La Doctrina Monroe no ha desaparecido: ha mutado. Lo que fue una advertencia explícita se ha transformado en una lógica de poder silenciosa que ya no se proclama, sino que se ejerce. La llamada Donroe —y sus equivalentes Putinroe y Xi Jinroe— describe un mundo donde las zonas de influencia se construyen sin declaraciones formales, mediante dependencias económicas, tecnológicas y coercitivas. En este artículo, la alumna del Máster Profesional de Analista Internacional y Geopolítico de LISA Institute, Rosalía Fernández explica cómo el derecho internacional y los derechos humanos sobreviven como retórica, mientras el poder real opera de forma invisible, normalizando el hecho consumado y erosionando la soberanía sin necesidad de invasiones abiertas.
El poder que ya no necesita decir su nombre: zonas de influencia, precedentes y el miedo que organiza el sistema.
Hay doctrinas que nacen como frases y mueren como sistemas. Otras, más peligrosas, nunca mueren: mutan. La llamada Doctrina Monroe fue, en su origen, una advertencia simple disfrazada de principio moral: el hemisferio occidental como espacio vedado a las viejas potencias. América para los americanos. Una frase breve, casi ingenua, que con el tiempo se convirtió en músculo, flota y bloqueo.
Pero toda doctrina, al envejecer, deja de ser pronunciada y comienza a ser imitada. Surge entonces la Donroe: no escrita, no firmada, no anunciada, pero ejercida. No es defensa, es gravitación; no es frontera, es órbita. Opera por saturación económica, tecnológica, cultural y militar. No proclama valores universales; los reemplaza por dependencias prácticas. No promete libertad; “asegura” estabilidad a quienes aceptan el precio. Y ese precio casi siempre se paga en silencio.
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América Latina como laboratorio de poder
En este tablero, América Latina se convierte en un espacio donde las doctrinas se prueban sin necesidad de ser nombradas. Países como Venezuela han servido como precedentes de estas dinámicas invisibles, ofreciendo lecciones duras: no como modelos, sino como advertencias; no como excepciones, sino como referencias de tendencias. Lo ocurrido allí no es un episodio aislado ni una anomalía ideológica: es un experimento prolongado donde la degradación institucional, el vaciamiento económico y la presión social han coexistido con una sorprendente estabilidad externa. El mensaje implícito es inquietante: un país puede deshacerse por dentro sin que el sistema internacional intervenga, siempre que los vectores estratégicos permanezcan alineados.
Aquí la Donroe deja de ser exclusivamente hemisférica y se vuelve contagiosa. Mientras una potencia consolida su zona de influencia histórica, otras observan y aprenden. Emergen entonces sus reflejos: los neologismos Putinroe y Xi Jinroe, propuestos aquí como analogías para designar doctrinas sin nombre propio, pero con firma reconocible.
Putinroe y Xi Jinroe: lógicas de poder invisibles
Como la Donroe, otras potencias han desarrollado versiones funcionales propias, no como copias, sino como adaptaciones sistémicas. No son doctrinas declaradas, sino lógicas operativas que delimitan espacios, imponen costes y redefinen lo aceptable sin necesidad de consenso internacional.
Putinroe opera por choque y consolidación: altera el terreno, soporta el coste inicial y apuesta por el cansancio del sistema. No busca legitimidad inmediata, sino adaptación progresiva al hecho consumado.
Xi Jinroe, en cambio, funciona por acumulación silenciosa: infraestructuras, deuda, tecnología, control de nodos críticos. Donde no hay invasión, hay dependencia; donde no hay ultimátum, hay contrato.
Lo relevante no es su origen, sino su replicabilidad. Una vez que estas lógicas funcionan, dejan de ser anomalías y se convierten en precedentes.
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Tecnología, vigilancia y control silencioso
A estas lógicas clásicas se suma una capa más silenciosa y eficaz: tecnología, vigilancia y datos. El control ya no depende solo de bases militares o alianzas formales, sino de infraestructuras digitales, arquitecturas de información y capacidades de procesamiento algorítmico. La inteligencia artificial no impone órdenes; optimiza dependencias. La vigilancia no necesita represión visible; basta con anticipar comportamientos.
Las sanciones, convertidas en arma estructural, cierran el círculo. No buscan solo castigar, sino modelar decisiones, condicionar trayectorias e inducir un miedo difuso: administrativo, silencioso, que desgasta sin paralizar de golpe.
Derecho internacional y soberanía erosionada
La gran ironía es que aquella doctrina fundacional nació en un mundo en formación, cuando el derecho internacional era aspiración más que norma y la soberanía se medía en cañones y distancias. Hoy, su eco —distorsionado, replicado— resuena en un sistema formalmente regido por tratados, cortes y declaraciones universales, pero atravesado por excepciones constantes.
Los derechos humanos funcionan cada vez más como retórica selectiva: se invocan con fuerza cuando conviene, se relativizan cuando estorban y se silencian cuando interfieren con equilibrios mayores. El derecho internacional persiste como arquitectura, pero sin garante último: sólido en el papel, frágil en la crisis. Incluso estados que mantienen reconocimiento formal pueden haber perdido, en los hechos, su capacidad de decisión estratégica.
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El resto del mundo y el equilibrio multipolar
Mientras Donroe, Putinroe y Xi Jinroe delinean sus órbitas de influencia, el resto del mundo navega un sistema cada vez más multipolar y ambiguo. Actores como la Unión Europea, que buscan balancear intereses estratégicos con compromisos normativos, pero funcionan a menudo como observadores limitados: intentan contener y mediar, pero chocan con la sutileza de las lógicas de poder invisibles. Los Países medianos y emergentes ajustan sus políticas entre soberanía formal y dependencia estructural, conscientes de que la disuasión jurídica y moral ya no garantiza seguridad ni autonomía.
En este contexto, el derecho internacional y los derechos humanos funcionan como un lenguaje común útil para la diplomacia, pero insuficiente para contener las lógicas de poder invisibles. La gobernanza global se convierte en un juego de precedentes, adaptaciones y cálculos de riesgo, donde la estabilidad no surge de reglas claras, sino de la gestión sutil de incertidumbre y miedo.
Escenarios inciertos y caos estructurado
Los escenarios que se abren son tan inciertos que ni siquiera admiten el lenguaje clásico de la prospectiva. No se trata de un nuevo orden estable, sino de una transición prolongada donde conviven normas que nadie hace cumplir y fuerzas que nadie reconoce públicamente. Las doctrinas no se proclaman, se ejercen; el horror no irrumpe, sino que se normaliza.
Este nuevo eje de poder configura un mundo donde la incertidumbre es la regla y el caos, variable permanente modulada por dependencias, sanciones y vigilancia. Los estados medianos y pequeños se deslizan entre soberanía erosionada y control silencioso. Los derechos humanos y el derecho internacional funcionan como guía formal, pero no como límite efectivo. El futuro se dibuja en escenarios donde la previsibilidad se reduce y la tensión se convierte en instrumento estratégico. Es un mundo de amenazas invisibles, donde el miedo no se grita, pero organiza comportamientos y decisiones.
Conclusión: invisibilidad y efectos del poder
Quizás ese sea el signo definitivo de esta época: no la ausencia de reglas, sino su aplicación desigual; no el fin de las doctrinas, sino su invisibilidad. Un mundo donde nombrar el poder resulta innecesario, porque sus efectos ya hablan por él.
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