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Venezuela en el laboratorio hemisférico: poder duro, transición y legitimidad en la política internacional

Análisis

Eduardo Vieitez
Eduardo Vieitez
Graduado en Geografía e Historia en la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla. Máster de Educación Secundaria y cursos especializados en el mundo islámico, así como en el terrorismo yihadista. Actualmente, alumno del Máster Profesional de Analista Internacional y Geopolítico de LISA Institute.

Los recientes acontecimientos en Venezuela han transformado al país en un eje central de la política hemisférica y de la competencia estratégica global. El fracaso de una estrategia estadounidense basada en sanciones y aislamiento ha dado paso a un giro hacia formas más directas de control político y estratégico. En un contexto de rivalidad con China, Rusia e Irán, en este artículo, Eduardo Vieitez, alumno del Máster Profesional de Analista Internacional y Geopolítico de LISA Institute, explica cómo Venezuela se convierte en un laboratorio donde se ponen a prueba los límites del poder duro, la legitimidad política y la capacidad de Estados Unidos para redefinir el orden regional en un sistema internacional cada vez más fragmentado

Los acontecimientos recientes en Venezuela han redefinido el papel del país sudamericano en la política hemisférica y global. La estrategia estadounidense tradicional, basada en sanciones económicas, aislamiento diplomático y apoyo a la oposición venezolana, asumía que un deterioro económico e institucional prolongado conduciría a una transición política interna. Sin embargo, esta expectativa no se materializó. 

El régimen de Nicolás Maduro logró mantenerse mediante el control del aparato coercitivo interno y la cooptación de instituciones clave. Además, consolidó alianzas con actores externos como Rusia, China, Irán y Cuba, que brindaron apoyo político, financiero y estratégico. Esta resiliencia fue interpretada en Washington como un debilitamiento de su influencia regional, motivando un giro hacia políticas más directas de control estratégico. 

Este cambio estratégico trasciende el caso venezolano: refleja una percepción estadounidense de que el hemisferio occidental, en un contexto de creciente competencia global, debe considerarse en términos de seguridad estratégica y estabilidad regional, en un sistema internacional cada vez más fragmentado.

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Actores y formulación de la política exterior estadounidense 

El rediseño de la política estadounidense hacia Venezuela se asocia estrechamente con el regreso de Donald Trump a la presidencia. Su enfoque combina pragmatismo transaccional, rechazo al multilateralismo tradicional y priorización del ejercicio visible del poder, con el objetivo de producir efectos disuasivos claros. Esta orientación se refleja en cómo Washington conceptualiza al régimen venezolano como un desafío estructural a la seguridad hemisférica, más allá de una crisis interna. 

Este marco estratégico explica cómo Venezuela ha  sido situada en el centro de una estrategia que combina intereses energéticos, narcotráfico y seguridad hemisférica. 

Dentro de esta dinámica, figuras como el senador Marco Rubio han sido influyentes en  articular un discurso que vincula a Venezuela, Cuba y Nicaragua como parte de un mismo desafío estructural. Esta visión sostiene que la tolerancia hacia estos regímenes debilita la credibilidad estadounidense y crea espacios para la penetración de actores rivales en el  hemisferio. 

En el plano venezolano, funcionarios como Delcy Rodríguez han representado la continuidad del aparato político chavista, capaz de operar y negociar incluso bajo condiciones adversas. A su vez, las Fuerzas Armadas venezolanas siguen siendo un actor central, dada  su integración en estructuras de poder y su rol en garantizar la supervivencia del régimen. 

Cambio de lógica estratégica: de contención a control 

La transición de una estrategia de contención prolongada hacia una de control político y estratégico responde a la percepción de que Venezuela representa un riesgo sostenido para los intereses estadounidenses. Mantener a un régimen considerado hostil en control de un Estado con importantes recursos energéticos y posición geográfica estratégica se percibe como inaceptable en términos de seguridad. 

Este cambio se sitúa en el contexto de reinterpretaciones de la Doctrina Monroe adaptadas a una era multipolar, con China y Rusia expandiendo su influencia en regiones  tradicionalmente dominadas por Estados Unidos. Venezuela se convierte en un punto de fricción donde se evalúa la capacidad de Estados Unidos de fijar límites a dicha influencia. 

En este marco, la escalada de medidas coercitivas incluye sanciones económicas más severas,  presión financiera y diplomática, y la designación de estructuras vinculadas al régimen — como el llamado Cartel de los Soles — como organizaciones criminales o terroristas,  señaladas por su supuesta participación en narcotráfico y violencia.

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Venezuela y Cuba: interdependencia estratégica 

La relación entre Venezuela y Cuba ha sido uno de los pilares del llamado bloque bolivariano. Caracas proporcionó recursos energéticos y apoyo económico a La Habana durante décadas, mientras Cuba brindó asistencia en seguridad, inteligencia y formación política. Esta alianza estructural ha marcado la política regional y ha influido en las dinámicas hemisféricas. 

El debilitamiento del régimen venezolano tiene implicaciones directas para Cuba, al reducir su principal fuente de apoyo externo. Desde la perspectiva estratégica estadounidense, la presión sobre Venezuela se interpreta no como un objetivo aislado, sino como parte de un  esquema más amplio para reconfigurar el equilibrio geopolítico en el Caribe. 

Poder duro, poder blando y legitimidad 

La política estadounidense hacia Venezuela se ha caracterizado por una prioridad al poder duro: sanciones económicas, presión militar y medidas coercitivas. En contraposición, el poder blando —como la diplomacia tradicional, la atracción cultural o la legitimación  internacional— ha sido secundario, y en muchos casos utilizado como justificación discursiva de acciones coercitivas. 

