En este artículo, Artiom Vnebraci Popa, alumno del Máster Profesional de Analista Estratégico y Prospectivo, analiza el ascenso del trumpismo como una forma de autoritarismo adaptada al siglo XXI. A través del marco teórico de Jason Stanley, se exploran los elementos que lo diferencian del fascismo clásico. El texto recorre dimensiones políticas, sociales, económicas y culturales para mostrar cómo se erosiona la democracia desde dentro.
La duda sobre si Estados Unidos de América, bajo la administración trumpista, representa una nueva forma de autoritarismo requiere un análisis más allá de la retórica mediática. Algunos incluso consideran que podría tratarse de un embrión fascista.
Usando el marco interpretativo y analítico del filósofo del lenguaje Jason Stanley en su obra How Fascism Works, se pueden constatar dinámicas autoritarias identificables en la política estadounidense contemporánea. Esto permite evaluar si estos patrones convergen con el fascismo histórico o representan una nueva tipología autoritaria del siglo XXI.
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Así, Stanley propone diez puntos para valorar la tendencia autoritaria de un Estado o un actor político:
- Un pasado mítico que el gran líder rememora.
- La propaganda que necesita que las noticias sean falsas.
- El anti-intelectualismo.
- La irrealidad (porque el fascismo histórico y el autoritarismo busca terminar con la verdad y que en su lugar emerjan teorías conspirativas).
- La jerarquía naturalizada (en la medida en que la política fascista necesita de un grupo que domine a los demás).
- La victimización de ese grupo dominante.
- El orden público que necesitan los «desobedientes por naturaleza».
- La política de la ansiedad sexual (negación de identidades de género y sexualidades no-normativas).
- Pensar la ciudad como «Sodoma y Gomorra» (binomio pureza-decadencia/rural-urbano).
- La idea de que el trabajo te hará libre (arbeit macht frei).
El pasado mítico, Trump y MAGA («Make America Great Again«)
El eslogan del movimiento MAGA (Hacer América grande de nuevo) define la clásica invocación de una edad de oro ficticia. Tal instrumentalización de la nostalgia por parte del líder principal de este movimiento (Donald Trump) promueve una visión política de Estados Unidos previa a los movimientos por los derechos civiles.
Según esta visión, y supuestamente en ese entonces, existía una mayor cohesión social y una menor confluencia de conflictos. Esto es cierto sólo parcialmente si se considera la cosmovisión de los colonos blancos europeos después de los genocidios y saqueos de los pueblos indígenas.
Asimismo, «restaurar» una posible grandeza implicaría retroceder en derechos humanos de mujeres y de múltiples grupos minoritarios. Estos derechos han sido conquistados a sangre y sudor durante los últimos cien años.
Control propagandístico, pos-verdad e irrealidad en Estados Unidos
La administración Trump ha comenzado a insertar un ecosistema mediático-digital alternativo donde la verdad fáctica es regularmente trivializada. Asimismo, la actitud burlesca y la hostilidad sistemática hacia periodistas críticos (manifestada en el explícito rechazo a no responder preguntas críticas) y las mofas públicas a sectores intelectuales, configura un patrón de deslegitimación institucional progresivo.
Esto ha llegado a materializarse en demandas legales contra universidades, medios de comunicación y organizaciones internacionales de derechos humanos. En palabras más sencillas, se trata de una estrategia de intimidación que busca anestesiar y amputar el escrutinio independiente.
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También, uno de los desarrollos más alarmantes de 2025 fue la persecución sistemática de bufetes de abogados que representaron casos contra Trump o sus aliados. Mediante órdenes ejecutivas, la administración sancionó firmas como Perkins Coie, WilmerHale, Jenner & Block, Susman Godfrey y Paul Weiss, suspendiendo sus acreditaciones de seguridad, prohibiendo el acceso a edificios federales y terminando contratos gubernamentales.
El caso de Paul Weiss es particularmente revelador: para evitar la sanción, el bufete acordó proporcionar 40 millones de dólares en servicios legales pro-bono alineados con la agenda de la administración y discontinuar sus políticas de diversidad. Esto establece un precedente donde los abogados deben demostrar lealtad política para ejercer su profesión.
Cabe mencionar también la marginación de republicanos que no están de acuerdo con la agenda MAGA. La eliminación del disenso interno y la exigencia de lealtad absoluta al líder, por encima de principios ideológicos o institucionales, definen un tipo de purga existencial. En este contexto, traicionar al personalismo equivale a traicionar los ideales y, por consiguiente, a la nación.
A su vez, la propuesta de revisar las redes sociales a inmigrantes y turistas en búsqueda de posibles críticas hacia Estados Unidos o sus valores caracteriza una de las manifestaciones más orwellianas del trumpismo.
Por otro lado, el Departamento de Estado exigió que los patrocinadores de programas de intercambio académico reporten denuncias de «acciones antisemitas proscritas» y «actividad terrorista o apoyo al terrorismo». Estos son términos deliberadamente vagos que pueden incluir prácticamente cualquier crítica a políticas israelíes o estadounidenses.
