiendo la búsqueda de emisiones de radio provenientes de estrellas cercanas. Este trabajo teórico inspiró a Frank Drake, quien un año después desarrolló el Proyecto Ozma: primer intento formal de captar señales extraterrestres desde el radiotelescopio de Green Bank. Aunque no se detectaron emisiones, el proyecto estableció protocolos de observación, selección de objetivos y análisis de datos que se mantienen vigentes hasta la actualidad.
En 1961, Drake formuló la célebre ecuación de Drake. Era un instrumento teórico-conceptual que permitía estimar el número probable de civilizaciones detectables en la galaxia. Consideraba factores como la tasa de formación estelar, la aparición de planetas habitables y la duración de las civilizaciones tecnológicas.
Esta ecuación, más que ofrecer un número exacto, permitió que la comunidad científica internacional abordase el tema con rigor y consistencia.
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Durante las décadas de 1960 y 1970, Estados Unidos y la Unión Soviética financiaron proyectos similares, muchas veces vinculados a programas militares de observación del espacio.
Un momento icónico fue el Mensaje de Arecibo en 1974. Se trató de una transmisión codificada enviada hacia el cúmulo M13. Contenía información compacta sobre la humanidad.
Su valor era simbólico, pero marcó un hito en la ambición de proyectar nuestra presencia hacia otros mundos. A lo largo de los años noventa y principios de los 2000, la falta de resultados inmediatos y la percepción de especulación provocaron recortes presupuestarios en múltiples partes del mundo. Sin embargo, la iniciativa sobrevivió gracias a instituciones privadas como el SETI Institute y el programa Breakthrough Listen.
El SETI Institute: epicentro de la búsqueda de inteligencia extraterrestre
El SETI Institute es mucho más que un centro de investigación. Es la piedra angular de la búsqueda científica moderna de inteligencia extraterrestre. El SETI Institute fue fundado en 1984 por Jill Tarter y Thomas Pierson. Surgió como respuesta a la necesidad de institucionalizar un esfuerzo que hasta entonces había sido disperso. También dependía de iniciativas temporales.
Desde sus inicios, el Instituto ha combinado investigación de vanguardia con educación, divulgación y cooperación internacional. Ello le ha posibilitado consolidarse como referente mundial tanto en ciencia como en diplomacia científica.
Una de las características más notables del SETI Institute es su enfoque interdisciplinario. La institución no se limita única y exclusivamente a la radioastronomía; integra astrofísica, biología, astronomía planetaria, ingeniería de sistemas, geología, computación cuántica, lingüística, ética científica y sociología en un solo marco operativo.
Esta visión holística permite abordar la búsqueda de inteligencia extraterrestre desde múltiples ángulos. La combinación de disciplinas crea un ecosistema en el cual la teoría, la observación y la aplicación se retroalimentan constantemente.
El Instituto ha sido pionero en la implementación de tecnologías que hoy en día son estándar en SETI. Por ejemplo, el desarrollo y perfeccionamiento del Allen Telescope Array permitió observar simultáneamente miles de estrellas con alta sensibilidad, optimizando el tiempo de detección y el análisis de señales. Asimismo, proyectos como SETI@Home permiten que millones de usuarios en todo el mundo colaboren desde sus computadoras personales. Esto no solo posibilita la ampliación computacional del Instituto, sino que democratizaron la ciencia (transformando a ciudadanos comunes en colaboradores activos de la investigación espacial).
Pero más allá de la tecnología, el SETI Institute tiene un rol fundamental en la formación y mentoría de nuevos científicos. A través de programas educativos y de divulgación, la institución ha inspirado generaciones de astrónomos, ingenieros, biólogos y filósofos a involucrarse en la investigación espacial. La colaboración con universidades, museos y centros culturales internacionales ha permitido que la investigación del SETI se convierta en un vehículo para fomentar el pensamiento crítico, la curiosidad científica y la cooperación global. En muchos sentidos, el Instituto funciona como un laboratorio de diplomacia científica, donde el intercambio de ideas y datos trasciende fronteras políticas y culturales.
