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Rusia en 2026: redefiniendo equilibrios en medio de tensiones

Análisis

Roberto Mansilla Blanco
Roberto Mansilla Blanco
Analista de geopolítica y relaciones internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) Con experiencia profesional en medios de comunicación en Venezuela y Galicia. Entre 2003 y 2020 fue analista e investigador del Instituto Galego de Análise e Documentación Internacional, IGADI (www.igadi.org). Actualmente colaborador en think tanks (esglobal) y medios digitales en España y América Latina. Redactor Jefe en medio Foro A Peneira-Novas do Eixo Atlántico (Editorial Novas do Eixo Atlántico, S.L) Actualmente cursa el Máster de Analista de Inteligencia en LISA Institute.

En 2026, las tensiones entre Rusia, Europa y la OTAN alcanzan niveles críticos. El conflicto en Ucrania sigue marcando la agenda geopolítica global. En este artículo, Roberto Pozas Lázaro, alumni del Máster Profesional de Analista Internacional y Geopolítico de LISA Institute analiza las amenazas veladas, la diplomacia incierta y los cuatro posibles escenarios que enfrenta Moscú.

Con la vista puesta en el conflicto en Ucrania, 2026 se presenta para Rusia bajo un clima de permanente tensión con la Unión Europea y la OTAN. Según las declaraciones oficiales, ambas partes no descartan escenarios de confrontación armada a corto y mediano plazo.

Mientras se negocia la propuesta del presidente estadounidense Donald Trump sobre un posible alto al fuego en Ucrania, el presidente ucraniano Volodymir Zelenski presentó a Washington una nueva iniciativa de 20 puntos. Esta contempla, entre otras disposiciones, la desmilitarización de tropas ucranianas en el Donbás.

El nuevo escenario obliga al Kremlin a atender nuevos equilibrios geopolíticos con Estados Unidos y China, condicionados por la reapertura del diálogo entre Washington y Moscú, y por la solidez de la estrecha alianza estratégica sino-rusa.

Al mismo tiempo, Beijing sigue de cerca los entresijos que surgen en este nuevo equilibrio entre Moscú y Washington. Permanece a la espera de conocer hasta dónde puede llegar esta entente entre Trump y su homólogo ruso, Vladimir Putin.

Más allá del posible desenlace de la guerra en Ucrania, la UE y la OTAN elevan constantemente el tono sobre lo que han denominado «la amenaza rusa». A mediados de noviembre, el jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas de Francia, general Fabien Mandon, instó a los alcaldes franceses a «preparar a la población» ante la posibilidad de futuros conflictos. Señaló que Francia debe estar lista para «detener a Moscú» y asumir «sacrificios nacionales».

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Un tratamiento similar realizó el presidente Emmanuel Macron al defender la instauración del servicio militar voluntario, ante la «inminente guerra contra Rusia». No obstante, Macron no descarta la posibilidad de negociar con Putin una salida diplomática a la guerra ruso-ucraniana.

En Berlín, el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, advirtió que la Alianza «será el próximo objetivo de Rusia» y que los aliados «deben prepararse para un conflicto.Rusia trajo de vuelta la guerra a Europa. La amenaza está a nuestras puertas».

En Londres, el Jefe del Estado Mayor de la Defensa británico, Richard Knighton, alertó sobre el agravamiento de la denominada «amenaza rusa», exigiendo una respuesta integral más allá del plano militar.  

Tras intervenir en un foro organizado en Moscú por el banco VTB el pasado 2 de diciembre, y antes de reunirse en el Kremlin con los enviados estadounidenses Steve Witkoff y Jared Kushner para discutir el plan de paz en Ucrania, el presidente ruso Vladimir Putin fue enfático al responder sobre las expectativas de rearme europeo y la posibilidad de un conflicto.

Dijo: «Ellos mismos (por Europa) se abstienen de las negociaciones de paz y, al mismo tiempo, ponen trabas al presidente Trump. No tienen agenda de paz. Están a favor de la guerra. Rusia no quiere la guerra con Europa, pero estamos preparados por si empieza hoy mismo».

El pasado 17 de diciembre, durante un acto de condecoración militar, Putin tomó el pulso de la reunión que se realizaba en Berlín entre la UE y Ucrania. En ese encuentro se discutía el acuerdo entre Washington y Moscú. Putin afirmó que, si Kiev y sus aliados abandonan la mesa de negociación, tomará por la fuerza militar los territorios ucranianos que reclama.

