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Irán ante el umbral del cambio: crisis del orden islámico y el retorno simbólico del legado Pahlavi 

Análisis

Eduardo Vieitez
Eduardo Vieitez
Graduado en Geografía e Historia en la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla. Máster de Educación Secundaria y cursos especializados en el mundo islámico, así como en el terrorismo yihadista. Actualmente, alumno del Máster Profesional de Analista Internacional y Geopolítico de LISA Institute.

Irán enfrenta una crisis estructural que cuestiona la legitimidad de su sistema teocrático tras cuatro décadas de Revolución Islámica. La figura de Reza Pahlavi emerge como un símbolo de transición y una alternativa frente al agotamiento del régimen. En este artículo, Eduardo Vieitez, alumno del Máster Profesional de Analista Internacional y Geopolítico de LISA Institute, analiza cómo el desenlace de esta tensión interna definirá no solo el futuro del país, sino también el equilibrio geopolítico de todo Oriente Medio.

Irán atraviesa uno de los momentos más delicados de su historia contemporánea. Más de cuatro décadas después de la Revolución Islámica, el sistema político instaurado en 1979 muestra signos evidentes de agotamiento estructural. La combinación de crisis económica crónica, desgaste ideológico, fractura generacional y sobreextensión geopolítica ha colocado a la República Islámica en una posición defensiva frente a su propia sociedad.

En este contexto de incertidumbre y búsqueda de alternativas, la memoria de la dinastía Pahlavi (derrocada pero no olvidada) ha reaparecido en el debate público. Con ella, la figura de Reza Pahlavi, heredero del último shah, surge como símbolo polémico de un posible Irán post-teocrático.

La crisis actual de la República Islámica: erosión interna y sobreextensión regional

La crisis que atraviesa Irán en la actualidad no puede entenderse únicamente como una consecuencia de las sanciones internacionales o como una sucesión de protestas sociales cíclicas. Se trata de una crisis estructural que afecta al núcleo de la legitimidad del régimen.

El contrato social sostuvo a la República Islámica durante décadas mediante estabilidad, identidad religiosa y resistencia frente a Occidente a cambio de obediencia política. Este pacto ha dejado de ser operativo para amplios sectores de la población.

Las generaciones más jóvenes, urbanas y educadas ya no se identifican con la narrativa revolucionaria ni con la autoridad clerical. La desobediencia civil cotidiana, especialmente en el ámbito cultural y social, se ha convertido en una forma persistente de contestación.

A diferencia de etapas anteriores, las movilizaciones recientes no buscan reformar el sistema, sino cuestionar abiertamente el principio mismo del gobierno teocrático y la centralidad del Líder Supremo.

En paralelo, la economía iraní atraviesa una situación crítica marcada por inflación crónica, devaluación del rial y desempleo. La corrupción estructural ha beneficiado a redes vinculadas a la Guardia Revolucionaria. Esta militarización del Estado ha transformado a este cuerpo en un actor económico y político con intereses propios. Su supervivencia está íntimamente ligada a la continuidad del régimen.

A nivel regional, Irán ha consolidado una estrategia de proyección de poder asimétrico. Lo ha logrado mediante alianzas con actores armados en Líbano, Siria, Irak y Yemen. Esta arquitectura de influencia otorga a Teherán capacidad de disuasión frente a Israel y Estados Unidos. Sin embargo, también ha supuesto un elevado coste económico y social. Para muchos, el régimen parece más preocupado por su rol regional que por la vida interna. Esto profundiza la brecha entre el Estado revolucionario y la sociedad.

El pasado Pahlavi: modernización, autoritarismo y alianzas geopolíticas

El resurgimiento del legado Pahlavi no es una idealización acrítica del pasado. Es el resultado de una comparación con un presente percibido como fallido. La dinastía Pahlavi gobernó Irán entre 1925 y 1979 e impulsó una modernización estatal acelerada. Este proyecto transformó el país, aunque generó una desconexión con amplios sectores sociales.

Reza Shah Pahlavi, fundador de la dinastía, construyó el Estado iraní moderno mediante una centralización autoritaria, la creación de un ejército nacional y una política de secularización que redujo drásticamente el poder del clero. Su proyecto sentó las bases institucionales del Irán contemporáneo, pero generó resistencias profundas al imponer la modernización sin mecanismos de participación política ni mediación social.

Bajo el reinado de Mohammad Reza Shah, Irán se integró de manera decisiva en el orden geopolítico occidental de la Guerra Fría. El país se convirtió en uno de los principales aliados estratégicos de Estados Unidos en Oriente Medio, desempeñando el papel de pilar de estabilidad prooccidental en el Golfo Pérsico.