Este liderazgo ha establecido modelos de gobernanza científica que trascienden el Instituto. Estos modelos pueden aplicarse a otros desafíos globales, como la inteligencia artificial, la bioseguridad, la exploración planetaria o el cambio climático.
Cabe destacar que el SETI requiere coordinación internacional para verificar y comunicar señales potenciales. Existen protocolos establecidos por organismos como la Unión Astronómica Internacional y la Academia Internacional de Astronáutica. La ONU supervisa el uso pacífico del espacio según el Tratado del Espacio Exterior. Sin embargo, no regula escenarios de contacto con civilizaciones extraterrestres.
Este marco evidencia que los descubrimientos cósmicos exigen cooperación global, transparencia y ética para gestionar la información de forma responsable y evitar conflictos.
La cuestión cultural y filosófica
Más allá de la ciencia, el SETI plantea preguntas existenciales. La posibilidad de encontrar inteligencia extraterrestre desafía nuestras nociones de identidad, historia y propósito. Una confirmación de esta naturaleza tendría implicaciones profundas para la filosofía, la religión y la percepción del ser humano.
Desde el arte, la literatura y el cine, estas inquietudes han sido exploradas durante décadas. Obras cinematográficas como Contact y Arrival transforman la comunicación interestelar en metáfora de la empatía y la cooperación entre culturas. De manera más introspectiva, Andrey Tarkovskiy en Solaris y Stalker explora cómo el encuentro con lo otro (ya sea un planeta consciente o un espacio misterioso), confronta la memoria, la culpa y la subjetividad humana.
David Lynch, con su estética de lo extraño y lo inquietante, plantea mundos donde la comunicación con lo desconocido puede ser fragmentaria, desconcertante o incluso perturbadora. Películas recientes como Annihilation muestran cómo lo alienígena puede alterar no solo el entorno físico, sino también la percepción y la identidad. Además, recuerdan que la comprensión del otro implica una transformación interna.
En la literatura, los desafíos de la comunicación y el encuentro con inteligencias desconocidas han sido abordados por autores como Liu Cixin en El problema de los tres cuerpos, donde la interacción con civilizaciones avanzadas genera dilemas éticos y existenciales a escala cósmica. Isaac Asimov (con su exploración de la robótica y la ética científica), anticipa preguntas sobre responsabilidad, coexistencia y límites del conocimiento. Ursula K.
Le Guin, en sus narrativas, nos recuerda que la comunicación y la comprensión de culturas radicalmente distintas requieren no solo inteligencia, sino empatía y apertura cultural.
La ética y la prudencia son también elementos centrales. Enviar mensajes deliberados al cosmos (conocido como METI), implica representar a toda la humanidad y genera debate sobre riesgos y responsabilidades. Dentro de este debate existe la teoría del bosque oscuro, según la cual el universo es como un bosque oscuro en el que cada civilización actúa con extremo sigilo, pues cualquier señal emitida podría revelar su posición a otras entidades potencialmente hostiles.
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La idea plantea que el silencio cósmico podría no ser solo una consecuencia de limitaciones tecnológicas o de la rareza de la vida inteligente. También podría ser una estrategia deliberada de autoprotección. En ese escenario, descubrir o ser descubierto equivaldría a un riesgo existencial.
Otras perspectivas incluyen hipótesis que sugieren que las especies con tecnología suficiente para comunicarse o viajar por el espacio podrían haber superado conflictos internos. Por ello, no representarían una amenaza inmediata.
Algunos investigadores consideran la teoría de la no intervención. Según esta idea, civilizaciones avanzadas podrían evitar deliberadamente el contacto hasta que demostremos estabilidad social y ética.