Ante este contexto, Rusia afronta cuatro principales escenarios para este 2026:

  1. Tensiones en aumento con Europa y la OTAN, cuyos focos podrían acentuarse en torno a países miembros como Polonia y las repúblicas bálticas.
  2. Adaptación a una “economía de guerra” que implica igualmente una reconfiguración del poder político a favor del complejo militar-industrial y de los servicios de inteligencia. 
  3. Reequilibrios geopolíticos con EEUU y China que pondrán a prueba la consolidación del eje euroasiático sino-ruso ante el nuevo “deshielo” entre Moscú y Washington.
  4. El fortalecimiento de la idea rusa de «país-civilización», ampliando estrategias ideológicas vinculadas al patriotismo y herramientas de soft power ligadas a la preservación de valores tradicionales y conservadores.

Rusia, Europa y la OTAN: ¿es inevitable la guerra?

El clima de tensión con tintes prebélicos parece condicionar el estado de las relaciones ruso-europeas así como con la OTAN. Países miembros de la OTAN y de la UE como Polonia y las repúblicas bálticas (Lituania, Estonia y Letonia) estarían en el centro de estas tensiones. Desde Bruselas se argumenta que estos países podrían convertirse en posibles objetivos bélicos por parte de Moscú entre los próximos cinco o diez años.

Durante una cumbre de la OTAN celebrada en Helsinki, países miembros como Finlandia, Suecia, Estonia, Letonia, Lituania, Polonia, Bulgaria y Rumania firmaron una declaración conjunta. En ella situaron la defensa del flanco oriental europeo como una “urgencia estratégica”. También señalaron a Rusia como “el mayor peligro para la estabilidad y la seguridad del espacio euroatlántico”, tanto en el presente como a mediano y largo plazo. Europa acelera mecanismos para retomar el servicio militar obligatorio.

Mientras Rusia niega persistentemente esta posibilidad, la OTAN y la UE también señalan a Bielorrusia, estrecho aliado ruso, como una posible «cabeza de operaciones» del Kremlin. El reciente asesinato en Moscú del teniente general Fanil Sarvarov, que se suma a otros abatidos en territorio ruso desde 2024, refuerza esa percepción. A ello se suman los ataques con drones atribuidos a Ucrania, que sugieren una ampliación de las operaciones militares hacia territorio ruso.

Esto refuerza la radicalización de las expectativas rusas por la seguridad nacional en un contexto de creciente enfrentamiento con la OTAN.

Por su parte, EEUU adopta una actitud expectante. El presidente Donald Trump mantiene su estrategia de obligar a los países europeos miembros de la OTAN a cumplir con el techo del 5% de gasto del PIB en defensa. A diferencia de la administración de Joseph Biden, Trump pretende degradar el apoyo económico y militar estadounidense a Ucrania.

Además del costo económico, Washington observa el conflicto ruso-ucraniano en términos de disparidad de fuerzas, con notoria ventaja para Rusia. Ante esta realidad, Trump prefiere la opción de negociar directamente con Putin para buscar una salida al conflicto, diluyendo así la importancia de Ucrania, la UE y la OTAN como actores igualmente decisivos.

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La eventual desconexión estadounidense de sus compromisos con la OTAN obligaría a Europa a asumir sus capacidades de defensa en un contexto de «guerra encubierta» con Rusia ante la intensificación de las operaciones híbridas contra cables submarinos, redes eléctricas, ataques de drones y de oleoductos. 

De allí que en el seno de la Alianza Atlántica se emite la noción de una «OTAN 2027» sin el preponderante peso de Washington. La cumbre de la OTAN de 2026 prevista para principios de julio en Ankara presagia la definición de un nuevo rumbo estratégico dentro de la Alianza Atlántica ante la posibilidad de desconexión gradual de la ayuda estadounidense, cuya pretensión estratégica está más concentrada en Asia y el Indo-Pacífico. 

En este nuevo contexto, países como Alemania, Gran Bretaña, Polonia y Francia podrían asumir un nuevo rol político y militar en el seno de la OTAN pero también dentro de la UE. Diversas informaciones aseguran sobre presuntos planes de la OTAN y de la UE para eventualmente conformar ejércitos de voluntarios, integrados tanto por europeos como ucranianos de la diáspora, para combatir en el frente bélico contra Rusia. 