A su vez, y a raíz de los asesinatos de dos ciudadanos estadounidenses en las manifestaciones en Minneapolis, Gregory Bovino (jefe del ICE) ha afirmado que ambos representaban una obstrucción y peligro para los oficiales de seguridad. Así, a pesar de que el análisis frame por frame confirmase que no había ningún tipo de peligro letal por parte de Renée Good o Alex Pretti, la administración trumpista ha abogado por la estrategia orwelliana de: “El partido te dijo que rechazaras la evidencia de tus ojos y oídos. Era su orden final, la más esencial”.
El problema es que tales propuestas y dinámicas administrativas no solo violan la Primera Enmienda. También establecen que la disidencia política es un criterio de exclusión, cuando en la sociedad norteamericana la disidencia ha sido tradicionalmente un motivo de orgullo histórico.
Anti-intelectualismo como orgullo de base en Estados Unidos
El desprecio público y sistemático hacia la Academia, los artistas, los expertos y los científicos es un elemento central de la ofensiva autoritaria de la agenda MAGA. Esta descalificación del intelecto y del pensamiento crítico que cuestione a cualquier administración favorece el rechazo al conocimiento especializado. Además, normaliza la «vagancia» de la pasividad intelectual.
Jerarquía y perfilación racial
Las políticas migratorias de la administración Trump revelan una jerarquización de la ciudadanía, la legalidad y la cultura. La expulsión masiva de migrantes, las operaciones fronterizas cada vez más agresivas y la narrativa que presenta a ciertos grupos como amenazas existenciales (Black Lives Matter, Antifa, migrantes, mujeres liberales, minorías sexuales, entre otros), construyen una estructura jerárquica. En ella, algunos seres humanos son considerados inherentemente menos valiosos o menos dignos de derechos.
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También, la tendencia a la victimización del hombre blanco cristiano se encuentra insertada parcialmente en el discurso republicano y completamente en el marco interpretativo de MAGA.
Por otro lado,ICE (Immigration and Customs Enforcement) comienza a codificarse como un posible futuro embrión paramilitar. Y es que el caso de esta agencia merece una atención especial. A pesar de que formalmente se considera una agencia federal, su tipo de operatividad y su poca transparencia la acercan a formaciones paramilitares-estatales.
Si a esto se le suma la suspensión de garantías constitucionales en zonas fronterizas, el panorama se agrava. También influye la difícil rendición de cuentas por el uso de la fuerza y las formas de detención, así como las muertes bajo custodia. Además, se cultiva una identidad corporativa unificada dentro de la propia agencia. El resultado es un cóctel que legitima la violencia estatal aplicada a minorías migrantes o a quien haga falta. Esto ya se demostró con el asesinato a quemarropa de una mujer estadounidense blanca.
Esto, a su vez, sugiere una institución que funciona y opera fuera de los límites del Estado de Derecho.
Represión de las manifestaciones y enaltecimiento del «orden público«
Durante el primer año de su mandato, la administración Trump intensificó la represión de manifestaciones y congregaciones públicas. Estas acciones se dirigieron contra quienes antagonizan las decisiones del gobierno actual.
Lo realmente alarmante del caso fueron (y son) los despliegues de tropas federales en ciudades controladas por demócratas, como Portland, San Francisco, Nueva York y Chicago. Esta intervención militar doméstica se justificó bajo pretextos de «seguridad» y supuesto crimen. En la lógica del fascismo clásico, la ciudad se asocia al pluralismo y a la diversidad racial, y por ello se percibe como un nodo de decadencia y corrupción moral.
Lo rural, en cambio (bajo la ideología tradwifista), se considera sinónimo de corrección moral. En septiembre del mismo año, el Departamento de Defensa fue cambiado por el Departamento de Guerra, un acto simbólico que revela las intenciones agresivas del trumpismo ante el mundo.
El despliegue o amenaza de despliegue de fuerzas armadas contra poblaciones civiles estadounidenses marca una línea roja democrática. Históricamente, esta ha sido la distinción entre gobiernos autoritarios que usan el ejército contra sus propios ciudadanos, y democracias que mantienen separación clara entre fuerzas armadas y aplicación de ley doméstica. Esta tendencia se llama boomerang imperialista (definido como prácticas de control, violencia y dominación que ejerce un Estado en el exterior, terminan aplicándose al interior de ese mismo Estado contra su propia población autóctona).
Por último, a esto se debe sumar la correlación con la empresa privada Palantir. Esta desarrolla algoritmos predictivos basados en directrices de persecución, seguimiento y vigilancia masiva de la ciudadanía, bajo órdenes del actual gobierno.
Aversión a la diversidad de género en Estados Unidos
En paralelo, las identidades de género y sexuales no-normativas son vistas como síntomas de esa misma corrupción, decadencia y colapso civilizatorio. El autoritarismo busca no solo enemigos externos, sino también internos; y si no lo encuentra en ideologías antagonizantes, lo buscará en identidades disidentes.
