Marruecos exhibe ante el mundo una imagen de país abierto y tolerante, reforzada ahora por su papel como sede del Mundial de 2030. Esa imagen choca con un código penal que castiga con prisión el adulterio y las relaciones sexuales fuera del matrimonio, y que en 2013 llevó a la policía a detener a dos adolescentes por besarse a la salida de un instituto en Nador. La homosexualidad y la crítica al rey o al islam siguen igualmente perseguidas por la ley marroquí.
El Reino de Marruecos, en su cuidadoso empleo de la imagen que proyecta hacia el exterior, se vende más allá de sus fronteras como un Estado abierto y moderno. El país alauita hace gala de una supuesta tolerancia hacia los derechos de las mujeres, de fieles de otras religiones y de otras minorías poco frecuente entre los países de su entorno. Si este relato se ha potenciado en las últimas décadas, en la actualidad cobra aún mayor relevancia al asomarse en el horizonte la celebración de la Copa Mundial de Fútbol de la FIFA en 2030 en Marruecos como una de las sedes principales.
Sin embargo, existe una tendencia avalada por los hechos que pone en cuestión este relato de respeto hacia las libertades civiles. En este artículo, se evidencia a través del análisis de los mismos la realidad marroquí y el reflejo de la misma en su complejo entramado legal.

¿Es el Marruecos actual una sociedad verdaderamente tolerante?
El Reino de Marruecos es un referente turístico entre los países africanos, siendo uno de los más visitados por turistas extranjeros, especialmente occidentales, del continente. Marruecos destaca por la hospitalidad de la que hacen gala sus gentes con los extranjeros, a quienes se les ofrece un trato acogedor por parte tanto de la población civil como de las autoridades policiales. Estas últimas actúan con los turistas de una manera diferente a la que emplean con sus propios ciudadanos.
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Mientras que las autoridades policiales no entran en comportamientos llevados a cabo por los turistas occidentales, en ocasiones aplican todo el peso de la ley ante sus propios conciudadanos por conductas que, en un país supuestamente moderno y aperturista, deberían estar normalizadas.

En el año 2013, en la ciudad de Nador, dos adolescentes fueron detenidos por la policía tras la indignación que generó una foto en Facebook de los mismos besándose a la salida del instituto. Este comportamiento fue merecedor de reproche penal según la discrecional legislación marroquí interpretada por el juez de turno. En este caso se argumentó y se acusó a los jóvenes de «incitación al vicio», «abuso de un menor sin violencia» y «publicación de pornografía en las redes sociales».
Como preceptos intocables en Marruecos, fiel reflejo de una sociedad que ha tendido hacia el conservadurismo moral y religioso en los últimos años, destacan la figura del monarca en primer lugar, seguida de la religión islámica y el concepto de patria marroquí. Cualquier comportamiento que cuestione la sacralidad de cualesquiera de estos tres conceptos es reprimido duramente por los propios súbditos marroquíes, teniendo que intervenir la policía en ocasiones para defender la propia integridad de los «agitadores».

La persecución a diversos periodistas y personas pertenecientes a la sociedad civil que incomodan al régimen es, asimismo, una constante. En el año 2015, el periodista Hicham Massouri fue detenido por la policía tras entrar esta en su apartamento en la ciudad de Rabat y encontrarlo, en palabras textuales del atestado, «en flagrante delito de preparación de un local para la prostitución y participación en el adulterio con una mujer casada».
El delito de adulterio está castigado con penas de prisión de uno a dos años según el artículo 491 del Código Penal marroquí.
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Es destacable la connivencia de la propia sociedad marroquí con estas prácticas. Gran parte de la misma asume con orgullo este tipo de comportamientos y entiende como lógica la punibilidad de los mismos. Las declaraciones del presidente del Gobierno marroquí en el año 2015, Abdelilah Benkirane, condensan el sentir nacional mayoritario:
«Tenemos que tomar en consideración la cultura de los marroquíes y el pudor que tienen. No hay que olvidar que este es un país musulmán y el rey es el comendador de los creyentes; esto es algo que los españoles no pueden entender […]. Cada sociedad tiene sus límites y sus tabúes, que hay que respetar».
Fundamentos legales del régimen
No existe en el país norteafricano un único código civil que regule las relaciones entre particulares, a diferencia del código penal, en el que sí que aparece, en un único texto legal, una recolección de todos los comportamientos reprochables penalmente. El caso del Código de Familia marroquí, conocido como Mudawana, regula las relaciones familiares entre los ciudadanos y una serie de conductas, entre las que cabe destacar aquellas dadas en el ámbito más íntimo de la vida de las personas.
Comportamientos tan normalizados en los países occidentales como el concubinato están perseguidos en el país alauita. Entre un mes y un año de cárcel es la consecuencia para «todas las personas de sexo distinto que, sin estar unidos por vínculos matrimoniales, mantienen relaciones sexuales», según el artículo 490 del Código Penal.
A pesar de ser un país abierto al turismo y de respetar ciertas conductas de los extranjeros, Marruecos no deja de ser un país musulmán que fundamenta su Mudawana en la ley islámica o sharía, haciendo indiscutiblemente una interpretación más laxa de la misma. Con todo, realidades como la homosexualidad siguen siendo duramente reprimidas en el ámbito legal y repudiadas por la mayor parte de la población marroquí.

Además, el papel de la mujer sigue relegado a un segundo plano a pesar de contar estas con condiciones y garantías legales superiores que en el resto de la mayoría de países musulmanes. Esta es una problemática que afecta con mayor impacto, sobre todo, en las zonas más rurales y conservadoras del país.
Realidades como la adopción de niñas por parte de familias ricas que terminan siendo educadas como criadas y empleadas domésticas en las grandes ciudades son conocidas e ignoradas por el grueso de la sociedad marroquí.
El proselitismo de cualquier otra religión que no sea la islámica está duramente perseguido, a pesar de jactarse las autoridades marroquíes de su tolerancia para con el resto de religiones, como son el cristianismo o el respeto a la minoría judía.

Los casos descritos en el presente artículo son solo una parte de la infinidad de ejemplos existentes, entre los que ha faltado mencionar otras conductas igualmente reprochables y punibles. La lucha por las libertades civiles es una constante en la sociedad marroquí, que avanza lentamente en la consecución de sus objetivos.
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