Estos informes aseguran que Alemania se convertiría en una especie de centro logístico de la defensa europea, encargándose de coordinar el transporte ferroviario, carreteras y apoyo civil-militar. Recientemente, la Bundeswehr, el Ejército alemán, realizó maniobras urbanas en Berlín para probar la preparación logística y militar.

No obstante, algunos informes revelan debilidades en infraestructura y coordinación civil-militar, lo que genera dudas sobre la capacidad defensiva contra rivales de alto nivel como Rusia y China.

Moscú ha rechazado categóricamente estos movimientos advirtiendo que serían vistos como una escalada grave que podría desencadenar una respuesta militar directa. A través de declaraciones oficiales, el Kremlin ha reiterado su rechazo absoluto a cualquier despliegue de tropas de la OTAN en Ucrania o en zonas fronterizas.

Las expectativas en torno a la eventual desconexión del «paraguas» defensivo estadounidense implican para Europa una apuesta de carácter existencial en la que predominan riesgos de seguridad como la intensificación de la guerra híbrida con Rusia y una pax rusa en Ucrania.

Con su compromiso de apoyo a Ucrania, por otro lado cada vez más oneroso para las arcas europeas, Bruselas intenta avanzar hacia la autonomía estratégica en materia defensiva con respecto a EEUU y la OTAN, aunque con escasa asertividad. El presupuesto de la OTAN es de US$ 2,9 billones este 2025, el 70% proveniente de Washington.

A mediados de diciembre, los fabricantes de drones ucranianos y alemanes constituyeron una empresa de defensa conjunta, Quantum Frontline Industries, como parte de la nueva iniciativa Build with Ukraine (“Construir con Ucrania”), allanando el camino para la primera producción industrial de drones ucranianos en Europa. 

No obstante, la UE no ha logrado alcanzar un consenso político interno en lo relativo a la utilización de los activos rusos decomisados en el exterior para financiar el esfuerzo bélico ucraniano. Rusia ha insistido en la ilegitimidad de esta operación

Con reticencias por parte de algunos países miembros, Bruselas redujo estas expectativas aprobando a mediados de diciembre un préstamo a Kiev de 90.000 millones de euros. El acuerdo incluye una importante excepción política: Hungría, Eslovaquia y la República Checa no asumirán ninguna obligación financiera derivada del préstamo. Según fuentes rusas citando medios estadounidenses, Washington incluso llegó a presionar a la UE para usar esos activos rusos con fines pacíficos en Ucrania.

Putin ha declarado oficialmente que Rusia no se opone al ingreso de Ucrania en la Unión Europea. Sin embargo, ha definido sus «líneas rojas» respecto a una eventual incorporación de Kiev a la OTAN y a una mayor expansión de la Alianza Atlántica hacia las fronteras rusas. Esto incluiría el uso de un territorio extenso como Ucrania, lo que aumentaría las capacidades operativas de la OTAN.

Se observan aquí tres escenarios que muy probablemente determinarán la evolución de las relaciones ruso-occidentales a partir de este 2026:

Intensificación del clima de confrontación con posible escalada militar entre la UE y la OTAN contra Rusia 

Es un escenario bastante probable que puede implicar una guerra directa entre Rusia y la OTAN, ya sea de carácter convencional o incluso nuclear/táctico de corto alcance. Esto podría ocurrir en escenarios específicos como Moldavia-Transnistria, Polonia, Rumanía o la región del Báltico. Putin mantiene inalterables sus objetivos iniciales en Ucrania, mientras Europa preserva su «línea dura» contra Rusia.

Úrsula von der Leyen sigue como presidenta de la Comisión Europea hasta 2029, y la ex primera ministra estonia Kaja Kallas es ahora responsable de Política Exterior de la UE. El eventual inicio de negociaciones de admisión en la UE para Ucrania y Moldavia, así como para los Balcanes Occidentales —donde Moscú también tiene intereses geopolíticos— pondrá a prueba el pulso entre Rusia y Occidente.

Reacomodo en las relaciones ruso-occidentales

Se trata de un escenario de escasa probabilidad, al menos a corto plazo, incluso si se alcanza un cese de hostilidades en Ucrania. Su factibilidad depende de factores circunstanciales y especulativos. A pesar de las políticas de la UE para reducir la dependencia energética de Rusia hacia 2026, este escenario podría agravarse en un contexto de crisis económica.

