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Así se gestó la operación que acabó con el ayatolá Alí Jamenei

Análisis

Rubén Asenjo
Rubén Asenjo
Periodista apasionado por la actualidad internacional y la geopolítica. Escribo para entender el mundo en constante cambio y compartir perspectivas que despierten la reflexión y el debate. Comprometido con la búsqueda de la verdad y las historias que impacten e inspiren.

La CIA vigiló durante meses cada movimiento del líder supremo hasta encontrar la ventana perfecta.

Nadie lo vio venir. O más bien, nadie quiso verlo venir. Porque ahora, con la distancia de las horas, queda claro que esto no fue un golpe de suerte ni un acto impulsivo. Fue el resultado de meses de espera, de paciencia fría, de esa clase de silencio que solo precede a algo muy grande.

Un hombre vigilado sin saberlo

La CIA llevaba tiempo detrás de Jamenei. No de manera ruidosa, sino con la discreción de quien sabe que el momento llegará y no quiere espantarlo. Interceptaciones de comunicaciones, análisis de patrones, satélites. El aparato de inteligencia estadounidense fue tejiendo, hilo a hilo, un retrato exacto de los movimientos del líder supremo de Irán. Un hombre de 86 años que gobernaba desde 1989 y que, paradójicamente, se creía el más protegido del mundo. Sin embargo, el sábado 28 de febrero, esa red de información dio su fruto.

La reunión que lo cambió todo

Jamenei convocó una reunión de urgencia en su complejo residencial en el centro de Teherán. Estarían allí, sentados a su alrededor, los hombres más poderosos del régimen. Una sola habitación. Una sola oportunidad.

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La CIA transmitió el dato a Israel de inmediato. Y algo cambió en los planes. El ataque, concebido inicialmente para ejecutarse de noche, se adelantó. No podían esperar. Esa ventana no volvería a abrirse.

Cuando despegaron los aviones

Era poco más de las seis de la mañana, hora israelí, cuando los cazas levantaron el vuelo. En el otro lado del mundo, en Mar-a-Lago, Trump y su equipo seguían la operación en tiempo real, con los ojos fijos en las pantallas.

A las 9:40, hora local en Teherán, los misiles impactaron sobre el complejo. Según el New York Times, Israel empleó cerca de treinta bombas de alta penetración para atravesar el búnker subterráneo donde se encontraba el ayatolá, una estructura diseñada precisamente para ese tipo de ataques. Sin embargo, la magnitud del ataque no fue suficiente para protegerle.

Murieron Jamenei y todos los que estaban con él. También su hija, su yerno y su nieto. El edificio que fue símbolo del poder absoluto del régimen de los ayatolás quedó reducido a escombros en cuestión de minutos.

Las horas de mentira

Posterior al ataque, el régimen intentó ganar tiempo. La televisión pública iraní aseguró durante horas que el líder supremo estaba «a salvo y bien». Sus portavoces repetían el mensaje con la insistencia de quien sabe que nadie les cree. Pero la imagen ya había llegado a Tel Aviv y a Washington. El cuerpo de Jamenei, recuperado entre los escombros, confirmaba lo que los iraníes aún no querían admitir.

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Trump lo anunció como solo él sabe hacerlo, sin matices ni protocolos diplomáticos: «Jamenei, una de las personas más malvadas de la Historia, está muerto». Netanyahu, más medido en las formas pero igual de contundente, lo calificó de «poderoso asalto sorpresa» al corazón de Teherán.

El comunicado que nadie quería leer

El domingo por la mañana, un presentador de la televisión iraní tomó el micrófono con gesto serio y leyó en voz alta lo que el régimen había intentado negar durante más de doce horas. El ayatolá Alí Jamenei había «alcanzado el martirio». Irán decretó cuarenta días de luto nacional. La Guardia Revolucionaria prometió venganza «dura y decisiva».

Pero esas palabras sonaban distintas esta vez. Porque el hombre que durante treinta y siete años lideró Irán ya no estaba.​ Murió donde siempre vivió, dentro de su propia fortaleza. Y fue precisamente eso, su rutina, su confianza en que nadie se atrevería, lo que lo delató.

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