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La geopolítica de Irán: poder defensivo, límites internos y proyección regional

Análisis

Miquel Ribas Lladó
Miquel Ribas Lladó
Grado en Relaciones Internacionales (Collegium Civitas, Varsovia) y Máster en Estudios Globales de Asia Oriental (UAB, Barcelona). Tiene experiencia como investigador en la Fundación Instituto Confucio (Barcelona) y en el Instituto de Investigación Sociopolítica de la Academia de Ciencias de Rusia (Moscú). Alumno certificado del Máster Profesional de Analista Internacional y Geopolítico y del Curso de Experto en China de LISA Institute.

Irán combina una posición estratégica con una identidad cultural y religiosa compleja. Pese a sus limitaciones internas, ha desarrollado una fuerte capacidad defensiva e influencia regional. Su sistema político chiita enfrenta crecientes tensiones sociales y generacionales. En este artículo, Miquel Ribas, alumni del Máster Profesional de Analista Internacional y Geopolítico y el Curso de Experto en China de LISA Institute, analiza cómo la geografía, la ideología y el descontento popular moldean el presente y futuro del régimen.

A finales de 2025, comenzó una serie de manifestaciones masivas en la República Islámica de Irán que se están prolongado durante varias semanas. Los detonantes fueron la inflación, el aumento del coste de la vida, la depreciación de la moneda nacional (el rial) y la falta de acceso a bienes básicos como el agua. El régimen teocrático parece incapaz de encontrar soluciones a estos problemas internos y ha respondido con represión.

Tras la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses, el presidente Donald Trump anunció cambios en la política hacia Irán. Dijo que su administración suspendía ciertas conversaciones con el gobierno iraní. También sugirió que se están evaluando opciones militares ante la situación en Irán.

A pesar de ello, Oriente Medio se ha caracterizado por un elevado número de conflictos militares de tercera generación, es decir, guerras convencionales. En la mayoría de los casos, la superioridad militar no ha sido un factor decisivo. El problema no es la victoria militar, sino la consolidación o construcción de la paz.

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Las situaciones en Irak y Afganistán son un buen ejemplo. Por ello, resulta relevante analizar los efectos que una hipotética intervención militar estadounidense podría tener en la geopolítica de Irán.

Klaus Dodds, catedrático de geopolítica, define la geopolítica como «la relación entre el planeta (la tierra) y el poder político y su distribución». El autor añade, sin embargo, que existen dos ideas esenciales en el estudio de la geopolítica.

Inicialmente, el enfoque más tradicional se centra en el papel de la geopolítica física en la configuración de la historia de un país o región. Por otro lado, el segundo enfoque es el papel de la geopolítica como factor narrativo utilizando historias que entrelazan la geografía con la política. Para determinar los efectos de una hipotética intervención militar externa en Irán, es necesario explorar ambas dimensiones.

Geografía física: Irán es una fortaleza natural

Tim Marshall, periodista especializado en la geografía, considera que la geografía iraní está caracterizada por dos accidentes geográficos distintivos.

Por un lado, están las cordilleras que forman un anillo de mesetas a lo largo de sus fronteras, y por otro, los desiertos de sal del interior, mayormente llanos, pero intercalados con pequeñas mesetas de menor altitud. Dos de estos desiertos destacan en particular. A un lado se encuentra Dasht-e Kavir, o Gran Desierto de Sal, que se extiende 800 km de largo y 320 km de ancho. Al otro lado se encuentra Dasht-e Lut, que se traduce como Llanura de la Desolación. 

En este contexto, las cordilleras Zagros y Elbroz, junto con la meseta iraní, actúan como una muralla natural. Los desiertos, por su orografía formada por capas de lodo camufladas por sal y por su gran extensión, ofrecen una segunda barrera defensiva ante una ofensiva terrestre.

La geografía física de Irán representa una ventaja defensiva. Su enorme extensión, de 1,648 millones de km², dificulta una victoria únicamente con fuerza aérea. Por eso, la participación de una fuerza terrestre es una condición sine qua non, como reconoció Colin Powell, ex jefe del Estado Mayor Conjunto y secretario de Estado bajo George W. Bush. 

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El poder de la geografía física como barrera defensiva frente a potencias extranjeras se evidenció durante la guerra entre el Irán revolucionario de Jomeini y el Irak baazista de Saddam Hussein. A pesar de la superioridad militar y tecnológica iraquí, las fuerzas iraquíes nunca lograron superar la muralla natural de los montes Zagros.

La importancia de estas cordilleras fue reconocida por el propio Colin Powell. Él afirmó: «Nosotros (Estados Unidos) atacamos desiertos pero no montañas».

Sin embargo, a pesar de esta ventaja defensiva, la geografía física también representa una maldición. Limita la capacidad de Teherán para proyectar poder más allá de sus fronteras.