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La firma de la orden ejecutiva por parte del presidente estadounidense, titulada Defending Women From Gender Ideology Extremism and Restoring Biological Truth To The Federal Government, establece que el gobierno federal solo reconoce dos sexos: masculino y femenino. Esta medida legitima formas tanto formales como informales de represión del espacio urbano asociado a la diversidad. También impone una configuración disciplinaria de los cuerpos en nombre de un supuesto orden y de una irreal normalidad perdida.
¿El trabajo nos hará libres? O la incongruencia del modelo estadounidense
La lógica privatizadora del modelo estadounidense (antes de Trump) ya consideraba la productividad laboral como criterio moral de pertenencia.Es decir, sólo quien trabaja y produce merece derechos básicos.
Pero la administración trumpista ha logrado acelerar y exagerar tal cosmovisión al glorificar al trabajador «productivo y obediente» frente al estigma de los que quedan fuera de tal ideal (desempleados, trabajadores «en negro», migrantes, beneficiarios de programas sociales, etc.). Estos son vistos como improductivos y amenazas a la estabilidad del orden económico estadounidense. Tal cosmovisión condiciona el acceso a servicios y derechos por el valor socioeconómico percibido de cada individuo.
Así, en este ecosistema de precariedad, la creación del Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE), encabezado por Elon Musk, ha erosionado capacidades estatales vitales. Entre ellas se encuentran la administración pública, la seguridad social y el procesamiento de beneficios. Esto ha ocurrido mediante la reducción del funcionariado federal, reestructuraciones, despidos y pérdida de personal técnico estratégico. Como consecuencia, se debilita el Estado de Bienestar tradicional y su función distributiva.
Asimismo, la congelación o recorte de ayudas sociales y fondos federales para programas de apoyo ambiental o social subordina aún más la dignidad humana a criterios de productividad. Esta dinámica refuerza una lógica en la que el trabajo precario sin queja y la lealtad al régimen predominan sobre la universalidad de derechos y la protección social.
El broche de oro: neocolonialismo y agresividad de Estados Unidos en la política exterior
Las recientes presiones de Trump en política exterior hacia Venezuela y Groenlandia revelan una proyección imperialista renovada que erosiona aún más la legalidad internacional.
El hecho de que Groenlandia (territorio autónomo bajo soberanía danesa y parte de la OTAN) pueda ser incorporada a Estados Unidos por motivos de «seguridad nacional», evoca recuerdos regresivos a dinámicas colonialistas de los siglos XVIII y XIX. Este impulso ha tensado aún más las relaciones con la Unión Europea, después de posicionarse en múltiples posturas con la Federación Rusa y Vladimir Putin (algo nuevo, también, en la emergencia de nuevos autoritarismos globales que superan sus rencillas históricas y ven la cooperación desde el prisma de valores existenciales compartidos).
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A su vez, la firma de un memorando para retirar a Estados Unidos de 66 organizaciones internacionales bajo el argumento de que «operan en contra de los intereses estadounidenses«, ha puesto otro clavo en la cooperación global en temas variados como derechos humanos, clima, migración y desarrollo.
Este giro político no puede considerarse únicamente en clave autárquica o aislacionista. Implica un desmantelamiento deliberado de redes institucionales que limitan la acción unilateral del poder ejecutivo, crean espacios de impunidad y reducen los mecanismos de escrutinio transnacional.
Conclusión: ¿fascismo clásico o autoritarismo del siglo XXI?
Los puntos analizados a lo largo de este análisis muestran que el fenómeno Trump/MAGA no reproduce fielmente el fascismo histórico europeo, pero tampoco puede entenderse como una simple anomalía retórica dentro del liberalismo democrático. Más bien, se podría definir por una tipología autoritaria híbrida, adaptada a las condiciones políticas, económicas y tecnológicas del siglo XXI.
A diferencia del fascismo clásico, esta forma de poder no requiere la abolición inmediata de las instituciones democráticas. Opera mediante su ocupación, distorsión y vaciamiento progresivo, preservando elecciones, tribunales y marcos legales, mientras reduce su capacidad de control efectivo.
En el plano económico, el autoritarismo trumpista no persigue una economía estatizada. Busca una simbiosis entre poder político y capitalismo corporativo, donde las élites económicas conservan autonomía a cambio de alineamiento ideológico y funcional. A ello se suman tecnologías de vigilancia y control social, impensables para los regímenes fascistas del siglo XX. Estas permiten una gestión más selectiva, preventiva y despolitizada de la disidencia. Además, un ecosistema mediático fragmentado sustituye el monopolio propagandístico por la coexistencia de realidades informativas paralelas.
En conjunto, estos factores sugieren que Estados Unidos no enfrenta un retorno literal del fascismo. En su lugar, se observa la consolidación de un autoritarismo post-liberal, electoralmente legitimado, culturalmente polarizado y tecnológicamente asistido. Su peligrosidad reside en su capacidad para normalizar la erosión democrática sin necesidad de romperla abiertamente.
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