Desde la teoría de las relaciones internacionales, esta asimetría tiene implicaciones en términos de legitimidad política. Las transiciones percibidas como impuestas o tuteladas desde el exterior pueden encontrar resistencia social y enfrentar dificultades para consolidar instituciones robustas. La construcción de legitimidad es un proceso complejo que va más allá del control estratégico o de la mera presencia de poder externo. 

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Escenarios de evolución política en Venezuela 

El futuro político de Venezuela puede concebirse a través de varios escenarios posibles, que no son mutuamente excluyentes: 

  • Transición controlada con apoyo externo: Un gobierno provisional podría surgir con respaldo internacional y apoyo interno de sectores estatales y militares, organizando elecciones bajo supervisión internacional. Este escenario podría brindar estabilidad a corto plazo, pero enfrenta desafíos de legitimidad. 
  • Reconfiguración autoritaria interna: Sectores del chavismo podrían adaptarse al nuevo entorno manteniendo estructuras de poder, configurando un régimen autoritario renovado. 
  • Fragmentación del Estado: La debilidad institucional podría favorecer la aparición de actores armados y economías ilícitas, generando inestabilidad regional.
  • Pacto político amplio: Una transición sostenida requeriría acuerdos entre sectores del chavismo, oposición y sociedad civil, con mediación internacional eficaz. 

Reconstrucción económica y dependencia estructural 

La reconstrucción económica es un desafío central para cualquier futuro político venezolano. A pesar de contar con vastos recursos energéticos, la crisis prolongada ha erosionado la  capacidad productiva y la infraestructura del país. Venezuela posee una de las mayores  reservas de hidrocarburos del mundo, pero la explotación eficiente y sostenible de estos recursos está condicionada por factores institucionales y estructurales. 

Una reapertura acelerada del sector petrolero, especialmente bajo control externo, puede generar ingresos inmediatos, pero también riesgos de reproducir dependencias históricas y concentraciones de rentas. La falta de reformas institucionales profundas en transparencia, rendición de cuentas y diversificación productiva puede llevar a que los beneficios de la recuperación se concentren en élites económicas o políticas, sin traducirse en mejoras significativas para la mayoría de la población. 

Además, la reintegración de Venezuela en los mercados internacionales plantea desafíos complejos: la renegociación de contratos energéticos, la gestión de la deuda externa y la reconstrucción de la confianza de actores financieros y comerciales. Estos aspectos definirán en buena medida la autonomía económica del país y su margen de maniobra frente a presiones externas. 

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Legitimidad, gobernanza y sostenibilidad política 

La legitimidad política constituye un elemento clave en la sostenibilidad de cualquier proceso de transición. La percepción social de que las instituciones representan los intereses colectivos y operan bajo reglas claras es fundamental para garantizar estabilidad y cohesión social. 

Las transiciones condicionadas externamente suelen enfrentar déficits de legitimación interna, especialmente en contextos de alta polarización y desconfianza institucional. En Venezuela, la experiencia de repetidas crisis económicas, políticas y humanitarias ha aumentado la sensibilidad social frente a procesos percibidos como imposiciones, lo que podría dificultar la consolidación de nuevas estructuras de poder. 

La gobernanza sostenible exige no solo elecciones competitivas, sino también la reconstrucción del sistema judicial, el fortalecimiento de organismos electorales, la profesionalización de la administración pública y la implementación de mecanismos efectivos de control y equilibrio del poder. Sin estos elementos, incluso gobiernos surgidos de procesos electorales pueden enfrentar crisis de legitimidad y gobernabilidad. 

La inclusión social y territorial también es fundamental para evitar la exclusión de sectores significativos de la población, lo que puede generar focos de resistencia y conflictividad que debiliten los procesos de estabilización. 

Implicaciones hemisféricas y sistémicas 

La crisis venezolana tiene efectos que trascienden sus fronteras. Su evolución impacta directamente la estabilidad política y económica del Caribe, América del Sur y países vecinos que han enfrentado presiones migratorias, fluctuaciones económicas y tensiones  diplomáticas. El caso venezolano influye en cómo la comunidad internacional percibe la capacidad de Estados Unidos para ejercer liderazgo estratégico en su entorno cercano. 

Al mismo tiempo, otros actores globales —como China y Rusia— observan las dinámicas venezolanas como indicadores del alcance del poder estadounidense y de los límites de la coerción estratégica en contextos multilaterales. En este sentido, Venezuela se ha convertido  en un laboratorio donde se ponen a prueba no solo la eficacia de medidas coercitivas, sino también la relación entre control estratégico, legitimidad política y sostenibilidad a largo plazo. 

La crisis también alimenta debates más amplios sobre soberanía, no intervención y gobernanza en Estados debilitado, cuyas conclusiones pueden reverberar en otros contextos globales.

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Conclusión 

La evolución de Venezuela en el último lustro ha transformado al país en un eje de análisis geopolítico hemisférico. Lo que comenzó como una crisis interna se ha convertido en un caso  paradigmático para estudiar la interacción entre poder duro, legitimidad política, reconstrucción económica y competencia estratégica. El desenlace de esta crisis no solo definirá el futuro inmediato del país, sino que tendrá implicaciones duraderas para la estabilidad regional, las dinámicas de poder en el Caribe y la percepción del liderazgo global  estadounidense. 

Venezuela representa así un punto de inflexión en la comprensión de cómo el poder estratégico se articula con la legitimidad y la gobernanza en un mundo en cambio continuo, donde las grandes potencias interactúan con Estados en crisis sin comprometer —o, en algunos casos, poniendo a prueba— los principios de soberanía y autodeterminación que rigen el sistema internacional.

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