Otro factor relevante sería un cambio de liderazgos políticos en las próximas elecciones europeas, lo que podría implicar un «reseteo» en las relaciones con Rusia. Este giro podría apoyarse en un eventual acuerdo entre Ucrania y Rusia para cesar las hostilidades. También influiría la sensación de desgaste y frustración en Europa ante los objetivos militares en Ucrania y la falta de impacto de las sanciones. Esto podría llevar a abandonar los compromisos con Kiev y abrir una «nueva era» de distensión con Moscú.

Una estado latente de «guerra fría» 

Escenario más previsible. Aquí entraría en juego la disuasión nuclear como posible atenuante a la hora de dilatar un eventual conflicto directo entre Rusia, la OTAN y la UE. La guerra en Ucrania corre así el riesgo de «cronificarse» como un conflicto «congelado», sin solución definitiva, muy similar al contexto existente en la península coreana desde el armisticio de 1953. Con todo, se prevé una continuidad en las operaciones de “guerra híbrida” entre Rusia y la OTAN.

La «economía de guerra» diseña una nueva elite de poder

Con las tensiones abiertas con Europa, Rusia profundiza con determinación una etapa de aceleramiento de la «economía de guerra». Según fuentes oficiales, para 2026 Moscú planea destinar en defensa unos 13 billones de rublos (cerca de US$130-157 mil millones) aproximadamente el30-38% del gasto estatal total, aunque se proyecta una ligera reducción con respecto al récord alcanzado en 2025. 

El gasto militar alcanzaría aproximadamente el 7,7% del PIB ruso, principalmente destinado para la financiación del conflicto en Ucrania y el refuerzo militar. Tras aprobar un paquete presupuestario para este 2026, asumiendo un contexto de realidades condicionadas por el gasto militar, el Kremlin justifica el aumento del IVA (del 20% al 22%) para financiar este esfuerzo bélico. 

Para mediados de 2025, Rusia tenía alistados entre 620.000 y 700.000 soldados en Ucrania, una cifra récord desde el inicio del conflicto. Además, el ejército ruso se ha fortalecido en número de efectivos y armamento.

A principios de 2025 contaba con 500.000 soldados en el frente ucraniano, entre personal regular, movilizados y voluntarios. También desplegaba entre 1.500 y 2.000 carros de combate operativos, aunque muchos de ellos son modelos antiguos debido a las pérdidas acumuladas.

La ventaja militar rusa en el frente ucraniano viene determinada por su predominio en cuanto a efectivos, munición de artillería, drones y misiles balísticos, aspectos en los que ha destacado el apoyo de aliados como Irán, Bielorrusia y Corea del Norte.

Moscú ha aplicado con determinación una estrategia militar de desgaste para desangrar el esfuerzo bélico ucraniano, amparado por su ventaja en cuanto a recursos humanos. Toda vez en Ucrania escasean los efectivos, viéndose las autoridades militares en la obligación de acelerar campañas de reclutamiento forzoso en las calles.

Bajo un efectivo esquema que le permite sortear las sanciones occidentales manteniendo inalterable el apoyo de aliados como China e India, entre otros, Moscú ha adaptado su economía al esfuerzo de guerra pero limitando los sacrificios que exigía a una población que comienza a acostumbrarse a esta nueva realidad. La preponderancia del gasto militar se sostiene con niveles de crecimiento del PIB e inflación contenida en menos del 10%.

Rusia muestra su capacidad para atender las necesidades de su población y abastecer simultáneamente de personal y material a sus fuerzas armadas, pero priorizando el esfuerzo bélico en Ucrania y la necesidad de preservar la seguridad nacional ante las amenazas externas (OTAN)

Con este panorama, el Kremlin no ha mostrado síntomas de impaciencia a la hora de negociar un final de conflicto en Ucrania, consciente de que su superioridad militar le permite mantener la iniciativa en el campo político y diplomático con el objetivo de instaurar una pax rusa bajo sus condiciones. 

Por otro lado, el regreso de Trump a la Casa Blanca ha provocado la grieta que Putin y las elites rusas esperaban en cuanto al apoyo estadounidense a Ucrania, toda vez el entusiasmo pro-ucraniano ha empezado a desvanecerse en las sociedades europeas, a pesar de los reiterados llamamientos de apoyo por parte de varios de sus líderes políticos.

