Taiwán ha renunciado a igualar el poderío militar de China y ha reorientado su defensa hacia una guerra asimétrica concebida para encarecer al máximo cualquier invasión. En este artículo, el alumno del Máster Profesional de Analista Internacional y Geopolítico de LISA Institute, Álvaro Aguilar del Hierro explica en qué consiste la denominada estrategia del puercoespín, cuáles son sus principales pilares y qué límites presenta como elemento de disuasión frente a Pekín.
La asimetría entre ambos actores condiciona cualquier análisis del estrecho. China cuenta con 1.400 millones de habitantes frente a los 24,5 millones de Taiwán y destina a defensa un presupuesto en torno a trece veces superior, además de aventajar ampliamente a la isla en tropas, buques y aviación. Frente a semejante desequilibrio, competir en cazas, submarinos o grandes buques de superficie parecería ineficaz, ya que esos sistemas quedarían expuestos a los misiles chinos en las primeras horas de un ataque.
Consciente de esa desventaja estructural, Taipéi ha adoptado una doctrina que renuncia a vencer en campo abierto y aspira, en su lugar, a convertir la isla en un objetivo tan costoso de conquistar que la propia disuasión desactive la tentación de intentarlo.
El origen de una doctrina defensiva en Taiwán
En 2008, el profesor William Murray, de la Escuela de Guerra Naval de Estados Unidos, planteó que Taiwán debía abandonar la aspiración a la paridad militar y priorizar la capacidad de sobrevivir a un primer golpe para imponer un coste inasumible al invasor. La imagen que da nombre a la estrategia resume esa lógica, pues del mismo modo que el puercoespín despliega sus púas para que atacarlo resulte demasiado doloroso, la defensa taiwanesa no busca derrotar a China, sino disuadirla mediante la amenaza del desgaste.
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Esta aproximación cristalizó en el denominado Overall Defense Concept, formulado hacia 2017 por el entonces jefe del Estado Mayor, el almirante Lee Hsi-ming, que priorizaba un gran número de sistemas pequeños, móviles y difíciles de localizar frente a unas pocas plataformas costosas y vulnerables. La Revisión Cuadrienal de Defensa de 2021 lo condensó en una fórmula que sintetiza toda la doctrina: resistir al enemigo en la orilla opuesta, atacarlo en el mar, destruirlo en la zona litoral y aniquilarlo en la cabeza de playa.
De las grandes plataformas a los enjambres de drones
La estrategia se apoya, en primer lugar, en la geografía, ya que los apenas 180 kilómetros del estrecho y el reducido número de playas aptas para un desembarco convierten cualquier operación anfibia en un desafío logístico extraordinario. Sobre ese terreno, Taiwán aspira a saturar el litoral con misiles costeros antibuque, defensas antiaéreas dispersas, minas navales, lanchas rápidas lanzamisiles y, cada vez con mayor peso, enjambres de drones, de manera que el objetivo no sea librar una guerra convencional, sino retrasar, fragmentar y desgastar a la fuerza atacante hasta que el precio de la conquista supere cualquier beneficio esperado.
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Este giro doctrinal se ha traducido en cifras. El presupuesto ordinario de Defensa para 2026 alcanza un récord cercano a los 30.000 millones de dólares, en torno al 2,4 % del PIB, al que el presidente Lai Ching-te ha sumado un presupuesto especial valorado en unos 40.000 millones destinado expresamente a reforzar la capacidad de combate asimétrico. Entre sus prioridades figuran sistemas HIMARS, misiles Harpoon y munición merodeadora, pero sobre todo la producción nacional de más de 200.000 sistemas no tripulados, incluidos drones kamikaze y embarcaciones autónomas concebidos para transformar el estrecho en un espacio inasumible para cualquier flota de invasión.
Los límites de las púas
La doctrina, sin embargo, arrastra debilidades que conviene no pasar por alto. La primera reside en la dependencia de Estados Unidos, dado que buena parte del armamento asimétrico procede de ventas estadounidenses sujetas a retrasos de entrega y a la volatilidad política de Washington. La segunda es de orden interno, ya que el presupuesto especial impulsado por Lai ha chocado con la oposición del Kuomintang en el Parlamento, que ha recortado su cuantía y ha evidenciado la ausencia de un consenso nacional sobre cuánto invertir y en qué hacerlo.
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Existe, además, una objeción de fondo. Una defensa diseñada para resistir y encarecer no derrota a China, sino que aspira a disuadirla o, en el peor de los escenarios, a ganar tiempo hasta una eventual intervención exterior. Si la disuasión fracasa, el puercoespín se enfrenta a un asedio prolongado con la población civil situada en primera línea, lo que revela que la supervivencia de la isla no descansa únicamente en sus “púas”, sino en la voluntad del resto de actores de acudir en su defensa.
La estrategia del puercoespín reformula así la pregunta clásica sobre la seguridad de Taiwán, que, lejos de considerar una victoria de la isla sobre China, pone el foco en la oportunidad de generar un conflicto lo bastante costoso para que Pekín nunca llegue a perseguirlo, y hasta qué punto esa apuesta seguirá dependiendo de decisiones que se adoptan lejos de Taipéi.
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