La respuesta corta es no. Hoy la ley le obliga a pasar por el Congreso y Senado, aunque el pulso legal y político sería duro.
Desde que Donald Trump volvió a la Casa Blanca ha endurecido su discurso contra los aliados, y la idea de que pueda sacar a Estados Unidos de la OTAN ha pasado de ser una hipótesis remota a un miedo muy real para muchos gobiernos europeos. Pero, más allá de los titulares, la pregunta clave es jurídica: ¿puede el presidente hacerlo por sí solo o necesita una mayoría cualificada en el Senado y el aval del Congreso?
Qué dice el tratado de la OTAN
El punto de partida es el propio Tratado del Atlántico Norte, firmado en 1949. El artículo 13 establece que cualquier país puede retirarse un año después de notificar formalmente su decisión al Gobierno de Estados Unidos, que actúa como depositario del tratado. Es decir, el procedimiento internacional es simple. Primero un aviso escrito y, pasado un año, la salida se hace efectiva.
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Ningún país ha llegado a activar ese artículo para abandonar por completo la OTAN, y Estados Unidos es, además, el socio militar y financiero dominante de la alianza. Por eso, una retirada estadounidense no sería un trámite más, sino un terremoto geopolítico con impacto directo en la seguridad de Europa y en el equilibrio global de poder.
Qué dice hoy la ley de Estados Unidos
La clave está en que, aunque el tratado permita la retirada con un simple aviso, la legislación interna estadounidense ya no deja esa decisión solo en manos del presidente. En 2023, el Congreso aprobó una cláusula dentro de la Ley de Autorización de Defensa (NDAA) que prohíbe expresamente a cualquier presidente suspender, terminar o retirar a Estados Unidos de la OTAN sin el visto bueno del poder legislativo.
Esa norma exige dos posibles vías: o el apoyo de dos tercios de los senadores presentes (el mismo umbral que se usó para ratificar el tratado) o una ley específica aprobada por el Congreso que autorice la salida. Además, se impide usar fondos federales para ejecutar una retirada que no cumpla esas condiciones, lo que añade un freno práctico a cualquier intento unilateral.
Con esta legislación en vigor, un presidente no puede legalmente sacar a Estados Unidos de la OTAN por sí solo. Incluso senadores republicanos y demócratas han recordado públicamente que el Congreso no permitirá que Estados Unidos abandone la OTAN.
El vacío de la Constitución y la batalla jurídica
Aquí aparece el matiz, y es que la Constitución de Estados Unidos no dice de forma clara quién tiene la última palabra para salir de un tratado internacional. El texto sí exige la participación del Senado para entrar en un tratado, pero guarda silencio sobre cómo se sale, y esa ambigüedad ha generado precedentes contradictorios.
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A lo largo de la historia, algunos presidentes han denunciado o terminado tratados sin pedir permiso al Congreso, mientras que muchos legisladores sostienen que debería seguirse el mismo camino que para ratificarlos, es decir, con participación decisiva del Senado. Cuando este tipo de conflictos ha llegado a los tribunales, como en el caso de un tratado con Taiwán en los años setenta, el Tribunal Supremo ha evitado pronunciarse de fondo, tratando el asunto como un conflicto político entre poderes más que como una cuestión estrictamente judicial.
Por eso, si Trump intentara ignorar la nueva ley y enviar por su cuenta la notificación de salida de la OTAN, se abriría una batalla jurídica inédita entre la Casa Blanca y el Congreso. Habría demandas, discusiones sobre quién tiene legitimación para denunciar al presidente y, en última instancia, el Supremo podría verse obligado a entrar por fin en un terreno que siempre ha evitado.
¿Qué puede hacer Trump en la práctica?
Con la ley actual, Trump no puede legalmente sacar a Estados Unidos de la OTAN sin el apoyo de dos tercios del Senado o una ley aprobada por el Congreso. Hoy ese apoyo es muy improbable, ya que una parte importante de los republicanos y la práctica totalidad de los demócratas defienden mantener la alianza.
Lo que sí puede hacer el presidente es vaciar de contenido el compromiso estadounidense aunque, formalmente, el país siga dentro de la OTAN. Puede retrasar o condicionar despliegues, cuestionar públicamente la cláusula de defensa colectiva del artículo 5 o usar la amenaza de salida como instrumento de presión política y financiera. Todo eso ya erosiona la confianza y puede dañar seriamente a la alianza sin llegar al paso extremo de la retirada formal.
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En resumen, Trump no tiene hoy un botón mágico para sacar a Estados Unidos de la OTAN por decisión propia, porque la ley le obliga a pasar por el Senado o por una mayoría en el Congreso. Pero si decide tensar ese límite, podría desencadenar un choque institucional y judicial de primer nivel y, mientras tanto, ir debilitando la alianza desde dentro con sus decisiones políticas y militares.