Fiel al esquema de la«teoría del caos» conceptualizada por think tanks de influencia en el Kremlin como el Club Valdai, Moscú cree que Europa debe mantenerse bajo presión constante, incluso si se firma un alto el fuego en Ucrania. 

La «economía de guerra» ha creado una nueva geometría de poder en el Kremlin con influencia en el círculo estrecho de Putin. Destacan aquí asesores como Yuri Ushakov y Kirill Dmitriev, los generales del Alto Mando de las Fuerzas Armadas y los servicios secretos y de inteligencia. 

El gobierno dirigido por el primer ministro Mijaíl Mishustin, el ministro de Defensa, desde 2024 bajo el mando de un civil, el economista Andréi Beloúsov, y el Banco Central, con su presidenta Elvira Nabiúllina (considerada como «la mejor general de Putin» por su habilidad para manejar las finanzas en tiempos de guerra y sanciones exteriores) se han visto reducidos a servir a las necesidades del ejército y del complejo militar-industrial.

La influencia del ejército ha crecido en esta nueva geometría de poder en Rusia debido a su control en la distribución de lucrativos contratos militares y su influencia en el ámbito empresarial, especialmente a la hora de evitar un reclutamiento militar que implique que sus empleados sean enviados al frente. 

En este sentido, la «economía de guerra» determina un pacto tácito entre el Kremlin, las elites, el complejo militar industrial, las empresas y el estamento burocrático para evitar un reclutamiento masivo, principalmente en las grandes ciudades rusas, que eventualmente genere temor y malestar entre los ciudadanos. Esta realidad determina porqué el ejército y los servicios de inteligencia son muy conscientes a la hora de observar riesgos de pérdida de peso político si la guerra termina

Rusia, EEUU y China: ¿tan lejos y tan cerca?

El regreso de Trump a la Casa Blanca supone para Rusia una reorientación de expectativas geopolíticas que abarcan el conflicto ucraniano, las crecientes tensiones con Europa y la consistencia de la alianza sino-rusa.

Para Trump, la apuesta por el deshielo con Putin retrotrae una estrategia anteriormente ensayada durante su primer mandato en la Casa Blanca (2017-2021): intentar quebrar el eje euroasiático entre Beijing y Moscú fortalecido desde el comienzo de las hostilidades en Ucrania. El objetivo de Washington es, cuando menos, neutralizar una alianza estratégica capacitada para contrarrestar el dominio hegemónico estadounidense.

Beijing observa con mucha atención este escenario de posible entente ruso-estadounidense donde un aliado económico, geopolítico y militar como Rusia podría desequilibrar esta relación vía mayor entendimiento con Washington, con capacidad para reformular la arquitectura geoeconómica y geopolítica global.

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Esto deja a Putin ante una disyuntiva estratégica a la hora de mantener los equilibrios geopolíticos con EEUU y China. En sus diversas reuniones con su homólogo chino Xi Jinping, Putin ha sido enfático en que la alianza estratégica sino-rusa es inquebrantable, incluso ampliando esta perspectiva como un factor de equilibrio en un sistema internacional determinado por la conflictividad y la incertidumbre. Un ejemplo que ilustra esta sintonía sino-rusa es la decisión de Moscú de eliminar los visados para ciudadanos chinos a partir de septiembre de 2026.

El comercio bilateral entre China y Rusia mantiene su nivel de consistencia aunque también se observan disparidades. Para octubre de 2025, China exportó US$8,51MM e importó US$11MM desde Rusia, resultando un balance comercial negativo para Beijing de $2,49MM.

Si bien esta relación muestra aspectos estratégicos para ambos países, es igualmente notoria la asimetría: China es dependiente de materias primas como el petróleo y gas natural ruso, cuyos precios son más baratos ante la pérdida de mercados por las sanciones occidentales. Toda vez, Rusia depende de la tecnología, las inversiones y el esquema financiero chino que precisamente le ha resultado vital para sortear esas sanciones occidentales.

No obstante, el deshielo con Trump implica ganancias geopolíticas para Putin, en especial por su capacidad para erosionar internamente a la OTAN y certificar el distanciamiento transatlántico con Europa. El Kremlin ha recibido con beneplácito la Nueva Estrategia de Seguridad de EEUU que contempla una etapa de «mayor cooperación estratégica» con Rusia en vez de calificar a este país de «amenaza», tal y como argumentan la OTAN y la UE.

