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Cuando el miedo sustituye al voto: inseguridad, crimen organizado y democracia en Perú

Análisis

Thaís Armengol
Thaís Armengol
Thaís Armengol es criminóloga y periodista freelance especializada en crimen organizado, desapariciones y violencia estructural en América Latina. Colabora con medios y revistas académicas, y ha sido ponente internacional, formadora policial y moderadora en congresos de justicia infantil. Su enfoque combina análisis criminológico, periodismo de investigación y una perspectiva ética y multidisciplinar. Alumna del Máster Profesional de Analista de Inteligencia de LISA Institute.

El avance del crimen organizado y la expansión del miedo cotidiano empiezan a alterar la forma en que miles de ciudadanos peruanos viven, desconfían y afrontan incluso los procesos electorales. Thais Armengol alumna del Máster Profesional de Analista de Inteligencia, analiza cómo la inseguridad está transformando la relación entre ciudadanía, democracia y percepción del Estado en Perú.

El constitucionalista Martín Polo Cueva lleva años reflexionando sobre democracia deliberativa y desgaste institucional. Luis Alberto Toribio, especialista en homicidios, sicariato e inteligencia penitenciaria, conoce el problema desde investigaciones criminales.

Sus recorridos son distintos, pero ambos coinciden en una idea incómoda: el miedo ya no permanece únicamente en la calle. Empieza también a instalarse en la relación entre ciudadanía y democracia.

El país que aprende a cerrar antes

La erosión democrática rara vez comienza con un gran estruendo. Antes de convertirse en consigna, se vuelve costumbre: una tienda que baja la persiana más temprano, una ruta que deja de tomarse, una denuncia que no se presenta porque denunciar también puede ser una forma de exponerse. Hay un momento en que la vida pública empieza a encogerse sin que nadie lo anuncie oficialmente, y allí, el miedo deja de ser sólo una emoción privada para convertirse en un principio de organización social. 

Polo Cueva llega a ese diagnóstico por una vía que podría parecer lejana y, sin embargo, termina siendo íntimamente peruana. «Cuando me llegaron tus preguntas, se me ha hecho necesario retomar la lectura de Habermas y Ratzinger, y su interesante debate sobre la democracia delibetariva. De igual modo, volver a escuchar la última entrevista de José Mujica con BBC Mundo, espero que pueda ayudarte», señala el constitucionalista.

No habla desde una abstracción ornamental. Vuelve a esa conversación intelectual porque necesita nombrar un problema que ya no cabe en el lenguaje habitual del debate público: qué ocurre con el ciudadano cuando el miedo entra en su cálculo político, qué le pasa al voto cuando deja de nacer de la deliberación y empieza a salir de la intemperie.

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Ahí es donde el lenguaje de Toribio baja la discusión a tierra. Lo que en Polo Cueva aparece como quiebra del ciudadano deliberante, en el especialista en homicidios, aparece como un método de control que se aprende, se perfecciona y se administra. “El crimen opera con lógica empresarial”, resume Toribio.

Y remata con una idea que no describe sólo el funcionamiento de las economías criminales, sino también su ambición social: «Controlar el miedo también es controlar territorios». No se trata únicamente de matar, cobrar o amedrentar. Se trata de ordenar la vida alrededor de la amenaza, de enseñar a una comunidad qué puede hacer, qué debe callar y hasta qué punto conviene seguir creyendo en el Estado cuando el Estado parece llegar siempre después.

Cuando la legalidad retrocede

Por eso la pregunta de fondo quizá no sea cuánto delito puede soportar una sociedad, sino qué sucede con su arquitectura moral y política cuando la legalidad empieza a perder terreno en la imaginación cotidiana. En el análisis de Polo Cueva, el problema no se agota en la eficacia policial ni en la gestión del gobierno de turno.

Lo que se daña es algo anterior y más frágil: la disposición del ciudadano a reconocerse parte de una comunidad política que todavía merece confianza. Su formulación es severa y conviene leerla despacio: “Como señala JUAN FERNANDO SEGOVIA, el derecho positivo no puede crear por sí mismo las virtudes cívicas; necesita un sustrato ético prepolítico que la inseguridad erosiona”. Esa frase explica por qué un país puede conservar leyes, instituciones y procedimientos formales, y aun así empezar a vaciarse por dentro. 

