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¿Qué significa ACAB? 

Análisis

Artiom Vnebreaci Popa
Artiom Vnebreaci Popa
Licenciado en Filosofía y Letras por la UAB, y estudiante de Antropología por la UNED. Experto en Estudios del Futuro, Prospectiva y Estudios Culturales. Especializado en la historia de Europa del Este y del Oriente Próximo. Interesado por ciberinteligencia y biotecnología. Es alumno certificado del Curso de HUMINT (nivel 1), Curso de Experto en Análisis de Inteligencia y Curso de Autoprotección en Conflictos Armados de LISA Institute.

Durante más de medio siglo, cuatro letras han recorrido muros, camisetas y redes sociales: ACAB. Lo que parece un simple acrónimo encierra una historia de conflicto, resistencia y debate político. En este artículo, Artiom Vnebraci Popa, alumno del Máster Profesional de Analista Estratégico y Prospectivo de LISA Institute analiza cómo su significado ha evolucionado hasta convertirse en un símbolo global de confrontación y resignificación.

ACAB contienen una carga simbólica de amplio contenido político-cultural y se lee como: All Cops Are Bastards («Todos los policías son unos bastardos»). También se significa como 1312 (representando ACAB con la numerología de cada letra en el orden alfabético).

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Su simplicidad aparente revela una historia compleja de tensiones sociales, movimientos de resistencia y transformaciones del lenguaje. Este deviene en algo más que un insulto: una crítica transnacional constante hacia la estructura policial como institución.

ACAB en Reino Unido como origen: de las cárceles al punk

Aunque este término se asocie a la cultura urbana punk, propia de los británicos de los años 70 del siglo anterior, su genealogía más primaria tiene un origen anterior. Se remonta a inscripciones en las cárceles del Reino Unido en los años 1920. De ahí surge su consiguiente argot carcelario.

Se consideraba tanto una expresión de rabia como la afirmación de una forma de resistencia verbal. Esta se dirigía contra los guardianes de los muros que mantenían encerrados a los presos.

Con el tiempo, el acrónimo apareció en forma de tatuajes en algunos reclusos. Fue en 1977, cuando un reportero documentó la presencia de ACAB en una prisión en el norte de Inglaterra (Newcastle). Pero no fue en las cárceles donde se volvió global, sino en las calles.

Expansión del acrónimo ACAB 

La expansión del término coincidió con el auge de las subculturas urbanas británicas de los años 70 y 80. Entre ellas, punks, skinheads, boneheads, hooligans y ultras del fútbol. Estos grupos lo adoptaron como símbolo de confrontación con la autoridad.

En ese contexto, más que una consigna política pasajera, funcionaba como una unión identitaria frente a un sistema percibido como opresivo. Fue la época de Margaret Thatcher y de Ronald Reagan, de políticas de privatización que dejaron a miles de familias sin trabajo y sin techo. La policía era percibida como guardianes de unstatus quo que empeoraba la vida de los ciudadanos.

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Para comprender plenamente la crítica que encarna ACAB, es crucial revisar los orígenes históricos de la policía moderna. Muchas fuerzas policiales en Europa y América tienen sus raíces en estructuras diseñadas para proteger la propiedad privada y controlar a las clases trabajadoras. También fueron concebidas para suprimir disturbios, más que para garantizar la seguridad de toda la población por igual.

Por ejemplo, los primeros cuerpos policiales en el Reino Unido surgieron en el contexto de la Revolución Industrial y las crecientes tensiones de clase. Esta genealogía histórica sustenta la crítica estructural de ACAB: la institución nació con una función de control social que, para muchos, aún perdura en su genética operativa

Con el paso del tiempo, ACAB trascendió lo subcultural y se convirtió en un lema global dentro de movimientos sociales contra la brutalidad policial.

Desde las revueltas estudiantiles en Europa hasta las protestas en Hong Kong, Estados Unidos o Chile, estas cuatro letras han funcionado como un lenguaje común de resistencia. Se han dirigido frente a la violencia institucional, ya sea real o percibida.

De esta forma, ACAB no existe en un vacío, sino que forma parte de un ecosistema de consignas y siglas similares que amplían o matizan su mensaje. Por ejemplo, en algunos círculos se utiliza HH («Heil Hitler») entre grupos neonazis. Esto destaca cómo la numerología y las siglas pueden funcionar como herramientas retóricas con distintos fines.

Por el contrario, lemas como FTP Fuck The Police«) funcionan como variantes directas del acrónimo ACAB. Entender estas redes de significados relacionados ayuda a mapear el panorama completo de la resistencia simbólica contra la autoridad.

No el policía individual, sino el sistema estructural 

Su significado no debe entenderse necesariamente como una acusación directa a cada individuo y activo policial. En cambio, se trata de una denuncia estructural: el problema no son los policías como personas, sino la policía como institución estructurada históricamente.

Bajo tal cosmovisión, incluso el agente del orden bien intencionado se ve obligado a operar dentro de un sistema. Este reproduce la desigualdad, reprime a los vulnerables y se organiza jerárquicamente para proteger el status quo.