Para Trump, atraer a Putin a su redil significa una reorientación de sus prioridades estratégicas tomando en cuenta el distanciamiento «atlantista». EEUU está reduciendo su presencia militar en Europa, que se estima será de 100.000 a 60.000 para 2026.

El objetivo estratégico estadounidense se está enfocando en la región del Indo-Pacífico, con interés principalmente en la contención de China, tal y como refleja la publicación en noviembre pasado de la Estrategia de Seguridad Nacional de EEUU, en la que Asia y la región del Indo-Pacífico tienen preponderancia en términos económicos y militares como las “regiones clave en materia de confrontación económica y geopolítica”.

Bajo la denominada «Perspectiva hacia Oriente» impulsada por el anteriormente mencionado Club Valdai, Rusia también juega sus cartas con determinación en Eurasia, consciente de que esta región se encamina a concentrar la atención geopolítica del siglo XXI.

En este apartado también entran en juego lo que el Kremlin denomina como la «diplomacia tecnológica», una estrategia que le permite tener influencia cultural en el espacio euroasiático.

La reciente visita de Putin a la India, la primera desde 2021, determina la estrategia multilateral del Kremlin por fortalecer y ampliar las relaciones conaliados estratégicos, en este caso una potencia emergente asiática como India, que le permita amortiguar los efectos de las sanciones occidentales toda vez acelera nuevos socios para su industria militar. Putin abre así la compuerta de una posible entente con India cuyos beneficios le permitirán a Moscú balancear sus relaciones con EEUU y China.

En el plano euroasiático, desde el punto de vista geopolítico y militar, Moscú intenta fortalecer esquemas de integración euroasiático (Organización del Tratado de Seguridad Colectiva, OTSC, BRI, UEE) mientras profundiza nuevos esquemas defensivos conjuntos y socios militares (Corea del Norte, Irán y Bielorrusia, en este último caso con el despliegue de armas nucleares tácticas rusas desde 2023) y económicos (Mongolia)

Recientemente, Putin estuvo en una cumbre en Turkmenistán con motivo del 30º aniversario de la declaración de neutralidad permanente de ese país centroasiático y ex soviético. Allí también estuvieron presentes los mandatarios de Turquía, Irán, Irak, Kazajstán, Kirguistán, Uzbekistán, Armenia, Georgia, Azerbaiyán, Myanmar y Santo Tomé y Príncipe, aspecto que le otorgó a este encuentro un carácter netamente multilateral.

Ante elavance del patriotismo y del nacionalismo rusos, este aperturista giro euroasiático explica la necesidad del Kremlin de manejar con destreza cualquier riesgo de tensiones interétnicas dentro de la Federación rusa, especialmente en lo relativo a la presencia de poblaciones de origen tártaro, caucásico y centroasiático. Salvo casos excepcionales (Georgia, Armenia), Moscú busca generar relaciones equitativas y esquemas de cooperación bilateral con sus vecinos centroasiáticos y caucásicos.

Por otro lado, los intereses occidentales también entran en juego en este espacio euroasiático exsoviético, especialmente en el Cáucaso, al fomentar quiebras en las esferas de influencia rusas. Esta es una realidad muy bien conocida por Putin en años anteriores. Cobra relevancia el interés geoeconómico entre Rusia, Occidente, Irán, Turquía e incluso China e India por controlar o influir en las rutas de distribución energética desde el Mar Caspio.

Armenia ha manifestado su salida de la OTSC, la denominada «OTAN rusa», para acelerar sus mecanismos de acercamiento a Occidente vía admisión a la UE. Moscú ha logrado recuperar su influencia en la estratégica Georgia, otro foco de permanentes tensiones ruso-occidentales. 

Por su parte, Azerbaiyán asciende con peso geopolítico emergente, particularmente por sus riquezas energéticas y su victoria militar contra Armenia (2023) por el control del enclave de Nagorno Karabaj. Bakú, que ha tenido relaciones intermitentes de cercanía y roces con Moscú, mantiene una agenda geopolítica propia que le permite manejar equilibrios entre Occidente, Rusia, China y aliados históricos como Turquía, en este último caso bajo una perspectiva «panturca». Este contexto también pone a prueba las relaciones ruso-turcas, a menudo intermitentes en cuanto a períodos de acercamiento y de fricción.

