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China, el gigante del siglo XXI

Análisis

Santiago Torres Kuri
Santiago Torres Kuri
Santiago Torres Kuri es un consultor internacional con más de 9 años de experiencia profesional. Es licenciado en Relaciones Internacionales por la Universidad Anáhuac México; además, cuenta con un Máster en Evaluación de Programas y Políticas Públicas por la Universidad Complutense de Madrid y con un Máster en Comunicación Política, Corporativa y Asuntos Públicos por el Colegio de Sociólogos y Politólogos de Madrid. Actualmente es Director de Proyectos en Navalón and Partners, ha trabajado en consultoras como Deloitte y en 2016 formó parte de la campaña presidencial de Hillary Clinton en Estados Unidos.

De país fragmentado y humillado a potencia que disputa el liderazgo mundial: así fue el ascenso de China en apenas medio siglo. Mao unificó el Estado, Deng abrió la economía sin soltar el control político y Xi Jinping consolidó la ambición tecnológica y global. En este artículo, Santiago Torres Kuri explica que el resultado no es fruto de la improvisación, sino de una estrategia paciente que hoy sitúa a China en el centro del poder internacional.

Durante siglos, China se pensó a sí misma como el centro del mundo. Después vinieron las invasiones, las guerras, las humillaciones extranjeras y el colapso imperial. El siglo XX encontró a un país fragmentado, pobre y devastado. Mao Zedong logró reunificarlo bajo un nuevo poder revolucionario y construir un Estado capaz de imponer dirección nacional. Luego llegó la Revolución Cultural, una etapa de ruptura que sacudió al Estado, a la educación, a la producción y a la vida social. Ese periodo no creó por sí mismo a la China de la actualidad, pero sí dejó una lección profunda. A partir de ese momento, los chinos entendieron que ningún proyecto nacional podía sostenerse solo sobre ideología. China necesitaba orden, producción, conocimiento, una estrategia más pragmática para desarrollarse.

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Esa necesidad de corregir el rumbo y establecer una hoja de ruta clara abrió paso a una nueva etapa. Tras la muerte de Mao, Deng Xiaoping entendió que China no podía modernizarse aislándose del mundo. En lugar de destruir completamente el sistema anterior, decidió transformarlo desde dentro. Conservó el control político del Estado, pero permitió reformas económicas, inversión extranjera y apertura comercial. China empezó a combinar planificación estatal con mecanismos de mercado, disciplina política con crecimiento económico. Así nació la fórmula que marcaría su ascenso: control interno, apertura externa y objetivos de largo plazo.

1978: el punto de inflexión

Desde 1978, China convirtió la reforma en estrategia. El Banco Mundial calcula que el país creció a un promedio superior al 9% anual desde el inicio de la reforma y apertura. También estima que casi 800 millones de personas salieron de la pobreza extrema y que China pasó de ser una economía de bajos ingresos a una de ingresos medios altos.

La transformación no fue sólo económica, sino que fue histórica. China movió poblaciones, construyó ciudades, levantó puertos, capacitó trabajadores y convirtió la manufactura en una escuela y orgullo nacional. Las zonas económicas especiales, como Shenzhen, funcionaron como laboratorios de apertura controlada. El Estado permitió la entrada de capital, tecnología y conocimiento empresarial, pero mantuvo su brújula política.

Ahí estuvo la astucia china. China empezó a producir para el mundo, pero también aprendió del mundo. Primero ensambló. Después mejoró procesos. Más tarde creó proveedores, empresas nacionales, cadenas logísticas y capacidades industriales propias. Y, por último, supo aprovechar la oportunidad que el mismo mundo le ofreció de ser la gran fábrica de producción global.

El camino hacia la grandeza

Durante décadas, China hizo el trabajo más intenso de la globalización. Produjo lo que el mundo consumía. Ensambló y fabricó lo que las marcas diseñaban y vendían.

La mano de obra se convirtió en ingeniería. La exportación se convirtió en influencia. China no solo se integró a las cadenas globales; las estudió, las dominó y empezó a moverlas a su favor.

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En 2025, China destinó 3.926 billones de yuanes a investigación y desarrollo, equivalentes al 2,8% de su PIB. Ese mismo año, China encabezó las solicitudes internacionales de patente bajo el sistema PCT, con 73,718 registros. El dato importa porque una patente no es solo un trámite, sino que es una señal de capacidad tecnológica, propiedad intelectual y ambición industrial.

