EE. UU. abandona oficialmente Irak. El pasado 30 de septiembre concluyó la Operación Resolución Inherente, lanzada en coalición en 2014 contra el Daesh en Irak y Siria, que retomaba una presencia iniciada en 2003 y pausada desde 2011. En este artículo, Miguel Á. Melián Negrín analiza si Bagdad logrará convertirse en un contrapeso real a Teherán.
Sin embargo, la retirada trasciende lo militar. El abandono de la base de Erbil marca un punto de inflexión en un entorno profundamente inestable y complejo, y plantea más preguntas que respuestas. Para EE.UU., esta decisión, avalada por las dos últimas administraciones, cristaliza un modelo de relación con la región basado en el pragmatismo estratégico. Para Irak, supone la oportunidad de medir su soberanía, su estabilidad y sus opciones reales de desarrollo en un momento clave para el equilibrio de poder regional, con más actores en juego con el foco puesto en Bagdad.
¿Qué se juega Irak en este contexto?
Irak vive un momento de profunda división reafirmado por las elecciones de noviembre de 2025. La influencia de los kurdos y de las milicias chiíes sigue dificultando el consenso y, por ende, la conformación de un gobierno representativo. La estabilidad política pende de un hilo, aunque ningún actor desea un estallido de violencia civil que complicaría aún más el contexto. Así, la tensión es palpable mientras cada facción de la élite iraquí defiende sus intereses ante el vacío estratégico que deja EE.UU.
Comprender este vacío es esencial, ya que el repliegue estadounidense puede ser un arma de doble filo. Por un lado, las autoridades iraquíes podrían aprovecharlo para impulsar su soberanía y su desarrollo bajo la máxima securitaria, es decir, construir pilares de seguridad sólidos que cimienten el resto. Por otro lado, este vacío se posiciona en el foco de otras potencias regionales, principalmente Irán y Turquía.
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Para Irán, el teatro iraquí es especialmente importante. Irak es una pieza fundamental del eje de resistencia y del sistema de defensa mosaico iraní, y Teherán apoya a las milicias chiíes para alcanzar sus objetivos y desestabilizar el país. Asimismo, ejerce presión mediante sus lazos comerciales y energéticos —es el primer socio comercial y suministrador de gas natural—, y este vacío puede ser una ventana de oportunidad para ampliar su poder en el país vecino. Un objetivo perseguido desde el fin de la guerra entre ambos en 1988.
Turquía también tiene puesto el foco en el país. Coincidiendo con la retirada estadounidense, Ankara firmó un importante acuerdo bilateral de seguridad para incrementar su influencia a través del poder blando, un modelo que Erdogan ya aplica en Siria y busca replicar en Irak para afianzar su rol como potencia regional, tanto en términos religiosos como geopolíticos. Este enfoque parece que cuenta con el respaldo de Washington —que ya mantiene cierta complacencia similar en Siria—, mientras Turquía intenta estabilizar su relación con los kurdos y defender los intereses que comparte con los estadounidenses.
Estados Unidos se repliega, no abandona
Para la potencia hegemónica, este movimiento tiene un significado más profundo. En un contexto de desestabilización máxima y regionalización del conflicto con Irán, EE.UU. remodela su aproximación al cuestionarse su capacidad para proteger a sus aliados regionales. El enfoque estratégico que refleja esta retirada descansa en una reconfiguración de su visión exterior que busca desentenderse de la intervención —y presencia— directa en el desarrollo de los países para aplicar una aproximación más pragmática de sus intereses nacionales y de seguridad en la región para centrarse en su esfera de influencia más inmediata.
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La operación, que finaliza en Irak pero no para Siria, se traspasa a Jordania para seguir controlando la acción terrorista en un momento crítico para la estabilidad del gobierno sirio de Al-Shaara, un actor que cristaliza el pragmatismo estadounidense. En este sentido, la retirada física estadounidense no implica la no colaboración estadounidense-iraquí. Washington seguirá siendo determinante en el futuro iraquí. Tanto es así que seguirá controlando gran parte de los ingresos por ventas de petróleo iraquí —a través de la Reserva Federal de Nueva York y que representan el 90% del presupuesto anual de Bagdad— y siendo el principal suministrador de inteligencia, ya sea para la lucha antiterrorista como para reducir la influencia de las milicias chiíes. Por lo que EE.UU. no se desentenderá de sus intereses en Irak, sino que lo hará de su intervención directa en el desarrollo del país.
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Un tablero en recomposición
El teatro iraquí seguirá siendo fundamental para el equilibrio regional. La salida estadounidense abre varios frentes geopolíticos a vigilar: la pugna entre Irán y Turquía por ocupar el vacío; la capacidad de las milicias chiíes para condicionar la gobernabilidad y la evolución del Daesh en la frontera con Siria. Al mismo tiempo, la decisión de Washington refuerza la idea de un repliegue estratégico, no de un abandono. EE.UU. profundiza en su interés por tener presencia en la región conforme a sus intereses nacionales, con menor exposición a los riesgos y apoyándose en acuerdos bilaterales de seguridad. Con todo, la cuestión más importante es si Irak será capaz de impulsar su soberanía hasta convertirse, además, en un contrapoder a Irán.
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