América Latina y África

Las tensiones entre EEUU y Venezuela anuncian un escenario donde Moscú tiene intereses estratégicos: apostar por mantener en pie a sus aliados geopolíticos dentro de la esfera de influencia hemisférica de Washington, devolviendo así la moneda sobre los intereses occidentales en las esferas de influencia rusa en el espacio euroasiático. 

La crisis entre Washington y Caracas es igualmente un reflejo de cómo el eje sino-ruso mantiene su consistencia: ambos gobiernos han respaldado sin titubear la soberanía venezolana, una posición que fortalece el poder de su aliado, el presidente venezolano Nicolás Maduro, así como sus respectivos intereses geoeconómicos. 

En el contexto latinoamericano, el Kremlin tiene aliados estratégicos en Venezuela, Cuba y Nicaragua así como socios económicos relevantes en actores globales emergentes como son los casos de Brasil y México. Por otro lado, los recientes cambios de gobierno hacia la derecha en Argentina, Bolivia, Chile y Panamá han condicionado la capacidad de influencia de Moscú. 

Rusia amplía su presencia hemisférica a través de mecanismos económicos, de influencia política y militar (Venezuela) y desde la perspectiva mediática (medios estatales RT y Sputnik), con contenidos en español y portugués, que le permitan modificar a su favor la narrativa existente, tradicionalmente vinculada a medios afines a las políticas estadounidenses.

Por otro lado, la presencia empresarial rusa en América Latina se concentra en los sectores de energía, extracción de recursos naturales y fertilizantes. Participan compañías líderes del sector petrolero y gasífero como Rosneft, Gazprom y Lukoil; de energía nuclear como Rosatom; y del ámbito petroquímico como PhosAgro, EuroChem y Acron. También destaca la contratista de infraestructuras y defensa Rostec.

Paralelamente, Rusia mantiene una presencia significativa en los centros financieros offshore del Caribe, donde varias de las 125 mayores empresas rusas registran sus matrices. Sin embargo, alrededor del 80 % de estas empresas están bajo algún régimen de sanciones por parte de Estados Unidos y Europa. Esto representa un evidente factor de vulnerabilidad para Moscú.

En África, Moscú acelera su presencia económica, geopolítica y militar en la región del Sahel, especialmente en Malí, Burkina Faso y Níger. También fortalece vínculos con otros países como Egipto, Libia, Guinea Ecuatorial y Sudán. Este contexto representa una especie de «retorno» de Moscú al continente africano. Se trata de un espacio geopolítico e ideológico estratégico en tiempos de la URSS, que hoy recupera importancia con la crisis ruso-occidental por Ucrania.

El nivel de relación se ha fortalecido con la creación del Foro de Asociación Rusia-África, que celebro su segunda conferencia los días 19 y 20 de diciembre en Egipto. En ese foro resaltó igualmente el compromiso adoptado entre la Comunidad Económica de Estados de África Occidental (CEDEAO) y Rusia para fortalecer la cooperación en materia política, electoral y de lucha contra el terrorismo.

Las sanciones occidentales contra Rusia iniciadas ya en 2014 han fortalecido el nivel de relación de Moscú con sus socios africanos. En este sentido, Rusia observa con atención el apoyo de África, particularmente por sus 54 votos en la Asamblea General de la ONU, que le han permitido legitimar los intereses rusos tras la invasión militar a Ucrania. El desarrollo de vínculos políticos, económicos y militares con África le permite a Rusia alcanzar mercados alternativos vitales para amortiguar las sanciones occidentales.

El patriotismo ruso y la idea de «país-civilización»

Rusia aborda un fortalecimiento del patriotismo y del nacionalismo en diversos ámbitos culturales, sociales y educativos, una estrategia que acelera las expectativas de «des-occidentalización» y de recuperación de la identidad nacional rusa y los valores tradicionales

En este apartado, Rusia comienza a jugar la carta cultural enclave civilizatoria destinada a contrarrestar el auge de tendencias progresistas y liberales desde Occidente, así como de otras “corrientes exteriores” consideradas por el Kremlin como «perniciosas», especialmente por su capacidad de influencia en la juventud rusa.

