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Kashgar y el régimen de hipervigilancia en Xinjiang

Análisis

Álvaro Aguilar del Hierro
Álvaro Aguilar del Hierro
Estudiante del Doble Grado de Derecho y Estudios Internacionales y formación complementaria en Economía en la Universidad Carlos III de Madrid. Alumno del Máster Profesional de Analista Internacional y Geopolítico de LISA Institute. Interesado en el comercio internacional y Derecho de la Competencia y Europeo, así como entusiasta en prospectiva en seguridad y defensa, inteligencia estratégica y terrorismo.

En Kashgar, antigua encrucijada de la Ruta de la Seda, el control estatal ya no se manifiesta con redadas masivas ni titulares constantes. La ciudad se ha convertido en un laboratorio de vigilancia permanente, integrada en la vida cotidiana y en el diseño urbano. En este artículo, el alumno del Máster Profesional de Analista Internacional y Geopolítico de LISA Institute, Álvaro Aguilar del Hierro explica cómo el sistema se ha consolidado de forma silenciosa.

En el extremo occidental de China, Kashgar ocupa una posición singular tanto por su peso histórico como por el modelo de gobernanza aplicado a su población. Antiguo nodo de la Ruta de la Seda y centro cultural de la población musulmana uigur, la ciudad se ha convertido en la última década en uno de los ejemplos más avanzados de hipervigilancia estatal aplicada a una sociedad concreta.

Sin embargo, pese a la magnitud del fenómeno, Kashgar apenas genera hoy titulares internacionales ni aparece con frecuencia en informes recientes de prensa. Esta aparente ausencia de actualidad no refleja una relajación del control, sino una fase de consolidación del sistema.

De la represión al control estructural en Kashgar

Entre 2017 y 2020, Xinjiang fue objeto de una atención internacional sin precedentes. Investigaciones periodísticas, filtraciones de documentos internos y testimonios de ex detenidos revelaron la existencia de una vasta red de centros de detención y programas de «reeducación». En agosto de 2022, el Alto Comisionado de Derechos Humanos de la Oficina de Naciones Unidas publicó un informe que concluía que las políticas aplicadas por China en Xinjiang podrían constituir crímenes contra la humanidad.

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Desde entonces, el patrón ha cambiado. Las campañas masivas y visibles han dado paso a una forma de control menos espectacular pero más estable. La vigilancia ya no se apoya principalmente en detenciones masivas, sino en un sistema permanente que combina tecnología, legislación y gestión del espacio urbano

Vigilancia como instrumento de gobierno

Según informes del Observatorio de Derechos Humanos y Amnistía Internacional, Kashgar forma parte de una red de vigilancia que integra cámaras de alta definición, reconocimiento facial y controles biométricos conectados a bases de datos estatales. Estos sistemas permiten identificar y rastrear a los individuos en tiempo real, especialmente en espacios públicos clave como mercados, barrios residenciales y accesos a edificios.

Desde la perspectiva oficial, estas medidas se justifican bajo el marco de la lucha contra el terrorismo y el extremismo. No obstante, organismos internacionales han subrayado que la legislación antiterrorista china emplea definiciones amplias y poco precisas, lo que facilita una aplicación extensiva y preventiva del control.

En la práctica, la vigilancia opera no solo como respuesta a amenazas concretas, sino como un mecanismo de anticipación política en una región considerada sensible por Pekín.

Reestructuración de los espacios y gobernanza silenciosa

Uno de los rasgos más distintivos del caso de Kashgar es la transformación deliberada del entorno urbano. Investigaciones basadas en imágenes satelitales, como las realizadas por el Australian Strategic Policy Institute, muestran cómo amplias zonas del casco antiguo han sido demolidas y reconstruidas con criterios que facilitan la vigilancia. Entre las intervenciones, se incluyen el ensanchamiento de calles, así como la eliminación de callejones y pasajes irregulares, mejorando la operatividad de cámaras y patrullas.

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Según reportes de medios como Radio Free Asia y testimonios de residentes, la ciudad se ha dividido en micro-sectores controlados por estaciones de policía de proximidad. Estos dispositivos restringen y canalizan el acceso a barrios residenciales y mercados mediante tornos de seguridad y sistemas de reconocimiento facial que registran entradas y salidas.

Además, los espacios religiosos y zonas de reunión han sido reordenados o desplazados hacia áreas con mayor presencia policial y cobertura tecnológica. El resultado es, por tanto, un entorno urbano más predecible, donde los flujos de movimiento pueden ser anticipados y supervisados en tiempo real.

Estas políticas urbanas se alejan de modernizar los espacios y constituyen una inversión en la capacidad del Estado para monitorizar y mantener bajo control a la población. Asimismo, al reducir los costes de la vigilancia, el rediseño urbano permite ejercer una forma de supervisión permanente sin recurrir a medidas represivas visibles, convirtiendo la vigilancia en una condición estructural del espacio público.

Impacto sobre la población musulmana en Kashgar

Diversos informes de expertos y organismos internacionales coinciden en que el impacto de estas políticas es desproporcionado sobre la población musulmana uigur. Kashgar ejemplifica una forma de gobernanza que, al disponer de capacidades avanzadas de vigilancia y monitoreo, ve reducida su coerción explícita.

En lugar de intervenir de forma constante mediante sanciones, produce un entorno en el que ciertos grupos quedan expuestos a una supervisión continua, con escasos márgenes de autonomía y con altos costes asociados a cualquier desviación del comportamiento esperado. La vulnerabilidad surge así de la asimetría entre la capacidad estatal de control y la capacidad individual de evasión o resistencia.

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No obstante, esta tensión entre Estado e individuo convierte prácticas cotidianas en posibles motivos de sanción administrativa o penal. En ese contexto, el control se vuelve especialmente eficaz porque opera como un intento de internalizar la disciplina, disminuyendo la necesidad de coerción directa y desplazando la regulación a comportamientos preventivos.

Kashgar como modelo consolidado

El caso de Kashgar permite observar cómo los regímenes autoritarios contemporáneos consolidan sistemas de control que ya no dependen de un enfrentamiento directo, sino de la integración de vigilancia digital, rediseño urbano, y una legislación de aplicación selectiva.

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De esta forma, Kashgar no representa una fase transitoria de control intensivo, sino un régimen que depende de mecanismos integrados en el funcionamiento ordinario de la ciudad y en la vida cotidiana de sus habitantes, difuminando las fronteras entre seguridad, gobernanza y control social.

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