Este artículo analiza el aceleracionismo, una corriente ideológica que plantea acelerar el colapso del sistema para provocar un cambio radical. En este artículo, Artiom Vnebraci Popa, alumno del Máster Profesional de Analista Estratégico y Prospectivo de LISA Institute analiza su origen filosófico, su evolución hacia posiciones extremistas y su relación con el terrorismo de extrema derecha.
La genealogía del aceleracionismo hunde sus raíces en marcos filosóficos de los años noventa del siglo pasado. Surge por parte del pensar del filósofo británico Nick Land, sin asociaciones directas a la violencia. Las ideas principales de su marco interpretativo son que, al contrario de los movimientos activistas de ese entonces, el capitalismo no debía ser reformulado, sino decodificado de forma acelerada hasta llegar a un punto de no retorno.
Según Land, el sistema capitalista ya se encontraba fuera de la operatividad del control humano y destruía todos los valores clásicos a su paso. Así, la propuesta era a la par radical como controversial: en lugar de resistir este ecosistema, debía acelerarse de forma consciente y deliberada (con todas las consecuencias: muerte, destrucción, pero también futura esperanza o belleza). Aun así, esta primera formulación contenía un carácter antihumanista con tintes nihilistas.
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Fue en el año 2013 que Nick Srnicek y Alex Williams publicaron el escrito Manifiesto por una política aceleracionista. En sus postulados se pudieron distinguir varias vías tácticas para el mismo concepto. Por un lado, las vertientes extremas que proyectaban la aceleración del colapso social seguían existiendo; por otro, surgía un nuevo aceleracionismo de izquierda que proponía redirigir las fuerzas del capitalismo hacia objetivos poscapitalistas vía planificación, estrategia y automatización de procesos.
A pesar de ello, desde mediados de la década anterior, la corriente más predominante a nivel popular es de corte extremista asociada al colapso social. Esta fue apropiada por amplios sectores de la extrema derecha global, insertando la característica de la violencia deliberada en los postulados del aceleracionismo. De esta forma, la aceleración no podía basarse solo en la espera, sino que debía haber un componente móvil que la activase.
Así, la violencia terrorista comenzó a integrarse en esta doctrina como forma de precipitación del desmoronamiento social. Esta se caracteriza por ser ideología-paraguas: desde el supremacismo blanco, pasando por teorías del «Gran Reemplazo«, hasta la tecnofobia y el nihilismo apocalíptico.
La historia ideológica del aceleracionismo de la extrema derecha
El aceleracionismo de corte terrorista basa su genealogía ideológica en dos posturas fundamentales. Una de ellas es el texto originalSiege de James Mason. Las teorías del escrito afirman el rechazo completo de la democracia electoral y la necesidad de una guerra racial como única forma de resolución de las tensiones sociales globales. La otra se asocia a la figura de Theodore Kaczynski (conocido como Unabomber). Este fue un matemático que, entre 1978 y 1995, creó y envió cartas-paquetes bomba, llegando a matar a tres personas e hiriendo a veintitrés.
La lógica detrás de sus acciones era que la sociedad industrial contemporánea debía ser desenmascarada y destruida, y para ello se debían mandar mensajes tanto simbólicos como reales como forma de protesta y subversión. Su obra más reconocida, La sociedad industrial y su futuro, afirmaba que la tecnologización del presente había posibilitado la erosión de la agencia humana y la destrucción del ecosistema planetario.
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Según Unabomber, el capitalismo había pasado el límite y los ciudadanos debían derrumbarlo. A pesar de que Kaczynski no promovía la idea del supremacismo racial, su crítica antitecnológica (considerada neoludita por muchos críticos contemporáneos) fue asumida por grupos aceleracionistas que combinaron la negación de la perversión tecnológica con teorías sobre la purificación del planeta.
De la teoría a la acción: individuos que inspiran el aceleracionismo terrorista
Los casos más fundamentales de esta tendencia social son los siguientes:
- Anders Breivik (Noruega, 2011): mató a 77 personas, publicando un manifiesto denunciando el “suicidio racial” de los europeos por culpa de la inmigración.
- Brenton Tarrant (Nueva Zelanda, 2019): asesinó a 51 personas en dos mezquitas, citando la táctica aceleracionista para el triunfo del supremacismo blanco.