Para ello, el Kremlin acelera herramientas de soft power destinadas a atraer ciudadanos principalmente occidentales que podrían sentirse descontentos con los cambios sociales y culturales existentes en sus respectivos países, en especial ante la degradación de los valores tradicionales y el auge de políticas catalogadas eufemísticamente como «progresismo woke». 

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Buscando captar simpatías en el exterior, principalmente en Europa y EEUU, el Kremlin ensaya iniciativas inéditas como la facilitación de permisos de residencias (la «Visa de Valores Compartidos», coloquialmente denominado «visado anti-Woke») con un claro perfil ideológico dirigido a aquellas personas alarmadas por el aumento del «progresismo liberal»en los países occidentales y la degradación de los valores tradicionales, en especial lo que se considera como la familia en versión tradicional. 

Trazando un cierto paralelismo sobre lo que fue la URSS en términos ideológicos para el socialismo, la Rusia de 2026 insiste en erigirse como un bastión «conservador», donde religión, sociedad y poder político pueden coexistir en términos de civilización propia.

Bajo una hábil maquinaria propagandística, la narrativa patriótica oficial refuerza los resortes del nacionalismo dentro de la sociedad rusa, fortalecido por la inserción de poblaciones «hermanas» ruso parlantes del Donbás y otras regiones del Este ucraniano ahora integrados en la Federación de Rusia. La glorificación de los veteranos de guerra, especialmente los que luchan en el frente ucraniano, es otra herramienta mediática clave para potenciar esta narrativa patriótica.

Argumentando una especie de «panrusismo» ya ensayado en regiones anteriormente bajo la soberanía ucraniana (Donbás, Jersón, Zaporiyie, Melitopol), Moscú podría interpretar que otras poblaciones ruso parlantes, existentes en países bálticos miembros de la UE y de la OTAN como son los casos de Letonia y Estonia así como Estados de facto como Transnistria, cuya soberanía es reclamada por Moldavia, y la región autónoma moldava de Gagauzia, se encuentran en una situación de discriminación étnica, cultural y lingüística que le obligue a salir en su defensa, incluso por medios militares. 

La atracción de poblaciones ruso parlantes dentro de un espacio geográfico post-soviético considerado por Moscú como su esfera de influencia natural, refuerza otro aspecto clave: la necesidad de aumentar la demografía ante la caída de las tasas de natalidad en Rusia. En julio de 2024, el portavoz del Kremlin, Dmitri Péskov, catalogó de «catastrófica» la tasa de natalidad en Rusia, la cual ha alcanzado mínimos históricos, rondando los 8.6 nacimientos por cada 1,000 personas y una tasa de fecundidad total de aproximadamente 1.4 hijos por mujer. 

En la actualidad, Rusia tiene 144 millones de habitantes. Las estimaciones oficiales indican que para 2030 la población rusa será de 143,2 millones, su nivel más bajo desde 2012. Para 2046 se espera que se sitúe en 138,7 millones de personas. 

Frenar el declive demográfico se ha convertido en una política pública imprescindible y vital para el Kremlin. Es por ello que los presupuestos oficiales de la Federación de Rusia incorporan un paquete de prestaciones sociales (familias, infancia, vivienda) que cumplen una función central de legitimidad política interna.

Entre ellas se incluyen los pagos a familias con dos o más hijos, la extensión del capital de maternidad hasta 2030 (ajustado a la inflación), subsidios regionales, subvenciones salariales, así como apoyo a proyectos estatales de infraestructura y vivienda. En particular, se asignan sumas considerables a la modernización de los servicios públicos y a proyectos nacionales de desarrollo tecnológico. 

En este sentido, el gasto social no sólo un instrumento de redistribución sino un atenuante de eventual descontento político dentro de la sociedad. Si el nivel de vida se deteriora en exceso, el malestar interno podría erosionar la legitimidad política. Por ello, aunque haya prioridades militares innegociables, Moscú no puede recortar bruscamente las ayudas familiares, subsidios regionales y programas de vivienda, sin arriesgarse a un descontento menos controlable.

Por otro lado, crecen los medios de información e instituciones públicas rusas que sostienen que el país debe proponer al mundo un proyecto civilizatorio basado en sus propios valores e identidad nacional.

De lo contrario, advierten que Rusia correría el riesgo de enfrentar una crisis existencial, quedando en una posición subordinada e incapaz de influir por sí misma en la agenda global. Esta pérdida de influencia afectaría directamente su estatus como potencia mundial.

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