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No obstante, el uso de ACAB también genera importantes críticas. Muchos argumentan que generalizar a todos los agentes como «bastardos» es injusto, deshumanizante y contraproducente. Esta postura sostiene que aliena a policías individuales abiertos al cambio o que trabajan de manera ética en sus comunidades.

Desde esta perspectiva, el lema puede obstaculizar el diálogo necesario entre la ciudadanía y las fuerzas de seguridad. Además, refuerza una dinámica de «nosotros versus ellos». Esta puede dificultar la construcción de puentes hacia una reforma tangible.

Este debate interno dentro de los movimientos sociales refleja la tensión entre la necesidad de una crítica radical y la pragmática de lograr cambios dentro de los sistemas existentes. Dentro del movimiento ACAB, existen dos vertientes. Los abolicionistas, que buscan la eliminación completa de la estructura policial; y los reformistas progresivos, que buscan reformular la estructura político-económica para posibilitar una forma de vida más justa entre el ámbito del orden y el ámbito civil.

Los abolicionistas creen que los reformistas son parte del problema, pues reproducen la opresión del orden vigente. Por su parte, los reformistas consideran que los abolicionistas son ingenuos respecto a la deslocalización completa de la policía.

A pesar de ello, los reformistas se refieren a la futura estructura policial reformada con otros adjetivos y funciones distintas. Estas difieren bastante de las modalidades policiales actuales. Así, ACAB funciona como una crítica al modelo de seguridad pública en su conjunto.

ACAB en la actualidad 

La era digital ha catapultado a ACAB de las paredes y las camisetas a las redes sociales y los foros globales.

Plataformas como Twitter, Instagram y TikTok han facilitado su diseminación masiva. Lo han transformado en una etiqueta de denuncia inmediata ante casos de brutalidad policial en cualquier parte del mundo. Esta viralidad digital no solo acelera su propagación, sino que también lo descontextualiza y lo recontextualiza constantemente. Además, permite que personas de diferentes culturas y sistemas políticos lo adopten. Estas lo adaptan a sus luchas locales.

Así, ACAB ya no pertenece únicamente a una subcultura o a un país; es un lenguaje global de resistencia instantánea. Tras la muerte de Javier Ordóñez a manos de la policía y las consiguientes protestas en Colombia, se registró un uso viral de ACAB en redes sociales, grafitis y pancartas. La masa popular usó el término como vehículo de denuncia y catalizador emocional. Algo parecido ocurrió tras el asesinato de George Floyd en Estados Unidos, donde el movimiento Black Lives Matter convirtió las cuatro letras en uno de sus símbolos de protesta más reconocibles. 

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ACAB emergió en ese contexto como un arquetipo del rechazo a la brutalidad policial sistemática: una configuración de décadas de discriminación racial y violencia institucional. Aunque sus críticos lo tildan de reduccionista, su propagación puede demostrar lo contrario: su fuerza no se encuentra en ofrecer soluciones factibles, sino en apuntar a la fractura entre el aparato policial y las comunidades que deberían confiar y cooperar con él.

En este sentido, ACAB se ha instalado como un emblema incómodo pero actual. Este antagoniza tanto a quienes detentan el poder como a quienes prefieren narrativas más conciliadoras. Más allá de su significado original, ACAB ha demostrado una sorprendente capacidad de adaptación y resignificación.

En contextos digitales y activistas, se han popularizado reinterpretaciones irónicas o positivas como «All Cats Are Beautiful» o «All Colours Are Beautiful».

Estas expresiones no anulan la crítica original. Sin embargo, demuestran la flexibilidad del acrónimo para ser reapropiado y utilizado en marcos discursivos diferentes. Esta polisemia refleja la evolución del término, que pasa de un grito de confrontación a un símbolo cultural multifacético. Es capaz de circular en espacios de protesta radical y también en contextos de humor o reivindicación cultural menos confrontacionales.

Provocación y consecuencias legales 

Las reacciones institucionales ante el uso del término no encuentran sus tesituras. En algunos países, llevar una camiseta con este tipo de acrónimos puede ser considerado infracción menor; en otros, puede incluso posibilitar procesos judiciales. Por ejemplo, en España, una mujer fue investigada por llevar una bolsa con el lema All Cats Are Beautiful, jugando irónicamente con las siglas y el lenguaje.

Aunque el caso fue archivado, ello reveló la confusa línea entre el humor subversivo, la ironía, la provocación política y la legalidad. En este tipo de situaciones, el Estado no solo responde al mensaje explícito, sino a su capacidad de simbolizar resistencia. 

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Así, ACAB (surgido en los márgenes), ha devenido en una consigna adoptada por generaciones marcadas por la desconfianza hacia las instituciones. Su fortaleza simbólica se caracteriza por su incomodidad, ya que en su esencia no busca consenso, sino confrontación; no pretende detallar, sino señalar fracturas.

Para muchos, resulta simplista y polarizante, incapaz de fomentar el diálogo en sociedades que dependen de la policía para restablecer el orden democrático. Para otros, esa misma incomodidad es el ingrediente necesario para el cuestionamiento y construcción de democracias más sanas.

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