Washington veía en Teherán un contrapeso tanto a la Unión Soviética como a los movimientos nacionalistas árabes. Apoyó al régimen mediante cooperación militar, transferencia de armamento avanzado, asistencia en inteligencia y programas nucleares civiles.

Al mismo tiempo, el Irán del shah mantuvo una estrecha cooperación no declarada con Israel, basada en intereses comunes de seguridad y contención del nacionalismo árabe y del islam político.

Esta relación incluyó intercambios de inteligencia, cooperación energética y coordinación estratégica, aunque permaneció en gran medida fuera del debate público debido a la sensibilidad regional. El régimen también cultivó vínculos estrechos con las monarquías conservadoras del Golfo, reforzando su posición como actor central del sistema regional.

Estas alianzas otorgaron a Irán un peso geopolítico considerable y facilitaron un proceso de modernización económica visible. Al mismo tiempo, reforzaron la percepción de dependencia externa y alimentaron el discurso de la oposición islamista y nacionalista.

La Revolución Islámica fue, en este sentido, no solo una reacción contra el autoritarismo interno, sino también contra un modelo de inserción internacional percibido como subordinado a intereses extranjeros.

Reza Pahlavi: figura simbólica y variable política en el Irán del futuro

La figura de Reza Pahlavi emerge hoy en un contexto radicalmente distinto al de la monarquía derrocada. No es un monarca en espera ni un líder político tradicional, sino un actor simbólico que ocupa el espacio dejado por la ausencia de una oposición interna organizada y reconocible. Su relevancia reside menos en su capacidad real de ejercer poder que en su valor como referencia alternativa al orden teocrático.

Desde el exilio, Reza Pahlavi ha articulado un discurso centrado en la necesidad de una transición democrática, la separación entre religión y Estado y la celebración de un referéndum que permita a los iraníes decidir su forma de gobierno. Aunque no descarta explícitamente la opción monárquica, ha intentado posicionarse como un facilitador de consenso nacional más que como un restaurador del pasado.

En el ámbito internacional, mantiene relaciones constantes con círculos políticos y académicos en Estados Unidos y Europa. También contacta con actores regionales enfrentados a la República Islámica. Estas conexiones le permiten influir en el debate internacional sobre Irán. Sin embargo, esto genera suspicacias internas. La memoria de la intervención extranjera sigue siendo un elemento central de la cultura política.

La posibilidad de una restauración monárquica clásica parece hoy poco probable. Sin embargo, la creciente visibilidad de Reza Pahlavi en el discurso opositor indica que el régimen islámico ha perdido su hegemonía simbólica. En un escenario de transición, su figura podría desempeñar un papel como garante simbólico, mediador o elemento de cohesión nacional, más que como jefe de Estado efectivo.

Cierre prospectivo: escenarios para Irán y su impacto regional

El futuro de Irán se perfila como uno de los grandes interrogantes geopolíticos de la próxima década. A corto plazo, la República Islámica conserva capacidad de supervivencia gracias a su aparato represivo y a la ausencia de una alternativa interna cohesionada. Sin embargo, a medio y largo plazo, el modelo teocrático parece cada vez menos sostenible frente a una sociedad que ha dejado de creer en su legitimidad.

Una posible transición podría adoptar diversas formas: desde una implosión desordenada con altos niveles de violencia, hasta una transformación gradual en la que sectores del propio régimen busquen preservar el Estado sacrificando el componente teocrático. En cualquiera de estos escenarios, Irán experimentará un proceso largo e incierto, marcado por tensiones internas y presiones externas.

El impacto de un cambio profundo en Teherán sería inmediato a nivel regional. La arquitectura de poder construida por la República Islámica en Oriente Medio se vería seriamente alterada, afectando a la seguridad de Israel, al equilibrio entre potencias regionales y a los intereses de Estados Unidos, Rusia y China. Irán podría pasar de ser un actor revolucionario a convertirse en un Estado pragmático en busca de reinserción internacional, o bien atravesar un periodo prolongado de inestabilidad.

En este contexto, el legado Pahlavi y la figura de Reza Pahlavi deben entenderse no como una solución cerrada, sino como parte del proceso de redefinición identitaria que atraviesa la sociedad iraní. Más que un retorno al pasado, su presencia en el debate público señala el agotamiento del presente y la apertura de una etapa en la que Irán deberá decidir, una vez más, qué tipo de Estado quiere ser y qué lugar aspira a ocupar en el sistema internacional del siglo XXI.

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