No obstante, esta desventaja parece haber sido superada por el régimen de los ayatolás. Lo han logrado mediante el desarrollo de «una estrategia de tres frentes: guerra subsidiaria, armamento asimétrico y un llamado a los oprimidos». Este llamado se dirige especialmente a hombres jóvenes y frustrados, según lo define el exdirector de la CIA, Robert Baer.

Esta limitación geográfica y la incapacidad de expandirse más allá de sus fronteras explican la importancia de sus organizaciones subsidiarias o delegadas (proxys). Estas incluyen tanto actores estatales, como la Siria de al-Assad (hasta enero de 2025), como no estatales. Entre estos últimos están Hamás en Gaza, las milicias Ansar Allah (más conocidas como los Hutíes) en Yemen, y Hezbolá en el Líbano.

Por esta razón, Teherán ha dado gran relevancia a su llamado Eje de Resistencia y a la Media Luna chiita en Oriente Medio. Son estos actores los que ejecutan, con apoyo financiero y armamentístico de Irán, las acciones que el régimen no puede realizar directamente debido a sus limitaciones geográficas.

En este contexto, la República Islámica de Irán se ha convertido en una potencia que prioriza el factor defensivo sobre el ofensivo, gracias a su protección geográfica. Aunque el ejército iraní está peor equipado que sus competidores y dispone de tecnología menos avanzada, mantiene una estructura militar considerable.

Las Fuerzas Armadas cuentan con más de 600.000 efectivos regulares. Además, millones de ciudadanos han recibido entrenamiento militar. Entre ellos se incluyen quienes han servido en cuerpos como la Gasht-e Ershad (Patrullas de Orientación o policía de la moral) y la poderosa Guardia Revolucionaria. Esta última fue creada por el ayatolá Jomeini y cuenta con más de 190.000 miembros, especializados en combate asimétrico y paramilitar.

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Todo esto confiere a la República Islámica de Irán una importante capacidad disuasoria frente a posibles ataques de potencias extranjeras. El territorio iraní funciona casi como una fortaleza natural. Esta condición compensa la asimetría militar frente a Estados Unidos, Israel o Arabia Saudita. Además, su gran extensión hace que el poder militar aéreo sea insuficiente para lograr la caída del territorio. 

Geopolítica narrativa: la controversia de intereses extranjeros y alzamientos populares por una nueva identidad iraní

Tras analizar las características físico-geográficas de Irán, es necesario analizar su geografía histórica y la percepción que tendrían los iraníes de una intervención militar destinada a acabar con el régimen de los ayatolás. En este punto, es necesario comprender dos factores relevantes. Por un lado, Irán posee abundantes reservas de petróleo y gas natural. Posee las terceras mayores reservas de petróleo del mundo y las segundas mayores reservas de gas.

Estas reservas siempre han despertado gran interés entre las grandes potencias. Primero fue el Imperio Británico, hasta la Segunda Guerra Mundial. Luego, durante la Guerra Fría, ese interés lo asumieron los Estados Unidos.

Por otro lado, Irán presenta una dimensión cultural y social compleja. Es un Estado caracterizado por una gran diversidad étnica, religiosa, social y cultural.

Sin embargo, tras la Revolución Islámica, los ayatolás y los seguidores de Jomeini subordinan esta diversidad al Islam chiita duodecimano.

Las intervenciones externas se han derivado de la búsqueda del control de los hidrocarburos y los recursos naturales. Si bien Irán nunca ha sido colonizado debido a su geografía, sí ha sido ocupado y sometido a intervenciones extranjeras. Un claro ejemplo ocurrió en 1953 cuando el MI6 y la CIA organizaron la Operación Áyax para derrocar al primer ministro, Mohammad Mosaddeq, elegido democráticamente, debido a su intención de nacionalizar el petróleo y devolver al Sha al poder.

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El intervencionismo occidental fue un factor determinante en el surgimiento de una oposición amplia y diversa. Esta abarcaba desde comunistas hasta islamistas, pasando por nacionalistas y liberales. Todos se unieron bajo el carismático liderazgo de Jomeini, en contra del despotismo y la autocracia del Sha.

El intervencionismo y la influencia ejercida por las potencias occidentales en Irán a lo largo del siglo XX han sido un eje central del discurso oficial del régimen. Esta narrativa se refuerza especialmente ante el ascenso de protestas y disturbios internos contra el sistema islámico.

Según los sectores afines al régimen, las revueltas populares han sido alentadas desde el exterior. El objetivo, afirman, sería derrocar al régimen islámico para facilitar el acceso a los recursos naturales del país, explotados por multinacionales extranjeras. 