También existe la posibilidad de que formas de vida inteligente sean tan diferentes que nuestros mensajes no sean comprendidos. Esto generaría otro tipo de riesgo asociado a malinterpretaciones. Además, nuestro imaginario suele proyectar la vida extraterrestre a partir de la biología terrestre. Imaginamos organismos similares a los que conocemos, con cuerpos, órganos y necesidades parecidas a las nuestras.
Sin embargo, la vida fuera de la Tierra podría desarrollarse bajo principios completamente distintos. Podría existir en formas de ecosistemas radicalmente diferentes, donde la química básica no se parezca al carbono, el agua o el oxígeno tal como los entendemos.
Podría manifestarse como estructuras dinámicas de átomos y moléculas organizadas de maneras que desafían nuestra percepción de lo «vivo». También podría presentarse como patrones de energía o frecuencias. En ese caso, la conciencia y la comunicación no dependerían de cuerpos físicos. Dependerían de vibraciones, campos electromagnéticos o procesos cuánticos.
Estas teorías subrayan que cada decisión sobre enviar señales al espacio no es solo científica, sino profundamente ética. La precaución en la comunicación interestelar se vuelve una cuestión de responsabilidad colectiva. Los riesgos y beneficios deben evaluarse no solo desde un punto de vista tecnológico.
También deben considerarse las posibles repercusiones sociales, culturales y filosóficas para toda la humanidad. En este sentido, METI no es un acto aislado. Es un espejo que refleja nuestras aspiraciones, miedos y la necesidad de imaginar escenarios más allá de nuestra experiencia histórica.
Geopolítica y seguridad en la búsqueda de inteligencia extraterrestre
El espacio exterior se ha convertido en una extensión del tablero geopolítico terrestre. En este contexto, el SETI no puede desligarse de los intereses nacionales y corporativos que configuran la exploración espacial contemporánea. Las grandes potencias (desde Estados Unidos y China hasta Rusia, Japón, Chile, Brasil y la Unión Europea), compiten por la supremacía tecnológica y por el control de los recursos orbitales, mientras la búsqueda de inteligencia extraterrestre adquiere una dimensión estratégica.
El país o institución que anuncie primero la detección de una señal podría ejercer una influencia simbólica sin precedentes. Esto moldearía la narrativa global sobre el futuro. También consolidaría una posición de poder que trasciende lo estrictamente científico.
Sin embargo, esto tiene riesgos. Si la detección de tales señales se convierte en una competición acelerada sin supervisión ni cuidado, podrían surgir conflictos o desinformación. También podrían producirse decisiones apresuradas que pongan en peligro la cooperación internacional y la estabilidad global.
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A su vez, la diplomacia científica que rodea al SETI funciona como una forma de poder blando. La colaboración entre científicos de distintas naciones puede generar vínculos de confianza que superan las rivalidades políticas, pero la creciente militarización del espacio y la competencia tecnológica amenazan con socavar tal cooperación. La transparencia, la ética científica y los protocolos internacionales se vuelven herramientas de estabilidad global (no solo en términos de investigación), sino también para evitar conflictos derivados de la percepción y el control de la información.
Aunque se presenta como un programa puramente civil, el SETI mantiene vínculos tangenciales con el ámbito militar. La vigilancia del espectro electromagnético utiliza tecnologías similares a las empleadas por los sistemas de inteligencia para monitorear comunicaciones y amenazas potenciales.
En última instancia, el SETI plantea una pregunta geopolítica más profunda: ¿quién habla en nombre de la humanidad?
En caso de contacto, no existe un protocolo claro sobre quién debería responder ni bajo qué autoridad.
Este vacío político evidencia la necesidad de construir instituciones globales capaces de gestionar el conocimiento y la comunicación interestelar en nombre de toda la humanidad. Estas instituciones deben garantizar que la dimensión científica, ética y estratégica del descubrimiento no quede subordinada a los intereses de unos pocos actores.
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