- Payton Gendron (Buffalo, EE.UU., 2022): mató a 10 personas en un supermercado afroamericano, inspirado en las ideas del “Gran Reemplazo” y estrategias aceleracionistas.
Los tres casos muestran una tendencia parecida: violencia dirigida con alto efecto mediático, planificada para viralizar los ataques y servir de modelo para futuros terroristas.
Organizaciones aceleracionistas conocidas
Se conoce la existencia formal de dos organizaciones aceleracionistas mínimamente estructuradas:
- Atomwaffen Division:
- Formación en 2015.
- Origen estadounidense.
- Células internacionales adaptadas a cada región: desde el Báltico hasta Brasil.
- Asociada a asesinatos y crímenes de odio.
- The Base:
- Formación en 2018 por Rinaldo Nazzaro (ex-militar estadounidense actualmente asilado en Rusia)
- Presencia en EE.UU., Canadá, Reino Unido, Australia, Nueva Zelanda y España.
- Basa su etimología en las estructuras terroristas yihadistas.
- Más digital: usa el espacio de las redes sociales para reclutamiento y coordinación.
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A su vez, es importante mencionar Terrorgram: nodos de canales de la plataforma que difunde guías de combate, agitación, acción y propaganda de ataques terroristas anteriores. Se investigó la posible asociación de incidencia de crímenes de odio entre 2017 y 2019 de más de 150 casos por parte de la extrema derecha y los movimientos neonazis globales en tal red de canales.
Radicalización del «lobo solitario«
El aceleracionismo se define por su descentralización. Muy parecido a estructuras anarquistas clásicas o yihadistas contemporáneas, se sirve de células autónomas y de individuos (tipo lobo solitario) que actúan vía reclutamiento sutil, propaganda 3.0 y micro-comunidades digitales nicho.
Con tal organización se asume una dificultad extra por parte de las agencias de seguridad a la hora de prevenir atentados. Los ataques o los sabotajes perpetuados buscan provocar la polarización social y la viralización del terror como los casos de El Paso, Christchurch o Buffalo.
El caso operación Castellón
En noviembre de 2025, la Policía Nacional posibilitó la desarticulación de la primera (conocida) célula aceleracionista de corte terrorista en España. Tres detenidos fueron cómplices en acopio de armas, munición, tactical gear y propaganda surgida de The Base. A su vez, mantenían contacto con Rinaldo Nazzaro.
El terrorismo aceleracionista y la quinta oleada tecnofóbica
El aceleracionismo de corte terrorista deviene un desafío extremo para las estructuras de seguridad globales. Su surgimiento y evolución en un sistema ampliamente nihilista lo confirma como síntoma de un mundo que ha comenzado a ceder sus estructuras tradicionales. Y es que a diferencia del terrorismo clásico (de corte anarquista, pos-colonial o yihadista), esta modalidad no busca el terror para promover cambios políticos inmediatos, sino la disolución completa del sistema.
Así, académicos como Manuel Torres Soriano afirma que la denominada quinta oleada del terrorismo tendrá un carácter tecnofóbico y podría llegar a materializarse en cuestión de quince años. La correlación ideológica entre nihilismo, violencia dirigida y negación de la modernidad tecnológica dificulta su posible conceptualización y, por ende: la respuesta a la misma.
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Asimismo, este sistema de pensamiento no responde a modelos de crítica sociológica clásicos y atrae individuos emergentes de espectros políticos diferenciados cuya unión más inminente es un sentido compartido de apocalipticismo fatalista.
En la actualidad, la Europol y la Interpol han empezado a considerar al extremismo de extrema derecha como una de las amenazas internas más acuciantes. Para el futuro, las agencias de seguridad e inteligencia deben ser resilientes contra una modalidad terrorista que ha erosionado los patrones históricos conocidos, y que exige una revisión total de los marcos analíticos y combativos.
Sin embargo, la respuesta no debe solo ser reactiva o preventiva en el sentido securitario, sino cultural. Con el fortalecimiento del futuro de la juventud (tanto a nivel material como narrativo) y nuevas formas de cohesión democrática, se podría ofrecer alternativas a las ideologías fatalistas que promueven una visión nihilista-apocalíptica del mundo.
En ese sentido, las propias instituciones globales, en vez de externalizar la culpa a unos pocos grupos o individuos terroristas, deben mirar y entender por qué se ha llegado a tal extremo. La autocrítica será indispensable para una respuesta verdaderamente estructural.
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