Los movimientos populares han surgido como consecuencia de la incapacidad del régimen de los ayatolás para mejorar las condiciones económicas y materiales de vida. También responden al surgimiento de nuevas generaciones que no se sienten identificadas con los valores del régimen. La juventud iraní ya no se siente atraída por los ideales islámicos de la revolución. En cambio, muchos jóvenes se sienten más vinculados con el mundo occidental.

Esto contrasta con la negativa de los ayatolás a aceptar cualquier forma de asimilación cultural o modernización. Para Jomeini, los valores religiosos y morales fueron decisivos durante la Revolución Islámica, en oposición al materialismo y la riqueza (Mishra, 2014, pág. 405). En cambio, para amplios sectores de la sociedad iraní actual, los derechos económicos y políticos son hoy prioritarios. 

La primera fractura entre el régimen y la sociedad ocurrió en 2009 con el surgimiento del Movimiento Verde, de base democrática. Este buscaba derrocar al régimen mediante la promoción de un nacionalismo iraní modernizador, opuesto a la visión clerical del islam chiita. Utilizaba tecnologías de la comunicación y redes sociales como instrumentos para difundir su mensaje opositor. Su estrategia se enmarcaba en un contexto similar al de las primaveras árabes.

Aunque no tuvo éxito, el Movimiento Verde sirvió como base para futuras revueltas populares. Inspiró a muchos ciudadanos a levantarse contra el régimen islámico en los años posteriores.

El factor material, unido a la extensión de  nuevos valores occidentales, desencadenó las revueltas de 2019 en respuesta a la crisis económica derivada de las sanciones occidentales por el programa nuclear iraní, que fueron acompañadas en 2022 por el movimiento feminista que emergió como consecuencia del asesinato de Mahsa Amini por la Policía religiosa, bajo el lema «Mujer, Vida, Libertad».

La mayoría de estas protestas y revueltas ha sido protagonizada por la juventud y las mujeres, mientras que las protestas actuales las impulsan las clases medias económicas.

El descontento actual se extiende hacia la clase trabajadora que había sido considerada la columna vertebral de la Revolución Islámica, así como los intelectuales liberales y comerciantes. El descontento ciudadanos se extiende incluso hacia la política exterior. Los iraníes ven con recelo  la ideologización de la política exterior focalizada en la confrontación con el mundo árabe sunita y el Estado de Israel.

Para ellos, la transferencia de recursos hacia sus proxys carece de sentido como consecuencia de las penurias económicas que el país padece internamente. Esto quedó patente en las protestas de 2019, con cánticos de «Muerte a Jamenei» y «Ni Gaza ni Líbano, mi vida por Irán», en respuesta a los sacrificios de los jóvenes iraníes en las guerras árabes (Marshall, 2024, pág. 100). 

Estos movimientos generan un discurso que busca generar una identidad iraní opuesta a la identidad chiita de los ayatolas buscando mostrar al mundo una ruptura entre la visión social basada en el Velayat-e Faqih como fundamento de toda autoridad, para mostrar una sociedad más plural que no se siente afín a la estructura del régimen abogando por una modernización de la sociedad a través de una identificación con los valores de la civilización iraní y no solamente con el Islam chiita.  

Conclusión: una hipotética caída del régimen vendrá del interior ya que la geografía impide el éxito de una intervención militar

Todo esto indica que la situación de la República Islámica se encuentra en una situación de estancamiento económica incapaz de mejorar su tejido productivo para mejorar las condiciones de vida de la población.  

Sin embargo, debido a la geografía de Irán, es poco probable que una intervención militar tenga éxito, ya que para bien o para mal la meseta iraní  y las cordilleras convierten a Irán en una fortaleza natural, y los costes podrían ser mayores que los beneficios ante la complejidad étnica del país. Además, existe la amenaza de que parte del arsenal del régimen pueda terminar en manos de organizaciones fundamentalistas o terroristas o el estallido de una guerra civil interna junto con la dificultad de estabilizar un país de 1,648 millones de km2 y 90 millones de habitantes y cuya desestabilización no interesa a ningún actor.

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La geografía hace de Irán una fortaleza natural. Pese a que le ha limitado de proyectar poder externamente de matriz convencional, al mismo tiempo le ha conferido una protección sumamente relevante que condiciona de manera negativamente las posibilidades de éxito de una operación militar externa al no ser el poder aéreo suficiente para conquistar todo el país. 

Todo esto lleva a concluir que, si tomamos la caída del Sha como precedente, el fin del régimen de los ayatolás ocurrirá por causas internas, no externas.

Un factor plausible ante las tendencias de movimientos populares internos opuestos al Velayat-e Faqih y la incapacidad del régimen de encontrar solución a los problemas sociales internos junto con la desafección de las nuevas generaciones así como estratos sociales que ya no se sienten identificados con la identidad chiita impuesta por Jomeini tras la Revolución Islámica. 

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