Todo esto explica la posición actual del país. China ya no compite solo por precio, sino que compite por tecnología, patentes, minerales críticos, infraestructura, energía, vehículos eléctricos, baterías, telecomunicaciones, inteligencia artificial y estándares industriales.

La Belt and Road Initiative (BRI)

La Belt and Road Initiative es la estrategia global de China para financiar y construir infraestructura —puertos, trenes, carreteras, energía y corredores comerciales— con el objetivo de conectar mercados, asegurar rutas de comercio y ampliar su influencia económica y geopolítica. A través de ella, China pasó de vender mercancías a financiar infraestructura estratégica. 

El Banco Mundial estima que, si la iniciativa se ejecuta plenamente, puede elevar el comercio global hasta 6.2% y el comercio de las economías corredor hasta 9.7%. Sin embargo, también advierte riesgos importantes en materia de deuda, transparencia, gobernanza y sostenibilidad. Ahí reside su verdadero peso geopolítico, en el hecho de que la infraestructura abre mercados, conecta regiones y crea influencia duradera.

Esa tensión define la presencia china. Para algunos países, la iniciativa representa infraestructura y acceso a financiamiento. Para otros, representa dependencia y presión financiera. Para Pekín, representa algo más, es una oportunidad para materializar su presencia estratégica sin necesidad de ocupar territorios.

Estados Unidos y China, una rivalidad necesaria e interdependiente

Estados Unidos y China componen la rivalidad más significativa del siglo XXI. A este respecto, es importante mencionar que China posee una parte relevante de bonos del Tesoro de Estados Unidos, aunque sus tenencias han bajado en años recientes. Reuters reportó, con base en datos del Departamento del Tesoro, que en marzo de 2026 China redujo sus tenencias a 652 mil millones de dólares, su nivel más bajo desde 2008.

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El dato no significa que China controle la economía estadounidense. Significa algo más complejo, significa que Washington y Pekín compiten, pero también se necesitan. Estados Unidos representa consumo, innovación, poder financiero y capacidad militar. China representa producción, escala, infraestructura, reservas industriales y presencia global.

La visita de Donald Trump a China, en mayo de 2026, mostró esa realidad. Los días que el presidente estadounidense pasó en territorio chino no produjeron grandes avances comerciales ni soluciones permanentes. Las partes publicaron lecturas separadas y reportaron algunos puntos concretos, como venta de aviones Boeing, levantamiento de restricciones a exportaciones agrícolas y futuras reducciones arancelarias.

El mensaje de fondo fue más importante que el resultado inmediato. Estados Unidos y China ya no discuten solo aranceles, sino que discuten cadenas de suministro, semiconductores, tierras raras, minerales estratégicos, deuda, seguridad, energía, alimentos y poder tecnológico. La reunión no resolvió la rivalidad, la administró.

La paciencia que dio sus frutos

China es el gigante del siglo XXI porque convirtió su historia en estrategia. Mao construyó el Estado revolucionario y recuperó la unidad política. Deng Xiaoping abrió la economía sin renunciar al control del Estado. Xi Jinping consolidó una ambición tecnológica, financiera y global que actualmente coloca a China en el centro de las grandes decisiones y acontecimientos internacionales.

Su ascenso no responde a la improvisación, sino que responde a una estrategia de acumulación paciente. China fabrica, planifica, financia, conecta e innova. Cada fábrica, cada puerto, cada patente, cada corredor comercial y cada inversión forman parte de una misma arquitectura de poder.

Esa es la clave para entender nuestro tiempo. El siglo XXI no se explica sin China, porque China ya participa en casi todas las preguntas que definirán el futuro, estas son sobre quién produce, quién innova, quién financia, quién controla los recursos críticos y quién escribe las nuevas reglas del poder global.

China es el gigante del siglo XXI porque convirtió su historia en método. Mao construyó el Estado revolucionario. Deng abrió la economía sin soltar el control político. Xi Jinping consolidó la ambición tecnológica, financiera y global. El resultado es una potencia que no improvisa su ascenso. Lo administra.

Hoy China no se limita a fabricar, también planifica, conecta, crece, pero, sobre todo, acumula poder. El siglo XXI no es posible explicarlo sin China y es que el gigante asiático está presente en todos los posibles escenarios que definirán el futuro.

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