Toribio nombra el mismo proceso con un vocabulario más descarnado. “El miedo termina reemplazando a la legalidad”, dice. La frase impresiona porque no exagera: describe el instante en que la norma deja de ser la referencia efectiva de la vida común y cede su lugar a otra pedagogía, la del cálculo, el silencio, la obediencia preventiva. Cuando eso ocurre, la ciudadanía pierde también una cierta idea de pertenencia. Deja de esperar justicia y empieza a conformarse con sobrevivir. 

El voto reactivo

Cuando esa lección se traslada al terreno electoral, la democracia entra en una zona de peligro menos visible que el autoritarismo declarado: la del voto defensivo. Polo Cueva lo formula sin rodeos: “La desesperación lleva a votar «contra» algo, no «a favor» de un proyecto”. Lo que aquí se quiebra es la premisa misma de la deliberación: la idea de que el ciudadano llega a la política como sujeto libre y no como rehén de una amenaza.

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Ese desplazamiento ayuda a entender por qué el voto puede ir perdiendo densidad cívica sin dejar de ser formalmente libre. El ciudadano sigue entrando a la cabina; lo que cambia es la sustancia de su decisión. Polo Cueva lo lleva más lejos todavía cuando advierte: “Así, el ciudadano peruano no vota racionalmente por propuestas de gobierno, sino reactivamente por quien prometa orden inmediato o apelando a la memoria”. Lo que en otras circunstancias sería una discusión sobre programas, aquí se reduce con facilidad a una sola promesa: que alguien devuelva, de cualquier manera, una sensación elemental de orden. 

Y allí Toribio vuelve a aterrizar la teoría con una precisión áspera. Si el crimen “opera con lógica empresarial”, entonces la demanda de orden no surge de una abstracción ideológica, sino de una experiencia cotidiana de sometimiento. El ciudadano no imagina el desorden: lo vive. Lo huele en la extorsión, lo intuye en la amenaza. Por eso la deriva puede ser tan peligrosa. No porque la gente desee menos democracia en el plano declarativo, sino porque una parte de la sociedad empieza a aceptar que ciertas garantías estorben si a cambio alguien promete eficacia inmediata. 

La esperanza como último dique

Frente a ese paisaje, Polo Cueva insiste en una palabra que puede sonar frágil: esperanza. No una esperanza vacía, sentimental, sino una que vuelva verosímil la idea de que la democracia aún puede producir cambio. “La democracia, dice citando a Churchill, es «la mejor porquería que hemos inventado» precisamente porque asegura una fórmula para cambiar al gobierno”. La fuerza de esa cita está en que no idealiza la democracia; la defiende precisamente porque la considera imperfecta. 

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Toribio no habla de esperanza en esos términos, pero su diagnóstico la vuelve imprescindible por otra vía. Si las organizaciones criminales se adaptan antes que el Estado, si logran instalar otra legalidad de facto, entonces la reconstrucción democrática tendrá que ser también una reconstrucción de presencia. No bastará con condenar moralmente la violencia. Habrá que volver creíble la idea de que la ley todavía puede llegar antes que la amenaza; que la ciudadanía no está condenada a elegir entre el abandono y la fuerza desnuda.

Hay, en ese cruce entre ambos lenguajes, una idea que termina imponiéndose con gravedad: la inseguridad no sólo mata, empobrece o disciplina; también educa políticamente, y casi siempre en la peor dirección. Enseña a desconfiar, a replegarse.

Por eso la advertencia de Polo Cueva suena urgente: “La lección de Mujica es clara: la democracia no sobrevive sin esperanza, y la esperanza no florece donde el miedo decide y la política se ha rendido ante el mercado”. En un país donde el crimen organizado disputa territorio, tiempo y obediencia, la pregunta democrática más seria no es quién gana una elección, sino qué tipo de ciudadano llega a ella después de haber vivido demasiado tiempo bajo la pedagogía del miedo.

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